viernes, 25 de diciembre de 2009

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 6º: TEMPLOS, MERCADOS Y MASAJES.


Devotos sicarios:

Recordaréis de nuestro mantra anterior que, tras un accidentado desplazamiento al aeropuerto, habíamos conseguido coger nuestro vuelo a Chiang Mai, capital del norte de Tailandia. Esta ciudad cuenta con unos 150.000 habitantes, si bien el área metropolitana tiene muchos más, y está a las orillas del Río Ping. Está llena de templos de los siglos XIV y XV; si miras su plano destaca el casi perfecto cuadrilátero de más de un kilómetro de lado que enmarcaban su muralla y su foso. Hoy en día el foso se conserva en forma de estanques y fuentes y de la muralla de ladrillo aún quedan restos originales en lo que eran sus cuatro esquinas, si bien algunas partes han sido restauradas.

El Hotel Fantasma.

Faltaba poco para el mediodía cuando aterrizamos sin novedad en nuestro destino. Durante el vuelo habíamos escogido para alojarnos un hotelito situado en una casa tradicional de teca, así que pillamos un "Public Taxi" y nos dirigimos hacia allí. No habíamos llamado, ni reservado, ni nada, pues había que darle un poco de aire al lado jipi después de la humillación a la que lo habíamos sometido hacía dos noches en Bangkok. La cosa empezó a pintar mal cuando al taxista no le cogieron el teléfono y, por lo tanto, no pudo dejarnos en el sitio exacto, pero aún así confiamos y nos bajamos en el lugar donde correspondería que estuviese el hotel, una vía sólo parcialmente urbanizada, a mitad de camino entre calle y carretera frente al Río Ping. Sin embargo, no pudimos encontrar casa de huéspedes alguna en ese lugar, así que nos pusimos a caminar arriba y abajo durante casi media hora hasta que la futilidad de nuestros esfuerzos nos convenció de que donde señalaba nuestra cutre-guía sólo había una iglesia baptista adventista (¡tócate los huevos!). ¡No me extrañaría que todo fuese un truco de los de Lonely Planet para ganar adeptos para su secta!
Aspecto de Chiang Mai visto desde arriba. Observad el cuadrilátero histórico en verde.

Este día coincidió que hacía mucho calor y las maletas no ayudaban a aumentar nuestra comodidad, así que tras recomendarle a Patri que tirase la guía al río entramos en un lujoso centro de masajes aledaño a peguntar, ya un poco agotados y cubiertos de sudor. El recepcionista no tenía la menor idea de dónde estaba ese lugar ni había oído hablar de él. El bonito spa donde habíamos entrado era también hotel y se ofrecieron a alojarnos, pero su precio quedaba un poco por encima del tope que habíamos consensuado, que eran 1.000 Bath. También nos comentaron que este día hacía un calor inusual en Chiang Mai (¡mira tú qué bien!), nos agasajaron con unos buenos vasos de agua y nos ofrecieron el taxi del hotel para que nos llevara a algunos alojamientos. Como estábamos ya bastante agobiados debido a la acumulación de incidentes aceptamos encantados y nos pusimos a recorrer albergues.

Por Fin, Como en Casa.

Con los dos primeros lugares no hubo éxito, pues eran caros y estaban un poco apartados del centro. Finalmente llegamos a una calle semi-peatonal en pleno centro de Chiang Mai, dentro del cuadrilátero histórico, donde se concentraban bastantes establecimientos hosteleros y justo al lado del Sompet Market, por si queréis buscarlo en el plano de arriba. El conductor nos dirigió a uno regentado por una amiga suya y allí nos dijeron que les quedaba libre únicamente una habitación, pero lamentaban comunicarnos que era de camas separadas. Les dijimos que por una vez podríamos soportarlo y nos la mostraron. Para nuestro regocijo era grande, nueva, limpia, con un baño modernísimo, bien amueblada y con camas altas y firmes, propia de un hotel de tres estrellas de reciente construcción en España.

El precio de tan digna alcoba estaba en 900 Bath por noche con desayuno. Entonces, ante el fracaso de nuestro lado jipi en proporcionarnos descanso y alojamiento, nuestro lado pijo atacó furioso y aceptamos acríticamente ese precio por tan acogedora habitación, pues no teníamos ninguna gana de empezar ahora un regateo de dudoso éxito, ya que se notaba que teníamos unas ganas locas de dejar las maletas; en todo caso seguro que, de no haber estado tan necesitados de relajarnos, podríamos haber bajado el precio.

En nuestro flamante albergue también organizaban excursiones, así que sin esperar más reservamos para el día siguiente una de dos días y una noche que consistía en una caminata por la selva con pernoctación incluida entre arañas, ratas y serpientes y algunas actividades complementarias, como montar en elefante o bajar un río en balsa. No me acuerdo muy bien del precio; me viene a la mente 5.900 Bath ambos, incluyendo los dos días de alojamiento en Chiang Mai.

El Paseo Vespertino.

Tras cerrar nuestra agenda dedicamos la tarde a comer y a recorrer algunos de los templos más recomendados. Como estábamos en pleno centro de la ciudad pudimos ir caminando a todos ellos. Como podéis imaginar el centro de Chiang Mai es muy diferente al de Bangkok, pues aquí predominan las calles estrechas pero rectas, planas, arboladas y flanqueadas por edificios muy bajos, con lo cual resultan bastante agradables. Lógicamente la intensidad del tráfico rodado tampoco tiene nada que ver con el de la capital del país. Remito a Picasa para conocer más del lado cultural de este paseo.
He aquí el edificio principal de Wat Chiang Man, el templo más antiguo de Chiang Mai, cuya construcción data de finales del Siglo XIII.

A la hora de comer un camarero se puso a hablar con nosotros y nos advirtió sobre todo tipo de pillos que intentarían cobrarnos más de la cuenta. Nos aconsejó que para contratar excursiones fuéramos a la Tourist Autority of Thailand, pues si no nos íbamos a comer un buen sobreprecio. Nos la señaló en el plano y esta vez no había trampa ni cartón; en el lugar que él decía había un simbolito de información y una leyenda: T.A.T. Eso sí: estaba en el quinto coño. Cuando le dijimos que era demasiado tarde y que ya habíamos contratado las excursiones en el hotel hizo gesto de "vaya la que os habrán clavado". Cuando llegó la comida nos dejó y en ningún momento propuso algo que pudiera redundar en su beneficio económico, así que en esta ocasión todos los consejos eran desinteresados. En todo caso, como ya habíamos contratado las excursiones tampoco este día conseguimos cumplir nuestro objetivo de no ser timados bajo nuestra apreciación subjetiva.

Durante el paseo tuvimos que deshacernos de un par de conductores pesados de tuk-tuk y de un listillo que vino a preguntarnos a dónde íbamos. Sin embargo ya debía percibirse que estábamos fogueados porque ninguno insistió mucho y ya no vinieron más. Quizá también influyesen los cuatro tiros que les pegamos con nuestros rifles, haber ido a su casa después y haberla quemado con toda su familia dentro, haber liquidado a todos sus amigos y haber matado también a todos los que les debían dinero. Realmente tiene que notarse un montón cuando acabas de llegar a un sitio, ya que los buscavidas lo huelen a la legua. El paso dubitativo y lento, la mirada que se vuelve hacia todos los sitios o las consultas de planos en plena calle son mortales. Al igual que me pasó en La Habana, la presión por parte de caraduras y sinvergüenzas fue decreciendo constantemente según el viaje fue progresando.

Durante el paseo nos encontramos con la decoración que se estaba instalando en todo Chiang Mai con motivo de la preparación del Festival de las Luces. Ya hablaré de este festival en algún mantra más adelante.

En todo caso, lo mejor sin lugar a dudas de todo el recorrido es que conocí por fin a un hombre con seis dedos. Hasta ese momento había oído hablar de ellos en cuentos y algunas personas relataban haber visto alguno, pero ante la ausencia de evidencias ya empezaba a borrarlos de la realidad y a encuadrarlos entre los seres mitológicos. Mi búsqueda en pos del hombre de los seis dedos podía compararse ya con la de Íñigo Montoya en "La Princesa Prometida" (la historia aquí – el desenlace aquí), pero en nuestro caso era un buen hombre, con lo cual debe descartarse cualquier relación entre un sexto dedo y un carácter malvado. En concreto nuestro personaje era un policía turístico que vigilaba en el templo de Wat Pra Singh y que entabló conversación con Patri sin ninguna intención torticera. Nos estuvo preguntando sobre España y dándonos algunas indicaciones y fue entonces cuando me fijé en que de uno de sus pulgares surgía otro pulgar más pequeñito. No parecía un dedo útil, sin duda estaba atrofiado, pero era claramente un segundo dedo gordo, con sus dos falanges formando un ángulo recto. No sé si en Tailandia da buena suerte darle la mano a un hombre con seis dedos, pero no me extrañaría que así fuera, pues aquí da buena suerte cualquier cosa, excepto quizá montarse en un taxi en dirección al Aeropuerto de Suvarnabhumi. En cualquier caso, aunque en Tailandia no fuera así, seguro que hay algún país donde sí. Patri no se dio cuenta del asunto, lo cual me sorprendió en alguien con la capacidad de detectar un ratón a 200 metros de distancia.

El Mercado Nocturno.

Una vez visitados los templos nos tomamos la necesaria ducha de fin de tarde en un entorno incomparable: era amplia, sin plato (de estas de suelo liso), limitada por una pared y un murete que impedía que el agua la rebasase al resto del baño y recubierta de gres marrón; sobre la cabeza se disponía una anchísima pera de unos 30 centímetros de diámetro a través de cuyos agujeros salían potentes chorros de agua que te rodeaban por todos lados. ¡Magnífica! ¡Fue un placer conocerla!

Nuestro destino post-ducha era el mercado nocturno, bastante renombrado y situado sólo a unos 20-25 minutos caminando del hotel, bajando hacia el río por Tha Pae Road, así que a pie fuimos, como de costumbre. Esperábamos algo más tradicional; al final no era más que un gran mercadillo como el de cualquier otro lugar del mundo donde se vendían ropa, maletas, complementos, suvenires, etcétera, todo orientado al turista y, a decir de Patri, todo tremendamente feo, de lo cual se deduce que entre las virtudes de mi acompañante también se encuentra la de tener buen gusto, pues estaba plenamente de acuerdo con ella. Nos habríamos marchado sin comprar nada si no es porque yo necesitaba una gorra para protegerme del sol durante la excursión del día siguiente. No creáis que fue rápido encontrar un puesto donde tuvieran algo decente, tuve que mirar bastante. Cuando por fin la encontré me intentaron cobrar de mano 400 Bath, bajé a 250 y la anciana que atendía el puesto me dijo directamente que venga, que vale. Evidentemente regatear no es lo mío, no. Tenía que haber ofrecido 150 o incluso menos.

Masaje Tailandés.

Como vimos que aquí no había mucho que rascar decidimos que nos íbamos a dar un masaje. En Tailandia sobran sitios para recibir masajes, que pueden ir desde uno de pies a uno completo de varias horas de duración. El local donde se recibe el masaje de pies suele verse desde la calle, como si fuera una peluquería, así que es muy común pasar por delante de escaparates tras los cuales le están tocando los pies a gente echada en divanes. En nuestro caso habíamos desechado otras oportunidades de darnos uno porque se nos habían presentado a media tarde, cuando nuestro cuerpo ya acumulaba un día completo de sudor, crema solar y repelente para mosquitos y nos parecía por ello una falta de respeto presentarnos de semejante guisa a que nos tocaran por todos lados con las manos desnudas. Sin embargo no creo que todo el mundo sea tan considerado como nosotros, así que el oficio de masajista en Tailandia no se me hace muy agradable. Seguro que entre todos esos anglosajones a los que les hacen el masaje de pies hay alguno que no se ha duchado, no ya desde por la mañana, sino desde el día anterior o peor. Como en esta ocasión estábamos limpios de paquete, allá fuimos.
Este es el aspecto que presenta la calle Ratchadamnoen, uno de los ejes del casco histórico, desde Wat Pra Singh, uno de sus principales templos.

Dudábamos de estar en el mejor sitio para que nos lo dieran, en una calle tan turística, pero como los dos siguientes días iban a estar ocupados por la excursión selvática corríamos el riesgo de quedarnos sin él. Entramos en uno de los locales al azar, pues todos tenían una pinta similar, tirando a cutre. En esta zona el precio estándar eran 200 Bath por hora, pero por supuesto hay lugares más caros y glamurosos. Existen sitios donde te dan masajes de hasta cinco horas de duración, si bien en esos casos las sesiones de masaje propiamente dichas se intercalan con baños perfumados, aplicación de aceites, etc. En todo caso tampoco en estos otros lugares resulta caro darse el masaje; uno de una hora podría costarte 400 Bath y el de 4 horas 1.300, pero en todo caso… a ver donde te haces en España un masaje de una hora por 6 euros.

La pinta cutre externa del local se acentuaba una vez dentro. Los masajes completos los hacían en el primer piso; estaba oscuro y los colchones sobre los que te debes tumbar estaban tirados en el suelo y todos agrupados en la misma habitación, con lo cual la privacidad era poca o nula. El vestuario era un cuartucho donde estaban apiladas montones de cosas.

El masaje tailandés es de cuerpo entero y mucho contacto. Primero tienes que cambiar toda tu ropa por una especie de pijama tipo hospital muy flojo, sobre el cual te darán el masaje. Luego te echas sobre un colchón boca arriba y empiezan a amasarte los gemelos, pasando luego a los pies, los muslos y los brazos e incluyendo en el proceso estiramientos de todas las articulaciones, incluso de la cadera. Cuando han terminado lo anterior te das la vuelta y comienza el masaje de espalda, hombros-cabeza y parte trasera de los muslos. No es un masaje de placer, a menudo los estiramientos y amasamientos a que te someten duelen. Te restallan las articulaciones de los dedos una por una (pies y manos) y la columna vertebral, que suena igual que los dedos pero en traca. Para hacerte los estiramientos el masajista utiliza a veces gran fuerza, haciendo uso de sus antebrazos, pies, muslos, etcétera, sobre todo cuando te restalla la columna. Muchas veces aplica todo el peso de su cuerpo sobre el tuyo para conseguir el efecto que busca o se sienta sobre ti. Con los masajistas no hubo mucha suerte, pues a mí me tocó un chico joven y a Patri una señora mayor (en Tailandia cualquiera hace masajes).

Cuando al cabo de una hora el proceso concluyó tenía algunas partes doloridas y temía que me hubiesen causado alguna pequeña lesión (sitio cutre en calle turística, masajista muy joven…), pero cuando me levanté al día siguiente no me quedaba ni rastro de dolor en ningún sitio. Otra cosa que debo admitir es que no noté gran diferencia entre el antes y el después en ninguna parte de mi cuerpo, con la excepción de los referidos dolores pasajeros. En todo caso soy una persona afortunada que casi nunca tiene problemas de espalda y nunca musculares de otro tipo, así que poco hay que arreglar. Esto que digo es tan cierto que puedo presumir orgulloso de no haber sufrido nunca un esguince o un calambre; eso de que se te estire un músculo más allá de su límite flexible y sus fibras se rompan o de estar relajado y que de repente se te contraiga solo y se haga una bola dolorosa, es desconocido para mí.

Cena Picante.

Acabado el masaje nos dirigimos a una plaza interior que se abría a la calle del mercado nocturno. Aquí había música en directo (un señor que subido a un escenario cantaba rock) y bastantes restaurantes. Compramos de nuevo fruta en los puestos callejeros; en este caso te la ponían en un gran vaso de plástico transparente de donde la ibas cogiendo con la habitual banderilla de madera. ¡Qué rica está la piña en Tailandia! Patri pidió un cóctel tropical donde, curiosamente, la fruta más chillona y llamativa de todas, una de un color morado nuclear, era la más sosa.
Heme aquí contemplando las bellezas de Chiang Mai sobre el puente Nawarut, con el Río Ping al fondo.

Como ya eran casi las once nos sentamos en un restaurante que consistía no más que en una terraza y una larga barra como la de una pescadería donde se exhibían todo tipo de viandas frescas y lozanas (carnes, pescados en cama de hielo, frutas, verduras…). En la terraza únicamente había otros dos clientes aparte de nosotros: una pareja directamente llegada del golfo pérsico con ella totalmente de negro y el velo puesto; no pude evitar un terrible escalofrío. Empezaron a recoger el local con nosotros todavía cenando y cuando acabamos únicamente quedaba un camarero sentado un par de mesas más allá esperando a que acabásemos; donde antes se veía la colorida y abigarrada barra ahora no había más que un toldo echado. Fue aquí donde descubrimos las riquísimas sopas tailandesas de leche de coco, si bien Patri pidió una llamada "Ultra hot mega spicy strong chilli nuclear killer soup" que resultó estar un poco picante para su gusto y que tuve que acabar yo. Fue la única vez en todo el viaje en que nos sirvieron algo más picante de lo normal.

Quinta Retirada.

Sin más volvimos caminando con tranquilidad al hotel, pues debido a los incidentes mañaneros el cansancio hacía más mella de lo que correspondería por lo que habíamos hecho hoy, así que había que dormir por lo menos ocho horas. A estas horas ya comenzaba a hacer fresquito, pues en Chiang Mai, al estar más al norte, rodeada de montañas y a 350 metros de altura, la temperatura es habitualmente unos grados inferior a la de Bangkok y por las noches se puede decir que refresca. La variedad estacional también es superior: el mes más caluroso es abril (entre 36 y 21 ºC) y el más fresquito enero (entre 28 y 13 º C).

Al pasar por delante de la entrada principal al cuadrilátero histórico de la ciudad, la Thapae Gate, donde hay una plaza, había algunos turistas haciendo ya volar los globos del Festival de las Luces que algunos tailandeses vendían.

Al día siguiente nos esperaba una dura excursión. Si queréis conocer nuestras aventuras en la salvaje selva tailandesa entre arañas gigantes, bananeros, aldeas indígenas, desprendimientos de rocas, aguas salvajes, puentes precarios, elefantes hambrientos y sendas estrechas no dudéis en leer nuestro próximo mantra.
  • Hora local: 18:55.
  • Temperatura: 22ºC.
  • Humedad: 69%.
  • Temperatura máxima: 24ºC.
  • Temperatura mínima: 16ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

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