viernes, 22 de enero de 2010

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 8º: CHOZAS, BALSAS Y ELEFANTES.


Benditos feligreses:


Tras nuestra travesía por la selva, durante la cual como sabéis arrostramos innumerables peligros, amanecía un nuevo día sobre el cobertizo en cuyo interior ambos dormíamos plácidamente.

Nos habíamos marcado hoy como objetivos sobrevivir, no ser atacados por un elefante, no caernos al río y no ser timados.

Despertares Bucólicos.

La verdad es que esa noche fue la que peor dormí de todo el viaje. Por una parte, como ya indiqué en el mantra anterior, los colchones y las almohadas no eran precisamente de látex o plumas de ganso, así que registraba ciertas molestias en el cuello. Por otro lado al estar el cobertizo totalmente abierto se oían a la perfección todos los ruidos del exterior, incluyendo el atronador cri-cri de los grillos; si bien este último ruido pronto dejó de ser molesto debido a su continuidad, los perros no dejaron de rondar toda la noche, lo cual me desvelaba. Como la puerta de acceso no cerraba, en cuanto uno de los chuchos hacía un ruido en el porche no quedaba claro si era afuera o había entrado y, claro, despertarme con uno de esos pulgosos, sarnosos y tiñosos chuchos encima era lo último que me apetecía, pues estoy seguro de que causaría menos problemas para mi salud despertarme cubierto de arañas.

En todo caso, como habíamos tenido casi diez horas para dormir descansé lo suficiente como para que no fuera un problema de cara al día que se avecinaba.
Desde el día anterior nuestro arrojo, entusiasmo y determinación habían dejado muy claro que la selva no iba a poder con nosotros.

También hubo elementos positivos, como el que no sufrí ninguna picadura de mosquito y que cuando sacudí mi ropa y mis zapatos no salieron de los mismos ningún varano u otro espécimen cualquiera poco amistoso.

El desayuno fue bajo el mismo techado donde cenamos e incluyó fruta, mucha fruta. Frente al techado habían ganado un poco de terreno al arrozal, que estaba a un metro por debajo del nivel del campamento, y estaban construyendo otro cobertizo que según nos comentó el guía era para dar cabida a más turistas. No pude evitar imaginarme el valle dentro de unos años. Donde había campos de arroz se levantarán docenas de hoteles, pozas de río, centros de masaje, casinos, salas de ping pong, centros de artesanía y parques temáticos tradicionales, todos construidos con madera y techo de hojas para darle un encanto especial y atraer así a más gente. Un servicio de infestación repondrá todos los días los niveles de arañas, grillos y bichos raros y a la hora de irse a la cama cortarán la luz durante un par de horas y encenderán hogueras para que los turistas se sientan todavía mejor.

La Aldea.

Antes de ponernos en marcha el guía (el cual por cierto no mostraba ningún síntoma de la resaca que debía tener) nos enseñó la aldea, que constaría de unas cinco chozas. Al borde del camino se disponía un largo stand techado de madera donde se vendían todo tipo de artículos de artesanía preparados para los turistas. Otra atracción era una ballesta artesanal con la cual por 15 Bath podías disparar tres flechas artesanales a un blanco artesanal. La familia eslovena se animó a probar y visto lo visto os puedo asegurar que le tendría mucho respeto a una persona armada con la citada ballesta.

El guía insistió en que entrásemos a ver una de las chozas, construida con madera, caña y techo de hojas y de unos 8x8 metros de tamaño. El interior mostraba un suelo de tierra y era diáfano excepto por dos mamparas que se disponían paralelas a las paredes laterales a ambos lados de la puerta de entrada, formando en ambas esquinas anteriores de la casa dos nichos de unos 2x2 metros. A medio metro del suelo un tablón horizontal proporcionaba en ambos nichos una superficie elevada. Según nos dijo el guía estos espacios eran las camas, y en cada uno dormía una familia, de modo que la choza era compartida por ambas. En la esquina trasera derecha había un hogar consistente en un círculo de piedras en el suelo y una pota colgando de un gancho sujeto a las vigas del techo. El cuadro se completaba con un montón de sacos y cachivaches apilados en la esquina trasera izquierda.

Pensé que quizá ésta era la choza para dar pena a los turistas y en las demás tenían televisión como en el poblado del día anterior, pero al igual que durante la noche no pude encontrar ninguna señal de que aquí hubiese energía eléctrica.
Este es el aspecto externo que presentaban las chozas de la aldea.

Lo que sí había en la aldea eran un par de camionetas de caja descubierta, ya que el camino de acceso era hábil para vehículos de cuatro ruedas. Fue utilizando esta vía por donde salimos del poblado, cruzándonos a los pocos minutos con otro grupo de turistas que se dirigían imparables hacia la aldea, quizá para realizar el mismo recorrido que nosotros el día anterior pero en sentido inverso y cargados de artesanía comprada en el stand.

En esta ocasión la caminata fue en todo momento a lo largo del camino rodado y duró poco más de media hora, tiempo tras el cual llegamos a una carretera asfaltada donde nos recogieron en una camioneta, montándonos a todos de pie en la caja.

El Rafting.

Antes de abandonar el campamento nos habíamos apuntado a una actividad opcional por el módico precio de 50 Bath por cabeza: una hora de rafting. Patri por lo visto es una habitual de estos asuntos y estaba muy ilusionada con darme zurriagazos con un remo en la cabeza mientras yo luchaba por no caerme al agua y destrozarme contra las rocas; en cambio en mi caso iba a ser la primera vez en mi vida que realizaba tal actividad y no podía dejar pasar la oportunidad. A este respecto debo aclarar que durante este viaje hice por primera vez en mi vida un montón de cosas que listaré para general conocimiento en el próximo y último mantra.

Al poco llegamos a un bar de carretera equipado con una terraza techada para acoger a los turistas, donde nos subieron en otra camioneta junto con una canoa y dejaron a todos los demás allí, dado que éramos los únicos que nos habíamos apuntado.

Ya en el río nos montamos en la canoa junto con un tailandés. Yo me puse delante, Patri en el medio y el tailandés detrás, el cual se hizo cargo de uno de los remos y entregó a Patri el segundo. La verdad es que teniendo en cuenta lo de los zurriagazos la cosa no podía haber comenzado peor. Las aguas en ese trecho del río estaban realmente calmas. A los cinco minutos de salir una tailandesa nos llamó la atención desde la orilla para que mirásemos y nos sacó una fotografía. Ya habían pasado unos quince minutos en esas aguas calmas cuando Patri me hizo entrega del remo que le había entregado el tailandés, lo cual desactivó el peligro. Ya había pasado más de media hora en aquellas aguas calmas cuando Patri le preguntó al Tailandés que cuándo cojones iba a acelerarse el curso del río, a lo cual el tailandés respondió que era todo el tiempo así. Cojonudo. Así pues, cuando llegamos a nuestro destino en vez de un violento descenso entre las rocas habíamos dado un "romántico" paseo en barca de remos; un timo, vamos, así que en vez de jodernos el objetivo de caernos al río, como me temía, nos jodieron el de no ser timados. El paseo no estuvo mal porque el cauce del río era muy bonito, pero sentí no haber traído la cámara de fotos para sacar unas instantáneas, pues no habría habido peligro de que me cayese al agua. Si lo vendiesen como paseo en barca… pues bien, ¡pero "rafting"…!

Como no podía ser de otra manera la tailandesa estaba esperándonos en el punto de desembarque para vendernos la foto por 100 Bath, la cual había enmarcado y todo. Como la experiencia no nos satisfizo y para colmo me salió por culpa del remo una fastidiosa ampolla en el interior del primer nudillo del pulgar de mi mano derecha, no se la compramos.

El Comiding.

Volvimos a la terraza del bar donde todos nuestros compañeros estaban un poco aburridos esperando y nos dieron de comer en el mismo sitio. Lamento deciros que no recuerdo qué nos ofrecieron, pero sí puedo afirmar que entre las viandas había arroz. En Tailandia, que viésemos, no existe ningún tipo de pan, ni siquiera esas tortas ácimas que se estilan en los países árabes; el arroz hace sus veces y es parte ineludible de toda comida.

Sí recuerdo que mientas nosotros manducábamos llegó otra excursión en minibús a la cual le sirvieron mejores platos, mejores cubiertos y mejores y más variadas viandas, así que supuse que debían haber pagado más que nosotros por la excursión. Hasta les pusieron mantel y todo. Y es que en Tailandia, amigos, como en casi todo el resto del mundo, aún hay clases.

El Balsing.

Tras la comida, y sin esperar a hacer la digestión, tocó la primera actividad complementaria incluida en el paquete: el descenso en balsa del río.

Tras la experiencia del rafting no estábamos especialmente emocionados, así que por eso cuando me di cuenta de que aún llevaba en uno de los bolsillos de la pernera del pantalón el teléfono móvil del curro no volví a dejarlo.

Las balsas estaban construidas por unos seis grandes bambúes de unos ocho metros de largo unidos entre sí por tres listones perpendiculares también de bambú y atados mediante gomas. En cada balsa debían subirse cuatro personas: un tailandés delante y tres turistas ocupando homogéneamente el resto de la longitud disponible. Tanto el tailandés como el turista situado más atrás debían guiar e impulsar la balsa con pértigas, hechas también de bambú. Escogí ocupar el lugar del pertiguista por estimarlo mucho más interesante y porque en principio tenía pensado vengarme de los zurriagazos del rafting tirando a Patri al río con la pértiga, pues que al final no me los hubiera dado no era más que un incidente circunstancial. Desgraciadamente me tocó bajar con la pareja de suizos, trastocándose todos mis planes.

En contra de lo que esperábamos el tramo de río que bajamos en balsa resultó ser mucho más animado que el que habíamos paseado en canoa. De cuando en cuando zonas más rápidas ponían a prueba nuestro equilibrio y me obligaban a hacer fuerza con la pértiga contra una roca o la orilla con el fin de evitar que la parte de atrás de la balsa chochase contra algún obstáculo. Incluso en uno de los tramos nos hicieron bajarnos de la balsa y descendieron el río los tailandeses solos por unos rápidos mientras nosotros lo hacíamos por la orilla. El sitio lo exigía, pues de bajar con turistas no pasaría mucho tiempo antes de que alguno estrellase su cabezota contra las rocas entre las cuales bajaban las aguas.

Aunque lógicamente lo más lo hacía el tailandés, creo que salvé el honor como pertiguero, pues únicamente fallé en dos ocasiones: una en que la balsa montó sobre una roca por la parte de atrás y otra en que me atacó una rama, incidente este último que ampliaré a continuación.
Heme aquí guiando la balsa con los dos suizos de paquete.

Lo cierto es que sobre el río, desde la orilla derecha, se tendía la rama muerta de un árbol, la cual quedaba paralela a la superficie del agua y a unos 20 centímetros sobre ésta. Según avanzaba la balsa su popa se iba desplazando a la derecha y no fui capaz de hacer fuerza suficiente contra el fondo como para evitarlo, con tan mala suerte que la citada rama rebasó la borda y comenzó a hacer de guillotina para los pies de quienes estábamos allí montados. El tailandés y el suizo pasaron antes de que la rama entrase y la suiza pudo evitarla porque a su altura únicamente abarcaba la mitad de la manga, pero cuando la muy jodida llegó a mí ocupaba ya toda la borda, así que no tenía más remedio que saltar o ser golpeado en el empeine y barrido, quizá con funestas consecuencias.

La verdad es que podía perfectamente haber saltado sobre la misma balsa, pero si hubiera hecho eso habría tirado al agua a mis compañeros casi con toda seguridad. Todo esto lo pensé en medio segundo y elegí saltar a las turbias aguas que por la pértiga sabía que no cubrían mucho, donde caí de pie y quedé sumergido hasta la altura del ombligo, pisando blanda arena en el fondo. La verdad es que mi decisión, si bien encomiable desde el punto de vista del compañerismo, el patriotismo y todas esas cosas, no fue muy inteligente desde el punto de vista de la auto-conservación. Las aguas estaban completamente turbias y no se veía lo que había 20 centímetros por debajo de la superficie; podía por lo tanto haberme golpeado con una roca, herirme con una rama o haber sido devorado por pirañas, electrocutado por anguilas eléctricas, aplastado por manatíes o arrastrado al fondo por algas asesinas mutantes. Sin embargo, podía haber delegado perfectamente todos esos destinos en los dos suizos sin que nadie hubiera podido reprocharme nada y sin que nadie de vosotros lo hubiera sentido lo más mínimo. Es por ello que prometo solemnemente que la próxima vez saltaré sobre la balsa y echaré al agua a mis compañeros sin remordimiento alguno e incluso con disimulada pero placentera satisfacción. En todo caso, el objetivo de no caernos al río se fastidió también.

Casi inmediatamente tras tocar el suelo hice fuerza sobre el borde de la balsa y volví a subir a bordo, así que quedé totalmente seco del estómago hacia arriba, si bien el teléfono del curro llegó a estar sumergido medio metro bajo el agua. Lógicamente dejó de funcionar, pero debo decir en su elogio que tras conseguir secarlo en Doha volvió a operar normalmente y aún hoy en día continúo usándolo. Para los que estéis interesados, es un Nokia 1200, y es que no hay nada más fiable que los clásicos.

No hubo más incidentes en un descenso que duró una hora y que fue muy divertido. Debo decir que no fui el único que llegó empapado. La familia eslovena tuvo también su ración de agua. Creo, si bien no aseguro, que en la balsa de Patri y los alemanes nadie salió mojado, si bien estoy convencido de que eso fue porque no corrieron ningún riesgo y bajaron en todo momento por la sombra. En fin, de los cobardes nada se ha escrito, como demuestra que no tenga nada que contar de ellos.

Enfrente del área de desembarque había un establecimiento de madera preparado para recibir a los turistas y donde podías comprar comida, bebida y, por supuesto, las fotos enmarcadas que nos habían hecho mientras descendíamos el río.

Por tener un recuerdo de un descenso que resultó muy agradable pagué los 100 Bath que costaba la mía, mientras que Patri renunció a la suya. Aquí se demostró una vez más que no tengo picardía para esto del regateo, pues lo lógico hubiera sido que cuando me dijeron el precio hubiera puesto cara de horror y estreñimiento y les hubiera dicho que vale, que 100 Bath (o incluso menos), pero que me quedaba con la de Patri también. No entra en los planes que dijeran que no, pues o la compras o se la comen, así que mientras cubras el coste del marco… Desgraciadamente todo esto lo razoné a posteriori de comprar mi instantánea, como suele ser habitual en estos casos.

Algo que me llamó la atención fue que las balsas en que habíamos descendido el río resultaron ser de un solo uso. En el mismo lugar donde habíamos desembarcado los tailandeses las desmontaban desacoplando los tres listones que unían los juncos entre sí. Finalmente fueron montados todos en una camioneta y se los llevaron río arriba, donde de nuevo serían acoplados aleatoriamente de seis en seis para que otros turistas descendieran.

El Elefanting.

Tras un descanso nos dirigimos a la que iba a ser la última actividad de nuestra excursión: un paseo de una hora a lomos de elefante. Nos montamos de nuevo en la caja de la camioneta y en diez minutos llegamos al sitio.
Un momento de nuestro paseo en proboscídeo gigante.

A dos metros del suelo se levantaba una plataforma techada de madera accesible por escaleras. A una señal de sus cuidadores, cuatro elefantes bajaron desde su corral por su propio pie y se situaron al lado de la plataforma, con el fin de que desde ella pudiésemos acceder a la silla que llevaban en sus lomos. Para montar tuvimos que dar un paso sobre la cabeza de los pobres proboscídeos (trabalenguas), ya que no se colocaron de lado, sino mirando hacia nosotros.

Cada elefante tenía capacidad para tres personas: una en el cuello (generalmente el mahout) y dos en la silla. La caravana se configuró en dos grupos de dos elefantes: el primero iba con mahout y el segundo sin él, pero atado con una cuerda a la cola del líder. Los suizos y los alemanes ocuparon los elefantes con mahout, mientras que los eslovenos montaron en elefante sin mahout con el padre al cuello. Como habréis podido adivinar los más avispados, nosotros montábamos en elefante sin mahout, lo cual permitió a Patri en un momento dado cambiar de la silla al cuello del bicho. Para permitir este cambio tuve que colocarme en el centro de la silla, ya que al parecer los elefantes son bastante sensibles al desequilibrio de pesos. Es por ello que el pobre que llevó a la familia eslovena no debió disfrutar mucho del paseo, pues la diferencia de kilos entre la hija y la madre tenía que ser por fuerza bastante superior a mi peso.

Durante el paseo quedó claro que los elefantes tienen bastante grado de libertad, ya que en un par de ocasiones se desviaron del camino trazado y se pararon a comer hojas de ciertos árboles, sin que los mahout hicieran el menor intento de disuadirles.

Por el módico precio de 30 Bath podías adquirir una bolsa llena de las mismas bananas que habíamos comido directamente del árbol el día anterior con el fin de dárselas al elefante. Eso podías hacerlo tanto al principio como en un abrevadero intermedio donde los elefantes pararon a refrescarse. Lo que no imaginábamos cuando no compramos bananas fue la terrible presión psicológica a la que íbamos a ser sometidos.
He aquí la "calva" del elefante y su trompa pidiendo bananos.

A la hora de salir el bicho colocó su trompa repetidamente sobre su cabeza reclamando las bananas que no habíamos comprado, y persistió en su actitud por lo menos durante cinco minutos. Cuando llegamos al abrevadero intermedio repitió la jugada, pero en esta ocasión al mismo tiempo comenzó a echarse agua con la trompa sobre los costados y tanto a Patri como a mí nos pareció que cada vez que no había banana salpicaba más. Ante tanta presión se fastidió el objetivo de no ser atacados por un elefante y no nos quedó, por nuestro bien, otra alternativa que ceder al chantaje y comprar una bolsa de bananas, que el elefante devoró una a una pero sin pausa. Él ponía la punta de la trompa sobre la cabeza, tú le tocabas con una banana e inmediatamente, como si fuera una mano, la agarraba y se la llevaba a la boca con piel y todo.

Regreso a Chiang Mai.

El paseo duró casi una hora y tras él descansamos un rato en un establecimiento de madera anexo al circuito que estaba preparado para recibir a los turistas y donde podías comprar comida, bebidas y petardos para el festival de las luces.

No hubo nada más destacable. Uno de los atroces taxis de Chiang Mai nos recogió y volvimos a la civilización. Tras nuestra espeluznante aventura en tierras salvajes nuestro lado pijo estaba al borde de un ataque de nervios y veía como el lado jipi se había tomado el desquite por el episodio del Bed Superclub y la habitación de primera en Chiang Mai.

El viaje de vuelta fue un suplicio, pues en esta ocasión al no haber paradas intermedias tuvimos que estar cerca de hora y media seguida sentados en los bancos corridos del taxi, lo cual me dejó la espalda dolorida (principalmente por una barra que insistía en clavárseme en las vértebras) y el culo cuadrado. Tuve además que vigilar a Patri continuamente, pues persistió en quedarse dormida y amenazaba continuamente con desplomarse de morros contra el suelo ante la absoluta imposibilidad de conseguir una postura auto portante en el infernal vehículo. En el mismo orden en el que nos recogieron por la mañana nos fueron dejando y por fin llegamos a nuestro alojamiento.

El viaje tocaba a su fin, pero todavía quedaban por delante el último paseo por Chiang Mai, donde pudimos saborear los previos del festival de las luces, y algunas gestiones mañaneras que relataré en el último mantra.
  • Hora local: : 18:29.
  • Temperatura: 22ºC.
  • Humedad: 63%.
  • Temperatura máxima: 25ºC.
  • Temperatura mínima: 16ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

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