sábado, 19 de diciembre de 2009

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 5º: THE TAXI INCIDENT.


Sumisos esbirros:

Tras un día tan agotador como el precedente no nos costó nada dormir ocho horas a pierna suelta. Pese a ello nos levantamos lo suficientemente pronto como para tomárnoslo con tranquilidad, a pesar de que no teníamos muy claro cuánto tiempo nos iba a llevar el traslado al aeropuerto, más que nada por la variable del tráfico.

Es por eso que yo no ponía mucho entusiasmo cuando le decía a Patri:
- ¡Veeenga, que vamos a llegar taaarde!
Y Patri me respondía:
- ¡Espera, que todavía no he terminado de maquillarme! ¡No me gusta esta sombra de ojos, me la tengo que cambiar!
Cuando acabamos de desayunar íbamos perfectamente de tiempo, así que no ponía muchas ganas cuando le decía a Patri:
- ¡Veeenga, que vamos a llegar taaarde!
Y Patri me respondía:
- ¡Espera, jolín, que con estos tacones de aguja no puedo correr! ¡Además, con tanto jaleo se me ha movido el tocado y tengo que volver a ponerlo!
En resumen: no había nada de qué preocuparse. Después de todo los objetivos para el día eran muy sencillos: llegar a Chiang Mai, decidir allí el plan sobre la marcha y no ser timados.

El Gran Atasco.

Como Bangkok está lleno de taxis, al contrario que Doha o Gijón, no tuvimos más que salir a la acera y parar uno a nuestra elección. Sin embargo, por primera vez desde nuestra llegada a Tailandia el taxista puso problemas para cobrar por el taxímetro, pero como nos ofreció hacernos la carrera por 400 Bath, que era lo que nos había costado más o menos el viaje de ida, aceptamos. Luego me di cuenta de que en esos 400 Bath de la ida estaban incluidos los 50 de tasa de salida del aeropuerto, pero bueno.

Como Murphy manda, no habíamos recorrido ni 500 metros cuando ¡oh, Buda! nos topamos con un atasco de estos que te tienen parado diez minutos en el mismo sitio antes de de que te puedas mover apenas 50 metros. Incluso el taxista nos comentó que en los 50 años que llevaba de profesión jamás había visto algo semejante en Bangkok. En este atasco perdimos buena parte de nuestro colchón de tiempo. Afortunadamente antes de que la situación empezase a ponerse fea la congestión aflojó y al poco la causa de nuestras desdichas se manifestó: había habido un accidente en la entrada de la autopista que teníamos que coger.

El Gran Golpe.

Ya dentro de la autopista no llevaríamos más de tres o cuatro kilómetros recorridos cuando nos encontramos con una zona de tráfico lento. Al taxista le pilló un poco por sorpresa, pues íbamos acelerando por el carril de la derecha (en Tailandia se conduce por la izquierda) y tuvo que frenar violentamente, hasta el punto de que una mochila que estaba en el espacio entre los asientos y el parabrisas trasero salió volando hacia delante. Apenas había quedado claro que no íbamos a chocar cuando comenzamos a oír el inconfundible ruido de un frenazo… más fuerte… más fuerte… ¡Y crash! ¡Topetazo por detrás!

Patri y yo cruzamos una intensa mirada que claramente sustituyó a la siguiente conversación:
- ¡La cagamos!
- ¡La cagamos!
Nos bajamos y vimos que en realidad no había sido el coche que teníamos detrás, sino que a él le había dado un tercero y de rebote nos había pegado a nosotros. El taxi tenía el parachoques hundido y la tapa del maletero abollada y abierta. El taxista lógicamente nos dice que no puede seguir hasta que se arreglen todos los trámites, así que le pagamos la mitad del precio convenido y Patri se puso a intentar parar otros taxis. Pero claro, estábamos en una autopista de peaje, así que todos los que pasaban estaban llenos y no querían saber nada. Ya empezábamos a dar por perdida la situación cuando, de repente, un coche grande se paró delante del accidente y el conductor, un tailandés relativamente joven y vestido de traje, nos señala que nos montemos con él, que nos lleva al aeropuerto.

Y dijo Buda: "hágase la luz" Y la luz se hizo.

Sacamos a toda prisa las maletas del taxi, aunque no sin esfuerzo, pues habían quedado aprisionadas por el metal abollado.
- ¡Vamos, vamos!
- ¡Los tacones, los tacones!
El Gran Olvido.

Nos montamos en el coche de nuestro benefactor en medio de efusivos agradecimientos y reverencias. Ya nos las prometíamos muy felices cuando, de repente, me quedo pálido y me entra un sudor frío al caer en la cuenta de un pequeño detalle:
- ¡Me he dejado la cámara de fotos en el taxi!
Miro entonces para Patri y ella se pone más pálida todavía a pesar de su cuidado y bonito maquillaje:
- ¡Pues yo la mochila con el dinero, el billete y el pasaporte dentro!
En resumen: imposible subirse al avión. Y ya estábamos a unos kilómetros del lugar del accidente.

Nuestro benefactor, que hablaba inglés no fluido pero suficiente, nota al punto nuestra agitación y nos pregunta qué ocurre. Le hacemos partícipe de nuestra desgracia y nos tranquiliza diciendo que no nos preocupemos, que se puede intentar algo. Aparca en el arcén de la autopista, sale del coche y llama por teléfono. No habían pasado cinco minutos cuando aparece una grúa de mantenimiento y aparca en el arcén tras nosotros. Míster Kwao, que así se llamaba nuestro salvador, habla con el gruísta, tras lo cual viene y nos dice que el hombre va a ponerse en contacto con el lugar del accidente, ya que probablemente habrá allí otra grúa y podrán traernos las cosas.

La Gran Persecución.

Habrían pasado poco más de cinco minutos de tensa espera cuando Patri señala afuera y exclama:
- ¡¡El taxi!!
Miro y ¡efectivamente! veo pasar por delante de nuestras narices al puñetero taxi con su delatador abollón en el culo y el futuro de nuestro viaje depositado en sus asientos traseros.

El de la grúa, que ha visto los gestos de Patri y se ha dado cuenta de todo, se monta corriendo en su vehículo y arranca en persecución del taxi antes de que podamos decirle nada. Kwao no sabe qué ocurre, pero en cuanto se lo explicamos hace lo propio. La grúa había podido tomar bastante delantera y circulaba con las luces de emergencia puestas. Al taxi ya no lo veíamos. Kwao inicia una conducción en "S" para adelantar lo más posible. En un momento dado perdemos de vista a la grúa, pero tras un tenso instante de duda… ¡ahí está! ¡sí! ¡al final de una de las rampas de salida de la autopista!, parada en el arcén, donde… ¡había conseguido alcanzar y hacer parar al taxi!

Nos bajamos del coche de Kwao en estado semisalvaje. La cara de susto que tenía el taxista era un poema ¡no entendía lo que pasaba! Quizá creía que queríamos darle una paliza, o denunciarlo, o algo peor. Allí estaban todas nuestras cosas, en el asiento de atrás, tal y como habían quedado. Dadas las explicaciones lo cogemos todo, nos deshacemos en agradecimientos y sonrisas y reiniciamos la marcha a toda prisa (quizá el de la grúa debió haberse llevado una buena propina, pero no tuvimos tiempo de pensar en ello).

La verdad es que, a toro pasado, debo agradecerle a Patri que olvidara el pasaporte en el taxi, pues en caso contrario me hubiera quedado sin cámara y sin fotos de Bangkok. Evidentemente la cámara por si sola no justificaba montar un jaleo y arriesgarnos a perder el vuelo.

Volviendo a los hechos, como habíamos salido de la autopista tuvimos que volver a entrar, y por lo tanto volver a pagar peaje, el cual por supuesto afrontamos nosotros tras impedir a Kwao que lo pusiese él.

El Gran Robo.

Todavía nos quedaba sin embargo un susto. No llevábamos recorridos cinco kilómetros cuando Patri me dice:
- ¡Anda! ¿Tú también traías mochila?
- No, no traje mochila; son propias de jipis y maleantes.
- Pues… ¿de quién es entonces esa mochila?
Fácil: ¡le había robado la mochila al taxista! Sí, esa mochila que había salido disparada hacia delante cuando dio el frenazo y que había quedado por lo tanto mezclada con nuestras cosas.

Un poquito ya avergonzados se lo comunicamos a nuestro benefactor quien, filosóficamente, vuelve a activar su móvil y llama a la empresa de taxis para alertar del asunto. Nos dice que no nos preocupemos, que ya se encarga él de devolver la mochila a la empresa de taxis.

Respiramos hondo, miramos el uno para el otro y... esta vez no hubo nada.

El Gran Desenlace.

Durante la última etapa de este interminable viaje pudimos por fin entablar con nuestro salvador una conversación relajada. Según nos contó había decidido recogernos cuando vio a Patri intentar parar taxis desesperadamente, así que ese intento fue lo que nos salvó. A lo largo de la conversación nos enteramos de que Mr. Kwao es ingeniero eléctrico y trabaja en una planta de cogeneración que suministra electricidad y refrigeración al aeropuerto, la cual nos señaló al pasar al lado. No dejó de ser esto un hermoso encaje de bolillos, teniendo en cuenta que en el asiento de atrás se sentaban otros dos ingenieros: él dedicado a la producción de electricidad y ella a la de frío. Le preguntamos que si no tendría problemas por llegar tarde a su trabajo y nos respondió que no nos preocupásemos, que cuando nos recogió ya iba a llegar tarde de todas formas y que era el vicepresidente, así que no pasaba nada porque un día entrase con dos horas de retraso.

Kwao nos dejó en la puerta de la terminal faltando una hora y diez para la salida del vuelo. Tras dedicarle mil agradecimientos y reverencias se negó a aceptar compensación alguna por las muchas molestias causadas, así que al final el traslado al aeropuerto nos salió a mitad de precio. Nos dio además su número de teléfono por si había algún problema adicional. ¡Qué grandes son los ingenieros eléctricos budistas!

Para aquellos que estéis interesados, ésta es la empresa en la que trabaja:
Dado que era un vuelo doméstico una hora y diez era tiempo suficiente y pudimos facturar y coger el avión sin apurón alguno.

Corolario.

¡Menos mal que nos levantamos con tiempo por la mañana!

¡Menos mal que el monje aquel (el de la foto de la izquierda) nos bendijo el primer día y Patri les dio de comer a los peces del Chao Phraya! ¿Os imagináis lo que nos habría pasado si no llegamos a tener encima todas esas bendiciones? ¡El taxista nos habría asesinado y arrojado al Chao Phraya para dar de comer a los peces, o en vez de Kwao nos habría recogido un tuk-tuk, o algo todavía peor!

¡Menos mal, por último, que la realidad es que Patri no perdió tiempo alguno! Una vez contada la historia debo ser justo y limpiar el honor de mi compañera de fatigas: Patri ni perdió un minuto en maquillarse por la mañana, ni llevaba zapatos de tacón de aguja, pero… ¿no tiene la anécdota más gracia así? El resto, es totalmente verídico.

Chiang Mai nos esperaba. Pero eso, ya es otro mantra.
  • Hora local: 19:07.
  • Temperatura: 21ºC.
  • Humedad: 73%.
  • Temperatura máxima: 24ºC.
  • Temperatura mínima: 17ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

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"Dejad que los perros ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos." [Don Quijote - Orson Welles]