lunes, 28 de diciembre de 2009

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 7º: SELVAS, RÍOS Y ARAÑONES.



Ardientes admiradores:

Tras ocho horas de sueño muy reparador que nos hizo olvidar las desdichas del día anterior nos levantamos dispuestos a todo, incluso a tirarnos horas caminando si ello fuera necesario. A las nueve de la mañana iban a pasar a recogernos. El desayuno la terraza de nuestra casa de huéspedes resultó muy agradable, pues la temperatura a esa hora era, sencillamente, fresquita; un par de grados menos habrían requerido una chaquetina.

Dado que esta noche íbamos a dormir entre bestias salvajes no teníamos habitación en Chiang Mai, así que tuvimos que bajar las maletas, que nos cuidaron en el propio establecimiento. Como yo no tenía mochila me prestaron una en recepción, pues por lo visto guardaban las que la gente iba olvidándose previendo que a la selva también querrían ir personas decentes que habitualmente no utilizan este antiestético medio de acarrear objetos.

Tampoco penséis que íbamos equipados como para subir al Kilimanjaro, eso de ir a la selva es más una forma de hablar. Las mochilas que llevábamos ambos eran de las chiquitinas y en el interior aparte de los imprescindibles de aseo, el repelente para mosquitos y la crema solar únicamente había muda, un chubasquero por si las tormentas tropicales y una camiseta de repuesto (al menos en la mía, a Patri no le hice inventario).

Servidumbres Previas.

A recogernos llegó puntualmente uno de los incomodísimos taxis de Chiang Mai, a los cuales ya dedicaré un párrafo ex-profeso en algún mantra futuro. En el interior ya iban montados dos de nuestros compañeros de excursión: una pareja que rondaría la treintena y de nacionalidad suiza, sospechosos por lo tanto de filofascismo.

Durante la hora siguiente estuvimos recorriendo en el insufrible taxi todo Chiang Mai para recoger a los guías y al resto de participantes en la excursión, a saber: una parejita de alemanes veinteañeros, ella muy guapa y él resultón, y una familia de eslovenos compuesta por un padre grandote y gordo, una madre obesa y una niña de unos doce años que seguía el camino de la madre. Al final 9 participantes, lo cual no llegaba al límite que nos habían prometido: máximo 10 personas. En todo caso, debido al volumen de la familia eslovena y a las mochilas no andábamos muy sobrados de espacio, exacerbándose por ello la incomodidad del infernal taxi.
Esta pequeña cascada fue nuestra primera visita del día.

Al poco de salir nos paramos en la sede de la pasma y un holandés metido en el uniforme de la policía turística de Tailandia comprobó nuestros pasaportes (seguro que hay una buena historia detrás de cómo llegó ese tipo allí). Al parecer se exige que los turistas que van a la selva estén cubiertos por un seguro incluido en el precio de la excursión y estaba comprobando que no hubiera espontáneos. También nos dio cuatro consejos básicos: hay que llevar como mínimo un litro de agua por persona y día (o sea: no iba a ser muy duro) y no olvidar el repelente para mosquitos, una linterna, la crema solar y el papel de váter; al levantarse por la mañana se deben sacudir zapatos y ropa para prevenir sorpresas provocadas por arañas, insectos, o reptiles que pudieran haber buscado cobijo dentro. Esto es todo lo que había tener en cuenta. Sencillo.

A medio camino, con el fin de que pudiésemos comprar todo lo que no habíamos tenido en cuenta, paramos en un supermercado que se disponía al lado de la carretera, listo para recibir a los turistas. En nuestro caso sólo faltaba el agua (pensábamos que nos la iban a proporcionar los de la excursión) y el papel de váter (aquí el lado jipi sí que no pudo). Mi móvil incluía linterna y en todo caso siempre podría alumbrarnos mi propio brillo; por supuesto tampoco nos faltaban ni la crema solar de protección absurda con ignifugación RF-90 ni el repelente de amplio espectro para mosquitos, elefantes y bichos intermedios.

Acopio de Fuerzas.

Cuando llegamos a nuestro destino a través de unas carreteras bastante decentes y siempre asfaltadas ya era poco antes de mediodía, así que nos dieron de comer bajo unos techados de madera preparados para los turistas. Nada especial: una bandeja llena de arroz especiado y fruta. Me pareció demasiado simple para una caminata, pero el arroz era abundante. En todo caso que nos dieran de comer sólo arroz trajo a mi mente sugerentes imágenes en las cuales caminábamos bajo el abrasador sol tropical en medio de la selva atados unos a otros y bajo los látigos de nuestros guías, que de esta forma se desquitaban de sucesos históricos precedentes donde las tornas habían estado invertidas. No me hubiera parecido mal, no habría sido más que un ejercicio de justicia poética por parte de los organizadores de la excursión.

Lo mejor es que éramos los únicos turistas en el lugar, así que no se materializó unos de mis temores: que nuestro camino estuviera a la vez recorrido por ochenta excursiones más y que esto pareciese una procesión, como en la Garganta del Cares o la antigua casa de Xulián en Dindurra.

Nuestros guías eran un chico genuinamente tailandés que no aparentaba más de 20 ó 22 años y un ayudante aún más joven. Vestían camiseta, pantalones cortos por la rodilla y, el mayor, chancletas de goma de estas horribles de una sola pieza que ahora están tan de moda y que cubren excepto por algunos huecos el empeine y los dedos de los pies y que en teoría son para la playa o la piscina.

En Marcha.

Tras la sencilla comida nuestro primer objetivo fue una cascada que quedaba a diez minutos del comedero, la de la primera foto de este mantra; tras la cascada comenzó la caminata en sí, inicialmente por un camino rodado de tierra. Este camino estaba endiabladamente empinado y con el calor del mediodía fue una prueba un poco dura para empezar, al menos para Patri y para mí, pues para la familia eslovena y los alemanes resultó, indudablemente, MUY dura. Únicamente nos ganaron en esta ascensión los guías por bastante y los suizos por muy poco (pero claro, viven donde viven) lo cual para ser la primera vez en muchos años que me enfundaba el uniforme de andar por el monte no estuvo nada mal. Los eslovenos fueron los peor parados con diferencia, hasta el punto que el guía se ofreció a llevarles alguna mochila, ofrecimiento que finalmente no aceptaron. Cuando al fin nos alcanzaron en el primer campamento base y se recuperaron de la congestión seguimos por caminos más pedestres pero menos duros. Esta primera ascensión resultó ser al final el único momento jodido de la excursión.

Nada más desviarnos del camino rodado nos encontramos con que nuestra ruta estaba cortada por culpa de un desprendimiento de tierras (o argayu, para que nos entendamos) que se había producido hacía sólo dos días y que, como vemos a la derecha, había dejado un precipicio de quince metros de caída. Rodeamos metiéndonos entre la espesa vegetación a nuestra derecha, aprovechando la senda que ya había abierto otra gente. Por ese desvío caminábamos cuando la chica alemana resbaló delante de mí sobre la vegetación aplastada, cayó al suelo e hizo amago de deslizarse a favor de la pendiente, es decir, hacia la izquierda, lo cual habría sido muy mala idea porque tras un metro y medio de arbustos se encontraba el abismo. La verdad es que cuando la vi caer me llevé un buen susto.

La caminata se desarrolló por el interior de bosques, a la vera de campos de arroz y a lo largo de pequeños ríos y acequias usadas para regar los campos. A veces había que bajar hasta una pequeña vega y volver a subir, pero no era duro. Lo más bonito era el intenso brillo verde de los campos de arroz dispuestos en terrazas, pues en la época de nuestra visita (los estertores del monzón), estaban a punto de ser cosechados y por lo tanto lucían en todo su esplendor. También tuvimos que atravesar algún puente precario que otro desde los cuales seguro que algún turista en alguna ocasión se cayó al río, aunque desgraciadamente no fue en esta. Claramente estábamos en zona habitada y más que selva era selvina; cuando pasábamos por el interior de una zona boscosa la frondosidad no era superior a la que encuentras en cualquier monte de Asturias (ejemplo), con la salvedad de que en vez de helechos y carbayos las especies forestales eran, lógicamente, otras .

La única fauna con la que nos cruzamos en todo el camino, si exceptuamos los pájaros del cielo, fue una araña como la palma de la mano en el centro de su tela; en todo caso su gran tamaño era debido a la longitud de sus ocho patas, pues de cuerpo no sería mayor que una falange del dedo anular.

Para disgusto de Patri tampoco encontramos orquídea alguna, flores que por lo visto es perfectamente posible hallar en estado salvaje en el norte de Tailandia. Aunque preguntamos nadie fue capaz de explicarnos por qué no había, así que nos quedamos sin saber si era mala época, si esta no era la zona, si las orquídeas no existen, si todo era una conspiración, si no estábamos en Tailandia, o qué.

Lo que sí vimos fue una aldea típica tailandesa que tuvimos que cruzar, con sus casas elevadas un metro sobre el suelo, paredes de madera y techo de hojas, como veis en la fotografía que acompaña a este párrafo. En el interior no parecía haber compartimentación alguna y sí montones de cacharros. Se veían cerdos atados con cuerdas y gallinas correteando por las caleyas. Aunque la pobreza de las edificaciones era extrema, en el interior de una de las chozas brillaba inconfundible la pantalla de un gran televisor y unos jovenzuelos pasaron con sus motocicletas.

Baño en la Poza.

A media tarde llegamos a la vera de un río bastante más caudaloso que los anteriores, bravo y de aguas marrones. En su orilla se levantaba un pequeño tendejón de madera donde unos tailandeses vendían refrescos y chocolatinas a los turistas. En este punto fuimos invitados por los guías a bañarnos en una poza que había justo delante del cobertizo, lo cual hicimos con sumo gusto porque tras la sudorosa caminata nos sentíamos sucios y sobrecalentados. Evidentemente, al igual que en España es costumbre entre los habitantes de los pueblos de las montañas ir a mear, cagar y tirar fetos aguas arriba de las plantas embotelladoras de agua de manantial, lo mismo harán en Tailandia con los sitios donde se bañan los turistas, pero me daba igual. Como no tenía bañador tuve que echarme al agua en calzoncillos, pero ya había tenido la picardía de ponerme por la mañana unos de color oscuro y ajuste prudente y, por descontado, a la par discretos y elegantes.

Según te metías el agua parecía que estaba fría, pero luego te dabas cuenta de que era perfectamente posible aguantar dentro del río una hora entera.


Entre las diversiones que nos proporcionó el agua estuvo dejarnos caer por uno de los rápidos que fluían desde nuestra poza (foto de la derecha) hasta la inferior. Los primeros en hacerlo fueron los guías y nos animaron a seguir su ejemplo, siendo finalmente secundados todos los integrantes de la excursión. Por supuesto yo fui el último en tirarme, pues una cosa es que los guías lo hagan bien y otra que unos turistas gañanes sepan cómo hacerlo sin mancarse. Dado que no descubrí caras de estreñimiento, cojeras evidentes o miembros flotando, y dado que entre quienes se habían tirado estaba la familia eslovena, resultó evidente que el peligro de deslizarse por ahí era cero, así que me lancé. La historia es más o menos así: te acercas con los pies por delante al lugar donde la corriente se precipita entre las rocas, empiezas a sentirla, de repente te atrapa, te sumerge, te acelera, notas como tu culo y tu espalda se deslizan sobre la superficie de una roca completamente pulida durante unos segundos en los que cambias de dirección varias veces a toda velocidad y finalmente notas como te frenas y te hundes en la poza mientras das vueltas. Cuando te estabilizas y encuentras el suelo te das un impulso hacia arriba y sales a la superficie sin problemas. La verdad es que fue divertido.

Según nos contó el guía posteriormente fue precisamente aquí donde se produjo el único accidente grave de su carrera. Al parecer una turista británica se causó en la poza una fractura abierta de tibia y peroné y hubo que evacuarla en helicóptero. No fue sin embargo en el rápido: resbaló tontamente en la orilla sobre una roca, si bien en su descargo debo dar fe de que las rocas del borde resbalaban muchísimo por debajo del nivel del agua.

En Marcha de Nuevo.

Tras este baño, que me sentó como hacía tiempo que no me sentaba un baño, nos pusimos en ruta de nuevo. Durante esta última parte de la caminata pasamos por el lugar que más sensación de selva me dio en toda la excursión. Era una vaguada donde podía olerse la humedad y donde crecían abundantes palmas plataneras y haces de bambúes

Fue aquí donde nuestros guías decidieron que era el momento de agasajarnos con unos cuantos frutos, así que se dirigieron a uno de los árboles y… lo echaron abajo. Me resultó realmente sorprendente lo fácil que fue derribar aquel árbol; cogieron un palo, lo clavaron en el verde tronco varias veces con facilidad y luego, haciendo apoyo con el pie en el lugar debilitado mientras con las manos se colgaban desde más arriba, el árbol cedió y se dobló hasta el suelo. Los plátanos eran chiquititos, cabían en la palma de una mano, pero estaban muy sabrosos y me comí cuatro. Estas palmas deben crecer como setas, dada despreocupación con la cual la derribaron, pues supongo que harán lo mismo con cada visita que pasa.

El Campamento.

Finalmente salimos a un valle cuyo fondo plano estaba todo cultivado con arroz. Tras los campos podía observarse una aldea rodeada por algunas palmeras plataneras como la que acabábamos de abatir. Mi sensación en este momento fue la de haber sufrido la suerte de Tron y haberme metido de repente en un ordenador, en concreto en el juego "Crysis". El aspecto de lo que estaba viendo me recordó realmente a alguna de las pantallas intermedias de ese juego. A un lado de la aldea había una zona con construcciones con tejado de chapa que era nuestro campamento.

Aspecto de la aldea y el campamento donde dormimos, este último a la derecha. El tercer tejado por la izquierda era nuestro barracón.

Recapitulando, la cosa había sido bastante tranquila. Restando el baño en el río habríamos estado caminando, lo que se dice caminando, unas tres horas y poco. Apto por lo tanto para obesos y niños de trece años.

El lugar donde íbamos a pasar la noche era un barracón que consistía en un pequeño pórtico y dos estancias separadas, en cada una de las cuales se hallaban cuatro colchones tirados en el suelo rodados por una mosquitera. La construcción no estaba completamente cerrada, ya que las paredes acababan antes de juntarse con el techo, de modo que había un espacio como de un metro por donde entraba la luz y corría el aire.

En el campamento también había unas ocho casitas más pequeñas con tejado de chapa azul que se podían alquilar por 50 Bath adicionales, las cuales aseguraban algo más de intimidad e incluían una cutre-ducha. Nada más llegar la parejita de alemanes y la familia eslovena pagaron el suplemento para poder tener caseta particular, con lo cual quedamos únicamente la pareja suiza y nosotros en el barracón y pudimos repartirnos ambas habitaciones. Decidimos por lo tanto quedarnos allí y darle un buen gusto a nuestro lado jipi.

Como no, también existía la posibilidad de recibir por otros 100 Bath un masaje tailandés realizado en una cabaña colindante por una de las habitantes del lugar. Nosotros pasamos, pero sí se apuntaron los eslovenos.

Sobre uno de los árboles colindantes con los dormitorios se recortaba contra el cielo en medio de su tela una araña de la misma especie que habíamos visto por la tarde y de igual tamaño. Ahí estuvo sin moverse todo el rato, así que fue fácil inmortalizarla mediante la instantánea que veis a la izquierda. Sí, ya sé lo que me váis a decir los más observadores: "¡Tiene sólo siete patas! ¡Buuu! ¡Fueeraaa!", pero no tuve tiempo de hacer castings para la foto; no está bien burlarse de ella, en todo caso. ¡A saber la tragedia que jalonará la vida de este noble bicho!

Aunque no había electricidad sí había agua corriente, gracias a unos depósitos elevados que se disponían a un lado del campamento. El váter estaba en el interior de un pequeño tendejón hecho con paredes de bloque gris y tejado de chapa que tampoco llegaban a juntarse. Haciendo abstracción de algunas inevitables telas de araña el grado de limpieza era aceptable dado el contexto.

Las condiciones eran pues bastante mejores de lo que yo había imaginado, pues mi primera idea era que íbamos a dormir en una tienda de campaña tipo campamento de refugiados sin ninguna infraestructura adicional. Realmente lo que más me molestaba era que había bastantes perros pulgosos grandes y pequeños paseando, ladrando y dando el coñazo, incluyendo un par de cachorros que no debían tener más de dos o tres meses de vida.

Alrededor del Fuego.

Cuando el sol comenzó a ponerse miles de pájaros, batracios, insectos y vete a saber tú qué más animales comenzaron a desgañitarse en una algarabía de graznidos, chillidos, croares y mil sonidos más que se mantuvo durante cerca de una hora, hasta que con la oscuridad total se acalló y únicamente quedó el cri-cri de los grillos y algún croar ocasional.

A las ocho "de la tarde", y lo entrecomillo porque era completamente de noche desde hacía un buen rato, nos sirvieron la cena en una gran mesa dispuesta bajo un techado anejo. Los platos habían sido preparados desde la hora de nuestra llegada por los guías y otros tailandeses que había en el campamento. Estaba todo muy rico, incluyendo una buenísima sopa tailandesa y el típico revoltijo de carne y verduras a la soja. Toda la luz la ponían unas cuantas velas distribuidas por la mesa.

Tras la cena tocó, como en todo campamento que se precie, sentarse alrededor de una hoguera a charlar y a beber cervezas y refrescos, que nuestros guías habían proveído en abundancia en el interior de un gran contenedor lleno de agua con hielo. Para coger algo únicamente tenías que apuntar una rayita al lado de un cartón con tu nombre y al día siguiente pagar según lo que habías consumido. Mucha confianza por lo tanto, lo cual sólo puede obedecer a que han debido de ir pocos anglosajones por allí. Se ve que nunca les ha ocurrido que en una hora se haya terminado toda la bebida y estén todos los colchones vomitados y que al día siguiente nadie reconozca haber bebido nada.
Perfil de Patri recortándose contra fondo de río.

Uno de los tailandeses tenía una guitarra y sabía tocarla, así que nos amenizó la velada con unas cuantas canciones típicas de estas lides, como "Hotel California" y similares.

No recuerdo ninguna conversación en particular durante todo este tiempo con nuestros compañeros de excursión, los cuales afortunadamente todos hablaban inglés. Finalmente con quienes más migas hicimos fue con la parejita alemana, pues los eslovenos no dejaban de ser una familia y los suizos eran muy callados. Nuestros amigos teutones eran admiradores de "Héroes del Silencio", lo cual recuerdo perfectamente porque, como español, me preguntaron por ellos y me pidieron que si podía por favor cantarles un tema que me tararearon y que resultó ser, como no, "Entre Dos Tierras" (no, no lo enlazo). Como estaban muy ilusionados cedí a su petición y comprobé con horror y para mi vergüenza que conozco de la letra mucho más de lo que yo pensaba, mucho más que Patri, por ejemplo.

Los tailandeses no nos acompañaron mucho tiempo. Nuestro guía en concreto se había cogido una borrachera espantosa en un momento y se fue a dormir a la cabaña donde se daban los masajes. Antes de largarse nos dejó, eso sí, unos vasos de whisky tailandés.

Los perros acudieron todos a la luz y al calor de la lumbre, pero eran mantenidos a raya por la niña eslovena, dedicada en cuerpo y alma a alimentar la hoguera hasta el punto de que era imposible acercarse a menos de dos metros y, hombre, frío no hacía, así que su utilidad era más bien la de dar luz y por ende tanto calor jodía un poco.

Cuando la familia eslovena se largó a dormir y pudimos acercarnos de nuevo al fuego descubrimos que uno de los tailandeses se había olvidado un cigarrillo de liar de dimensiones monstruosas encima de una mesa. Inmediatamente empezaron las especulaciones acerca de si contendría opio o no. Finalmente decidimos pasar directamente a la acción y fumar para comprobarlo, pero para decepción general no era más que tabaco. Hay que ver lo que hace el entorno, porque no me imagino yo ni a los suizos ni a los alemanes fumando un triturbo en sus países con la esperanza de que contenga opio.

Sexta Retirada.

Finalmente todos se largaron a dormir. Es impresionante el efecto que causa la ausencia de luz eléctrica. Todos teníamos encima la sensación de que era tardísimo, pero cuando miré el reloj eran tan solo ¡las once y pico de la noche! Hombre, cenar a las ocho y que a las seis y media ya sea de noche cerrada ayuda, pero que no haya otra luz posible en todo el lugar más que la hoguera te empuja literalmente a dormir.
Así lucían los campos de arroz. El brillo al natural era mucho más intenso que el que recoge la fotografía.

Antes de acostarnos recurrimos a otro clásico de estas ocasiones y estuvimos escudriñando el cielo en busca de constelaciones, pero resultó un poco decepcionante; se veían únicamente las de siempre: Casiopea, Orión, las dos Osas… no era visible la Vía Láctea, ni un número extraordinario de estrellas, ni las que se veían tenían un brillo especial. Por un lado estábamos demasiado cerca de Chiang Mai y su área metropolitana; contra las estrellas nos sorprendieron vistosas filas de puntos naranjas de fuego elevados hacia el firmamento por los globos del Festival de las Luces (ya hablaremos de ellos); es realmente sorprendente la altura que alcanzan esos ingenios tan sencillos. Por otro lado había más de media luna y se podía caminar perfectamente a su luz sin tropezar; no hacía falta ninguna linterna siempre que estuvieses al aire libre.

Fue una pena que fallara el cielo, pues siempre recordaré una de las veces que estuve de acampada en Los Oscos, cuando coincidió una noche de luna nueva con un cielo completamente despejado. Era perfectamente visible la irregular franja blanquecina de la Vía Láctea, había estrellas donde nunca había imaginado que las hubiera y todas brillaban como focos. Eso sí: no alumbran. Da igual que el cielo esté lleno de estrellas, si no hay luna no se ve nada.

Final Escalofriante.

Ya se había echado Patri cuando me tocó lavar los dientes y todas esas cosas que se hacen habitualmente justo antes de acostarse; por razones obvias hoy no hubo ducha, innecesaria de todas formas porque el baño en el río había cumplido con creces su función. No me extendería sobre esta parte si no fuese por lo siguiente: con el fin de poder ver algo coloqué mi móvil-linterna sobre el borde de la pared del baño, el cual resulta que no era plano, sino que presentaba una acusada pendiente hacia fuera, así que… ¡zas! se me deslizó y cayó al otro lado del muro. Como no veía ni para lavarme la cara salgo afuera a recuperar mi luz pero, como no, al otro lado de la pared había toda una selva, de modo que apenas podía ver entre el follaje el brillo del led. Como no había más remedio me meto entre la maleza, me agacho en la oscuridad y… ¡zaca! ¡Una gruesa tela de araña en toda la cara! Teniendo en cuenta el tamaño de las tejedoras en este lugar me respigué desde los talones a la coronilla, aguanté la respiración como si eso sirviese para algo, cogí el móvil y salí volando de allí. Probablemente la araña llevaría más susto que yo, porque por más que busqué sobre mi ropa algún pasajero indeseable no lo encontré.

Con los dientes y la cara ya bien limpios me acosté en nuestro barracón con especial cuidado de dejar el mosquitero bien cerrado. Comprobé entonces que había conocido almohadas y colchones más cómodos. Realmente no nos teníamos que levantar hasta las nueve de la mañana, así que había tiempo para dormir de sobra. El resto de la excursión ya es tema para el mantra siguiente.
  • Hora local: 20:08.
  • Temperatura: 21ºC.
  • Humedad: 43%.
  • Temperatura máxima: 24ºC.
  • Temperatura mínima: 15ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

viernes, 25 de diciembre de 2009

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 6º: TEMPLOS, MERCADOS Y MASAJES.


Devotos sicarios:

Recordaréis de nuestro mantra anterior que, tras un accidentado desplazamiento al aeropuerto, habíamos conseguido coger nuestro vuelo a Chiang Mai, capital del norte de Tailandia. Esta ciudad cuenta con unos 150.000 habitantes, si bien el área metropolitana tiene muchos más, y está a las orillas del Río Ping. Está llena de templos de los siglos XIV y XV; si miras su plano destaca el casi perfecto cuadrilátero de más de un kilómetro de lado que enmarcaban su muralla y su foso. Hoy en día el foso se conserva en forma de estanques y fuentes y de la muralla de ladrillo aún quedan restos originales en lo que eran sus cuatro esquinas, si bien algunas partes han sido restauradas.

El Hotel Fantasma.

Faltaba poco para el mediodía cuando aterrizamos sin novedad en nuestro destino. Durante el vuelo habíamos escogido para alojarnos un hotelito situado en una casa tradicional de teca, así que pillamos un "Public Taxi" y nos dirigimos hacia allí. No habíamos llamado, ni reservado, ni nada, pues había que darle un poco de aire al lado jipi después de la humillación a la que lo habíamos sometido hacía dos noches en Bangkok. La cosa empezó a pintar mal cuando al taxista no le cogieron el teléfono y, por lo tanto, no pudo dejarnos en el sitio exacto, pero aún así confiamos y nos bajamos en el lugar donde correspondería que estuviese el hotel, una vía sólo parcialmente urbanizada, a mitad de camino entre calle y carretera frente al Río Ping. Sin embargo, no pudimos encontrar casa de huéspedes alguna en ese lugar, así que nos pusimos a caminar arriba y abajo durante casi media hora hasta que la futilidad de nuestros esfuerzos nos convenció de que donde señalaba nuestra cutre-guía sólo había una iglesia baptista adventista (¡tócate los huevos!). ¡No me extrañaría que todo fuese un truco de los de Lonely Planet para ganar adeptos para su secta!
Aspecto de Chiang Mai visto desde arriba. Observad el cuadrilátero histórico en verde.

Este día coincidió que hacía mucho calor y las maletas no ayudaban a aumentar nuestra comodidad, así que tras recomendarle a Patri que tirase la guía al río entramos en un lujoso centro de masajes aledaño a peguntar, ya un poco agotados y cubiertos de sudor. El recepcionista no tenía la menor idea de dónde estaba ese lugar ni había oído hablar de él. El bonito spa donde habíamos entrado era también hotel y se ofrecieron a alojarnos, pero su precio quedaba un poco por encima del tope que habíamos consensuado, que eran 1.000 Bath. También nos comentaron que este día hacía un calor inusual en Chiang Mai (¡mira tú qué bien!), nos agasajaron con unos buenos vasos de agua y nos ofrecieron el taxi del hotel para que nos llevara a algunos alojamientos. Como estábamos ya bastante agobiados debido a la acumulación de incidentes aceptamos encantados y nos pusimos a recorrer albergues.

Por Fin, Como en Casa.

Con los dos primeros lugares no hubo éxito, pues eran caros y estaban un poco apartados del centro. Finalmente llegamos a una calle semi-peatonal en pleno centro de Chiang Mai, dentro del cuadrilátero histórico, donde se concentraban bastantes establecimientos hosteleros y justo al lado del Sompet Market, por si queréis buscarlo en el plano de arriba. El conductor nos dirigió a uno regentado por una amiga suya y allí nos dijeron que les quedaba libre únicamente una habitación, pero lamentaban comunicarnos que era de camas separadas. Les dijimos que por una vez podríamos soportarlo y nos la mostraron. Para nuestro regocijo era grande, nueva, limpia, con un baño modernísimo, bien amueblada y con camas altas y firmes, propia de un hotel de tres estrellas de reciente construcción en España.

El precio de tan digna alcoba estaba en 900 Bath por noche con desayuno. Entonces, ante el fracaso de nuestro lado jipi en proporcionarnos descanso y alojamiento, nuestro lado pijo atacó furioso y aceptamos acríticamente ese precio por tan acogedora habitación, pues no teníamos ninguna gana de empezar ahora un regateo de dudoso éxito, ya que se notaba que teníamos unas ganas locas de dejar las maletas; en todo caso seguro que, de no haber estado tan necesitados de relajarnos, podríamos haber bajado el precio.

En nuestro flamante albergue también organizaban excursiones, así que sin esperar más reservamos para el día siguiente una de dos días y una noche que consistía en una caminata por la selva con pernoctación incluida entre arañas, ratas y serpientes y algunas actividades complementarias, como montar en elefante o bajar un río en balsa. No me acuerdo muy bien del precio; me viene a la mente 5.900 Bath ambos, incluyendo los dos días de alojamiento en Chiang Mai.

El Paseo Vespertino.

Tras cerrar nuestra agenda dedicamos la tarde a comer y a recorrer algunos de los templos más recomendados. Como estábamos en pleno centro de la ciudad pudimos ir caminando a todos ellos. Como podéis imaginar el centro de Chiang Mai es muy diferente al de Bangkok, pues aquí predominan las calles estrechas pero rectas, planas, arboladas y flanqueadas por edificios muy bajos, con lo cual resultan bastante agradables. Lógicamente la intensidad del tráfico rodado tampoco tiene nada que ver con el de la capital del país. Remito a Picasa para conocer más del lado cultural de este paseo.
He aquí el edificio principal de Wat Chiang Man, el templo más antiguo de Chiang Mai, cuya construcción data de finales del Siglo XIII.

A la hora de comer un camarero se puso a hablar con nosotros y nos advirtió sobre todo tipo de pillos que intentarían cobrarnos más de la cuenta. Nos aconsejó que para contratar excursiones fuéramos a la Tourist Autority of Thailand, pues si no nos íbamos a comer un buen sobreprecio. Nos la señaló en el plano y esta vez no había trampa ni cartón; en el lugar que él decía había un simbolito de información y una leyenda: T.A.T. Eso sí: estaba en el quinto coño. Cuando le dijimos que era demasiado tarde y que ya habíamos contratado las excursiones en el hotel hizo gesto de "vaya la que os habrán clavado". Cuando llegó la comida nos dejó y en ningún momento propuso algo que pudiera redundar en su beneficio económico, así que en esta ocasión todos los consejos eran desinteresados. En todo caso, como ya habíamos contratado las excursiones tampoco este día conseguimos cumplir nuestro objetivo de no ser timados bajo nuestra apreciación subjetiva.

Durante el paseo tuvimos que deshacernos de un par de conductores pesados de tuk-tuk y de un listillo que vino a preguntarnos a dónde íbamos. Sin embargo ya debía percibirse que estábamos fogueados porque ninguno insistió mucho y ya no vinieron más. Quizá también influyesen los cuatro tiros que les pegamos con nuestros rifles, haber ido a su casa después y haberla quemado con toda su familia dentro, haber liquidado a todos sus amigos y haber matado también a todos los que les debían dinero. Realmente tiene que notarse un montón cuando acabas de llegar a un sitio, ya que los buscavidas lo huelen a la legua. El paso dubitativo y lento, la mirada que se vuelve hacia todos los sitios o las consultas de planos en plena calle son mortales. Al igual que me pasó en La Habana, la presión por parte de caraduras y sinvergüenzas fue decreciendo constantemente según el viaje fue progresando.

Durante el paseo nos encontramos con la decoración que se estaba instalando en todo Chiang Mai con motivo de la preparación del Festival de las Luces. Ya hablaré de este festival en algún mantra más adelante.

En todo caso, lo mejor sin lugar a dudas de todo el recorrido es que conocí por fin a un hombre con seis dedos. Hasta ese momento había oído hablar de ellos en cuentos y algunas personas relataban haber visto alguno, pero ante la ausencia de evidencias ya empezaba a borrarlos de la realidad y a encuadrarlos entre los seres mitológicos. Mi búsqueda en pos del hombre de los seis dedos podía compararse ya con la de Íñigo Montoya en "La Princesa Prometida" (la historia aquí – el desenlace aquí), pero en nuestro caso era un buen hombre, con lo cual debe descartarse cualquier relación entre un sexto dedo y un carácter malvado. En concreto nuestro personaje era un policía turístico que vigilaba en el templo de Wat Pra Singh y que entabló conversación con Patri sin ninguna intención torticera. Nos estuvo preguntando sobre España y dándonos algunas indicaciones y fue entonces cuando me fijé en que de uno de sus pulgares surgía otro pulgar más pequeñito. No parecía un dedo útil, sin duda estaba atrofiado, pero era claramente un segundo dedo gordo, con sus dos falanges formando un ángulo recto. No sé si en Tailandia da buena suerte darle la mano a un hombre con seis dedos, pero no me extrañaría que así fuera, pues aquí da buena suerte cualquier cosa, excepto quizá montarse en un taxi en dirección al Aeropuerto de Suvarnabhumi. En cualquier caso, aunque en Tailandia no fuera así, seguro que hay algún país donde sí. Patri no se dio cuenta del asunto, lo cual me sorprendió en alguien con la capacidad de detectar un ratón a 200 metros de distancia.

El Mercado Nocturno.

Una vez visitados los templos nos tomamos la necesaria ducha de fin de tarde en un entorno incomparable: era amplia, sin plato (de estas de suelo liso), limitada por una pared y un murete que impedía que el agua la rebasase al resto del baño y recubierta de gres marrón; sobre la cabeza se disponía una anchísima pera de unos 30 centímetros de diámetro a través de cuyos agujeros salían potentes chorros de agua que te rodeaban por todos lados. ¡Magnífica! ¡Fue un placer conocerla!

Nuestro destino post-ducha era el mercado nocturno, bastante renombrado y situado sólo a unos 20-25 minutos caminando del hotel, bajando hacia el río por Tha Pae Road, así que a pie fuimos, como de costumbre. Esperábamos algo más tradicional; al final no era más que un gran mercadillo como el de cualquier otro lugar del mundo donde se vendían ropa, maletas, complementos, suvenires, etcétera, todo orientado al turista y, a decir de Patri, todo tremendamente feo, de lo cual se deduce que entre las virtudes de mi acompañante también se encuentra la de tener buen gusto, pues estaba plenamente de acuerdo con ella. Nos habríamos marchado sin comprar nada si no es porque yo necesitaba una gorra para protegerme del sol durante la excursión del día siguiente. No creáis que fue rápido encontrar un puesto donde tuvieran algo decente, tuve que mirar bastante. Cuando por fin la encontré me intentaron cobrar de mano 400 Bath, bajé a 250 y la anciana que atendía el puesto me dijo directamente que venga, que vale. Evidentemente regatear no es lo mío, no. Tenía que haber ofrecido 150 o incluso menos.

Masaje Tailandés.

Como vimos que aquí no había mucho que rascar decidimos que nos íbamos a dar un masaje. En Tailandia sobran sitios para recibir masajes, que pueden ir desde uno de pies a uno completo de varias horas de duración. El local donde se recibe el masaje de pies suele verse desde la calle, como si fuera una peluquería, así que es muy común pasar por delante de escaparates tras los cuales le están tocando los pies a gente echada en divanes. En nuestro caso habíamos desechado otras oportunidades de darnos uno porque se nos habían presentado a media tarde, cuando nuestro cuerpo ya acumulaba un día completo de sudor, crema solar y repelente para mosquitos y nos parecía por ello una falta de respeto presentarnos de semejante guisa a que nos tocaran por todos lados con las manos desnudas. Sin embargo no creo que todo el mundo sea tan considerado como nosotros, así que el oficio de masajista en Tailandia no se me hace muy agradable. Seguro que entre todos esos anglosajones a los que les hacen el masaje de pies hay alguno que no se ha duchado, no ya desde por la mañana, sino desde el día anterior o peor. Como en esta ocasión estábamos limpios de paquete, allá fuimos.
Este es el aspecto que presenta la calle Ratchadamnoen, uno de los ejes del casco histórico, desde Wat Pra Singh, uno de sus principales templos.

Dudábamos de estar en el mejor sitio para que nos lo dieran, en una calle tan turística, pero como los dos siguientes días iban a estar ocupados por la excursión selvática corríamos el riesgo de quedarnos sin él. Entramos en uno de los locales al azar, pues todos tenían una pinta similar, tirando a cutre. En esta zona el precio estándar eran 200 Bath por hora, pero por supuesto hay lugares más caros y glamurosos. Existen sitios donde te dan masajes de hasta cinco horas de duración, si bien en esos casos las sesiones de masaje propiamente dichas se intercalan con baños perfumados, aplicación de aceites, etc. En todo caso tampoco en estos otros lugares resulta caro darse el masaje; uno de una hora podría costarte 400 Bath y el de 4 horas 1.300, pero en todo caso… a ver donde te haces en España un masaje de una hora por 6 euros.

La pinta cutre externa del local se acentuaba una vez dentro. Los masajes completos los hacían en el primer piso; estaba oscuro y los colchones sobre los que te debes tumbar estaban tirados en el suelo y todos agrupados en la misma habitación, con lo cual la privacidad era poca o nula. El vestuario era un cuartucho donde estaban apiladas montones de cosas.

El masaje tailandés es de cuerpo entero y mucho contacto. Primero tienes que cambiar toda tu ropa por una especie de pijama tipo hospital muy flojo, sobre el cual te darán el masaje. Luego te echas sobre un colchón boca arriba y empiezan a amasarte los gemelos, pasando luego a los pies, los muslos y los brazos e incluyendo en el proceso estiramientos de todas las articulaciones, incluso de la cadera. Cuando han terminado lo anterior te das la vuelta y comienza el masaje de espalda, hombros-cabeza y parte trasera de los muslos. No es un masaje de placer, a menudo los estiramientos y amasamientos a que te someten duelen. Te restallan las articulaciones de los dedos una por una (pies y manos) y la columna vertebral, que suena igual que los dedos pero en traca. Para hacerte los estiramientos el masajista utiliza a veces gran fuerza, haciendo uso de sus antebrazos, pies, muslos, etcétera, sobre todo cuando te restalla la columna. Muchas veces aplica todo el peso de su cuerpo sobre el tuyo para conseguir el efecto que busca o se sienta sobre ti. Con los masajistas no hubo mucha suerte, pues a mí me tocó un chico joven y a Patri una señora mayor (en Tailandia cualquiera hace masajes).

Cuando al cabo de una hora el proceso concluyó tenía algunas partes doloridas y temía que me hubiesen causado alguna pequeña lesión (sitio cutre en calle turística, masajista muy joven…), pero cuando me levanté al día siguiente no me quedaba ni rastro de dolor en ningún sitio. Otra cosa que debo admitir es que no noté gran diferencia entre el antes y el después en ninguna parte de mi cuerpo, con la excepción de los referidos dolores pasajeros. En todo caso soy una persona afortunada que casi nunca tiene problemas de espalda y nunca musculares de otro tipo, así que poco hay que arreglar. Esto que digo es tan cierto que puedo presumir orgulloso de no haber sufrido nunca un esguince o un calambre; eso de que se te estire un músculo más allá de su límite flexible y sus fibras se rompan o de estar relajado y que de repente se te contraiga solo y se haga una bola dolorosa, es desconocido para mí.

Cena Picante.

Acabado el masaje nos dirigimos a una plaza interior que se abría a la calle del mercado nocturno. Aquí había música en directo (un señor que subido a un escenario cantaba rock) y bastantes restaurantes. Compramos de nuevo fruta en los puestos callejeros; en este caso te la ponían en un gran vaso de plástico transparente de donde la ibas cogiendo con la habitual banderilla de madera. ¡Qué rica está la piña en Tailandia! Patri pidió un cóctel tropical donde, curiosamente, la fruta más chillona y llamativa de todas, una de un color morado nuclear, era la más sosa.
Heme aquí contemplando las bellezas de Chiang Mai sobre el puente Nawarut, con el Río Ping al fondo.

Como ya eran casi las once nos sentamos en un restaurante que consistía no más que en una terraza y una larga barra como la de una pescadería donde se exhibían todo tipo de viandas frescas y lozanas (carnes, pescados en cama de hielo, frutas, verduras…). En la terraza únicamente había otros dos clientes aparte de nosotros: una pareja directamente llegada del golfo pérsico con ella totalmente de negro y el velo puesto; no pude evitar un terrible escalofrío. Empezaron a recoger el local con nosotros todavía cenando y cuando acabamos únicamente quedaba un camarero sentado un par de mesas más allá esperando a que acabásemos; donde antes se veía la colorida y abigarrada barra ahora no había más que un toldo echado. Fue aquí donde descubrimos las riquísimas sopas tailandesas de leche de coco, si bien Patri pidió una llamada "Ultra hot mega spicy strong chilli nuclear killer soup" que resultó estar un poco picante para su gusto y que tuve que acabar yo. Fue la única vez en todo el viaje en que nos sirvieron algo más picante de lo normal.

Quinta Retirada.

Sin más volvimos caminando con tranquilidad al hotel, pues debido a los incidentes mañaneros el cansancio hacía más mella de lo que correspondería por lo que habíamos hecho hoy, así que había que dormir por lo menos ocho horas. A estas horas ya comenzaba a hacer fresquito, pues en Chiang Mai, al estar más al norte, rodeada de montañas y a 350 metros de altura, la temperatura es habitualmente unos grados inferior a la de Bangkok y por las noches se puede decir que refresca. La variedad estacional también es superior: el mes más caluroso es abril (entre 36 y 21 ºC) y el más fresquito enero (entre 28 y 13 º C).

Al pasar por delante de la entrada principal al cuadrilátero histórico de la ciudad, la Thapae Gate, donde hay una plaza, había algunos turistas haciendo ya volar los globos del Festival de las Luces que algunos tailandeses vendían.

Al día siguiente nos esperaba una dura excursión. Si queréis conocer nuestras aventuras en la salvaje selva tailandesa entre arañas gigantes, bananeros, aldeas indígenas, desprendimientos de rocas, aguas salvajes, puentes precarios, elefantes hambrientos y sendas estrechas no dudéis en leer nuestro próximo mantra.
  • Hora local: 18:55.
  • Temperatura: 22ºC.
  • Humedad: 69%.
  • Temperatura máxima: 24ºC.
  • Temperatura mínima: 16ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

sábado, 19 de diciembre de 2009

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 5º: THE TAXI INCIDENT.


Sumisos esbirros:

Tras un día tan agotador como el precedente no nos costó nada dormir ocho horas a pierna suelta. Pese a ello nos levantamos lo suficientemente pronto como para tomárnoslo con tranquilidad, a pesar de que no teníamos muy claro cuánto tiempo nos iba a llevar el traslado al aeropuerto, más que nada por la variable del tráfico.

Es por eso que yo no ponía mucho entusiasmo cuando le decía a Patri:
- ¡Veeenga, que vamos a llegar taaarde!
Y Patri me respondía:
- ¡Espera, que todavía no he terminado de maquillarme! ¡No me gusta esta sombra de ojos, me la tengo que cambiar!
Cuando acabamos de desayunar íbamos perfectamente de tiempo, así que no ponía muchas ganas cuando le decía a Patri:
- ¡Veeenga, que vamos a llegar taaarde!
Y Patri me respondía:
- ¡Espera, jolín, que con estos tacones de aguja no puedo correr! ¡Además, con tanto jaleo se me ha movido el tocado y tengo que volver a ponerlo!
En resumen: no había nada de qué preocuparse. Después de todo los objetivos para el día eran muy sencillos: llegar a Chiang Mai, decidir allí el plan sobre la marcha y no ser timados.

El Gran Atasco.

Como Bangkok está lleno de taxis, al contrario que Doha o Gijón, no tuvimos más que salir a la acera y parar uno a nuestra elección. Sin embargo, por primera vez desde nuestra llegada a Tailandia el taxista puso problemas para cobrar por el taxímetro, pero como nos ofreció hacernos la carrera por 400 Bath, que era lo que nos había costado más o menos el viaje de ida, aceptamos. Luego me di cuenta de que en esos 400 Bath de la ida estaban incluidos los 50 de tasa de salida del aeropuerto, pero bueno.

Como Murphy manda, no habíamos recorrido ni 500 metros cuando ¡oh, Buda! nos topamos con un atasco de estos que te tienen parado diez minutos en el mismo sitio antes de de que te puedas mover apenas 50 metros. Incluso el taxista nos comentó que en los 50 años que llevaba de profesión jamás había visto algo semejante en Bangkok. En este atasco perdimos buena parte de nuestro colchón de tiempo. Afortunadamente antes de que la situación empezase a ponerse fea la congestión aflojó y al poco la causa de nuestras desdichas se manifestó: había habido un accidente en la entrada de la autopista que teníamos que coger.

El Gran Golpe.

Ya dentro de la autopista no llevaríamos más de tres o cuatro kilómetros recorridos cuando nos encontramos con una zona de tráfico lento. Al taxista le pilló un poco por sorpresa, pues íbamos acelerando por el carril de la derecha (en Tailandia se conduce por la izquierda) y tuvo que frenar violentamente, hasta el punto de que una mochila que estaba en el espacio entre los asientos y el parabrisas trasero salió volando hacia delante. Apenas había quedado claro que no íbamos a chocar cuando comenzamos a oír el inconfundible ruido de un frenazo… más fuerte… más fuerte… ¡Y crash! ¡Topetazo por detrás!

Patri y yo cruzamos una intensa mirada que claramente sustituyó a la siguiente conversación:
- ¡La cagamos!
- ¡La cagamos!
Nos bajamos y vimos que en realidad no había sido el coche que teníamos detrás, sino que a él le había dado un tercero y de rebote nos había pegado a nosotros. El taxi tenía el parachoques hundido y la tapa del maletero abollada y abierta. El taxista lógicamente nos dice que no puede seguir hasta que se arreglen todos los trámites, así que le pagamos la mitad del precio convenido y Patri se puso a intentar parar otros taxis. Pero claro, estábamos en una autopista de peaje, así que todos los que pasaban estaban llenos y no querían saber nada. Ya empezábamos a dar por perdida la situación cuando, de repente, un coche grande se paró delante del accidente y el conductor, un tailandés relativamente joven y vestido de traje, nos señala que nos montemos con él, que nos lleva al aeropuerto.

Y dijo Buda: "hágase la luz" Y la luz se hizo.

Sacamos a toda prisa las maletas del taxi, aunque no sin esfuerzo, pues habían quedado aprisionadas por el metal abollado.
- ¡Vamos, vamos!
- ¡Los tacones, los tacones!
El Gran Olvido.

Nos montamos en el coche de nuestro benefactor en medio de efusivos agradecimientos y reverencias. Ya nos las prometíamos muy felices cuando, de repente, me quedo pálido y me entra un sudor frío al caer en la cuenta de un pequeño detalle:
- ¡Me he dejado la cámara de fotos en el taxi!
Miro entonces para Patri y ella se pone más pálida todavía a pesar de su cuidado y bonito maquillaje:
- ¡Pues yo la mochila con el dinero, el billete y el pasaporte dentro!
En resumen: imposible subirse al avión. Y ya estábamos a unos kilómetros del lugar del accidente.

Nuestro benefactor, que hablaba inglés no fluido pero suficiente, nota al punto nuestra agitación y nos pregunta qué ocurre. Le hacemos partícipe de nuestra desgracia y nos tranquiliza diciendo que no nos preocupemos, que se puede intentar algo. Aparca en el arcén de la autopista, sale del coche y llama por teléfono. No habían pasado cinco minutos cuando aparece una grúa de mantenimiento y aparca en el arcén tras nosotros. Míster Kwao, que así se llamaba nuestro salvador, habla con el gruísta, tras lo cual viene y nos dice que el hombre va a ponerse en contacto con el lugar del accidente, ya que probablemente habrá allí otra grúa y podrán traernos las cosas.

La Gran Persecución.

Habrían pasado poco más de cinco minutos de tensa espera cuando Patri señala afuera y exclama:
- ¡¡El taxi!!
Miro y ¡efectivamente! veo pasar por delante de nuestras narices al puñetero taxi con su delatador abollón en el culo y el futuro de nuestro viaje depositado en sus asientos traseros.

El de la grúa, que ha visto los gestos de Patri y se ha dado cuenta de todo, se monta corriendo en su vehículo y arranca en persecución del taxi antes de que podamos decirle nada. Kwao no sabe qué ocurre, pero en cuanto se lo explicamos hace lo propio. La grúa había podido tomar bastante delantera y circulaba con las luces de emergencia puestas. Al taxi ya no lo veíamos. Kwao inicia una conducción en "S" para adelantar lo más posible. En un momento dado perdemos de vista a la grúa, pero tras un tenso instante de duda… ¡ahí está! ¡sí! ¡al final de una de las rampas de salida de la autopista!, parada en el arcén, donde… ¡había conseguido alcanzar y hacer parar al taxi!

Nos bajamos del coche de Kwao en estado semisalvaje. La cara de susto que tenía el taxista era un poema ¡no entendía lo que pasaba! Quizá creía que queríamos darle una paliza, o denunciarlo, o algo peor. Allí estaban todas nuestras cosas, en el asiento de atrás, tal y como habían quedado. Dadas las explicaciones lo cogemos todo, nos deshacemos en agradecimientos y sonrisas y reiniciamos la marcha a toda prisa (quizá el de la grúa debió haberse llevado una buena propina, pero no tuvimos tiempo de pensar en ello).

La verdad es que, a toro pasado, debo agradecerle a Patri que olvidara el pasaporte en el taxi, pues en caso contrario me hubiera quedado sin cámara y sin fotos de Bangkok. Evidentemente la cámara por si sola no justificaba montar un jaleo y arriesgarnos a perder el vuelo.

Volviendo a los hechos, como habíamos salido de la autopista tuvimos que volver a entrar, y por lo tanto volver a pagar peaje, el cual por supuesto afrontamos nosotros tras impedir a Kwao que lo pusiese él.

El Gran Robo.

Todavía nos quedaba sin embargo un susto. No llevábamos recorridos cinco kilómetros cuando Patri me dice:
- ¡Anda! ¿Tú también traías mochila?
- No, no traje mochila; son propias de jipis y maleantes.
- Pues… ¿de quién es entonces esa mochila?
Fácil: ¡le había robado la mochila al taxista! Sí, esa mochila que había salido disparada hacia delante cuando dio el frenazo y que había quedado por lo tanto mezclada con nuestras cosas.

Un poquito ya avergonzados se lo comunicamos a nuestro benefactor quien, filosóficamente, vuelve a activar su móvil y llama a la empresa de taxis para alertar del asunto. Nos dice que no nos preocupemos, que ya se encarga él de devolver la mochila a la empresa de taxis.

Respiramos hondo, miramos el uno para el otro y... esta vez no hubo nada.

El Gran Desenlace.

Durante la última etapa de este interminable viaje pudimos por fin entablar con nuestro salvador una conversación relajada. Según nos contó había decidido recogernos cuando vio a Patri intentar parar taxis desesperadamente, así que ese intento fue lo que nos salvó. A lo largo de la conversación nos enteramos de que Mr. Kwao es ingeniero eléctrico y trabaja en una planta de cogeneración que suministra electricidad y refrigeración al aeropuerto, la cual nos señaló al pasar al lado. No dejó de ser esto un hermoso encaje de bolillos, teniendo en cuenta que en el asiento de atrás se sentaban otros dos ingenieros: él dedicado a la producción de electricidad y ella a la de frío. Le preguntamos que si no tendría problemas por llegar tarde a su trabajo y nos respondió que no nos preocupásemos, que cuando nos recogió ya iba a llegar tarde de todas formas y que era el vicepresidente, así que no pasaba nada porque un día entrase con dos horas de retraso.

Kwao nos dejó en la puerta de la terminal faltando una hora y diez para la salida del vuelo. Tras dedicarle mil agradecimientos y reverencias se negó a aceptar compensación alguna por las muchas molestias causadas, así que al final el traslado al aeropuerto nos salió a mitad de precio. Nos dio además su número de teléfono por si había algún problema adicional. ¡Qué grandes son los ingenieros eléctricos budistas!

Para aquellos que estéis interesados, ésta es la empresa en la que trabaja:
Dado que era un vuelo doméstico una hora y diez era tiempo suficiente y pudimos facturar y coger el avión sin apurón alguno.

Corolario.

¡Menos mal que nos levantamos con tiempo por la mañana!

¡Menos mal que el monje aquel (el de la foto de la izquierda) nos bendijo el primer día y Patri les dio de comer a los peces del Chao Phraya! ¿Os imagináis lo que nos habría pasado si no llegamos a tener encima todas esas bendiciones? ¡El taxista nos habría asesinado y arrojado al Chao Phraya para dar de comer a los peces, o en vez de Kwao nos habría recogido un tuk-tuk, o algo todavía peor!

¡Menos mal, por último, que la realidad es que Patri no perdió tiempo alguno! Una vez contada la historia debo ser justo y limpiar el honor de mi compañera de fatigas: Patri ni perdió un minuto en maquillarse por la mañana, ni llevaba zapatos de tacón de aguja, pero… ¿no tiene la anécdota más gracia así? El resto, es totalmente verídico.

Chiang Mai nos esperaba. Pero eso, ya es otro mantra.
  • Hora local: 19:07.
  • Temperatura: 21ºC.
  • Humedad: 73%.
  • Temperatura máxima: 24ºC.
  • Temperatura mínima: 17ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

jueves, 17 de diciembre de 2009

MANTRAS TAILANDESES, ROLLO 4º: VIMANMEK, CANALES Y WAT PHO.


Leales secuaces:

Tras las ocho horas de sueño de rigor nos levantamos hacia las diez y media de la mañana con renovados bríos. Los objetivos de hoy eran la mansión de Vimanmek, el templo de Wat Pho y no ser timados.

El día anterior habíamos descartado viajar hasta Ayutthaya para visitar las ruinas de la antigua capital de Siam con el fin de no dejar Bangkok a medias, ya que dichas ruinas quedan 90 kilómetros al norte de la capital actual. Habríamos necesitado un tercer día completo en Bangkok para poder rendir esta recomendable visita. La decisión la tomamos con gran dolor de mi corazón, pues como todos sabéis me chiflan las ciudades perdidas, ya sean romanas, persas, aztecas, atlantes, khmer o siamesas.
Aspecto del gigantesco buda reclinado de Wat Pho, plato fuerte de nuestra jornada.

También habíamos descartado visitar el muy publicitado mercado flotante una vez leído que estaba nada menos que a 160 kilómetros de la ciudad y que hoy en día no era más que un circo montado para el turista donde a partir de las nueve de la mañana decenas de autobuses comienzan a escupir viajeros procedentes de Bangkok; un destino por lo tanto incompatible con nuestro objetivo de no ser timados.

Un lugar que hasta el final peleó por nuestro favor fue la Casa de Jim Thompson. Este riquísimo mercader de sedas y ex-agente de la CIA se hizo construir a mediados del Siglo XX una preciosa y gran casa de madera de teca al estilo tradicional tailandés que hoy en día se mantiene en estado de revista en medio de un frondoso jardín, para disfrute de propios y extraños. Finalmente nos decantamos por Vimanmek porque es más grande y nos quedaba más a mano.

La Mansión de Vimanmek.

Nuestro primer objetivo fue pues la mansión de Vimanmek, que según decía la guía ocupa la esquina de un parque adonde fue trasladada desde su ubicación original. Esta mansión fue un palacio de la familia real tailandesa y por lo visto es el edificio de madera de teca más grande del mundo. La madera de teca es muy recomendable para la construcción de barcos o edificios, pues es tal su densidad y dureza que es inmune a la acción de termitas y otros insectos, que no pueden penetrarla; es además resistente a la podredumbre y los hongos y no propaga la llama, con lo cual los conatos de incendio se extinguen por si solos (esto no quiere decir que no pueda arder, ante un incendio de verdad se quema, como madera que es). Por supuesto es una madera muy cara, con lo cual su distribución no se realiza en función de quién la necesita, sino en función de quién puede pagarla, como corresponde a todo sistema de economía de mercado.

Mientras esperaba a que Patri acabara de ponerse su vestido de cola (no hay que olvidar que íbamos a visitar un palacio real) subí al spa del hotel a gozar mi obsequio de 15 minutos de masaje de espalda y hombros, que resultó muy agradable.
Vista del ala izquierda de la mansión de Vimanmek.

Ya puestos en camino decidimos hacer uso del tren de San Fernando, pues tampoco Vimanmek queda lejos de Khaosan y no parecía tener pérdida: para llegar sólo hay que recorrer todo recto una larga avenida; ésta, como todas las de Bangkok fuera del área de rascacielos, está flanqueada por edificios de tres o cuatro alturas llenos en sus bajos de comercios y sitios para comer y parapetados tras una maraña de cables a la altura del primer piso. El paseo resultó ser más agotador de lo que pensábamos, pues la indicación de la guía no era muy afortunada (¡Lonely Planet tenía que ser!). Realmente la mansión de Vimanmek no está en un parque, sino en el interior de un gran recinto de pabellones reales que todavía hoy en día se utilizan para algunas celebraciones relacionadas con la Corona. Como tal está rodeado de un alto muro e internamente compartimentado, de modo que en nada se asemeja a un parque público desde el exterior. Aunque está abierto al público no se puede acceder si no es por puntos muy concretos; es por ello que, buscando un parque público que nunca aparecía, acabamos dando un buen rodeo bajo el sol de mediodía.

En todo caso quien busca encuentra, así que acabamos por hallar una de las entradas, donde preguntamos y nos dieron una guía donde todo quedaba claro. Ya en el interior del complejo paramos en un pequeño centro de avituallamiento donde pudimos re-hidratar nuestros mojados cuerpos para acabar llegando en breve a la propia mansión de Vimanmek.

Por el camino pudimos comprobar que el resto del complejo no tiene demasiado interés. Aparte de Vimanmek hay un montón de pabellones y salas de exposiciones relacionados con la realeza tailandesa, muchos de los cuales se pueden visitar. Entre todos estos edificios se disponen unos jardines arbolados surcados por abundantes caminos asfaltados y algunos canales artificiales cruzados por puentecillos.
Monjes orando a la puesta del sol en el santuario principal de Wat Pho.

A ver Vimanmek vienen muchos turistas y las visitas están muy reguladas. Aplican las mismas reglas de decoro acerca de la vestimenta que en los templos, de modo que Patri acabó vistiendo una hermosa y colorida camisa naranja y un largo sarong (pesado pareo tailandés), ya que aunque llevaba el mismo vestido que el día anterior en esta ocasión consideraron que era demasiado corto. Estaba guapísima, digna de una fiesta de disfraces en casa de Xulián, o de un festival de cine en casa de Chantal. Hay fotos, pero las hicimos con su cámara, así que no puedo ofrecéroslas.

Las visitas únicamente pueden ser guiadas y a horas determinadas (creo recordar que cada media hora) y no se permite ningún tipo de cámara fotográfica o de vídeo. Únicamente es posible retratar la casa desde fuera. Para entrar hay que quitarse los zapatos y el interior, como es de esperar, es digno de un palacio, con la particularidad de que todo es de madera (bueno, excepto los cristales de las ventanas, la vajilla, los floreros y cosas similares). En todo caso su estilo constructivo es claramente occidental, poco tiene de tailandés, como se puede observar en las fotografías. Lo que dicen los guías la verdad es que es de escaso interés, pues la mitad del tiempo están hablando de la familia real, así que, como además te llevan a uña de caballo, molestan más que otra cosa. La visita se rinde en menos de media hora y se desarrolla en un ambiente muy agradable, pues la temperatura de la casa está acondicionada.

En el interior se recorren las antiguas alcobas reales, salones de recepciones, salitas de estar, estudios, bibliotecas o salas de exposiciones donde los soberanos exhibían todo tipo de piezas de arte y de caza a sus visitantes. Una de las salas estaba totalmente llena de colmillos de elefante (otra cosa que no es de madera) y otra por cabezas de bestias disecadas (tampoco de madera). La casa también tiene un invernadero, una enorme terraza sobre el río (bueno, en estos momentos un canal, debido al cambio de ubicación) y un embarcadero. Lo que me pareció más curioso fue el baño real, que incluía una gran pileta recubierta de chapas metálicas para impermeabilizar que se cerraba con una cortina y en cuyo interior se disponían las bañeras. Lo que no visitamos fueron las partes menos nobles, así que nos quedamos sin ver las habitaciones de los criados o la cocina, en el caso de que estuviese localizada en el mismo edificio.

A la hora de marchar a Patri se le ocurrió inquirir por qué se había tenido que vestir de mamarracho a pesar de que el lugar no era un templo y sólo cosechó malas caras y actitudes de desaprobación.

Lo cierto es que en Tailandia existe una idiocia social absoluta con el tema de la monarquía, mayor incluso que en España. Los reyes parecen seres semi-divinos; realmente para un tailandés no debe haber mucha diferencia entre un templo o una residencia real. Rey y reina están como por encima de este mundo, son seres bondadosos que sólo quieren el bien para su pueblo pero que, en su difícil tarea, se encuentran con la inepcia o la maldad de sus primeros ministros. Tal es así que debes abstenerte de criticar a la monarquía ante un tailandés, si bien puedes criticar al gobierno. Es muy común encontrar retratos de los soberanos por las calles, como podemos comprobar por la foto anexa, bien colocados de forma oficial, bien de forma espontánea.

A pesar de esta adoración acrítica, resulta muy discutible que los tailandeses tengan algo que agradecer a su familia real, cómplice necesaria de las espantosas dictaduras militares que han jalonado la historia reciente de este país. Bhumibol Adulyadej, también conocido en su país como “Rama IX El Grande”, es actualmente el jefe de estado en activo que más tiempo ha permanecido en su cargo, pues lo ocupa desde 1946 de forma ininterrumpida, cuando sustituyó al anterior monarca. Este último fue un entusiasta de la causa japonesa durante la II Guerra Mundial (Tailandia perteneció al Eje) y fue muerto ese mismo año de un disparo sin que hoy en día se sepa si fue un accidente, un suicidio o un asesinato (este incidente, por cierto, a pesar de sus disimilitudes no puede dejar de recordarme a ese otro ocurrido en 1956, cuando el infante Alfonso de Borbón murió de un disparo en la cabeza descerrajado por su hermano mayor el infante Juan Carlos de Borbón, actual Rey de España).

En un país donde campan por sus anchas la desigualdad y la pobreza Rama IX es uno de los monarcas más ricos del mundo. Yo creo que la comparación de esta foto con esta otra y esta otra es suficiente para mostrar todo lo que los tailandeses le deben a su familia real. En fin, cosas de la alienación. O quizá las leyes también tengan algo que ver, pues ofender o criticar al rey, a su familia o a la monarquía como institución son delitos de lesa majestad castigados hasta con quince años de cárcel.

Comida con Espectáculo.

Cuando finalizó nuestra visita ya eran más de las dos, así que había que comer algo. Nos dirigimos andando, esta vez por el camino recto, hacia la calle por donde habíamos venido, pues estaba plagada de locales de restauración; sin embargo a esas horas estaban ya cerrados, pues los tailandeses comen a las 12:00, como ridículamente insisten en hacer en cualquier lugar fuera de España. Acabamos entrando en un local bien arregladito donde sin embargo nos sirvieron la comida más pobre de todas las que tuvimos el gusto de disfrutar en Tailandia si exceptuamos las de la futura excursión a la selva; cosa curiosa, porque este local probablemente estuviese en el punto menos turístico de todos los que frecuentamos durante el viaje.

Al menos pudimos presenciar mientras comíamos el desarrollo de una obra que avanzaba justo ante la puerta del establecimiento. Como en España en los mejores tiempos, mientras una retroexcavadora agrandaba una enorme zanja sobre la calzada diez personas miraban. Algunos llevaban chaleco reflectante e incluso casco, pero lo que más predominaban eran las gorras, camisetas y sandalias de seguridad. La retro sacaba del socavón con su cuchara un revoltijo de barro, piedras y líquido negro, mezcla de agua de lluvia, fugas del sistema de alcantarillado y grasas y restos de combustión filtrados desde el pavimento. De vez en cuando alguno de los operarios se metía en la zanja con sus chancletas y salía untado de negro hasta la mitad de la espinilla. No parecía difícil que alguna cosa punzante en el invisible fondo pudiera herirle los pies y que en dicha herida se generase una buena infección coadyuvada por aquella mezcla infame.

Wat Pho.

Tras nuestra decepcionante pero excitante comida cogimos el primer taxi que encontramos y nos dirigimos a Wat Poh, donde llegamos por 60 Bath. Este importante templo budista está situado en la acera frente al Gran Palacio hacia el sureste, así que lo lógico hubiera sido visitar ambos lugares sucesivamente, pero ya sabemos lo que ocurrió. Allí pudimos disfrutar del enorme buda reclinado, las magníficas estupas reales (foto de la izquierda), los restos de la antigua escuela de masajes (origen del famoso masaje tailandés) y las dependencias y patios del templo en sí.

Cuando llegamos al santuario central ya eran casi las cinco de la tarde, así que unos monjes recitaban los mantras de la puesta del sol. El coro, dirigido por el monje que aparentaba más edad, resultaba totalmente hipnótico; la repetitiva letanía secuestró nuestros sentidos y nos quedamos enganchados a ese sonido. Evidentemente el efecto producido sobre los oyentes debe amplificarse en el caso de los dicentes, así que no me extraña que estos monjes entren en trance sin la menor dificultad y puedan concentrarse de forma exclusiva en sus oraciones.

Por desdicha olvidé estúpidamente que mi cámara, aparte de sacar fotos, también graba vídeo, así que perdí la ocasión de inmortalizar el mantra. Estuve más vivo cuando sorprendimos a otros monjes con su retahíla budista en otro templo unos días después. Es ese momento el que recoge el vídeo que os pego a continuación de este párrafo con el fin de que podáis tener una remota idea de cómo sonaba el mantra de Wat Pho (aparte del sonido, el momento ventilador tampoco está mal). Es en todo caso una versión descafeinada; los monjes de Wat Pho sí eran realmente buenos. Supongo que la acústica del lugar también influirá basante en la percepción.


Ejemplo de mantra tailandés en un templo de Chiang Mai.

Para más detalles de nuestra visita a este importante complejo budista os remito a Picasa.

Canales del Río Chao Phraya.

Saliendo de Wat Pho decidimos que era el momento ideal para dar un garbeo por los canales de Bangkok, pues el templo queda casi enfrente de uno de los embarcaderos que salpican la orilla del río y aún teníamos luz suficiente. No hubo que preguntar, pues nada más llegar uno de los patrones nos ofreció su barco y comenzó entonces una dura negociación. Su primera oferta fue 1.200 Bath, que fue contestada con dramatizados gestos de espanto e incredulidad por nuestra parte y una contraoferta de 400 Bath. El tira y afloja siguió dirigido por Patri y al final quedó la cosa en 600 Bath, pero para conseguir este precio tuvimos que hacer amago de marcharnos. El acuerdo fue para un paseo de una hora por los canales del lado este del río, siguiendo una ruta en forma de "U" en una embarcación con la forma típica tailandesa: bordas bajas, toldo sobre la cubierta, manga muy estrecha respecto de la eslora y proa y popa afiladas que se elevan sobre la superficie del río dando a la embarcación forma de medialuna abierta. Aunque no era un bote pequeño, pues tendría capacidad para unas 20 personas, los únicos pasajeros para este viaje fuimos nosotros.

Existe un continuo trasiego de embarcaciones de todos los tamaños por el río Chao Phraya. Desde lujosos cruceros fluviales con restaurante y discoteca al aire libre, pensados para los turistas, hasta servicios regulares y de taxi que van río arriba y río abajo entre los numerosos embarcaderos situados en ambas orillas. Del río salen numerosos canales que son a su vez recorridos por embarcaciones de menor tamaño en servicios particulares, de taxi o regulares. Estos canales están protegidos de las variaciones de nivel estacionales del Chao Phraya mediante esclusas, la entrada a una de las cuales vemos en la fotografía; las embarcaciones se agrupan regularmente frente a la entrada de la esclusa, cuando ésta se abre a intervalos regulares pasan todas al interior (si caben), se ajusta el nivel del agua y todo el mundo prosigue su camino. En el momento de nuestro viaje el nivel del río estaba aproximadamente a unos dos metros por encima del de los canales.

El paseo fue un interesante y veloz recorrido por una calle acuática, flanqueada en todo momento por construcciones de ladrillo o, más comúnmente, de madera y de condición muy variable, si bien predominaba entre pobre y miserable. A mitad del recorrido el patrón se detuvo y una mujer bastante gruñona en una barquita a remo se acercó para vendernos bebidas y refrigerios. Cometí el gran error de pedirle una cerveza fría sin preguntarle antes el precio, así que cuando me di cuenta ya la tenía en la mano y costaba 100 Bath, cuando en cualquier bar vale 30. Cuando intenté bajar me dijo que no pensaba aceptar otro precio, que para eso tenía que ir hasta el supermercado y estar todo el día montada en su barca de remos esperando a que pasaran los turistas. Pagué la cerveza más cara del viaje y continuamos la navegación sabiendo que el objetivo de no ser timados (al menos bajo nuestro criterio subjetivo) tampoco podría cumplirse en el día de hoy, si bien claramente habíamos mejorado desde el día anterior.

Nuestra esclusa de salida al Chao Phraya era diferente de la de entrada, como corresponde a un recorrido en "U". Patri se arrepintió entonces de no haber echado el repelente para mosquitos, pues os podéis imaginar cómo se puso la cosa sobre las calmadas aguas del canal a la hora de las últimas luces del ocaso mientras esperábamos a que la esclusa se abriese. Yo, que había echado el repelente, no salí indemne y me llevé un par de picaduras en los tobillos.
Aspecto de uno de los canales que recorrimos.

Cuando regresamos a nuestro punto de partida ya era totalmente de noche. El periplo había durado efectivamente una hora, si bien debido al tiempo de espera en las esclusas la navegación efectiva no llegó a 40 minutos.

En el embarcadero se encontraban ahora numerosos tailandeses esperando el paso de los servicios regulares de transporte fluvial, incluidos unos cuantos niños-monje con sus túnicas naranja que se dejaron fotografiar con Patri con mucho gusto. Cuando consiga esa fotografía la utilizaré para acusarla de estupro, demandarla por 50 millones de dólares y hundir su reputación. ¡En Tailandia, además! Cualquier tribunal anglosajón aceptará sin dudarlo esa foto como prueba.

Regreso a Khaosan.

Tras la negociación del barco llegó la negociación con los tuk-tukeros que había frente al embarcadero, pues aunque el hotel estaba a media hora escasa a pie no apetecía lo más mínimo emprender una caminata. El primero se negó a bajar de 60 Bath; lo intentamos con un segundo que resultó peor, pues su primera oferta fueron 150. Volvimos al primero; esta vez dijo que bueno, que vale, que aceptaba 50 Bath. ¡Ay, Buda mío! ¡Cuánto trabajo por unos céntimos de euro! En fin, en todo caso es lo de siempre: no es una cuestión de dinero, sino de orgullo; una vez que controlas un poco los precios justos, aunque para ti no sea dinero tu amor propio te impide aceptar precios inflados, pues a nadie le place quedar de tontaina. En todo caso, por acumulación, si te dedicases a decir que sí siempre al primer precio que te ofrecen el viaje acabaría saliéndote por el doble.

Una vez en el hotel nadie nos libró de la ducha de rigor, realmente imprescindible tras un día completo de sudor ligero pero continuo, crema solar y repelente para mosquitos.

Tras la ducha Patri disfrutó sus 15 minutos gratis de masaje, de donde volvió como si le hubiesen inyectado un estimulante, y salimos de nuevo con la intención de tomarnos una cervecita, cenar, tomarnos otra cervecita y volver a la cama con la vista puesta en el viaje a Chiang Mai del día siguiente.

Los Horizontes Perdidos no Regresan Jamás.

Había cerca un lugar para comer que estaba recomendado por el bodrio de Lonely Planet, así que nos dirigimos hacia allá a ver de qué iba. Sin embargo el sitio no cumplía con nuestros requisitos, pues era un local diminuto con un mostrador para despachar las comidas y alumbrado por fluorescentes blancos donde no había lugar para sentarse, así que pasamos de largo. En la calle un tipo empezó a repetirnos el nombre del sitio como si nos estuviera descubriendo las Minas del Rey Salomón, quizá pensando que no nos habíamos dado cuenta de dónde estábamos. En fin, de Lonely Planet tenía que ser.

De la que volvíamos entramos en una pequeñísima tienda que vendía algo de ropa, pósters y música retro. Esta tiendecita la atendía una tailandesa muy joven (26 añitos) y bastante guapa cuyo nombre no puedo recordar y que enseguida identificó que éramos españoles, ya que estaba familiarizada con nuestro idioma por motivos que paso a exponer a continuación.
Patio con estupas en Wat Pho.

Esta chica hablaba un inglés muy bueno para la media tailandesa, con lo cual pudo entonces contarnos su historia de amor con un español de nombre Manuel Rincón. Al parecer su querido Manuel había estado trabajando en Tailandia, pero ya había vuelto a España y hacía poco que se había casado allí. Esa chica soñaba con el día en el que Manuel volviese a buscarla, pues según decía ella aún lo quería y sabía que él aún la quería a ella. Nunca la había llevado a España. ¡Ay, Buda!

Si alguno de los lectores de este blog conoce a Manuel Rincón, andaluz para más señas, que haga el favor de decirle que vuelva a Tailandia a arreglar lo que tiene allí o que al menos lo haga por teléfono. No se puede dejar a la gente añorando fantasmas.

En fin, como nos había caído bien le compramos a la chica unas postales para hacerle gasto y acabamos tomando una decente cena y una cervecita en la paralela a Khaosan.

Cuarta Retirada.

Nada más que contar. Volvimos al hotel a echar nuestras ocho horas de sueño sabiendo que con esto finalizaba nuestra visita a Bangkok. Mañana por la mañana únicamente iba a haber tiempo para moverse hasta el aeropuerto y coger nuestro vuelo barato a Chiang Mai.

Poco imaginábamos sin embargo en el momento de acostarnos que coger nuestro vuelo al día siguiente no iba a ser tan fácil como pensábamos. En todo caso, si queréis saber lo que ocurrió tendréis que leeros el próximo mantra.
  • Hora local: 18:40.
  • Temperatura: 21ºC.
  • Humedad: 68%.
  • Temperatura máxima: 23ºC.
  • Temperatura mínima: 15ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.