Leales secuaces:
Tras las ocho horas de sueño de rigor nos levantamos hacia las diez y media de la mañana con renovados bríos. Los objetivos de hoy eran la mansión de Vimanmek, el templo de Wat Pho y no ser timados.
El día anterior habíamos descartado viajar hasta Ayutthaya para visitar las ruinas de la antigua capital de Siam con el fin de no dejar Bangkok a medias, ya que dichas ruinas quedan 90 kilómetros al norte de la capital actual. Habríamos necesitado un tercer día completo en Bangkok para poder rendir esta recomendable visita. La decisión la tomamos con gran dolor de mi corazón, pues como todos sabéis me chiflan las ciudades perdidas, ya sean romanas, persas, aztecas, atlantes, khmer o siamesas.
También habíamos descartado visitar el muy publicitado mercado flotante una vez leído que estaba nada menos que a 160 kilómetros de la ciudad y que hoy en día no era más que un circo montado para el turista donde a partir de las nueve de la mañana decenas de autobuses comienzan a escupir viajeros procedentes de Bangkok; un destino por lo tanto incompatible con nuestro objetivo de no ser timados.
Un lugar que hasta el final peleó por nuestro favor fue la Casa de Jim Thompson. Este riquísimo mercader de sedas y ex-agente de la CIA se hizo construir a mediados del Siglo XX una preciosa y gran casa de madera de teca al estilo tradicional tailandés que hoy en día se mantiene en estado de revista en medio de un frondoso jardín, para disfrute de propios y extraños. Finalmente nos decantamos por Vimanmek porque es más grande y nos quedaba más a mano.
La Mansión de Vimanmek.
Nuestro primer objetivo fue pues la mansión de Vimanmek, que según decía la guía ocupa la esquina de un parque adonde fue trasladada desde su ubicación original. Esta mansión fue un palacio de la familia real tailandesa y por lo visto es el edificio de madera de teca más grande del mundo. La madera de teca es muy recomendable para la construcción de barcos o edificios, pues es tal su densidad y dureza que es inmune a la acción de termitas y otros insectos, que no pueden penetrarla; es además resistente a la podredumbre y los hongos y no propaga la llama, con lo cual los conatos de incendio se extinguen por si solos (esto no quiere decir que no pueda arder, ante un incendio de verdad se quema, como madera que es). Por supuesto es una madera muy cara, con lo cual su distribución no se realiza en función de quién la necesita, sino en función de quién puede pagarla, como corresponde a todo sistema de economía de mercado.
Mientras esperaba a que Patri acabara de ponerse su vestido de cola (no hay que olvidar que íbamos a visitar un palacio real) subí al spa del hotel a gozar mi obsequio de 15 minutos de masaje de espalda y hombros, que resultó muy agradable.
Ya puestos en camino decidimos hacer uso del tren de San Fernando, pues tampoco Vimanmek queda lejos de Khaosan y no parecía tener pérdida: para llegar sólo hay que recorrer todo recto una larga avenida; ésta, como todas las de Bangkok fuera del área de rascacielos, está flanqueada por edificios de tres o cuatro alturas llenos en sus bajos de comercios y sitios para comer y parapetados tras una maraña de cables a la altura del primer piso. El paseo resultó ser más agotador de lo que pensábamos, pues la indicación de la guía no era muy afortunada (¡Lonely Planet tenía que ser!). Realmente la mansión de Vimanmek no está en un parque, sino en el interior de un gran recinto de pabellones reales que todavía hoy en día se utilizan para algunas celebraciones relacionadas con la Corona. Como tal está rodeado de un alto muro e internamente compartimentado, de modo que en nada se asemeja a un parque público desde el exterior. Aunque está abierto al público no se puede acceder si no es por puntos muy concretos; es por ello que, buscando un parque público que nunca aparecía, acabamos dando un buen rodeo bajo el sol de mediodía.
En todo caso quien busca encuentra, así que acabamos por hallar una de las entradas, donde preguntamos y nos dieron una guía donde todo quedaba claro. Ya en el interior del complejo paramos en un pequeño centro de avituallamiento donde pudimos re-hidratar nuestros mojados cuerpos para acabar llegando en breve a la propia mansión de Vimanmek.
Por el camino pudimos comprobar que el resto del complejo no tiene demasiado interés. Aparte de Vimanmek hay un montón de pabellones y salas de exposiciones relacionados con la realeza tailandesa, muchos de los cuales se pueden visitar. Entre todos estos edificios se disponen unos jardines arbolados surcados por abundantes caminos asfaltados y algunos canales artificiales cruzados por puentecillos.
A ver Vimanmek vienen muchos turistas y las visitas están muy reguladas. Aplican las mismas reglas de decoro acerca de la vestimenta que en los templos, de modo que Patri acabó vistiendo una hermosa y colorida camisa naranja y un largo sarong (pesado pareo tailandés), ya que aunque llevaba el mismo vestido que el día anterior en esta ocasión consideraron que era demasiado corto. Estaba guapísima, digna de una fiesta de disfraces en casa de Xulián, o de un festival de cine en casa de Chantal. Hay fotos, pero las hicimos con su cámara, así que no puedo ofrecéroslas.
Las visitas únicamente pueden ser guiadas y a horas determinadas (creo recordar que cada media hora) y no se permite ningún tipo de cámara fotográfica o de vídeo. Únicamente es posible retratar la casa desde fuera. Para entrar hay que quitarse los zapatos y el interior, como es de esperar, es digno de un palacio, con la particularidad de que todo es de madera (bueno, excepto los cristales de las ventanas, la vajilla, los floreros y cosas similares). En todo caso su estilo constructivo es claramente occidental, poco tiene de tailandés, como se puede observar en las fotografías. Lo que dicen los guías la verdad es que es de escaso interés, pues la mitad del tiempo están hablando de la familia real, así que, como además te llevan a uña de caballo, molestan más que otra cosa. La visita se rinde en menos de media hora y se desarrolla en un ambiente muy agradable, pues la temperatura de la casa está acondicionada.
En el interior se recorren las antiguas alcobas reales, salones de recepciones, salitas de estar, estudios, bibliotecas o salas de exposiciones donde los soberanos exhibían todo tipo de piezas de arte y de caza a sus visitantes. Una de las salas estaba totalmente llena de colmillos de elefante (otra cosa que no es de madera) y otra por cabezas de bestias disecadas (tampoco de madera). La casa también tiene un invernadero, una enorme terraza sobre el río (bueno, en estos momentos un canal, debido al cambio de ubicación) y un embarcadero. Lo que me pareció más curioso fue el baño real, que incluía una gran pileta recubierta de chapas metálicas para impermeabilizar que se cerraba con una cortina y en cuyo interior se disponían las bañeras. Lo que no visitamos fueron las partes menos nobles, así que nos quedamos sin ver las habitaciones de los criados o la cocina, en el caso de que estuviese localizada en el mismo edificio.
A la hora de marchar a Patri se le ocurrió inquirir por qué se había tenido que vestir de mamarracho a pesar de que el lugar no era un templo y sólo cosechó malas caras y actitudes de desaprobación.
Lo cierto es que en Tailandia existe una idiocia social absoluta con el tema de la monarquía, mayor incluso que en España. Los reyes parecen seres semi-divinos; realmente para un tailandés no debe haber mucha diferencia entre un templo o una residencia real. Rey y reina están como por encima de este mundo, son seres bondadosos que sólo quieren el bien para su pueblo pero que, en su difícil tarea, se encuentran con la inepcia o la maldad de sus primeros ministros. Tal es así que debes abstenerte de criticar a la monarquía ante un tailandés, si bien puedes criticar al gobierno. Es muy común encontrar retratos de los soberanos por las calles, como podemos comprobar por la foto anexa, bien colocados de forma oficial, bien de forma espontánea.
A pesar de esta adoración acrítica, resulta muy discutible que los tailandeses tengan algo que agradecer a su familia real, cómplice necesaria de las espantosas dictaduras militares que han jalonado la historia reciente de este país. Bhumibol Adulyadej, también conocido en su país como “Rama IX El Grande”, es actualmente el jefe de estado en activo que más tiempo ha permanecido en su cargo, pues lo ocupa desde 1946 de forma ininterrumpida, cuando sustituyó al anterior monarca. Este último fue un entusiasta de la causa japonesa durante la II Guerra Mundial (Tailandia perteneció al Eje) y fue muerto ese mismo año de un disparo sin que hoy en día se sepa si fue un accidente, un suicidio o un asesinato (este incidente, por cierto, a pesar de sus disimilitudes no puede dejar de recordarme a ese otro ocurrido en 1956, cuando el infante Alfonso de Borbón murió de un disparo en la cabeza descerrajado por su hermano mayor el infante Juan Carlos de Borbón, actual Rey de España).
En un país donde campan por sus anchas la desigualdad y la pobreza Rama IX es uno de los monarcas más ricos del mundo. Yo creo que la comparación de esta foto con esta otra y esta otra es suficiente para mostrar todo lo que los tailandeses le deben a su familia real. En fin, cosas de la alienación. O quizá las leyes también tengan algo que ver, pues ofender o criticar al rey, a su familia o a la monarquía como institución son delitos de lesa majestad castigados hasta con quince años de cárcel.
Comida con Espectáculo.
Cuando finalizó nuestra visita ya eran más de las dos, así que había que comer algo. Nos dirigimos andando, esta vez por el camino recto, hacia la calle por donde habíamos venido, pues estaba plagada de locales de restauración; sin embargo a esas horas estaban ya cerrados, pues los tailandeses comen a las 12:00, como ridículamente insisten en hacer en cualquier lugar fuera de España. Acabamos entrando en un local bien arregladito donde sin embargo nos sirvieron la comida más pobre de todas las que tuvimos el gusto de disfrutar en Tailandia si exceptuamos las de la futura excursión a la selva; cosa curiosa, porque este local probablemente estuviese en el punto menos turístico de todos los que frecuentamos durante el viaje.
Al menos pudimos presenciar mientras comíamos el desarrollo de una obra que avanzaba justo ante la puerta del establecimiento. Como en España en los mejores tiempos, mientras una retroexcavadora agrandaba una enorme zanja sobre la calzada diez personas miraban. Algunos llevaban chaleco reflectante e incluso casco, pero lo que más predominaban eran las gorras, camisetas y sandalias de seguridad. La retro sacaba del socavón con su cuchara un revoltijo de barro, piedras y líquido negro, mezcla de agua de lluvia, fugas del sistema de alcantarillado y grasas y restos de combustión filtrados desde el pavimento. De vez en cuando alguno de los operarios se metía en la zanja con sus chancletas y salía untado de negro hasta la mitad de la espinilla. No parecía difícil que alguna cosa punzante en el invisible fondo pudiera herirle los pies y que en dicha herida se generase una buena infección coadyuvada por aquella mezcla infame.
Wat Pho.
Tras nuestra decepcionante pero excitante comida cogimos el primer taxi que encontramos y nos dirigimos a Wat Poh, donde llegamos por 60 Bath. Este importante templo budista está situado en la acera frente al Gran Palacio hacia el sureste, así que lo lógico hubiera sido visitar ambos lugares sucesivamente, pero ya sabemos lo que ocurrió. Allí pudimos disfrutar del enorme buda reclinado, las magníficas estupas reales (foto de la izquierda), los restos de la antigua escuela de masajes (origen del famoso masaje tailandés) y las dependencias y patios del templo en sí.
Cuando llegamos al santuario central ya eran casi las cinco de la tarde, así que unos monjes recitaban los mantras de la puesta del sol. El coro, dirigido por el monje que aparentaba más edad, resultaba totalmente hipnótico; la repetitiva letanía secuestró nuestros sentidos y nos quedamos enganchados a ese sonido. Evidentemente el efecto producido sobre los oyentes debe amplificarse en el caso de los dicentes, así que no me extraña que estos monjes entren en trance sin la menor dificultad y puedan concentrarse de forma exclusiva en sus oraciones.
Por desdicha olvidé estúpidamente que mi cámara, aparte de sacar fotos, también graba vídeo, así que perdí la ocasión de inmortalizar el mantra. Estuve más vivo cuando sorprendimos a otros monjes con su retahíla budista en otro templo unos días después. Es ese momento el que recoge el vídeo que os pego a continuación de este párrafo con el fin de que podáis tener una remota idea de cómo sonaba el mantra de Wat Pho (aparte del sonido, el momento ventilador tampoco está mal). Es en todo caso una versión descafeinada; los monjes de Wat Pho sí eran realmente buenos. Supongo que la acústica del lugar también influirá basante en la percepción.
Para más detalles de nuestra visita a este importante complejo budista os remito a Picasa.
Canales del Río Chao Phraya.
Saliendo de Wat Pho decidimos que era el momento ideal para dar un garbeo por los canales de Bangkok, pues el templo queda casi enfrente de uno de los embarcaderos que salpican la orilla del río y aún teníamos luz suficiente. No hubo que preguntar, pues nada más llegar uno de los patrones nos ofreció su barco y comenzó entonces una dura negociación. Su primera oferta fue 1.200 Bath, que fue contestada con dramatizados gestos de espanto e incredulidad por nuestra parte y una contraoferta de 400 Bath. El tira y afloja siguió dirigido por Patri y al final quedó la cosa en 600 Bath, pero para conseguir este precio tuvimos que hacer amago de marcharnos. El acuerdo fue para un paseo de una hora por los canales del lado este del río, siguiendo una ruta en forma de "U" en una embarcación con la forma típica tailandesa: bordas bajas, toldo sobre la cubierta, manga muy estrecha respecto de la eslora y proa y popa afiladas que se elevan sobre la superficie del río dando a la embarcación forma de medialuna abierta. Aunque no era un bote pequeño, pues tendría capacidad para unas 20 personas, los únicos pasajeros para este viaje fuimos nosotros.
Existe un continuo trasiego de embarcaciones de todos los tamaños por el río Chao Phraya. Desde lujosos cruceros fluviales con restaurante y discoteca al aire libre, pensados para los turistas, hasta servicios regulares y de taxi que van río arriba y río abajo entre los numerosos embarcaderos situados en ambas orillas. Del río salen numerosos canales que son a su vez recorridos por embarcaciones de menor tamaño en servicios particulares, de taxi o regulares. Estos canales están protegidos de las variaciones de nivel estacionales del Chao Phraya mediante esclusas, la entrada a una de las cuales vemos en la fotografía; las embarcaciones se agrupan regularmente frente a la entrada de la esclusa, cuando ésta se abre a intervalos regulares pasan todas al interior (si caben), se ajusta el nivel del agua y todo el mundo prosigue su camino. En el momento de nuestro viaje el nivel del río estaba aproximadamente a unos dos metros por encima del de los canales.
El paseo fue un interesante y veloz recorrido por una calle acuática, flanqueada en todo momento por construcciones de ladrillo o, más comúnmente, de madera y de condición muy variable, si bien predominaba entre pobre y miserable. A mitad del recorrido el patrón se detuvo y una mujer bastante gruñona en una barquita a remo se acercó para vendernos bebidas y refrigerios. Cometí el gran error de pedirle una cerveza fría sin preguntarle antes el precio, así que cuando me di cuenta ya la tenía en la mano y costaba 100 Bath, cuando en cualquier bar vale 30. Cuando intenté bajar me dijo que no pensaba aceptar otro precio, que para eso tenía que ir hasta el supermercado y estar todo el día montada en su barca de remos esperando a que pasaran los turistas. Pagué la cerveza más cara del viaje y continuamos la navegación sabiendo que el objetivo de no ser timados (al menos bajo nuestro criterio subjetivo) tampoco podría cumplirse en el día de hoy, si bien claramente habíamos mejorado desde el día anterior.
Nuestra esclusa de salida al Chao Phraya era diferente de la de entrada, como corresponde a un recorrido en "U". Patri se arrepintió entonces de no haber echado el repelente para mosquitos, pues os podéis imaginar cómo se puso la cosa sobre las calmadas aguas del canal a la hora de las últimas luces del ocaso mientras esperábamos a que la esclusa se abriese. Yo, que había echado el repelente, no salí indemne y me llevé un par de picaduras en los tobillos.
Cuando regresamos a nuestro punto de partida ya era totalmente de noche. El periplo había durado efectivamente una hora, si bien debido al tiempo de espera en las esclusas la navegación efectiva no llegó a 40 minutos.
En el embarcadero se encontraban ahora numerosos tailandeses esperando el paso de los servicios regulares de transporte fluvial, incluidos unos cuantos niños-monje con sus túnicas naranja que se dejaron fotografiar con Patri con mucho gusto. Cuando consiga esa fotografía la utilizaré para acusarla de estupro, demandarla por 50 millones de dólares y hundir su reputación. ¡En Tailandia, además! Cualquier tribunal anglosajón aceptará sin dudarlo esa foto como prueba.
Regreso a Khaosan.
Tras la negociación del barco llegó la negociación con los tuk-tukeros que había frente al embarcadero, pues aunque el hotel estaba a media hora escasa a pie no apetecía lo más mínimo emprender una caminata. El primero se negó a bajar de 60 Bath; lo intentamos con un segundo que resultó peor, pues su primera oferta fueron 150. Volvimos al primero; esta vez dijo que bueno, que vale, que aceptaba 50 Bath. ¡Ay, Buda mío! ¡Cuánto trabajo por unos céntimos de euro! En fin, en todo caso es lo de siempre: no es una cuestión de dinero, sino de orgullo; una vez que controlas un poco los precios justos, aunque para ti no sea dinero tu amor propio te impide aceptar precios inflados, pues a nadie le place quedar de tontaina. En todo caso, por acumulación, si te dedicases a decir que sí siempre al primer precio que te ofrecen el viaje acabaría saliéndote por el doble.
Una vez en el hotel nadie nos libró de la ducha de rigor, realmente imprescindible tras un día completo de sudor ligero pero continuo, crema solar y repelente para mosquitos.
Tras la ducha Patri disfrutó sus 15 minutos gratis de masaje, de donde volvió como si le hubiesen inyectado un estimulante, y salimos de nuevo con la intención de tomarnos una cervecita, cenar, tomarnos otra cervecita y volver a la cama con la vista puesta en el viaje a Chiang Mai del día siguiente.
Los Horizontes Perdidos no Regresan Jamás.
Había cerca un lugar para comer que estaba recomendado por el bodrio de Lonely Planet, así que nos dirigimos hacia allá a ver de qué iba. Sin embargo el sitio no cumplía con nuestros requisitos, pues era un local diminuto con un mostrador para despachar las comidas y alumbrado por fluorescentes blancos donde no había lugar para sentarse, así que pasamos de largo. En la calle un tipo empezó a repetirnos el nombre del sitio como si nos estuviera descubriendo las Minas del Rey Salomón, quizá pensando que no nos habíamos dado cuenta de dónde estábamos. En fin, de Lonely Planet tenía que ser.
De la que volvíamos entramos en una pequeñísima tienda que vendía algo de ropa, pósters y música retro. Esta tiendecita la atendía una tailandesa muy joven (26 añitos) y bastante guapa cuyo nombre no puedo recordar y que enseguida identificó que éramos españoles, ya que estaba familiarizada con nuestro idioma por motivos que paso a exponer a continuación.
Esta chica hablaba un inglés muy bueno para la media tailandesa, con lo cual pudo entonces contarnos su historia de amor con un español de nombre Manuel Rincón. Al parecer su querido Manuel había estado trabajando en Tailandia, pero ya había vuelto a España y hacía poco que se había casado allí. Esa chica soñaba con el día en el que Manuel volviese a buscarla, pues según decía ella aún lo quería y sabía que él aún la quería a ella. Nunca la había llevado a España. ¡Ay, Buda!
Si alguno de los lectores de este blog conoce a Manuel Rincón, andaluz para más señas, que haga el favor de decirle que vuelva a Tailandia a arreglar lo que tiene allí o que al menos lo haga por teléfono. No se puede dejar a la gente añorando fantasmas.
En fin, como nos había caído bien le compramos a la chica unas postales para hacerle gasto y acabamos tomando una decente cena y una cervecita en la paralela a Khaosan.
Cuarta Retirada.
Nada más que contar. Volvimos al hotel a echar nuestras ocho horas de sueño sabiendo que con esto finalizaba nuestra visita a Bangkok. Mañana por la mañana únicamente iba a haber tiempo para moverse hasta el aeropuerto y coger nuestro vuelo barato a Chiang Mai.
Poco imaginábamos sin embargo en el momento de acostarnos que coger nuestro vuelo al día siguiente no iba a ser tan fácil como pensábamos. En todo caso, si queréis saber lo que ocurrió tendréis que leeros el próximo mantra.
Tras las ocho horas de sueño de rigor nos levantamos hacia las diez y media de la mañana con renovados bríos. Los objetivos de hoy eran la mansión de Vimanmek, el templo de Wat Pho y no ser timados.
El día anterior habíamos descartado viajar hasta Ayutthaya para visitar las ruinas de la antigua capital de Siam con el fin de no dejar Bangkok a medias, ya que dichas ruinas quedan 90 kilómetros al norte de la capital actual. Habríamos necesitado un tercer día completo en Bangkok para poder rendir esta recomendable visita. La decisión la tomamos con gran dolor de mi corazón, pues como todos sabéis me chiflan las ciudades perdidas, ya sean romanas, persas, aztecas, atlantes, khmer o siamesas.
También habíamos descartado visitar el muy publicitado mercado flotante una vez leído que estaba nada menos que a 160 kilómetros de la ciudad y que hoy en día no era más que un circo montado para el turista donde a partir de las nueve de la mañana decenas de autobuses comienzan a escupir viajeros procedentes de Bangkok; un destino por lo tanto incompatible con nuestro objetivo de no ser timados.
Un lugar que hasta el final peleó por nuestro favor fue la Casa de Jim Thompson. Este riquísimo mercader de sedas y ex-agente de la CIA se hizo construir a mediados del Siglo XX una preciosa y gran casa de madera de teca al estilo tradicional tailandés que hoy en día se mantiene en estado de revista en medio de un frondoso jardín, para disfrute de propios y extraños. Finalmente nos decantamos por Vimanmek porque es más grande y nos quedaba más a mano.
La Mansión de Vimanmek.
Nuestro primer objetivo fue pues la mansión de Vimanmek, que según decía la guía ocupa la esquina de un parque adonde fue trasladada desde su ubicación original. Esta mansión fue un palacio de la familia real tailandesa y por lo visto es el edificio de madera de teca más grande del mundo. La madera de teca es muy recomendable para la construcción de barcos o edificios, pues es tal su densidad y dureza que es inmune a la acción de termitas y otros insectos, que no pueden penetrarla; es además resistente a la podredumbre y los hongos y no propaga la llama, con lo cual los conatos de incendio se extinguen por si solos (esto no quiere decir que no pueda arder, ante un incendio de verdad se quema, como madera que es). Por supuesto es una madera muy cara, con lo cual su distribución no se realiza en función de quién la necesita, sino en función de quién puede pagarla, como corresponde a todo sistema de economía de mercado.
Mientras esperaba a que Patri acabara de ponerse su vestido de cola (no hay que olvidar que íbamos a visitar un palacio real) subí al spa del hotel a gozar mi obsequio de 15 minutos de masaje de espalda y hombros, que resultó muy agradable.
Ya puestos en camino decidimos hacer uso del tren de San Fernando, pues tampoco Vimanmek queda lejos de Khaosan y no parecía tener pérdida: para llegar sólo hay que recorrer todo recto una larga avenida; ésta, como todas las de Bangkok fuera del área de rascacielos, está flanqueada por edificios de tres o cuatro alturas llenos en sus bajos de comercios y sitios para comer y parapetados tras una maraña de cables a la altura del primer piso. El paseo resultó ser más agotador de lo que pensábamos, pues la indicación de la guía no era muy afortunada (¡Lonely Planet tenía que ser!). Realmente la mansión de Vimanmek no está en un parque, sino en el interior de un gran recinto de pabellones reales que todavía hoy en día se utilizan para algunas celebraciones relacionadas con la Corona. Como tal está rodeado de un alto muro e internamente compartimentado, de modo que en nada se asemeja a un parque público desde el exterior. Aunque está abierto al público no se puede acceder si no es por puntos muy concretos; es por ello que, buscando un parque público que nunca aparecía, acabamos dando un buen rodeo bajo el sol de mediodía.
En todo caso quien busca encuentra, así que acabamos por hallar una de las entradas, donde preguntamos y nos dieron una guía donde todo quedaba claro. Ya en el interior del complejo paramos en un pequeño centro de avituallamiento donde pudimos re-hidratar nuestros mojados cuerpos para acabar llegando en breve a la propia mansión de Vimanmek.
Por el camino pudimos comprobar que el resto del complejo no tiene demasiado interés. Aparte de Vimanmek hay un montón de pabellones y salas de exposiciones relacionados con la realeza tailandesa, muchos de los cuales se pueden visitar. Entre todos estos edificios se disponen unos jardines arbolados surcados por abundantes caminos asfaltados y algunos canales artificiales cruzados por puentecillos.
A ver Vimanmek vienen muchos turistas y las visitas están muy reguladas. Aplican las mismas reglas de decoro acerca de la vestimenta que en los templos, de modo que Patri acabó vistiendo una hermosa y colorida camisa naranja y un largo sarong (pesado pareo tailandés), ya que aunque llevaba el mismo vestido que el día anterior en esta ocasión consideraron que era demasiado corto. Estaba guapísima, digna de una fiesta de disfraces en casa de Xulián, o de un festival de cine en casa de Chantal. Hay fotos, pero las hicimos con su cámara, así que no puedo ofrecéroslas.
Las visitas únicamente pueden ser guiadas y a horas determinadas (creo recordar que cada media hora) y no se permite ningún tipo de cámara fotográfica o de vídeo. Únicamente es posible retratar la casa desde fuera. Para entrar hay que quitarse los zapatos y el interior, como es de esperar, es digno de un palacio, con la particularidad de que todo es de madera (bueno, excepto los cristales de las ventanas, la vajilla, los floreros y cosas similares). En todo caso su estilo constructivo es claramente occidental, poco tiene de tailandés, como se puede observar en las fotografías. Lo que dicen los guías la verdad es que es de escaso interés, pues la mitad del tiempo están hablando de la familia real, así que, como además te llevan a uña de caballo, molestan más que otra cosa. La visita se rinde en menos de media hora y se desarrolla en un ambiente muy agradable, pues la temperatura de la casa está acondicionada.
En el interior se recorren las antiguas alcobas reales, salones de recepciones, salitas de estar, estudios, bibliotecas o salas de exposiciones donde los soberanos exhibían todo tipo de piezas de arte y de caza a sus visitantes. Una de las salas estaba totalmente llena de colmillos de elefante (otra cosa que no es de madera) y otra por cabezas de bestias disecadas (tampoco de madera). La casa también tiene un invernadero, una enorme terraza sobre el río (bueno, en estos momentos un canal, debido al cambio de ubicación) y un embarcadero. Lo que me pareció más curioso fue el baño real, que incluía una gran pileta recubierta de chapas metálicas para impermeabilizar que se cerraba con una cortina y en cuyo interior se disponían las bañeras. Lo que no visitamos fueron las partes menos nobles, así que nos quedamos sin ver las habitaciones de los criados o la cocina, en el caso de que estuviese localizada en el mismo edificio.
A la hora de marchar a Patri se le ocurrió inquirir por qué se había tenido que vestir de mamarracho a pesar de que el lugar no era un templo y sólo cosechó malas caras y actitudes de desaprobación.
A pesar de esta adoración acrítica, resulta muy discutible que los tailandeses tengan algo que agradecer a su familia real, cómplice necesaria de las espantosas dictaduras militares que han jalonado la historia reciente de este país. Bhumibol Adulyadej, también conocido en su país como “Rama IX El Grande”, es actualmente el jefe de estado en activo que más tiempo ha permanecido en su cargo, pues lo ocupa desde 1946 de forma ininterrumpida, cuando sustituyó al anterior monarca. Este último fue un entusiasta de la causa japonesa durante la II Guerra Mundial (Tailandia perteneció al Eje) y fue muerto ese mismo año de un disparo sin que hoy en día se sepa si fue un accidente, un suicidio o un asesinato (este incidente, por cierto, a pesar de sus disimilitudes no puede dejar de recordarme a ese otro ocurrido en 1956, cuando el infante Alfonso de Borbón murió de un disparo en la cabeza descerrajado por su hermano mayor el infante Juan Carlos de Borbón, actual Rey de España).
En un país donde campan por sus anchas la desigualdad y la pobreza Rama IX es uno de los monarcas más ricos del mundo. Yo creo que la comparación de esta foto con esta otra y esta otra es suficiente para mostrar todo lo que los tailandeses le deben a su familia real. En fin, cosas de la alienación. O quizá las leyes también tengan algo que ver, pues ofender o criticar al rey, a su familia o a la monarquía como institución son delitos de lesa majestad castigados hasta con quince años de cárcel.
Comida con Espectáculo.
Cuando finalizó nuestra visita ya eran más de las dos, así que había que comer algo. Nos dirigimos andando, esta vez por el camino recto, hacia la calle por donde habíamos venido, pues estaba plagada de locales de restauración; sin embargo a esas horas estaban ya cerrados, pues los tailandeses comen a las 12:00, como ridículamente insisten en hacer en cualquier lugar fuera de España. Acabamos entrando en un local bien arregladito donde sin embargo nos sirvieron la comida más pobre de todas las que tuvimos el gusto de disfrutar en Tailandia si exceptuamos las de la futura excursión a la selva; cosa curiosa, porque este local probablemente estuviese en el punto menos turístico de todos los que frecuentamos durante el viaje.
Al menos pudimos presenciar mientras comíamos el desarrollo de una obra que avanzaba justo ante la puerta del establecimiento. Como en España en los mejores tiempos, mientras una retroexcavadora agrandaba una enorme zanja sobre la calzada diez personas miraban. Algunos llevaban chaleco reflectante e incluso casco, pero lo que más predominaban eran las gorras, camisetas y sandalias de seguridad. La retro sacaba del socavón con su cuchara un revoltijo de barro, piedras y líquido negro, mezcla de agua de lluvia, fugas del sistema de alcantarillado y grasas y restos de combustión filtrados desde el pavimento. De vez en cuando alguno de los operarios se metía en la zanja con sus chancletas y salía untado de negro hasta la mitad de la espinilla. No parecía difícil que alguna cosa punzante en el invisible fondo pudiera herirle los pies y que en dicha herida se generase una buena infección coadyuvada por aquella mezcla infame.
Tras nuestra decepcionante pero excitante comida cogimos el primer taxi que encontramos y nos dirigimos a Wat Poh, donde llegamos por 60 Bath. Este importante templo budista está situado en la acera frente al Gran Palacio hacia el sureste, así que lo lógico hubiera sido visitar ambos lugares sucesivamente, pero ya sabemos lo que ocurrió. Allí pudimos disfrutar del enorme buda reclinado, las magníficas estupas reales (foto de la izquierda), los restos de la antigua escuela de masajes (origen del famoso masaje tailandés) y las dependencias y patios del templo en sí.
Cuando llegamos al santuario central ya eran casi las cinco de la tarde, así que unos monjes recitaban los mantras de la puesta del sol. El coro, dirigido por el monje que aparentaba más edad, resultaba totalmente hipnótico; la repetitiva letanía secuestró nuestros sentidos y nos quedamos enganchados a ese sonido. Evidentemente el efecto producido sobre los oyentes debe amplificarse en el caso de los dicentes, así que no me extraña que estos monjes entren en trance sin la menor dificultad y puedan concentrarse de forma exclusiva en sus oraciones.
Por desdicha olvidé estúpidamente que mi cámara, aparte de sacar fotos, también graba vídeo, así que perdí la ocasión de inmortalizar el mantra. Estuve más vivo cuando sorprendimos a otros monjes con su retahíla budista en otro templo unos días después. Es ese momento el que recoge el vídeo que os pego a continuación de este párrafo con el fin de que podáis tener una remota idea de cómo sonaba el mantra de Wat Pho (aparte del sonido, el momento ventilador tampoco está mal). Es en todo caso una versión descafeinada; los monjes de Wat Pho sí eran realmente buenos. Supongo que la acústica del lugar también influirá basante en la percepción.
Ejemplo de mantra tailandés en un templo de Chiang Mai.
Para más detalles de nuestra visita a este importante complejo budista os remito a Picasa.
Canales del Río Chao Phraya.
Saliendo de Wat Pho decidimos que era el momento ideal para dar un garbeo por los canales de Bangkok, pues el templo queda casi enfrente de uno de los embarcaderos que salpican la orilla del río y aún teníamos luz suficiente. No hubo que preguntar, pues nada más llegar uno de los patrones nos ofreció su barco y comenzó entonces una dura negociación. Su primera oferta fue 1.200 Bath, que fue contestada con dramatizados gestos de espanto e incredulidad por nuestra parte y una contraoferta de 400 Bath. El tira y afloja siguió dirigido por Patri y al final quedó la cosa en 600 Bath, pero para conseguir este precio tuvimos que hacer amago de marcharnos. El acuerdo fue para un paseo de una hora por los canales del lado este del río, siguiendo una ruta en forma de "U" en una embarcación con la forma típica tailandesa: bordas bajas, toldo sobre la cubierta, manga muy estrecha respecto de la eslora y proa y popa afiladas que se elevan sobre la superficie del río dando a la embarcación forma de medialuna abierta. Aunque no era un bote pequeño, pues tendría capacidad para unas 20 personas, los únicos pasajeros para este viaje fuimos nosotros.
El paseo fue un interesante y veloz recorrido por una calle acuática, flanqueada en todo momento por construcciones de ladrillo o, más comúnmente, de madera y de condición muy variable, si bien predominaba entre pobre y miserable. A mitad del recorrido el patrón se detuvo y una mujer bastante gruñona en una barquita a remo se acercó para vendernos bebidas y refrigerios. Cometí el gran error de pedirle una cerveza fría sin preguntarle antes el precio, así que cuando me di cuenta ya la tenía en la mano y costaba 100 Bath, cuando en cualquier bar vale 30. Cuando intenté bajar me dijo que no pensaba aceptar otro precio, que para eso tenía que ir hasta el supermercado y estar todo el día montada en su barca de remos esperando a que pasaran los turistas. Pagué la cerveza más cara del viaje y continuamos la navegación sabiendo que el objetivo de no ser timados (al menos bajo nuestro criterio subjetivo) tampoco podría cumplirse en el día de hoy, si bien claramente habíamos mejorado desde el día anterior.
Nuestra esclusa de salida al Chao Phraya era diferente de la de entrada, como corresponde a un recorrido en "U". Patri se arrepintió entonces de no haber echado el repelente para mosquitos, pues os podéis imaginar cómo se puso la cosa sobre las calmadas aguas del canal a la hora de las últimas luces del ocaso mientras esperábamos a que la esclusa se abriese. Yo, que había echado el repelente, no salí indemne y me llevé un par de picaduras en los tobillos.
Cuando regresamos a nuestro punto de partida ya era totalmente de noche. El periplo había durado efectivamente una hora, si bien debido al tiempo de espera en las esclusas la navegación efectiva no llegó a 40 minutos.
En el embarcadero se encontraban ahora numerosos tailandeses esperando el paso de los servicios regulares de transporte fluvial, incluidos unos cuantos niños-monje con sus túnicas naranja que se dejaron fotografiar con Patri con mucho gusto. Cuando consiga esa fotografía la utilizaré para acusarla de estupro, demandarla por 50 millones de dólares y hundir su reputación. ¡En Tailandia, además! Cualquier tribunal anglosajón aceptará sin dudarlo esa foto como prueba.
Regreso a Khaosan.
Tras la negociación del barco llegó la negociación con los tuk-tukeros que había frente al embarcadero, pues aunque el hotel estaba a media hora escasa a pie no apetecía lo más mínimo emprender una caminata. El primero se negó a bajar de 60 Bath; lo intentamos con un segundo que resultó peor, pues su primera oferta fueron 150. Volvimos al primero; esta vez dijo que bueno, que vale, que aceptaba 50 Bath. ¡Ay, Buda mío! ¡Cuánto trabajo por unos céntimos de euro! En fin, en todo caso es lo de siempre: no es una cuestión de dinero, sino de orgullo; una vez que controlas un poco los precios justos, aunque para ti no sea dinero tu amor propio te impide aceptar precios inflados, pues a nadie le place quedar de tontaina. En todo caso, por acumulación, si te dedicases a decir que sí siempre al primer precio que te ofrecen el viaje acabaría saliéndote por el doble.
Una vez en el hotel nadie nos libró de la ducha de rigor, realmente imprescindible tras un día completo de sudor ligero pero continuo, crema solar y repelente para mosquitos.
Tras la ducha Patri disfrutó sus 15 minutos gratis de masaje, de donde volvió como si le hubiesen inyectado un estimulante, y salimos de nuevo con la intención de tomarnos una cervecita, cenar, tomarnos otra cervecita y volver a la cama con la vista puesta en el viaje a Chiang Mai del día siguiente.
Los Horizontes Perdidos no Regresan Jamás.
Había cerca un lugar para comer que estaba recomendado por el bodrio de Lonely Planet, así que nos dirigimos hacia allá a ver de qué iba. Sin embargo el sitio no cumplía con nuestros requisitos, pues era un local diminuto con un mostrador para despachar las comidas y alumbrado por fluorescentes blancos donde no había lugar para sentarse, así que pasamos de largo. En la calle un tipo empezó a repetirnos el nombre del sitio como si nos estuviera descubriendo las Minas del Rey Salomón, quizá pensando que no nos habíamos dado cuenta de dónde estábamos. En fin, de Lonely Planet tenía que ser.
De la que volvíamos entramos en una pequeñísima tienda que vendía algo de ropa, pósters y música retro. Esta tiendecita la atendía una tailandesa muy joven (26 añitos) y bastante guapa cuyo nombre no puedo recordar y que enseguida identificó que éramos españoles, ya que estaba familiarizada con nuestro idioma por motivos que paso a exponer a continuación.
Esta chica hablaba un inglés muy bueno para la media tailandesa, con lo cual pudo entonces contarnos su historia de amor con un español de nombre Manuel Rincón. Al parecer su querido Manuel había estado trabajando en Tailandia, pero ya había vuelto a España y hacía poco que se había casado allí. Esa chica soñaba con el día en el que Manuel volviese a buscarla, pues según decía ella aún lo quería y sabía que él aún la quería a ella. Nunca la había llevado a España. ¡Ay, Buda!
Si alguno de los lectores de este blog conoce a Manuel Rincón, andaluz para más señas, que haga el favor de decirle que vuelva a Tailandia a arreglar lo que tiene allí o que al menos lo haga por teléfono. No se puede dejar a la gente añorando fantasmas.
En fin, como nos había caído bien le compramos a la chica unas postales para hacerle gasto y acabamos tomando una decente cena y una cervecita en la paralela a Khaosan.
Cuarta Retirada.
Nada más que contar. Volvimos al hotel a echar nuestras ocho horas de sueño sabiendo que con esto finalizaba nuestra visita a Bangkok. Mañana por la mañana únicamente iba a haber tiempo para moverse hasta el aeropuerto y coger nuestro vuelo barato a Chiang Mai.
Poco imaginábamos sin embargo en el momento de acostarnos que coger nuestro vuelo al día siguiente no iba a ser tan fácil como pensábamos. En todo caso, si queréis saber lo que ocurrió tendréis que leeros el próximo mantra.
- Hora local: 18:40.
- Temperatura: 21ºC.
- Humedad: 68%.
- Temperatura máxima: 23ºC.
- Temperatura mínima: 15ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.
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"Dejad que los perros ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos." [Don Quijote - Orson Welles]