Tenaces fieles:
Tras nuestra aventura en la selva la sensación que me embargaba era que mi viaje a Tailandia tocaba a su fin, ya que el vuelo de vuelta a Bangkok salía del aeropuerto a las dos de la tarde del día siguiente.
En todo caso todavía eran las cinco de la tarde cuando el infernal taxi nos dejó en nuestro alojamiento, así que Chiang Mai aún no había pronunciado sus últimas palabras.
Intermezzo Reparador.
Nada más llegar recuperamos nuestras maletas y enfilamos hacia nuestra habitación con un único objetivo en nuestra mente: ducharnos.
Al entrar en la nueva alcoba que nos habían asignado quedamos deslumbrados por la presencia de una fantástica cama con dosel, sábana bajera de satén y fundas de almohada del mismo tejido. También me regocijé con un cuarto de baño tan atractivo como el de nuestra anterior habitación.
Nuestro lado jipi estaba que trinaba, pero nadie estaba dispuesto a escuchar sus gritos, pues había reinado en solitario durante 36 horas consecutivas.
Aquí queda retratada para envidia general la magnífica cama que pudimos disfrutar nuestra última noche en Chiang Mai.
Tras el muy reparador interludio nos dimos una vuelta por Ratchadamnoen y bocacalles que concluyó tomando una cervecita y un tentempié en un restaurante vietnamita cerca del cruce con Praprokkaow. Allí pedimos unos rollitos de primavera vietnamitas que sorprendentemente no resultaron del gusto de Patri, pues los sirvieron envueltos en pasta cruda y los ingredientes vegetales del interior también tenían un gusto mucho más crudo que el de sus equivalentes chinos. A dichos rollitos acompañaron un bol atiborrado de hojas comestibles de diversas verduras, en su mayoría desconocidas, que dejamos a la mitad porque tampoco teníamos muy claro cómo demontres había que comer eso. Quizá a la vez que el rollito, quizá echándoles sal, quizá empapándolas con la misma salsa que el rollito, quizá crudas antes o después de la comida…
Tras el refrigerio volvimos sobre nuestros pasos y enfilamos Tha Pae rumbo al río Ping, pues según nos habían comentado hoy a su orilla podríamos disfrutar de los previos del Festival de las Luces, que comenzaba la noche siguiente.
Antes de llegar nos paramos a cenar en un restaurante en la acera izquierda de la propia Tha Pae donde como habitualmente todo estaba muy rico, a pesar de su evidente dedicación al turista. Como ya apunté en mantras anteriores la restauración en Tailandia asegura aún en lugares turísticos unos mínimos muy decentes, pues únicamente dejaron que desear las dos comidas de mediodía en la selva (no así la cena) y la que siguió a nuestra visita a Vimanmek en Bangkok (curiosamente en un lugar apartado de la ruta turística principal).
El Festival de las Luces.
Cuando por fin llegamos al río ya había bastante gente adelantándose un día a los rituales del festival de las luces y desplegando toda su parafernalia, que en aquel momento podía resumirse en tres actividades fundamentales:
Los Barquitos.
Lo primero que hicimos fue comprar dos barquillas para poder botarlas. Su tamaño era el de una tarta y desde lejos tenían ese mismo aspecto. Consisten en vistosos arreglos hechos con hojas y flores en medio de los cuales se disponen una vela y varios palitos de incienso. Son muy baratas, no sé si nos costaron 50 o como mucho 100 Bath cada una. La idea es encender la vela y los inciensos, añadir un mechón de tu pelo o unas uñas recortadas y un papelito con un deseo, preferiblemente referido a relaciones humanas. Después hay que echar el barquito al río para que se lo lleve la corriente, tras lo cual según el mito los hados favorecerán que el deseo se cumpla. En nuestro caso prescindimos del papelito y las uñas, pero tras comprar un mechero botamos las barcas, pidiendo en mi caso mentalmente el deseo de que el río se secase para el día siguiente, lo cual por supuesto no ocurrió. El de Patri creo que fue algo mucho peor.
Estas barquitas, un poco más grande que las que nosotros botamos, están preparadas para descender el río en el marco de la celebración del Festival de las Luces.
Aunque hoy no era más que un previo para espontáneos se veían numerosas lucecitas descendiendo el río, sobre todo cerca de las orillas, así que supongo que al día siguiente, cuando el festival hubiera comenzado realmente, el curso debió parecer una serpiente de fuego, atestado de velas flotando sobre su superficie.
Tras botar nuestros barcos con éxito y perderlos de vista en la oscuridad nos dirigimos a volar un globo, el cual compramos en un tenderete al otro lado del puente.
El Globo.
El globo nos costó creo recordar 60 Bath; los había de tres tamaños: pequeño, mediano y grande. Nosotros compramos el mediano. El grande creo que se quedaba en 90 Bath. Tras la compra nos dirigimos de nuevo al centro del puente con el fin de volar el artefacto, que consistía en un cilindro de papel de arroz abierto por la base al que daba forma un ligerísimo armazón de alambre. Según te lo vendían venía en forma de disco, así que había que desplegarlo. En la base que quedaba abierta dos alambres se cruzaban. Sobre esos alambres nos fijaron una ensaimada de parafina que era a lo que le íbamos a prender fuego. Ahora no había más que sujetar entre ambos el globo por el anillo inferior y esperar a que la llama calentase el aire de dentro. Así hicimos y cuando nos pareció que ya no pesaba lo soltamos, pero lo hicimos inexplicablemente justo del modo que habíamos razonado previamente que no se debía hacer: impulsándolo sobre la barandilla del puente.
Es evidente que hay una forma totalmente segura de lanzar el globo: soltarlo sin darle impulso sobre la acera para ver qué es lo que hace; si sube, asunto resuelto; si baja, lo vuelves a coger y esperas un poco más a que el aire se caliente lo suficiente. Pero no: imitamos el error de unos turistas que minutos antes habían visto como su artefacto se estrellaba contra las aguas por echarlo a volar antes de tiempo.
Lo cierto es que nuestro aerostato comenzó ascendiendo debido al impulso inicial, pero perdido éste empezó a bajar, ya totalmente fuera de nuestro alcance. Poco le faltaba para estar listo porque el descenso era lento, pero imparable. Desde el pretil del puente seguimos con gran angustia las evoluciones de nuestro artefacto, como si nuestra vida dependiera de su suerte. Llegamos a darlo por perdido, pero cuando estaba apenas a un metro sobre el agua se paró e invirtió su movimiento, comenzando a ascender al tiempo que se alejaba del puente cada vez más. Sin embargo, debieron afectarle las capas de aire más frío cerca del río, porque tras subir un par de metros volvió a descender otra vez. De nuevo estaba apenas a un metro del agua y de nuevo lo dábamos por perdido cuando volvió a remontar, esta vez con mayor decisión, de modo que en unos pocos segundos se alejó definitivamente del agua, sobrepasó la altura de nuestras cabezas y se elevó ya sin peligro hacia el infinito.
¡No imagináis lo contentos que nos pusimos! Nos dimos un abrazo igual que si nos hubiese tocado la lotería o algún suceso maravilloso hubiera resuelto de repente nuestras vidas para siempre. ¡Humanos teníamos que ser!
Al mirar para arriba se veían bastantes filas de globos que ascendían desde los márgenes del Ping y otros lugares de la ciudad hasta perderse de vista, porque realmente suben hasta perderse de vista. Supongo que al día siguiente debió ser todo un espectáculo mirar hacia el cielo, plagado por una miríada de lucecitas ascendentes. Al parecer es bastante común que durante el Festival de las Luces se produzcan incendios forestales debidos a globos que por la causa que sea se caen del cielo antes de que la parafina se extinga.
Durante nuestra aventura los alrededores estuvieron en todo momento amenizados por gente tirando todo tipo de petardos y pequeños fuegos artificiales, los cuales se vendían en los tenderetes a precios de risa. El más popular era un pequeño volador dotado de vara con extremo flexible. Para lanzar este artefacto hay que cogerlo por el extremo flexible de la vara mientras lo prendes; cuando la mecha comienza a arder le das tres o cuatro vueltas rápidas sobre sí mismo aprovechando la citada flexibilidad, lo sueltas y sale disparado dejando una estela de chispas y estallando al cabo de quince o veinte metros con el ruido de mil bombas atómicas.
La Última Retirada.
A pesar de la animación que jalonaba el río el cansancio hacía mella en nosotros, así que tras nuestro contacto con algunos de los rituales del festival de las luces volvimos pateando a nuestro alojamiento.
Podría hablar ahora del ataque que sufrimos de vuelta por parte de una legión de ratas y del heroico comportamiento de Patri, gracias a cuya entereza logramos salir incólumes de una delicadísima situación, pero el relato de este episodio ocuparía tanto espacio como el de todo el resto del viaje, así que lo dejaré para otra ocasión.
Como podéis imaginar nuestra estupenda cama con dosel y sábanas de satén no quedó decepcionada con nosotros; estoy seguro de que pocos de sus usuarios habrán dormido tan plácidamente como nosotros esa noche.
La Última Mañana.
Tras levantarnos, rehacer las maletas y desayunar nos dispusimos a quitar de en medio un feo asunto que teníamos pendiente: el billete de tren de Patri a Bangkok. Para sacarlo íbamos a hacer lo que haría cualquier tailandés: plantarnos en la taquilla de la estación.
El primer punto fue coger un taxi, uno de los incomodísimos taxis de Chiang Mai. En ese momento Patri sacó sus uñas de lobezno y comenzó una dura tanda de negociaciones con los taxistas que iban pasando. El objetivo era cerrar un precio de ida y vuelta, ya que los taxis de Chiang Mai no tienen taxímetro.
El primero no acababa de bajar todo lo que queríamos, pero a punto estábamos de aceptar su último precio, 100Bath, cuando se paró otro detrás y Patri se lanzó a intentar un precio más justo. Sin embargo, este segundo taxi resultó ser más caro que el primero, no bajaba de 150 Bath, así que no hubo acuerdo y mientras tanto el primero se largó. Al poco llegó un tercero y tras varios minutos de tira y afloja conseguimos el precio que a nuestro entender era equitativo: 80 Bath ida y vuelta. Todo el proceso duró tranquilamente 10 minutos. ¡Y todo esto por 20 Bath! En fin, había que intentar como fuera que al menos este último día nadie nos timara.
Los famosos taxis de Chiang Mai, a los que ya me he referido en otros mantras, son como podéis ver en la foto de arriba: camionetas cuya parte trasera ha sido especialmente moldeada y equipada con dos bancos corridos para llevar viajeros. Tienen capacidad hasta para diez personas sentadas y por lo que pudimos observar no es raro que el mismo taxi lleve a la vez a varios usuarios con destinos diferentes que no se conocen entre sí y que han sido recogidos en momentos distintos. Como quizá ya haya citado anteriormente, son muy incómodos, así que para un viajecito de más de una hora como el que hicimos a la selva resultan matadores. También parecen bastante inseguros; se me ponían los pelos de punta de solo pensar en tener un accidente yendo sentados allá atrás como en un transporte de tropas al frente.
El taxista nos dejó en la estación de autobuses, así que en cuanto nos dimos cuenta salimos y le aclaramos que íbamos a la de tren. Fastidiado por su error, pero sin rechistar, nos llevó a nuestro destino correcto y allí sacamos el billete. El tren de Bangkok a Chiang Mai tarda 14 horas, llega a las siete de la mañana y hay tres clases, como en España:
Sin trampa ni cartón el taxi estaba esperándonos en el exterior y nos devolvió hacia nuestro alojamiento, si bien nos quedamos un poco antes, en la plaza de la puerta de Tah Pae.
Durante el tiempo que nos quedaba visitamos algunos templos más y nos tomamos una cervecita, si bien no os voy a cansar con esta parte. Únicamente destacar que la ciudad ya estaba totalmente adornada con farolillos y que por los jardines de los templos se veían a mujeres afanándose en recubrir de flores armazones que saldrían de procesión al atardecer, al inicio del Festival de las Luces (foto de la derecha).
Siempre Son Los Mejores, Los Que Se Van.
Como en el precio de nuestro alojamiento estaba incluido el transporte de vuelta al aeropuerto, volvimos y nos sentamos a comer en uno de los establecimientos de la misma calle. Sin embargo, como Murphy no descansa ni en la tranquila patria del budismo nos topamos con el restaurante más lento de todo nuestro viaje a Tailandia, o quizá de Tailandia en términos absolutos. Cuarenta minutos después de haber sentado nuestras posaderas la comida seguía sin aparecer. Habíamos entrado en el restaurante un poquito justos de tiempo, así que semejante retraso imposibilitó que pudiera comer. Ante la inminente salida del taxi hacia el aeropuerto no tuve más remedio que levantarme e irme.
Nos despedimos con un ligero ademán de la cabeza y sin más ceremonias tomé el taxi. Ahora Patri continuaría su viaje hacia las paradisíacas islas de Ko Tao con la intención de obtener el carné básico de buceo, pero esto ya es otra historia; esta parte tiene que contarla ella. Por lo que a mí respecta nuestro periplo ha quedado fidedignamente registrado por escrito a lo largo de todos estos mantras, pero es posible que el resto se pierda conforme se debilite la memoria como lágrimas en la lluvia.
Lo único que puedo añadir es que cuando por fin llegó la comida Patri se zampó muy a gusto tanto mis platos como los suyos. En cuanto a mí, no lloréis quienes penséis que pasé hambre y calamidades, pues pude comer a gusto en Suvarnabhumi un par de horas después.
No cabe hacer correr más ríos de tinta acerca de este viaje, pues nada más destacable sucedió. Para información de quienes tengan pensado emularme puedo añadir que se confirmó a la vuelta la gratuidad de la visa y que no hay ningún problema en Suvarnabhumi para cambiar los Bath que te puedan sobrar incluso dentro de la zona de embarque, donde se disponen varias casas de cambio. Parece incluso que tienen interés en que no te lleves Bath del país. Resulta que había dejado todas mis monedas de propina en el restaurante y con los billetes que me quedaban necesitaba 20 ridículos céntimos de Bath para que me pudieran devolver 20€, que de no aportarlos se quedarían en 15€. Cuando por fin pude convencer al incrédulo oficinista de que no tenía esa insignificante cantidad adicional de moneda tailandesa, me respondió que entonces lo iba a poner él y me cambió 20€ de todas maneras. Increíble. ¿Será el budismo? Porque banco, era un banco.
Una vez que llegué a Doha me encontré sobre el sofá de mi salón todo lo que Patri había perdido a lo largo del viaje y con este feliz corolario concluyó todo lo relacionado con estas agradables vacaciones.
Valoración Final.
Una forma de valorar un viaje es saber si ha cumplido sus objetivos, y a este respecto he de decir que el resultado no puede ser más descorazonador. Fijémonos únicamente por ejemplo en el objetivo de no ser timados y el resultado es como sigue:
Así pues, todo depende del cristal con que se mire, pero con toda franqueza prefiero mirarlo a través del segundo: éxito rotundo. En cuanto al primer punto de vista… ¡te timan todos los días en tu propio país sin que te des cuenta cuando sólo te pagan parte de tu trabajo y el empresario se apropia del resto!
¿Alguien más quiere ir a algún lado? ¡Me apunto!
Tras nuestra aventura en la selva la sensación que me embargaba era que mi viaje a Tailandia tocaba a su fin, ya que el vuelo de vuelta a Bangkok salía del aeropuerto a las dos de la tarde del día siguiente.
En todo caso todavía eran las cinco de la tarde cuando el infernal taxi nos dejó en nuestro alojamiento, así que Chiang Mai aún no había pronunciado sus últimas palabras.
Intermezzo Reparador.
Nada más llegar recuperamos nuestras maletas y enfilamos hacia nuestra habitación con un único objetivo en nuestra mente: ducharnos.
Al entrar en la nueva alcoba que nos habían asignado quedamos deslumbrados por la presencia de una fantástica cama con dosel, sábana bajera de satén y fundas de almohada del mismo tejido. También me regocijé con un cuarto de baño tan atractivo como el de nuestra anterior habitación.
Nuestro lado jipi estaba que trinaba, pero nadie estaba dispuesto a escuchar sus gritos, pues había reinado en solitario durante 36 horas consecutivas.
Tras el muy reparador interludio nos dimos una vuelta por Ratchadamnoen y bocacalles que concluyó tomando una cervecita y un tentempié en un restaurante vietnamita cerca del cruce con Praprokkaow. Allí pedimos unos rollitos de primavera vietnamitas que sorprendentemente no resultaron del gusto de Patri, pues los sirvieron envueltos en pasta cruda y los ingredientes vegetales del interior también tenían un gusto mucho más crudo que el de sus equivalentes chinos. A dichos rollitos acompañaron un bol atiborrado de hojas comestibles de diversas verduras, en su mayoría desconocidas, que dejamos a la mitad porque tampoco teníamos muy claro cómo demontres había que comer eso. Quizá a la vez que el rollito, quizá echándoles sal, quizá empapándolas con la misma salsa que el rollito, quizá crudas antes o después de la comida…
Tras el refrigerio volvimos sobre nuestros pasos y enfilamos Tha Pae rumbo al río Ping, pues según nos habían comentado hoy a su orilla podríamos disfrutar de los previos del Festival de las Luces, que comenzaba la noche siguiente.
Antes de llegar nos paramos a cenar en un restaurante en la acera izquierda de la propia Tha Pae donde como habitualmente todo estaba muy rico, a pesar de su evidente dedicación al turista. Como ya apunté en mantras anteriores la restauración en Tailandia asegura aún en lugares turísticos unos mínimos muy decentes, pues únicamente dejaron que desear las dos comidas de mediodía en la selva (no así la cena) y la que siguió a nuestra visita a Vimanmek en Bangkok (curiosamente en un lugar apartado de la ruta turística principal).
El Festival de las Luces.
Cuando por fin llegamos al río ya había bastante gente adelantándose un día a los rituales del festival de las luces y desplegando toda su parafernalia, que en aquel momento podía resumirse en tres actividades fundamentales:
- Volar globos.
- Botar barquillas.
- Tirar petardos.
Los Barquitos.
Lo primero que hicimos fue comprar dos barquillas para poder botarlas. Su tamaño era el de una tarta y desde lejos tenían ese mismo aspecto. Consisten en vistosos arreglos hechos con hojas y flores en medio de los cuales se disponen una vela y varios palitos de incienso. Son muy baratas, no sé si nos costaron 50 o como mucho 100 Bath cada una. La idea es encender la vela y los inciensos, añadir un mechón de tu pelo o unas uñas recortadas y un papelito con un deseo, preferiblemente referido a relaciones humanas. Después hay que echar el barquito al río para que se lo lleve la corriente, tras lo cual según el mito los hados favorecerán que el deseo se cumpla. En nuestro caso prescindimos del papelito y las uñas, pero tras comprar un mechero botamos las barcas, pidiendo en mi caso mentalmente el deseo de que el río se secase para el día siguiente, lo cual por supuesto no ocurrió. El de Patri creo que fue algo mucho peor.
Aunque hoy no era más que un previo para espontáneos se veían numerosas lucecitas descendiendo el río, sobre todo cerca de las orillas, así que supongo que al día siguiente, cuando el festival hubiera comenzado realmente, el curso debió parecer una serpiente de fuego, atestado de velas flotando sobre su superficie.
Tras botar nuestros barcos con éxito y perderlos de vista en la oscuridad nos dirigimos a volar un globo, el cual compramos en un tenderete al otro lado del puente.
El Globo.
El globo nos costó creo recordar 60 Bath; los había de tres tamaños: pequeño, mediano y grande. Nosotros compramos el mediano. El grande creo que se quedaba en 90 Bath. Tras la compra nos dirigimos de nuevo al centro del puente con el fin de volar el artefacto, que consistía en un cilindro de papel de arroz abierto por la base al que daba forma un ligerísimo armazón de alambre. Según te lo vendían venía en forma de disco, así que había que desplegarlo. En la base que quedaba abierta dos alambres se cruzaban. Sobre esos alambres nos fijaron una ensaimada de parafina que era a lo que le íbamos a prender fuego. Ahora no había más que sujetar entre ambos el globo por el anillo inferior y esperar a que la llama calentase el aire de dentro. Así hicimos y cuando nos pareció que ya no pesaba lo soltamos, pero lo hicimos inexplicablemente justo del modo que habíamos razonado previamente que no se debía hacer: impulsándolo sobre la barandilla del puente.
Es evidente que hay una forma totalmente segura de lanzar el globo: soltarlo sin darle impulso sobre la acera para ver qué es lo que hace; si sube, asunto resuelto; si baja, lo vuelves a coger y esperas un poco más a que el aire se caliente lo suficiente. Pero no: imitamos el error de unos turistas que minutos antes habían visto como su artefacto se estrellaba contra las aguas por echarlo a volar antes de tiempo.
Lo cierto es que nuestro aerostato comenzó ascendiendo debido al impulso inicial, pero perdido éste empezó a bajar, ya totalmente fuera de nuestro alcance. Poco le faltaba para estar listo porque el descenso era lento, pero imparable. Desde el pretil del puente seguimos con gran angustia las evoluciones de nuestro artefacto, como si nuestra vida dependiera de su suerte. Llegamos a darlo por perdido, pero cuando estaba apenas a un metro sobre el agua se paró e invirtió su movimiento, comenzando a ascender al tiempo que se alejaba del puente cada vez más. Sin embargo, debieron afectarle las capas de aire más frío cerca del río, porque tras subir un par de metros volvió a descender otra vez. De nuevo estaba apenas a un metro del agua y de nuevo lo dábamos por perdido cuando volvió a remontar, esta vez con mayor decisión, de modo que en unos pocos segundos se alejó definitivamente del agua, sobrepasó la altura de nuestras cabezas y se elevó ya sin peligro hacia el infinito.
¡No imagináis lo contentos que nos pusimos! Nos dimos un abrazo igual que si nos hubiese tocado la lotería o algún suceso maravilloso hubiera resuelto de repente nuestras vidas para siempre. ¡Humanos teníamos que ser!
Al mirar para arriba se veían bastantes filas de globos que ascendían desde los márgenes del Ping y otros lugares de la ciudad hasta perderse de vista, porque realmente suben hasta perderse de vista. Supongo que al día siguiente debió ser todo un espectáculo mirar hacia el cielo, plagado por una miríada de lucecitas ascendentes. Al parecer es bastante común que durante el Festival de las Luces se produzcan incendios forestales debidos a globos que por la causa que sea se caen del cielo antes de que la parafina se extinga.
Durante nuestra aventura los alrededores estuvieron en todo momento amenizados por gente tirando todo tipo de petardos y pequeños fuegos artificiales, los cuales se vendían en los tenderetes a precios de risa. El más popular era un pequeño volador dotado de vara con extremo flexible. Para lanzar este artefacto hay que cogerlo por el extremo flexible de la vara mientras lo prendes; cuando la mecha comienza a arder le das tres o cuatro vueltas rápidas sobre sí mismo aprovechando la citada flexibilidad, lo sueltas y sale disparado dejando una estela de chispas y estallando al cabo de quince o veinte metros con el ruido de mil bombas atómicas.
La Última Retirada.
A pesar de la animación que jalonaba el río el cansancio hacía mella en nosotros, así que tras nuestro contacto con algunos de los rituales del festival de las luces volvimos pateando a nuestro alojamiento.
Podría hablar ahora del ataque que sufrimos de vuelta por parte de una legión de ratas y del heroico comportamiento de Patri, gracias a cuya entereza logramos salir incólumes de una delicadísima situación, pero el relato de este episodio ocuparía tanto espacio como el de todo el resto del viaje, así que lo dejaré para otra ocasión.
Como podéis imaginar nuestra estupenda cama con dosel y sábanas de satén no quedó decepcionada con nosotros; estoy seguro de que pocos de sus usuarios habrán dormido tan plácidamente como nosotros esa noche.
La Última Mañana.
Tras levantarnos, rehacer las maletas y desayunar nos dispusimos a quitar de en medio un feo asunto que teníamos pendiente: el billete de tren de Patri a Bangkok. Para sacarlo íbamos a hacer lo que haría cualquier tailandés: plantarnos en la taquilla de la estación.
El primer punto fue coger un taxi, uno de los incomodísimos taxis de Chiang Mai. En ese momento Patri sacó sus uñas de lobezno y comenzó una dura tanda de negociaciones con los taxistas que iban pasando. El objetivo era cerrar un precio de ida y vuelta, ya que los taxis de Chiang Mai no tienen taxímetro.
El primero no acababa de bajar todo lo que queríamos, pero a punto estábamos de aceptar su último precio, 100Bath, cuando se paró otro detrás y Patri se lanzó a intentar un precio más justo. Sin embargo, este segundo taxi resultó ser más caro que el primero, no bajaba de 150 Bath, así que no hubo acuerdo y mientras tanto el primero se largó. Al poco llegó un tercero y tras varios minutos de tira y afloja conseguimos el precio que a nuestro entender era equitativo: 80 Bath ida y vuelta. Todo el proceso duró tranquilamente 10 minutos. ¡Y todo esto por 20 Bath! En fin, había que intentar como fuera que al menos este último día nadie nos timara.
Los famosos taxis de Chiang Mai, a los que ya me he referido en otros mantras, son como podéis ver en la foto de arriba: camionetas cuya parte trasera ha sido especialmente moldeada y equipada con dos bancos corridos para llevar viajeros. Tienen capacidad hasta para diez personas sentadas y por lo que pudimos observar no es raro que el mismo taxi lleve a la vez a varios usuarios con destinos diferentes que no se conocen entre sí y que han sido recogidos en momentos distintos. Como quizá ya haya citado anteriormente, son muy incómodos, así que para un viajecito de más de una hora como el que hicimos a la selva resultan matadores. También parecen bastante inseguros; se me ponían los pelos de punta de solo pensar en tener un accidente yendo sentados allá atrás como en un transporte de tropas al frente.
El taxista nos dejó en la estación de autobuses, así que en cuanto nos dimos cuenta salimos y le aclaramos que íbamos a la de tren. Fastidiado por su error, pero sin rechistar, nos llevó a nuestro destino correcto y allí sacamos el billete. El tren de Bangkok a Chiang Mai tarda 14 horas, llega a las siete de la mañana y hay tres clases, como en España:
- Tercera: viajas sentado en un vagón normal.
- Segunda: como las antiguas literas de España. Cabinas donde los asientos a partir de cierta hora se hacen camas.
- Primera: departamentos privados con dos camas y ducha.
Durante el tiempo que nos quedaba visitamos algunos templos más y nos tomamos una cervecita, si bien no os voy a cansar con esta parte. Únicamente destacar que la ciudad ya estaba totalmente adornada con farolillos y que por los jardines de los templos se veían a mujeres afanándose en recubrir de flores armazones que saldrían de procesión al atardecer, al inicio del Festival de las Luces (foto de la derecha).
Siempre Son Los Mejores, Los Que Se Van.
Como en el precio de nuestro alojamiento estaba incluido el transporte de vuelta al aeropuerto, volvimos y nos sentamos a comer en uno de los establecimientos de la misma calle. Sin embargo, como Murphy no descansa ni en la tranquila patria del budismo nos topamos con el restaurante más lento de todo nuestro viaje a Tailandia, o quizá de Tailandia en términos absolutos. Cuarenta minutos después de haber sentado nuestras posaderas la comida seguía sin aparecer. Habíamos entrado en el restaurante un poquito justos de tiempo, así que semejante retraso imposibilitó que pudiera comer. Ante la inminente salida del taxi hacia el aeropuerto no tuve más remedio que levantarme e irme.
Nos despedimos con un ligero ademán de la cabeza y sin más ceremonias tomé el taxi. Ahora Patri continuaría su viaje hacia las paradisíacas islas de Ko Tao con la intención de obtener el carné básico de buceo, pero esto ya es otra historia; esta parte tiene que contarla ella. Por lo que a mí respecta nuestro periplo ha quedado fidedignamente registrado por escrito a lo largo de todos estos mantras, pero es posible que el resto se pierda conforme se debilite la memoria como lágrimas en la lluvia.
Lo único que puedo añadir es que cuando por fin llegó la comida Patri se zampó muy a gusto tanto mis platos como los suyos. En cuanto a mí, no lloréis quienes penséis que pasé hambre y calamidades, pues pude comer a gusto en Suvarnabhumi un par de horas después.
No cabe hacer correr más ríos de tinta acerca de este viaje, pues nada más destacable sucedió. Para información de quienes tengan pensado emularme puedo añadir que se confirmó a la vuelta la gratuidad de la visa y que no hay ningún problema en Suvarnabhumi para cambiar los Bath que te puedan sobrar incluso dentro de la zona de embarque, donde se disponen varias casas de cambio. Parece incluso que tienen interés en que no te lleves Bath del país. Resulta que había dejado todas mis monedas de propina en el restaurante y con los billetes que me quedaban necesitaba 20 ridículos céntimos de Bath para que me pudieran devolver 20€, que de no aportarlos se quedarían en 15€. Cuando por fin pude convencer al incrédulo oficinista de que no tenía esa insignificante cantidad adicional de moneda tailandesa, me respondió que entonces lo iba a poner él y me cambió 20€ de todas maneras. Increíble. ¿Será el budismo? Porque banco, era un banco.
Una vez que llegué a Doha me encontré sobre el sofá de mi salón todo lo que Patri había perdido a lo largo del viaje y con este feliz corolario concluyó todo lo relacionado con estas agradables vacaciones.
Valoración Final.
Una forma de valorar un viaje es saber si ha cumplido sus objetivos, y a este respecto he de decir que el resultado no puede ser más descorazonador. Fijémonos únicamente por ejemplo en el objetivo de no ser timados y el resultado es como sigue:
- Día cero: la cosa empieza correctametne, si bien tampoco tuvieron mucho tiempo para intentar timarnos.
- Primer día: timados con el timo anunciado de los sitios cerrados. Gravedad: extrema. Culpabilidad: ambos.
- Segundo día: timados con unas cervezas al triple de precio en un canal de Bangkok. Gravedad: baja. Culpabilidad: mía.
- Tercer día: timados con un alojamiento y una excursión a la selva que probablemente se podían haber sacado por mucho menos dinero. Gravedad: media. Culpabilidad: ambos.
- Cuarto día: timados con una comida a mediodía digna de un rancho carcelario y con una ruta a pie que resultó ser apta para niñas de 12 años. Gravedad: media. Culpabilidad: ambos.
- Quinto día: timados con un descenso en rafting que resultó ser equivalente a un paseo en barca por el estanque del Retiro. Gravedad: alta. Culpabilidad: Patri.
- Último dia: bien. Nada que me haya producido la sensación de haber pagado por ello más de lo que vale, si bien sólo cuenta medio día.
- Entrar en un templo budista.
- Descender un río en balsa.
- Sufrir un accidente de tráfico.
- Montar en elefante.
- Llegar a Tailandia.
- Pasear por Bangkok con unos playeros blancos con suela azul, un pantalón marrón de bolsos y un polo beis a juego con el pantalón.
- Comer sopas picantes de leche de coco.
- Ser bendecido por un monje budista.
- Dar un paseo en barca por el río.
- Presenciar una tormenta tropical.
- Salvar a Patri de una muerte segura por ratas gigantes.
- Pasear por Chiang Mai con unos playeros marrones, un pantalón vaquero azul y una camiseta marrón con una raya roja a juego con los playeros.
- Dormir en una cama con dosel y sábanas de satén.
- Asistir a la recitación de un mantra en directo.
- Dar de comer a los siluros.
- Compartir espacio con arañas de 10 centímetros de diámetro.
- Dormir en un barracón en la selva.
- Pasear por Chiang Mai con unos playeros blancos con suela azul, un pantalón marrón de bolsos y un polo gris con rayitas marrones horizontales a juego con el pantalón.
- Botar un barquito.
- Hacer rafting.
- Participar en una persecución motorizada.
- Echarme en la cama en una discoteca.
- Montar en tuk-tuk.
- Recibir un masaje tailandés.
- Volar un globo de aire caliente.
- Bañarme en la poza de un río.
Así pues, todo depende del cristal con que se mire, pero con toda franqueza prefiero mirarlo a través del segundo: éxito rotundo. En cuanto al primer punto de vista… ¡te timan todos los días en tu propio país sin que te des cuenta cuando sólo te pagan parte de tu trabajo y el empresario se apropia del resto!
¿Alguien más quiere ir a algún lado? ¡Me apunto!
- Hora local: 20:57.
- Temperatura: 19ºC.
- Humedad: 73%.
- Temperatura máxima: 24ºC.
- Temperatura mínima: 13ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.
