sábado, 30 de enero de 2010

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 9º: GLOBOS, BARCAS, TRENES Y DESPEDIDA.

Tenaces fieles:

Tras nuestra aventura en la selva la sensación que me embargaba era que mi viaje a Tailandia tocaba a su fin, ya que el vuelo de vuelta a Bangkok salía del aeropuerto a las dos de la tarde del día siguiente.

En todo caso todavía eran las cinco de la tarde cuando el infernal taxi nos dejó en nuestro alojamiento, así que Chiang Mai aún no había pronunciado sus últimas palabras.

Intermezzo Reparador.

Nada más llegar recuperamos nuestras maletas y enfilamos hacia nuestra habitación con un único objetivo en nuestra mente: ducharnos.

Al entrar en la nueva alcoba que nos habían asignado quedamos deslumbrados por la presencia de una fantástica cama con dosel, sábana bajera de satén y fundas de almohada del mismo tejido. También me regocijé con un cuarto de baño tan atractivo como el de nuestra anterior habitación.

Nuestro lado jipi estaba que trinaba, pero nadie estaba dispuesto a escuchar sus gritos, pues había reinado en solitario durante 36 horas consecutivas.
Aquí queda retratada para envidia general la magnífica cama que pudimos disfrutar nuestra última noche en Chiang Mai.

Tras el muy reparador interludio nos dimos una vuelta por Ratchadamnoen y bocacalles que concluyó tomando una cervecita y un tentempié en un restaurante vietnamita cerca del cruce con Praprokkaow. Allí pedimos unos rollitos de primavera vietnamitas que sorprendentemente no resultaron del gusto de Patri, pues los sirvieron envueltos en pasta cruda y los ingredientes vegetales del interior también tenían un gusto mucho más crudo que el de sus equivalentes chinos. A dichos rollitos acompañaron un bol atiborrado de hojas comestibles de diversas verduras, en su mayoría desconocidas, que dejamos a la mitad porque tampoco teníamos muy claro cómo demontres había que comer eso. Quizá a la vez que el rollito, quizá echándoles sal, quizá empapándolas con la misma salsa que el rollito, quizá crudas antes o después de la comida…

Tras el refrigerio volvimos sobre nuestros pasos y enfilamos Tha Pae rumbo al río Ping, pues según nos habían comentado hoy a su orilla podríamos disfrutar de los previos del Festival de las Luces, que comenzaba la noche siguiente.

Antes de llegar nos paramos a cenar en un restaurante en la acera izquierda de la propia Tha Pae donde como habitualmente todo estaba muy rico, a pesar de su evidente dedicación al turista. Como ya apunté en mantras anteriores la restauración en Tailandia asegura aún en lugares turísticos unos mínimos muy decentes, pues únicamente dejaron que desear las dos comidas de mediodía en la selva (no así la cena) y la que siguió a nuestra visita a Vimanmek en Bangkok (curiosamente en un lugar apartado de la ruta turística principal).

El Festival de las Luces.

Cuando por fin llegamos al río ya había bastante gente adelantándose un día a los rituales del festival de las luces y desplegando toda su parafernalia, que en aquel momento podía resumirse en tres actividades fundamentales:
  • Volar globos.
  • Botar barquillas.
  • Tirar petardos.
Decidimos que nos íbamos a sumar a la frenética actividad, en su mayor parte protagonizada por tailandeses jóvenes y turistas. Alrededor de ambas embocaduras del puente Nowarut se disponían decenas de puestos callejeros donde se vendían tanto globos como petardos como barquitos para los rituales.

Los Barquitos.

Lo primero que hicimos fue comprar dos barquillas para poder botarlas. Su tamaño era el de una tarta y desde lejos tenían ese mismo aspecto. Consisten en vistosos arreglos hechos con hojas y flores en medio de los cuales se disponen una vela y varios palitos de incienso. Son muy baratas, no sé si nos costaron 50 o como mucho 100 Bath cada una. La idea es encender la vela y los inciensos, añadir un mechón de tu pelo o unas uñas recortadas y un papelito con un deseo, preferiblemente referido a relaciones humanas. Después hay que echar el barquito al río para que se lo lleve la corriente, tras lo cual según el mito los hados favorecerán que el deseo se cumpla. En nuestro caso prescindimos del papelito y las uñas, pero tras comprar un mechero botamos las barcas, pidiendo en mi caso mentalmente el deseo de que el río se secase para el día siguiente, lo cual por supuesto no ocurrió. El de Patri creo que fue algo mucho peor.
Estas barquitas, un poco más grande que las que nosotros botamos, están preparadas para descender el río en el marco de la celebración del Festival de las Luces.

Aunque hoy no era más que un previo para espontáneos se veían numerosas lucecitas descendiendo el río, sobre todo cerca de las orillas, así que supongo que al día siguiente, cuando el festival hubiera comenzado realmente, el curso debió parecer una serpiente de fuego, atestado de velas flotando sobre su superficie.

Tras botar nuestros barcos con éxito y perderlos de vista en la oscuridad nos dirigimos a volar un globo, el cual compramos en un tenderete al otro lado del puente.

El Globo.

El globo nos costó creo recordar 60 Bath; los había de tres tamaños: pequeño, mediano y grande. Nosotros compramos el mediano. El grande creo que se quedaba en 90 Bath. Tras la compra nos dirigimos de nuevo al centro del puente con el fin de volar el artefacto, que consistía en un cilindro de papel de arroz abierto por la base al que daba forma un ligerísimo armazón de alambre. Según te lo vendían venía en forma de disco, así que había que desplegarlo. En la base que quedaba abierta dos alambres se cruzaban. Sobre esos alambres nos fijaron una ensaimada de parafina que era a lo que le íbamos a prender fuego. Ahora no había más que sujetar entre ambos el globo por el anillo inferior y esperar a que la llama calentase el aire de dentro. Así hicimos y cuando nos pareció que ya no pesaba lo soltamos, pero lo hicimos inexplicablemente justo del modo que habíamos razonado previamente que no se debía hacer: impulsándolo sobre la barandilla del puente.

Es evidente que hay una forma totalmente segura de lanzar el globo: soltarlo sin darle impulso sobre la acera para ver qué es lo que hace; si sube, asunto resuelto; si baja, lo vuelves a coger y esperas un poco más a que el aire se caliente lo suficiente. Pero no: imitamos el error de unos turistas que minutos antes habían visto como su artefacto se estrellaba contra las aguas por echarlo a volar antes de tiempo.

Lo cierto es que nuestro aerostato comenzó ascendiendo debido al impulso inicial, pero perdido éste empezó a bajar, ya totalmente fuera de nuestro alcance. Poco le faltaba para estar listo porque el descenso era lento, pero imparable. Desde el pretil del puente seguimos con gran angustia las evoluciones de nuestro artefacto, como si nuestra vida dependiera de su suerte. Llegamos a darlo por perdido, pero cuando estaba apenas a un metro sobre el agua se paró e invirtió su movimiento, comenzando a ascender al tiempo que se alejaba del puente cada vez más. Sin embargo, debieron afectarle las capas de aire más frío cerca del río, porque tras subir un par de metros volvió a descender otra vez. De nuevo estaba apenas a un metro del agua y de nuevo lo dábamos por perdido cuando volvió a remontar, esta vez con mayor decisión, de modo que en unos pocos segundos se alejó definitivamente del agua, sobrepasó la altura de nuestras cabezas y se elevó ya sin peligro hacia el infinito.
Patri perdida entre la decoración del Festival de las Luces.

¡No imagináis lo contentos que nos pusimos! Nos dimos un abrazo igual que si nos hubiese tocado la lotería o algún suceso maravilloso hubiera resuelto de repente nuestras vidas para siempre. ¡Humanos teníamos que ser!

Al mirar para arriba se veían bastantes filas de globos que ascendían desde los márgenes del Ping y otros lugares de la ciudad hasta perderse de vista, porque realmente suben hasta perderse de vista. Supongo que al día siguiente debió ser todo un espectáculo mirar hacia el cielo, plagado por una miríada de lucecitas ascendentes. Al parecer es bastante común que durante el Festival de las Luces se produzcan incendios forestales debidos a globos que por la causa que sea se caen del cielo antes de que la parafina se extinga.

Durante nuestra aventura los alrededores estuvieron en todo momento amenizados por gente tirando todo tipo de petardos y pequeños fuegos artificiales, los cuales se vendían en los tenderetes a precios de risa. El más popular era un pequeño volador dotado de vara con extremo flexible. Para lanzar este artefacto hay que cogerlo por el extremo flexible de la vara mientras lo prendes; cuando la mecha comienza a arder le das tres o cuatro vueltas rápidas sobre sí mismo aprovechando la citada flexibilidad, lo sueltas y sale disparado dejando una estela de chispas y estallando al cabo de quince o veinte metros con el ruido de mil bombas atómicas.

La Última Retirada.

A pesar de la animación que jalonaba el río el cansancio hacía mella en nosotros, así que tras nuestro contacto con algunos de los rituales del festival de las luces volvimos pateando a nuestro alojamiento.

Podría hablar ahora del ataque que sufrimos de vuelta por parte de una legión de ratas y del heroico comportamiento de Patri, gracias a cuya entereza logramos salir incólumes de una delicadísima situación, pero el relato de este episodio ocuparía tanto espacio como el de todo el resto del viaje, así que lo dejaré para otra ocasión.

Como podéis imaginar nuestra estupenda cama con dosel y sábanas de satén no quedó decepcionada con nosotros; estoy seguro de que pocos de sus usuarios habrán dormido tan plácidamente como nosotros esa noche.

La Última Mañana.

Tras levantarnos, rehacer las maletas y desayunar nos dispusimos a quitar de en medio un feo asunto que teníamos pendiente: el billete de tren de Patri a Bangkok. Para sacarlo íbamos a hacer lo que haría cualquier tailandés: plantarnos en la taquilla de la estación.

El primer punto fue coger un taxi, uno de los incomodísimos taxis de Chiang Mai. En ese momento Patri sacó sus uñas de lobezno y comenzó una dura tanda de negociaciones con los taxistas que iban pasando. El objetivo era cerrar un precio de ida y vuelta, ya que los taxis de Chiang Mai no tienen taxímetro.
Aspecto de varios taxis de Chiang Mai dispuestos en una parada de Tha Pae.

El primero no acababa de bajar todo lo que queríamos, pero a punto estábamos de aceptar su último precio, 100Bath, cuando se paró otro detrás y Patri se lanzó a intentar un precio más justo. Sin embargo, este segundo taxi resultó ser más caro que el primero, no bajaba de 150 Bath, así que no hubo acuerdo y mientras tanto el primero se largó. Al poco llegó un tercero y tras varios minutos de tira y afloja conseguimos el precio que a nuestro entender era equitativo: 80 Bath ida y vuelta. Todo el proceso duró tranquilamente 10 minutos. ¡Y todo esto por 20 Bath! En fin, había que intentar como fuera que al menos este último día nadie nos timara.

Los famosos taxis de Chiang Mai, a los que ya me he referido en otros mantras, son como podéis ver en la foto de arriba: camionetas cuya parte trasera ha sido especialmente moldeada y equipada con dos bancos corridos para llevar viajeros. Tienen capacidad hasta para diez personas sentadas y por lo que pudimos observar no es raro que el mismo taxi lleve a la vez a varios usuarios con destinos diferentes que no se conocen entre sí y que han sido recogidos en momentos distintos. Como quizá ya haya citado anteriormente, son muy incómodos, así que para un viajecito de más de una hora como el que hicimos a la selva resultan matadores. También parecen bastante inseguros; se me ponían los pelos de punta de solo pensar en tener un accidente yendo sentados allá atrás como en un transporte de tropas al frente.

El taxista nos dejó en la estación de autobuses, así que en cuanto nos dimos cuenta salimos y le aclaramos que íbamos a la de tren. Fastidiado por su error, pero sin rechistar, nos llevó a nuestro destino correcto y allí sacamos el billete. El tren de Bangkok a Chiang Mai tarda 14 horas, llega a las siete de la mañana y hay tres clases, como en España:
  • Tercera: viajas sentado en un vagón normal.
  • Segunda: como las antiguas literas de España. Cabinas donde los asientos a partir de cierta hora se hacen camas.
  • Primera: departamentos privados con dos camas y ducha.
Yo estaba tratando de convencer a Patri para que cogiese primera, pues con los precios tailandeses y 14 horas de viaje en lontananza salía indiscutiblemente a cuenta. Ya le había adormecido bastante el lado jipi cuando la realidad despejó las dudas: únicamente quedaban tres plazas en todo el tren y las tres estaban en primera. Felicitándose por no haberse tenido que quedarse un día adicional en Chiang Mai, Patri pagó los, creo recordar, 2.700 Bath que costaba el billete y el lado jipi tuvo que rumiar su disgusto en silencio. Por lo que supe después, viajó como una reina sola en el departamento y, además, el tren tardó 17 horas por culpa de un accidente con muertos que afectó al convoy que hacía el recorrido contrario; por lo tanto, no pudo menos que felicitarse por haber sacado primera.

Sin trampa ni cartón el taxi estaba esperándonos en el exterior y nos devolvió hacia nuestro alojamiento, si bien nos quedamos un poco antes, en la plaza de la puerta de Tah Pae.

Durante el tiempo que nos quedaba visitamos algunos templos más y nos tomamos una cervecita, si bien no os voy a cansar con esta parte. Únicamente destacar que la ciudad ya estaba totalmente adornada con farolillos y que por los jardines de los templos se veían a mujeres afanándose en recubrir de flores armazones que saldrían de procesión al atardecer, al inicio del Festival de las Luces (foto de la derecha).

Siempre Son Los Mejores, Los Que Se Van.

Como en el precio de nuestro alojamiento estaba incluido el transporte de vuelta al aeropuerto, volvimos y nos sentamos a comer en uno de los establecimientos de la misma calle. Sin embargo, como Murphy no descansa ni en la tranquila patria del budismo nos topamos con el restaurante más lento de todo nuestro viaje a Tailandia, o quizá de Tailandia en términos absolutos. Cuarenta minutos después de haber sentado nuestras posaderas la comida seguía sin aparecer. Habíamos entrado en el restaurante un poquito justos de tiempo, así que semejante retraso imposibilitó que pudiera comer. Ante la inminente salida del taxi hacia el aeropuerto no tuve más remedio que levantarme e irme.

Nos despedimos con un ligero ademán de la cabeza y sin más ceremonias tomé el taxi. Ahora Patri continuaría su viaje hacia las paradisíacas islas de Ko Tao con la intención de obtener el carné básico de buceo, pero esto ya es otra historia; esta parte tiene que contarla ella. Por lo que a mí respecta nuestro periplo ha quedado fidedignamente registrado por escrito a lo largo de todos estos mantras, pero es posible que el resto se pierda conforme se debilite la memoria como lágrimas en la lluvia.

Lo único que puedo añadir es que cuando por fin llegó la comida Patri se zampó muy a gusto tanto mis platos como los suyos. En cuanto a mí, no lloréis quienes penséis que pasé hambre y calamidades, pues pude comer a gusto en Suvarnabhumi un par de horas después.

No cabe hacer correr más ríos de tinta acerca de este viaje, pues nada más destacable sucedió. Para información de quienes tengan pensado emularme puedo añadir que se confirmó a la vuelta la gratuidad de la visa y que no hay ningún problema en Suvarnabhumi para cambiar los Bath que te puedan sobrar incluso dentro de la zona de embarque, donde se disponen varias casas de cambio. Parece incluso que tienen interés en que no te lleves Bath del país. Resulta que había dejado todas mis monedas de propina en el restaurante y con los billetes que me quedaban necesitaba 20 ridículos céntimos de Bath para que me pudieran devolver 20€, que de no aportarlos se quedarían en 15€. Cuando por fin pude convencer al incrédulo oficinista de que no tenía esa insignificante cantidad adicional de moneda tailandesa, me respondió que entonces lo iba a poner él y me cambió 20€ de todas maneras. Increíble. ¿Será el budismo? Porque banco, era un banco.
Este templo construido completamente de madera fue una de nuestras visitas este último día.

Una vez que llegué a Doha me encontré sobre el sofá de mi salón todo lo que Patri había perdido a lo largo del viaje y con este feliz corolario concluyó todo lo relacionado con estas agradables vacaciones.

Valoración Final.

Una forma de valorar un viaje es saber si ha cumplido sus objetivos, y a este respecto he de decir que el resultado no puede ser más descorazonador. Fijémonos únicamente por ejemplo en el objetivo de no ser timados y el resultado es como sigue:
  1. Día cero: la cosa empieza correctametne, si bien tampoco tuvieron mucho tiempo para intentar timarnos.
  2. Primer día: timados con el timo anunciado de los sitios cerrados. Gravedad: extrema. Culpabilidad: ambos.
  3. Segundo día: timados con unas cervezas al triple de precio en un canal de Bangkok. Gravedad: baja. Culpabilidad: mía.
  4. Tercer día: timados con un alojamiento y una excursión a la selva que probablemente se podían haber sacado por mucho menos dinero. Gravedad: media. Culpabilidad: ambos.
  5. Cuarto día: timados con una comida a mediodía digna de un rancho carcelario y con una ruta a pie que resultó ser apta para niñas de 12 años. Gravedad: media. Culpabilidad: ambos.
  6. Quinto día: timados con un descenso en rafting que resultó ser equivalente a un paseo en barca por el estanque del Retiro. Gravedad: alta. Culpabilidad: Patri.
  7. Último dia: bien. Nada que me haya producido la sensación de haber pagado por ello más de lo que vale, si bien sólo cuenta medio día.
Otro modo de valorar un viaje es por las nuevas experiencias en las que te has curtido. A este respecto debo decir que la valoración es muy positiva. Todas estas cosas las hice por primera vez en mi vida:
  1. Entrar en un templo budista.
  2. Descender un río en balsa.
  3. Sufrir un accidente de tráfico.
  4. Montar en elefante.
  5. Llegar a Tailandia.
  6. Pasear por Bangkok con unos playeros blancos con suela azul, un pantalón marrón de bolsos y un polo beis a juego con el pantalón.
  7. Comer sopas picantes de leche de coco.
  8. Ser bendecido por un monje budista.
  9. Dar un paseo en barca por el río.
  10. Presenciar una tormenta tropical.
  11. Salvar a Patri de una muerte segura por ratas gigantes.
  12. Pasear por Chiang Mai con unos playeros marrones, un pantalón vaquero azul y una camiseta marrón con una raya roja a juego con los playeros.
  13. Dormir en una cama con dosel y sábanas de satén.
  14. Asistir a la recitación de un mantra en directo.
  15. Dar de comer a los siluros.
  16. Compartir espacio con arañas de 10 centímetros de diámetro.
  17. Dormir en un barracón en la selva.
  18. Pasear por Chiang Mai con unos playeros blancos con suela azul, un pantalón marrón de bolsos y un polo gris con rayitas marrones horizontales a juego con el pantalón.
  19. Botar un barquito.
  20. Hacer rafting.
  21. Participar en una persecución motorizada.
  22. Echarme en la cama en una discoteca.
  23. Montar en tuk-tuk.
  24. Recibir un masaje tailandés.
  25. Volar un globo de aire caliente.
  26. Bañarme en la poza de un río.
Pues sí. ¡Todas estas cosas hice por primera vez en mi vida! ¡Cómo para no volver contento!

Así pues, todo depende del cristal con que se mire, pero con toda franqueza prefiero mirarlo a través del segundo: éxito rotundo. En cuanto al primer punto de vista… ¡te timan todos los días en tu propio país sin que te des cuenta cuando sólo te pagan parte de tu trabajo y el empresario se apropia del resto!

¿Alguien más quiere ir a algún lado? ¡Me apunto!
  • Hora local: 20:57.
  • Temperatura: 19ºC.
  • Humedad: 73%.
  • Temperatura máxima: 24ºC.
  • Temperatura mínima: 13ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

viernes, 22 de enero de 2010

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 8º: CHOZAS, BALSAS Y ELEFANTES.


Benditos feligreses:


Tras nuestra travesía por la selva, durante la cual como sabéis arrostramos innumerables peligros, amanecía un nuevo día sobre el cobertizo en cuyo interior ambos dormíamos plácidamente.

Nos habíamos marcado hoy como objetivos sobrevivir, no ser atacados por un elefante, no caernos al río y no ser timados.

Despertares Bucólicos.

La verdad es que esa noche fue la que peor dormí de todo el viaje. Por una parte, como ya indiqué en el mantra anterior, los colchones y las almohadas no eran precisamente de látex o plumas de ganso, así que registraba ciertas molestias en el cuello. Por otro lado al estar el cobertizo totalmente abierto se oían a la perfección todos los ruidos del exterior, incluyendo el atronador cri-cri de los grillos; si bien este último ruido pronto dejó de ser molesto debido a su continuidad, los perros no dejaron de rondar toda la noche, lo cual me desvelaba. Como la puerta de acceso no cerraba, en cuanto uno de los chuchos hacía un ruido en el porche no quedaba claro si era afuera o había entrado y, claro, despertarme con uno de esos pulgosos, sarnosos y tiñosos chuchos encima era lo último que me apetecía, pues estoy seguro de que causaría menos problemas para mi salud despertarme cubierto de arañas.

En todo caso, como habíamos tenido casi diez horas para dormir descansé lo suficiente como para que no fuera un problema de cara al día que se avecinaba.
Desde el día anterior nuestro arrojo, entusiasmo y determinación habían dejado muy claro que la selva no iba a poder con nosotros.

También hubo elementos positivos, como el que no sufrí ninguna picadura de mosquito y que cuando sacudí mi ropa y mis zapatos no salieron de los mismos ningún varano u otro espécimen cualquiera poco amistoso.

El desayuno fue bajo el mismo techado donde cenamos e incluyó fruta, mucha fruta. Frente al techado habían ganado un poco de terreno al arrozal, que estaba a un metro por debajo del nivel del campamento, y estaban construyendo otro cobertizo que según nos comentó el guía era para dar cabida a más turistas. No pude evitar imaginarme el valle dentro de unos años. Donde había campos de arroz se levantarán docenas de hoteles, pozas de río, centros de masaje, casinos, salas de ping pong, centros de artesanía y parques temáticos tradicionales, todos construidos con madera y techo de hojas para darle un encanto especial y atraer así a más gente. Un servicio de infestación repondrá todos los días los niveles de arañas, grillos y bichos raros y a la hora de irse a la cama cortarán la luz durante un par de horas y encenderán hogueras para que los turistas se sientan todavía mejor.

La Aldea.

Antes de ponernos en marcha el guía (el cual por cierto no mostraba ningún síntoma de la resaca que debía tener) nos enseñó la aldea, que constaría de unas cinco chozas. Al borde del camino se disponía un largo stand techado de madera donde se vendían todo tipo de artículos de artesanía preparados para los turistas. Otra atracción era una ballesta artesanal con la cual por 15 Bath podías disparar tres flechas artesanales a un blanco artesanal. La familia eslovena se animó a probar y visto lo visto os puedo asegurar que le tendría mucho respeto a una persona armada con la citada ballesta.

El guía insistió en que entrásemos a ver una de las chozas, construida con madera, caña y techo de hojas y de unos 8x8 metros de tamaño. El interior mostraba un suelo de tierra y era diáfano excepto por dos mamparas que se disponían paralelas a las paredes laterales a ambos lados de la puerta de entrada, formando en ambas esquinas anteriores de la casa dos nichos de unos 2x2 metros. A medio metro del suelo un tablón horizontal proporcionaba en ambos nichos una superficie elevada. Según nos dijo el guía estos espacios eran las camas, y en cada uno dormía una familia, de modo que la choza era compartida por ambas. En la esquina trasera derecha había un hogar consistente en un círculo de piedras en el suelo y una pota colgando de un gancho sujeto a las vigas del techo. El cuadro se completaba con un montón de sacos y cachivaches apilados en la esquina trasera izquierda.

Pensé que quizá ésta era la choza para dar pena a los turistas y en las demás tenían televisión como en el poblado del día anterior, pero al igual que durante la noche no pude encontrar ninguna señal de que aquí hubiese energía eléctrica.
Este es el aspecto externo que presentaban las chozas de la aldea.

Lo que sí había en la aldea eran un par de camionetas de caja descubierta, ya que el camino de acceso era hábil para vehículos de cuatro ruedas. Fue utilizando esta vía por donde salimos del poblado, cruzándonos a los pocos minutos con otro grupo de turistas que se dirigían imparables hacia la aldea, quizá para realizar el mismo recorrido que nosotros el día anterior pero en sentido inverso y cargados de artesanía comprada en el stand.

En esta ocasión la caminata fue en todo momento a lo largo del camino rodado y duró poco más de media hora, tiempo tras el cual llegamos a una carretera asfaltada donde nos recogieron en una camioneta, montándonos a todos de pie en la caja.

El Rafting.

Antes de abandonar el campamento nos habíamos apuntado a una actividad opcional por el módico precio de 50 Bath por cabeza: una hora de rafting. Patri por lo visto es una habitual de estos asuntos y estaba muy ilusionada con darme zurriagazos con un remo en la cabeza mientras yo luchaba por no caerme al agua y destrozarme contra las rocas; en cambio en mi caso iba a ser la primera vez en mi vida que realizaba tal actividad y no podía dejar pasar la oportunidad. A este respecto debo aclarar que durante este viaje hice por primera vez en mi vida un montón de cosas que listaré para general conocimiento en el próximo y último mantra.

Al poco llegamos a un bar de carretera equipado con una terraza techada para acoger a los turistas, donde nos subieron en otra camioneta junto con una canoa y dejaron a todos los demás allí, dado que éramos los únicos que nos habíamos apuntado.

Ya en el río nos montamos en la canoa junto con un tailandés. Yo me puse delante, Patri en el medio y el tailandés detrás, el cual se hizo cargo de uno de los remos y entregó a Patri el segundo. La verdad es que teniendo en cuenta lo de los zurriagazos la cosa no podía haber comenzado peor. Las aguas en ese trecho del río estaban realmente calmas. A los cinco minutos de salir una tailandesa nos llamó la atención desde la orilla para que mirásemos y nos sacó una fotografía. Ya habían pasado unos quince minutos en esas aguas calmas cuando Patri me hizo entrega del remo que le había entregado el tailandés, lo cual desactivó el peligro. Ya había pasado más de media hora en aquellas aguas calmas cuando Patri le preguntó al Tailandés que cuándo cojones iba a acelerarse el curso del río, a lo cual el tailandés respondió que era todo el tiempo así. Cojonudo. Así pues, cuando llegamos a nuestro destino en vez de un violento descenso entre las rocas habíamos dado un "romántico" paseo en barca de remos; un timo, vamos, así que en vez de jodernos el objetivo de caernos al río, como me temía, nos jodieron el de no ser timados. El paseo no estuvo mal porque el cauce del río era muy bonito, pero sentí no haber traído la cámara de fotos para sacar unas instantáneas, pues no habría habido peligro de que me cayese al agua. Si lo vendiesen como paseo en barca… pues bien, ¡pero "rafting"…!

Como no podía ser de otra manera la tailandesa estaba esperándonos en el punto de desembarque para vendernos la foto por 100 Bath, la cual había enmarcado y todo. Como la experiencia no nos satisfizo y para colmo me salió por culpa del remo una fastidiosa ampolla en el interior del primer nudillo del pulgar de mi mano derecha, no se la compramos.

El Comiding.

Volvimos a la terraza del bar donde todos nuestros compañeros estaban un poco aburridos esperando y nos dieron de comer en el mismo sitio. Lamento deciros que no recuerdo qué nos ofrecieron, pero sí puedo afirmar que entre las viandas había arroz. En Tailandia, que viésemos, no existe ningún tipo de pan, ni siquiera esas tortas ácimas que se estilan en los países árabes; el arroz hace sus veces y es parte ineludible de toda comida.

Sí recuerdo que mientas nosotros manducábamos llegó otra excursión en minibús a la cual le sirvieron mejores platos, mejores cubiertos y mejores y más variadas viandas, así que supuse que debían haber pagado más que nosotros por la excursión. Hasta les pusieron mantel y todo. Y es que en Tailandia, amigos, como en casi todo el resto del mundo, aún hay clases.

El Balsing.

Tras la comida, y sin esperar a hacer la digestión, tocó la primera actividad complementaria incluida en el paquete: el descenso en balsa del río.

Tras la experiencia del rafting no estábamos especialmente emocionados, así que por eso cuando me di cuenta de que aún llevaba en uno de los bolsillos de la pernera del pantalón el teléfono móvil del curro no volví a dejarlo.

Las balsas estaban construidas por unos seis grandes bambúes de unos ocho metros de largo unidos entre sí por tres listones perpendiculares también de bambú y atados mediante gomas. En cada balsa debían subirse cuatro personas: un tailandés delante y tres turistas ocupando homogéneamente el resto de la longitud disponible. Tanto el tailandés como el turista situado más atrás debían guiar e impulsar la balsa con pértigas, hechas también de bambú. Escogí ocupar el lugar del pertiguista por estimarlo mucho más interesante y porque en principio tenía pensado vengarme de los zurriagazos del rafting tirando a Patri al río con la pértiga, pues que al final no me los hubiera dado no era más que un incidente circunstancial. Desgraciadamente me tocó bajar con la pareja de suizos, trastocándose todos mis planes.

En contra de lo que esperábamos el tramo de río que bajamos en balsa resultó ser mucho más animado que el que habíamos paseado en canoa. De cuando en cuando zonas más rápidas ponían a prueba nuestro equilibrio y me obligaban a hacer fuerza con la pértiga contra una roca o la orilla con el fin de evitar que la parte de atrás de la balsa chochase contra algún obstáculo. Incluso en uno de los tramos nos hicieron bajarnos de la balsa y descendieron el río los tailandeses solos por unos rápidos mientras nosotros lo hacíamos por la orilla. El sitio lo exigía, pues de bajar con turistas no pasaría mucho tiempo antes de que alguno estrellase su cabezota contra las rocas entre las cuales bajaban las aguas.

Aunque lógicamente lo más lo hacía el tailandés, creo que salvé el honor como pertiguero, pues únicamente fallé en dos ocasiones: una en que la balsa montó sobre una roca por la parte de atrás y otra en que me atacó una rama, incidente este último que ampliaré a continuación.
Heme aquí guiando la balsa con los dos suizos de paquete.

Lo cierto es que sobre el río, desde la orilla derecha, se tendía la rama muerta de un árbol, la cual quedaba paralela a la superficie del agua y a unos 20 centímetros sobre ésta. Según avanzaba la balsa su popa se iba desplazando a la derecha y no fui capaz de hacer fuerza suficiente contra el fondo como para evitarlo, con tan mala suerte que la citada rama rebasó la borda y comenzó a hacer de guillotina para los pies de quienes estábamos allí montados. El tailandés y el suizo pasaron antes de que la rama entrase y la suiza pudo evitarla porque a su altura únicamente abarcaba la mitad de la manga, pero cuando la muy jodida llegó a mí ocupaba ya toda la borda, así que no tenía más remedio que saltar o ser golpeado en el empeine y barrido, quizá con funestas consecuencias.

La verdad es que podía perfectamente haber saltado sobre la misma balsa, pero si hubiera hecho eso habría tirado al agua a mis compañeros casi con toda seguridad. Todo esto lo pensé en medio segundo y elegí saltar a las turbias aguas que por la pértiga sabía que no cubrían mucho, donde caí de pie y quedé sumergido hasta la altura del ombligo, pisando blanda arena en el fondo. La verdad es que mi decisión, si bien encomiable desde el punto de vista del compañerismo, el patriotismo y todas esas cosas, no fue muy inteligente desde el punto de vista de la auto-conservación. Las aguas estaban completamente turbias y no se veía lo que había 20 centímetros por debajo de la superficie; podía por lo tanto haberme golpeado con una roca, herirme con una rama o haber sido devorado por pirañas, electrocutado por anguilas eléctricas, aplastado por manatíes o arrastrado al fondo por algas asesinas mutantes. Sin embargo, podía haber delegado perfectamente todos esos destinos en los dos suizos sin que nadie hubiera podido reprocharme nada y sin que nadie de vosotros lo hubiera sentido lo más mínimo. Es por ello que prometo solemnemente que la próxima vez saltaré sobre la balsa y echaré al agua a mis compañeros sin remordimiento alguno e incluso con disimulada pero placentera satisfacción. En todo caso, el objetivo de no caernos al río se fastidió también.

Casi inmediatamente tras tocar el suelo hice fuerza sobre el borde de la balsa y volví a subir a bordo, así que quedé totalmente seco del estómago hacia arriba, si bien el teléfono del curro llegó a estar sumergido medio metro bajo el agua. Lógicamente dejó de funcionar, pero debo decir en su elogio que tras conseguir secarlo en Doha volvió a operar normalmente y aún hoy en día continúo usándolo. Para los que estéis interesados, es un Nokia 1200, y es que no hay nada más fiable que los clásicos.

No hubo más incidentes en un descenso que duró una hora y que fue muy divertido. Debo decir que no fui el único que llegó empapado. La familia eslovena tuvo también su ración de agua. Creo, si bien no aseguro, que en la balsa de Patri y los alemanes nadie salió mojado, si bien estoy convencido de que eso fue porque no corrieron ningún riesgo y bajaron en todo momento por la sombra. En fin, de los cobardes nada se ha escrito, como demuestra que no tenga nada que contar de ellos.

Enfrente del área de desembarque había un establecimiento de madera preparado para recibir a los turistas y donde podías comprar comida, bebida y, por supuesto, las fotos enmarcadas que nos habían hecho mientras descendíamos el río.

Por tener un recuerdo de un descenso que resultó muy agradable pagué los 100 Bath que costaba la mía, mientras que Patri renunció a la suya. Aquí se demostró una vez más que no tengo picardía para esto del regateo, pues lo lógico hubiera sido que cuando me dijeron el precio hubiera puesto cara de horror y estreñimiento y les hubiera dicho que vale, que 100 Bath (o incluso menos), pero que me quedaba con la de Patri también. No entra en los planes que dijeran que no, pues o la compras o se la comen, así que mientras cubras el coste del marco… Desgraciadamente todo esto lo razoné a posteriori de comprar mi instantánea, como suele ser habitual en estos casos.

Algo que me llamó la atención fue que las balsas en que habíamos descendido el río resultaron ser de un solo uso. En el mismo lugar donde habíamos desembarcado los tailandeses las desmontaban desacoplando los tres listones que unían los juncos entre sí. Finalmente fueron montados todos en una camioneta y se los llevaron río arriba, donde de nuevo serían acoplados aleatoriamente de seis en seis para que otros turistas descendieran.

El Elefanting.

Tras un descanso nos dirigimos a la que iba a ser la última actividad de nuestra excursión: un paseo de una hora a lomos de elefante. Nos montamos de nuevo en la caja de la camioneta y en diez minutos llegamos al sitio.
Un momento de nuestro paseo en proboscídeo gigante.

A dos metros del suelo se levantaba una plataforma techada de madera accesible por escaleras. A una señal de sus cuidadores, cuatro elefantes bajaron desde su corral por su propio pie y se situaron al lado de la plataforma, con el fin de que desde ella pudiésemos acceder a la silla que llevaban en sus lomos. Para montar tuvimos que dar un paso sobre la cabeza de los pobres proboscídeos (trabalenguas), ya que no se colocaron de lado, sino mirando hacia nosotros.

Cada elefante tenía capacidad para tres personas: una en el cuello (generalmente el mahout) y dos en la silla. La caravana se configuró en dos grupos de dos elefantes: el primero iba con mahout y el segundo sin él, pero atado con una cuerda a la cola del líder. Los suizos y los alemanes ocuparon los elefantes con mahout, mientras que los eslovenos montaron en elefante sin mahout con el padre al cuello. Como habréis podido adivinar los más avispados, nosotros montábamos en elefante sin mahout, lo cual permitió a Patri en un momento dado cambiar de la silla al cuello del bicho. Para permitir este cambio tuve que colocarme en el centro de la silla, ya que al parecer los elefantes son bastante sensibles al desequilibrio de pesos. Es por ello que el pobre que llevó a la familia eslovena no debió disfrutar mucho del paseo, pues la diferencia de kilos entre la hija y la madre tenía que ser por fuerza bastante superior a mi peso.

Durante el paseo quedó claro que los elefantes tienen bastante grado de libertad, ya que en un par de ocasiones se desviaron del camino trazado y se pararon a comer hojas de ciertos árboles, sin que los mahout hicieran el menor intento de disuadirles.

Por el módico precio de 30 Bath podías adquirir una bolsa llena de las mismas bananas que habíamos comido directamente del árbol el día anterior con el fin de dárselas al elefante. Eso podías hacerlo tanto al principio como en un abrevadero intermedio donde los elefantes pararon a refrescarse. Lo que no imaginábamos cuando no compramos bananas fue la terrible presión psicológica a la que íbamos a ser sometidos.
He aquí la "calva" del elefante y su trompa pidiendo bananos.

A la hora de salir el bicho colocó su trompa repetidamente sobre su cabeza reclamando las bananas que no habíamos comprado, y persistió en su actitud por lo menos durante cinco minutos. Cuando llegamos al abrevadero intermedio repitió la jugada, pero en esta ocasión al mismo tiempo comenzó a echarse agua con la trompa sobre los costados y tanto a Patri como a mí nos pareció que cada vez que no había banana salpicaba más. Ante tanta presión se fastidió el objetivo de no ser atacados por un elefante y no nos quedó, por nuestro bien, otra alternativa que ceder al chantaje y comprar una bolsa de bananas, que el elefante devoró una a una pero sin pausa. Él ponía la punta de la trompa sobre la cabeza, tú le tocabas con una banana e inmediatamente, como si fuera una mano, la agarraba y se la llevaba a la boca con piel y todo.

Regreso a Chiang Mai.

El paseo duró casi una hora y tras él descansamos un rato en un establecimiento de madera anexo al circuito que estaba preparado para recibir a los turistas y donde podías comprar comida, bebidas y petardos para el festival de las luces.

No hubo nada más destacable. Uno de los atroces taxis de Chiang Mai nos recogió y volvimos a la civilización. Tras nuestra espeluznante aventura en tierras salvajes nuestro lado pijo estaba al borde de un ataque de nervios y veía como el lado jipi se había tomado el desquite por el episodio del Bed Superclub y la habitación de primera en Chiang Mai.

El viaje de vuelta fue un suplicio, pues en esta ocasión al no haber paradas intermedias tuvimos que estar cerca de hora y media seguida sentados en los bancos corridos del taxi, lo cual me dejó la espalda dolorida (principalmente por una barra que insistía en clavárseme en las vértebras) y el culo cuadrado. Tuve además que vigilar a Patri continuamente, pues persistió en quedarse dormida y amenazaba continuamente con desplomarse de morros contra el suelo ante la absoluta imposibilidad de conseguir una postura auto portante en el infernal vehículo. En el mismo orden en el que nos recogieron por la mañana nos fueron dejando y por fin llegamos a nuestro alojamiento.

El viaje tocaba a su fin, pero todavía quedaban por delante el último paseo por Chiang Mai, donde pudimos saborear los previos del festival de las luces, y algunas gestiones mañaneras que relataré en el último mantra.
  • Hora local: : 18:29.
  • Temperatura: 22ºC.
  • Humedad: 63%.
  • Temperatura máxima: 25ºC.
  • Temperatura mínima: 16ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.