Ardientes admiradores:
Tras ocho horas de sueño muy reparador que nos hizo olvidar las desdichas del día anterior nos levantamos dispuestos a todo, incluso a tirarnos horas caminando si ello fuera necesario. A las nueve de la mañana iban a pasar a recogernos. El desayuno la terraza de nuestra casa de huéspedes resultó muy agradable, pues la temperatura a esa hora era, sencillamente, fresquita; un par de grados menos habrían requerido una chaquetina.
Dado que esta noche íbamos a dormir entre bestias salvajes no teníamos habitación en Chiang Mai, así que tuvimos que bajar las maletas, que nos cuidaron en el propio establecimiento. Como yo no tenía mochila me prestaron una en recepción, pues por lo visto guardaban las que la gente iba olvidándose previendo que a la selva también querrían ir personas decentes que habitualmente no utilizan este antiestético medio de acarrear objetos.
Tampoco penséis que íbamos equipados como para subir al Kilimanjaro, eso de ir a la selva es más una forma de hablar. Las mochilas que llevábamos ambos eran de las chiquitinas y en el interior aparte de los imprescindibles de aseo, el repelente para mosquitos y la crema solar únicamente había muda, un chubasquero por si las tormentas tropicales y una camiseta de repuesto (al menos en la mía, a Patri no le hice inventario).
Servidumbres Previas.
A recogernos llegó puntualmente uno de los incomodísimos taxis de Chiang Mai, a los cuales ya dedicaré un párrafo ex-profeso en algún mantra futuro. En el interior ya iban montados dos de nuestros compañeros de excursión: una pareja que rondaría la treintena y de nacionalidad suiza, sospechosos por lo tanto de filofascismo.
Durante la hora siguiente estuvimos recorriendo en el insufrible taxi todo Chiang Mai para recoger a los guías y al resto de participantes en la excursión, a saber: una parejita de alemanes veinteañeros, ella muy guapa y él resultón, y una familia de eslovenos compuesta por un padre grandote y gordo, una madre obesa y una niña de unos doce años que seguía el camino de la madre. Al final 9 participantes, lo cual no llegaba al límite que nos habían prometido: máximo 10 personas. En todo caso, debido al volumen de la familia eslovena y a las mochilas no andábamos muy sobrados de espacio, exacerbándose por ello la incomodidad del infernal taxi.
Al poco de salir nos paramos en la sede de la pasma y un holandés metido en el uniforme de la policía turística de Tailandia comprobó nuestros pasaportes (seguro que hay una buena historia detrás de cómo llegó ese tipo allí). Al parecer se exige que los turistas que van a la selva estén cubiertos por un seguro incluido en el precio de la excursión y estaba comprobando que no hubiera espontáneos. También nos dio cuatro consejos básicos: hay que llevar como mínimo un litro de agua por persona y día (o sea: no iba a ser muy duro) y no olvidar el repelente para mosquitos, una linterna, la crema solar y el papel de váter; al levantarse por la mañana se deben sacudir zapatos y ropa para prevenir sorpresas provocadas por arañas, insectos, o reptiles que pudieran haber buscado cobijo dentro. Esto es todo lo que había tener en cuenta. Sencillo.
A medio camino, con el fin de que pudiésemos comprar todo lo que no habíamos tenido en cuenta, paramos en un supermercado que se disponía al lado de la carretera, listo para recibir a los turistas. En nuestro caso sólo faltaba el agua (pensábamos que nos la iban a proporcionar los de la excursión) y el papel de váter (aquí el lado jipi sí que no pudo). Mi móvil incluía linterna y en todo caso siempre podría alumbrarnos mi propio brillo; por supuesto tampoco nos faltaban ni la crema solar de protección absurda con ignifugación RF-90 ni el repelente de amplio espectro para mosquitos, elefantes y bichos intermedios.
Acopio de Fuerzas.
Cuando llegamos a nuestro destino a través de unas carreteras bastante decentes y siempre asfaltadas ya era poco antes de mediodía, así que nos dieron de comer bajo unos techados de madera preparados para los turistas. Nada especial: una bandeja llena de arroz especiado y fruta. Me pareció demasiado simple para una caminata, pero el arroz era abundante. En todo caso que nos dieran de comer sólo arroz trajo a mi mente sugerentes imágenes en las cuales caminábamos bajo el abrasador sol tropical en medio de la selva atados unos a otros y bajo los látigos de nuestros guías, que de esta forma se desquitaban de sucesos históricos precedentes donde las tornas habían estado invertidas. No me hubiera parecido mal, no habría sido más que un ejercicio de justicia poética por parte de los organizadores de la excursión.
Lo mejor es que éramos los únicos turistas en el lugar, así que no se materializó unos de mis temores: que nuestro camino estuviera a la vez recorrido por ochenta excursiones más y que esto pareciese una procesión, como en la Garganta del Cares o la antigua casa de Xulián en Dindurra.
Nuestros guías eran un chico genuinamente tailandés que no aparentaba más de 20 ó 22 años y un ayudante aún más joven. Vestían camiseta, pantalones cortos por la rodilla y, el mayor, chancletas de goma de estas horribles de una sola pieza que ahora están tan de moda y que cubren excepto por algunos huecos el empeine y los dedos de los pies y que en teoría son para la playa o la piscina.
En Marcha.
Tras la sencilla comida nuestro primer objetivo fue una cascada que quedaba a diez minutos del comedero, la de la primera foto de este mantra; tras la cascada comenzó la caminata en sí, inicialmente por un camino rodado de tierra. Este camino estaba endiabladamente empinado y con el calor del mediodía fue una prueba un poco dura para empezar, al menos para Patri y para mí, pues para la familia eslovena y los alemanes resultó, indudablemente, MUY dura. Únicamente nos ganaron en esta ascensión los guías por bastante y los suizos por muy poco (pero claro, viven donde viven) lo cual para ser la primera vez en muchos años que me enfundaba el uniforme de andar por el monte no estuvo nada mal. Los eslovenos fueron los peor parados con diferencia, hasta el punto que el guía se ofreció a llevarles alguna mochila, ofrecimiento que finalmente no aceptaron. Cuando al fin nos alcanzaron en el primer campamento base y se recuperaron de la congestión seguimos por caminos más pedestres pero menos duros. Esta primera ascensión resultó ser al final el único momento jodido de la excursión.
Nada más desviarnos del camino rodado nos encontramos con que nuestra ruta estaba cortada por culpa de un desprendimiento de tierras (o argayu, para que nos entendamos) que se había producido hacía sólo dos días y que, como vemos a la derecha, había dejado un precipicio de quince metros de caída. Rodeamos metiéndonos entre la espesa vegetación a nuestra derecha, aprovechando la senda que ya había abierto otra gente. Por ese desvío caminábamos cuando la chica alemana resbaló delante de mí sobre la vegetación aplastada, cayó al suelo e hizo amago de deslizarse a favor de la pendiente, es decir, hacia la izquierda, lo cual habría sido muy mala idea porque tras un metro y medio de arbustos se encontraba el abismo. La verdad es que cuando la vi caer me llevé un buen susto.
La caminata se desarrolló por el interior de bosques, a la vera de campos de arroz y a lo largo de pequeños ríos y acequias usadas para regar los campos. A veces había que bajar hasta una pequeña vega y volver a subir, pero no era duro. Lo más bonito era el intenso brillo verde de los campos de arroz dispuestos en terrazas, pues en la época de nuestra visita (los estertores del monzón), estaban a punto de ser cosechados y por lo tanto lucían en todo su esplendor. También tuvimos que atravesar algún puente precario que otro desde los cuales seguro que algún turista en alguna ocasión se cayó al río, aunque desgraciadamente no fue en esta. Claramente estábamos en zona habitada y más que selva era selvina; cuando pasábamos por el interior de una zona boscosa la frondosidad no era superior a la que encuentras en cualquier monte de Asturias (ejemplo), con la salvedad de que en vez de helechos y carbayos las especies forestales eran, lógicamente, otras .
La única fauna con la que nos cruzamos en todo el camino, si exceptuamos los pájaros del cielo, fue una araña como la palma de la mano en el centro de su tela; en todo caso su gran tamaño era debido a la longitud de sus ocho patas, pues de cuerpo no sería mayor que una falange del dedo anular.
Para disgusto de Patri tampoco encontramos orquídea alguna, flores que por lo visto es perfectamente posible hallar en estado salvaje en el norte de Tailandia. Aunque preguntamos nadie fue capaz de explicarnos por qué no había, así que nos quedamos sin saber si era mala época, si esta no era la zona, si las orquídeas no existen, si todo era una conspiración, si no estábamos en Tailandia, o qué.
Lo que sí vimos fue una aldea típica tailandesa que tuvimos que cruzar, con sus casas elevadas un metro sobre el suelo, paredes de madera y techo de hojas, como veis en la fotografía que acompaña a este párrafo. En el interior no parecía haber compartimentación alguna y sí montones de cacharros. Se veían cerdos atados con cuerdas y gallinas correteando por las caleyas. Aunque la pobreza de las edificaciones era extrema, en el interior de una de las chozas brillaba inconfundible la pantalla de un gran televisor y unos jovenzuelos pasaron con sus motocicletas.
Baño en la Poza.
A media tarde llegamos a la vera de un río bastante más caudaloso que los anteriores, bravo y de aguas marrones. En su orilla se levantaba un pequeño tendejón de madera donde unos tailandeses vendían refrescos y chocolatinas a los turistas. En este punto fuimos invitados por los guías a bañarnos en una poza que había justo delante del cobertizo, lo cual hicimos con sumo gusto porque tras la sudorosa caminata nos sentíamos sucios y sobrecalentados. Evidentemente, al igual que en España es costumbre entre los habitantes de los pueblos de las montañas ir a mear, cagar y tirar fetos aguas arriba de las plantas embotelladoras de agua de manantial, lo mismo harán en Tailandia con los sitios donde se bañan los turistas, pero me daba igual. Como no tenía bañador tuve que echarme al agua en calzoncillos, pero ya había tenido la picardía de ponerme por la mañana unos de color oscuro y ajuste prudente y, por descontado, a la par discretos y elegantes.
Según te metías el agua parecía que estaba fría, pero luego te dabas cuenta de que era perfectamente posible aguantar dentro del río una hora entera.
Entre las diversiones que nos proporcionó el agua estuvo dejarnos caer por uno de los rápidos que fluían desde nuestra poza (foto de la derecha) hasta la inferior. Los primeros en hacerlo fueron los guías y nos animaron a seguir su ejemplo, siendo finalmente secundados todos los integrantes de la excursión. Por supuesto yo fui el último en tirarme, pues una cosa es que los guías lo hagan bien y otra que unos turistas gañanes sepan cómo hacerlo sin mancarse. Dado que no descubrí caras de estreñimiento, cojeras evidentes o miembros flotando, y dado que entre quienes se habían tirado estaba la familia eslovena, resultó evidente que el peligro de deslizarse por ahí era cero, así que me lancé. La historia es más o menos así: te acercas con los pies por delante al lugar donde la corriente se precipita entre las rocas, empiezas a sentirla, de repente te atrapa, te sumerge, te acelera, notas como tu culo y tu espalda se deslizan sobre la superficie de una roca completamente pulida durante unos segundos en los que cambias de dirección varias veces a toda velocidad y finalmente notas como te frenas y te hundes en la poza mientras das vueltas. Cuando te estabilizas y encuentras el suelo te das un impulso hacia arriba y sales a la superficie sin problemas. La verdad es que fue divertido.
Según nos contó el guía posteriormente fue precisamente aquí donde se produjo el único accidente grave de su carrera. Al parecer una turista británica se causó en la poza una fractura abierta de tibia y peroné y hubo que evacuarla en helicóptero. No fue sin embargo en el rápido: resbaló tontamente en la orilla sobre una roca, si bien en su descargo debo dar fe de que las rocas del borde resbalaban muchísimo por debajo del nivel del agua.
En Marcha de Nuevo.
Tras este baño, que me sentó como hacía tiempo que no me sentaba un baño, nos pusimos en ruta de nuevo. Durante esta última parte de la caminata pasamos por el lugar que más sensación de selva me dio en toda la excursión. Era una vaguada donde podía olerse la humedad y donde crecían abundantes palmas plataneras y haces de bambúes
Fue aquí donde nuestros guías decidieron que era el momento de agasajarnos con unos cuantos frutos, así que se dirigieron a uno de los árboles y… lo echaron abajo. Me resultó realmente sorprendente lo fácil que fue derribar aquel árbol; cogieron un palo, lo clavaron en el verde tronco varias veces con facilidad y luego, haciendo apoyo con el pie en el lugar debilitado mientras con las manos se colgaban desde más arriba, el árbol cedió y se dobló hasta el suelo. Los plátanos eran chiquititos, cabían en la palma de una mano, pero estaban muy sabrosos y me comí cuatro. Estas palmas deben crecer como setas, dada despreocupación con la cual la derribaron, pues supongo que harán lo mismo con cada visita que pasa.
El Campamento.
Finalmente salimos a un valle cuyo fondo plano estaba todo cultivado con arroz. Tras los campos podía observarse una aldea rodeada por algunas palmeras plataneras como la que acabábamos de abatir. Mi sensación en este momento fue la de haber sufrido la suerte de Tron y haberme metido de repente en un ordenador, en concreto en el juego "Crysis". El aspecto de lo que estaba viendo me recordó realmente a alguna de las pantallas intermedias de ese juego. A un lado de la aldea había una zona con construcciones con tejado de chapa que era nuestro campamento.
Aspecto de la aldea y el campamento donde dormimos, este último a la derecha. El tercer tejado por la izquierda era nuestro barracón.
Recapitulando, la cosa había sido bastante tranquila. Restando el baño en el río habríamos estado caminando, lo que se dice caminando, unas tres horas y poco. Apto por lo tanto para obesos y niños de trece años.
El lugar donde íbamos a pasar la noche era un barracón que consistía en un pequeño pórtico y dos estancias separadas, en cada una de las cuales se hallaban cuatro colchones tirados en el suelo rodados por una mosquitera. La construcción no estaba completamente cerrada, ya que las paredes acababan antes de juntarse con el techo, de modo que había un espacio como de un metro por donde entraba la luz y corría el aire.
En el campamento también había unas ocho casitas más pequeñas con tejado de chapa azul que se podían alquilar por 50 Bath adicionales, las cuales aseguraban algo más de intimidad e incluían una cutre-ducha. Nada más llegar la parejita de alemanes y la familia eslovena pagaron el suplemento para poder tener caseta particular, con lo cual quedamos únicamente la pareja suiza y nosotros en el barracón y pudimos repartirnos ambas habitaciones. Decidimos por lo tanto quedarnos allí y darle un buen gusto a nuestro lado jipi.
Como no, también existía la posibilidad de recibir por otros 100 Bath un masaje tailandés realizado en una cabaña colindante por una de las habitantes del lugar. Nosotros pasamos, pero sí se apuntaron los eslovenos.
Sobre uno de los árboles colindantes con los dormitorios se recortaba contra el cielo en medio de su tela una araña de la misma especie que habíamos visto por la tarde y de igual tamaño. Ahí estuvo sin moverse todo el rato, así que fue fácil inmortalizarla mediante la instantánea que veis a la izquierda. Sí, ya sé lo que me váis a decir los más observadores: "¡Tiene sólo siete patas! ¡Buuu! ¡Fueeraaa!", pero no tuve tiempo de hacer castings para la foto; no está bien burlarse de ella, en todo caso. ¡A saber la tragedia que jalonará la vida de este noble bicho!
Aunque no había electricidad sí había agua corriente, gracias a unos depósitos elevados que se disponían a un lado del campamento. El váter estaba en el interior de un pequeño tendejón hecho con paredes de bloque gris y tejado de chapa que tampoco llegaban a juntarse. Haciendo abstracción de algunas inevitables telas de araña el grado de limpieza era aceptable dado el contexto.
Las condiciones eran pues bastante mejores de lo que yo había imaginado, pues mi primera idea era que íbamos a dormir en una tienda de campaña tipo campamento de refugiados sin ninguna infraestructura adicional. Realmente lo que más me molestaba era que había bastantes perros pulgosos grandes y pequeños paseando, ladrando y dando el coñazo, incluyendo un par de cachorros que no debían tener más de dos o tres meses de vida.
Alrededor del Fuego.
Cuando el sol comenzó a ponerse miles de pájaros, batracios, insectos y vete a saber tú qué más animales comenzaron a desgañitarse en una algarabía de graznidos, chillidos, croares y mil sonidos más que se mantuvo durante cerca de una hora, hasta que con la oscuridad total se acalló y únicamente quedó el cri-cri de los grillos y algún croar ocasional.
A las ocho "de la tarde", y lo entrecomillo porque era completamente de noche desde hacía un buen rato, nos sirvieron la cena en una gran mesa dispuesta bajo un techado anejo. Los platos habían sido preparados desde la hora de nuestra llegada por los guías y otros tailandeses que había en el campamento. Estaba todo muy rico, incluyendo una buenísima sopa tailandesa y el típico revoltijo de carne y verduras a la soja. Toda la luz la ponían unas cuantas velas distribuidas por la mesa.
Tras la cena tocó, como en todo campamento que se precie, sentarse alrededor de una hoguera a charlar y a beber cervezas y refrescos, que nuestros guías habían proveído en abundancia en el interior de un gran contenedor lleno de agua con hielo. Para coger algo únicamente tenías que apuntar una rayita al lado de un cartón con tu nombre y al día siguiente pagar según lo que habías consumido. Mucha confianza por lo tanto, lo cual sólo puede obedecer a que han debido de ir pocos anglosajones por allí. Se ve que nunca les ha ocurrido que en una hora se haya terminado toda la bebida y estén todos los colchones vomitados y que al día siguiente nadie reconozca haber bebido nada.
Uno de los tailandeses tenía una guitarra y sabía tocarla, así que nos amenizó la velada con unas cuantas canciones típicas de estas lides, como "Hotel California" y similares.
No recuerdo ninguna conversación en particular durante todo este tiempo con nuestros compañeros de excursión, los cuales afortunadamente todos hablaban inglés. Finalmente con quienes más migas hicimos fue con la parejita alemana, pues los eslovenos no dejaban de ser una familia y los suizos eran muy callados. Nuestros amigos teutones eran admiradores de "Héroes del Silencio", lo cual recuerdo perfectamente porque, como español, me preguntaron por ellos y me pidieron que si podía por favor cantarles un tema que me tararearon y que resultó ser, como no, "Entre Dos Tierras" (no, no lo enlazo). Como estaban muy ilusionados cedí a su petición y comprobé con horror y para mi vergüenza que conozco de la letra mucho más de lo que yo pensaba, mucho más que Patri, por ejemplo.
Los tailandeses no nos acompañaron mucho tiempo. Nuestro guía en concreto se había cogido una borrachera espantosa en un momento y se fue a dormir a la cabaña donde se daban los masajes. Antes de largarse nos dejó, eso sí, unos vasos de whisky tailandés.
Los perros acudieron todos a la luz y al calor de la lumbre, pero eran mantenidos a raya por la niña eslovena, dedicada en cuerpo y alma a alimentar la hoguera hasta el punto de que era imposible acercarse a menos de dos metros y, hombre, frío no hacía, así que su utilidad era más bien la de dar luz y por ende tanto calor jodía un poco.
Cuando la familia eslovena se largó a dormir y pudimos acercarnos de nuevo al fuego descubrimos que uno de los tailandeses se había olvidado un cigarrillo de liar de dimensiones monstruosas encima de una mesa. Inmediatamente empezaron las especulaciones acerca de si contendría opio o no. Finalmente decidimos pasar directamente a la acción y fumar para comprobarlo, pero para decepción general no era más que tabaco. Hay que ver lo que hace el entorno, porque no me imagino yo ni a los suizos ni a los alemanes fumando un triturbo en sus países con la esperanza de que contenga opio.
Sexta Retirada.
Finalmente todos se largaron a dormir. Es impresionante el efecto que causa la ausencia de luz eléctrica. Todos teníamos encima la sensación de que era tardísimo, pero cuando miré el reloj eran tan solo ¡las once y pico de la noche! Hombre, cenar a las ocho y que a las seis y media ya sea de noche cerrada ayuda, pero que no haya otra luz posible en todo el lugar más que la hoguera te empuja literalmente a dormir.
Así lucían los campos de arroz. El brillo al natural era mucho más intenso que el que recoge la fotografía.
Antes de acostarnos recurrimos a otro clásico de estas ocasiones y estuvimos escudriñando el cielo en busca de constelaciones, pero resultó un poco decepcionante; se veían únicamente las de siempre: Casiopea, Orión, las dos Osas… no era visible la Vía Láctea, ni un número extraordinario de estrellas, ni las que se veían tenían un brillo especial. Por un lado estábamos demasiado cerca de Chiang Mai y su área metropolitana; contra las estrellas nos sorprendieron vistosas filas de puntos naranjas de fuego elevados hacia el firmamento por los globos del Festival de las Luces (ya hablaremos de ellos); es realmente sorprendente la altura que alcanzan esos ingenios tan sencillos. Por otro lado había más de media luna y se podía caminar perfectamente a su luz sin tropezar; no hacía falta ninguna linterna siempre que estuvieses al aire libre.
Fue una pena que fallara el cielo, pues siempre recordaré una de las veces que estuve de acampada en Los Oscos, cuando coincidió una noche de luna nueva con un cielo completamente despejado. Era perfectamente visible la irregular franja blanquecina de la Vía Láctea, había estrellas donde nunca había imaginado que las hubiera y todas brillaban como focos. Eso sí: no alumbran. Da igual que el cielo esté lleno de estrellas, si no hay luna no se ve nada.
Final Escalofriante.
Ya se había echado Patri cuando me tocó lavar los dientes y todas esas cosas que se hacen habitualmente justo antes de acostarse; por razones obvias hoy no hubo ducha, innecesaria de todas formas porque el baño en el río había cumplido con creces su función. No me extendería sobre esta parte si no fuese por lo siguiente: con el fin de poder ver algo coloqué mi móvil-linterna sobre el borde de la pared del baño, el cual resulta que no era plano, sino que presentaba una acusada pendiente hacia fuera, así que… ¡zas! se me deslizó y cayó al otro lado del muro. Como no veía ni para lavarme la cara salgo afuera a recuperar mi luz pero, como no, al otro lado de la pared había toda una selva, de modo que apenas podía ver entre el follaje el brillo del led. Como no había más remedio me meto entre la maleza, me agacho en la oscuridad y… ¡zaca! ¡Una gruesa tela de araña en toda la cara! Teniendo en cuenta el tamaño de las tejedoras en este lugar me respigué desde los talones a la coronilla, aguanté la respiración como si eso sirviese para algo, cogí el móvil y salí volando de allí. Probablemente la araña llevaría más susto que yo, porque por más que busqué sobre mi ropa algún pasajero indeseable no lo encontré.
Con los dientes y la cara ya bien limpios me acosté en nuestro barracón con especial cuidado de dejar el mosquitero bien cerrado. Comprobé entonces que había conocido almohadas y colchones más cómodos. Realmente no nos teníamos que levantar hasta las nueve de la mañana, así que había tiempo para dormir de sobra. El resto de la excursión ya es tema para el mantra siguiente.
Tras ocho horas de sueño muy reparador que nos hizo olvidar las desdichas del día anterior nos levantamos dispuestos a todo, incluso a tirarnos horas caminando si ello fuera necesario. A las nueve de la mañana iban a pasar a recogernos. El desayuno la terraza de nuestra casa de huéspedes resultó muy agradable, pues la temperatura a esa hora era, sencillamente, fresquita; un par de grados menos habrían requerido una chaquetina.
Dado que esta noche íbamos a dormir entre bestias salvajes no teníamos habitación en Chiang Mai, así que tuvimos que bajar las maletas, que nos cuidaron en el propio establecimiento. Como yo no tenía mochila me prestaron una en recepción, pues por lo visto guardaban las que la gente iba olvidándose previendo que a la selva también querrían ir personas decentes que habitualmente no utilizan este antiestético medio de acarrear objetos.
Tampoco penséis que íbamos equipados como para subir al Kilimanjaro, eso de ir a la selva es más una forma de hablar. Las mochilas que llevábamos ambos eran de las chiquitinas y en el interior aparte de los imprescindibles de aseo, el repelente para mosquitos y la crema solar únicamente había muda, un chubasquero por si las tormentas tropicales y una camiseta de repuesto (al menos en la mía, a Patri no le hice inventario).
Servidumbres Previas.
A recogernos llegó puntualmente uno de los incomodísimos taxis de Chiang Mai, a los cuales ya dedicaré un párrafo ex-profeso en algún mantra futuro. En el interior ya iban montados dos de nuestros compañeros de excursión: una pareja que rondaría la treintena y de nacionalidad suiza, sospechosos por lo tanto de filofascismo.
Durante la hora siguiente estuvimos recorriendo en el insufrible taxi todo Chiang Mai para recoger a los guías y al resto de participantes en la excursión, a saber: una parejita de alemanes veinteañeros, ella muy guapa y él resultón, y una familia de eslovenos compuesta por un padre grandote y gordo, una madre obesa y una niña de unos doce años que seguía el camino de la madre. Al final 9 participantes, lo cual no llegaba al límite que nos habían prometido: máximo 10 personas. En todo caso, debido al volumen de la familia eslovena y a las mochilas no andábamos muy sobrados de espacio, exacerbándose por ello la incomodidad del infernal taxi.
Al poco de salir nos paramos en la sede de la pasma y un holandés metido en el uniforme de la policía turística de Tailandia comprobó nuestros pasaportes (seguro que hay una buena historia detrás de cómo llegó ese tipo allí). Al parecer se exige que los turistas que van a la selva estén cubiertos por un seguro incluido en el precio de la excursión y estaba comprobando que no hubiera espontáneos. También nos dio cuatro consejos básicos: hay que llevar como mínimo un litro de agua por persona y día (o sea: no iba a ser muy duro) y no olvidar el repelente para mosquitos, una linterna, la crema solar y el papel de váter; al levantarse por la mañana se deben sacudir zapatos y ropa para prevenir sorpresas provocadas por arañas, insectos, o reptiles que pudieran haber buscado cobijo dentro. Esto es todo lo que había tener en cuenta. Sencillo.
A medio camino, con el fin de que pudiésemos comprar todo lo que no habíamos tenido en cuenta, paramos en un supermercado que se disponía al lado de la carretera, listo para recibir a los turistas. En nuestro caso sólo faltaba el agua (pensábamos que nos la iban a proporcionar los de la excursión) y el papel de váter (aquí el lado jipi sí que no pudo). Mi móvil incluía linterna y en todo caso siempre podría alumbrarnos mi propio brillo; por supuesto tampoco nos faltaban ni la crema solar de protección absurda con ignifugación RF-90 ni el repelente de amplio espectro para mosquitos, elefantes y bichos intermedios.
Acopio de Fuerzas.
Cuando llegamos a nuestro destino a través de unas carreteras bastante decentes y siempre asfaltadas ya era poco antes de mediodía, así que nos dieron de comer bajo unos techados de madera preparados para los turistas. Nada especial: una bandeja llena de arroz especiado y fruta. Me pareció demasiado simple para una caminata, pero el arroz era abundante. En todo caso que nos dieran de comer sólo arroz trajo a mi mente sugerentes imágenes en las cuales caminábamos bajo el abrasador sol tropical en medio de la selva atados unos a otros y bajo los látigos de nuestros guías, que de esta forma se desquitaban de sucesos históricos precedentes donde las tornas habían estado invertidas. No me hubiera parecido mal, no habría sido más que un ejercicio de justicia poética por parte de los organizadores de la excursión.
Lo mejor es que éramos los únicos turistas en el lugar, así que no se materializó unos de mis temores: que nuestro camino estuviera a la vez recorrido por ochenta excursiones más y que esto pareciese una procesión, como en la Garganta del Cares o la antigua casa de Xulián en Dindurra.
Nuestros guías eran un chico genuinamente tailandés que no aparentaba más de 20 ó 22 años y un ayudante aún más joven. Vestían camiseta, pantalones cortos por la rodilla y, el mayor, chancletas de goma de estas horribles de una sola pieza que ahora están tan de moda y que cubren excepto por algunos huecos el empeine y los dedos de los pies y que en teoría son para la playa o la piscina.
En Marcha.
Tras la sencilla comida nuestro primer objetivo fue una cascada que quedaba a diez minutos del comedero, la de la primera foto de este mantra; tras la cascada comenzó la caminata en sí, inicialmente por un camino rodado de tierra. Este camino estaba endiabladamente empinado y con el calor del mediodía fue una prueba un poco dura para empezar, al menos para Patri y para mí, pues para la familia eslovena y los alemanes resultó, indudablemente, MUY dura. Únicamente nos ganaron en esta ascensión los guías por bastante y los suizos por muy poco (pero claro, viven donde viven) lo cual para ser la primera vez en muchos años que me enfundaba el uniforme de andar por el monte no estuvo nada mal. Los eslovenos fueron los peor parados con diferencia, hasta el punto que el guía se ofreció a llevarles alguna mochila, ofrecimiento que finalmente no aceptaron. Cuando al fin nos alcanzaron en el primer campamento base y se recuperaron de la congestión seguimos por caminos más pedestres pero menos duros. Esta primera ascensión resultó ser al final el único momento jodido de la excursión.
La caminata se desarrolló por el interior de bosques, a la vera de campos de arroz y a lo largo de pequeños ríos y acequias usadas para regar los campos. A veces había que bajar hasta una pequeña vega y volver a subir, pero no era duro. Lo más bonito era el intenso brillo verde de los campos de arroz dispuestos en terrazas, pues en la época de nuestra visita (los estertores del monzón), estaban a punto de ser cosechados y por lo tanto lucían en todo su esplendor. También tuvimos que atravesar algún puente precario que otro desde los cuales seguro que algún turista en alguna ocasión se cayó al río, aunque desgraciadamente no fue en esta. Claramente estábamos en zona habitada y más que selva era selvina; cuando pasábamos por el interior de una zona boscosa la frondosidad no era superior a la que encuentras en cualquier monte de Asturias (ejemplo), con la salvedad de que en vez de helechos y carbayos las especies forestales eran, lógicamente, otras .
La única fauna con la que nos cruzamos en todo el camino, si exceptuamos los pájaros del cielo, fue una araña como la palma de la mano en el centro de su tela; en todo caso su gran tamaño era debido a la longitud de sus ocho patas, pues de cuerpo no sería mayor que una falange del dedo anular.
Para disgusto de Patri tampoco encontramos orquídea alguna, flores que por lo visto es perfectamente posible hallar en estado salvaje en el norte de Tailandia. Aunque preguntamos nadie fue capaz de explicarnos por qué no había, así que nos quedamos sin saber si era mala época, si esta no era la zona, si las orquídeas no existen, si todo era una conspiración, si no estábamos en Tailandia, o qué.
Baño en la Poza.
A media tarde llegamos a la vera de un río bastante más caudaloso que los anteriores, bravo y de aguas marrones. En su orilla se levantaba un pequeño tendejón de madera donde unos tailandeses vendían refrescos y chocolatinas a los turistas. En este punto fuimos invitados por los guías a bañarnos en una poza que había justo delante del cobertizo, lo cual hicimos con sumo gusto porque tras la sudorosa caminata nos sentíamos sucios y sobrecalentados. Evidentemente, al igual que en España es costumbre entre los habitantes de los pueblos de las montañas ir a mear, cagar y tirar fetos aguas arriba de las plantas embotelladoras de agua de manantial, lo mismo harán en Tailandia con los sitios donde se bañan los turistas, pero me daba igual. Como no tenía bañador tuve que echarme al agua en calzoncillos, pero ya había tenido la picardía de ponerme por la mañana unos de color oscuro y ajuste prudente y, por descontado, a la par discretos y elegantes.
Según te metías el agua parecía que estaba fría, pero luego te dabas cuenta de que era perfectamente posible aguantar dentro del río una hora entera.
Según nos contó el guía posteriormente fue precisamente aquí donde se produjo el único accidente grave de su carrera. Al parecer una turista británica se causó en la poza una fractura abierta de tibia y peroné y hubo que evacuarla en helicóptero. No fue sin embargo en el rápido: resbaló tontamente en la orilla sobre una roca, si bien en su descargo debo dar fe de que las rocas del borde resbalaban muchísimo por debajo del nivel del agua.
En Marcha de Nuevo.
Tras este baño, que me sentó como hacía tiempo que no me sentaba un baño, nos pusimos en ruta de nuevo. Durante esta última parte de la caminata pasamos por el lugar que más sensación de selva me dio en toda la excursión. Era una vaguada donde podía olerse la humedad y donde crecían abundantes palmas plataneras y haces de bambúes
Fue aquí donde nuestros guías decidieron que era el momento de agasajarnos con unos cuantos frutos, así que se dirigieron a uno de los árboles y… lo echaron abajo. Me resultó realmente sorprendente lo fácil que fue derribar aquel árbol; cogieron un palo, lo clavaron en el verde tronco varias veces con facilidad y luego, haciendo apoyo con el pie en el lugar debilitado mientras con las manos se colgaban desde más arriba, el árbol cedió y se dobló hasta el suelo. Los plátanos eran chiquititos, cabían en la palma de una mano, pero estaban muy sabrosos y me comí cuatro. Estas palmas deben crecer como setas, dada despreocupación con la cual la derribaron, pues supongo que harán lo mismo con cada visita que pasa.
El Campamento.
Finalmente salimos a un valle cuyo fondo plano estaba todo cultivado con arroz. Tras los campos podía observarse una aldea rodeada por algunas palmeras plataneras como la que acabábamos de abatir. Mi sensación en este momento fue la de haber sufrido la suerte de Tron y haberme metido de repente en un ordenador, en concreto en el juego "Crysis". El aspecto de lo que estaba viendo me recordó realmente a alguna de las pantallas intermedias de ese juego. A un lado de la aldea había una zona con construcciones con tejado de chapa que era nuestro campamento.
Recapitulando, la cosa había sido bastante tranquila. Restando el baño en el río habríamos estado caminando, lo que se dice caminando, unas tres horas y poco. Apto por lo tanto para obesos y niños de trece años.
En el campamento también había unas ocho casitas más pequeñas con tejado de chapa azul que se podían alquilar por 50 Bath adicionales, las cuales aseguraban algo más de intimidad e incluían una cutre-ducha. Nada más llegar la parejita de alemanes y la familia eslovena pagaron el suplemento para poder tener caseta particular, con lo cual quedamos únicamente la pareja suiza y nosotros en el barracón y pudimos repartirnos ambas habitaciones. Decidimos por lo tanto quedarnos allí y darle un buen gusto a nuestro lado jipi.
Como no, también existía la posibilidad de recibir por otros 100 Bath un masaje tailandés realizado en una cabaña colindante por una de las habitantes del lugar. Nosotros pasamos, pero sí se apuntaron los eslovenos.
Aunque no había electricidad sí había agua corriente, gracias a unos depósitos elevados que se disponían a un lado del campamento. El váter estaba en el interior de un pequeño tendejón hecho con paredes de bloque gris y tejado de chapa que tampoco llegaban a juntarse. Haciendo abstracción de algunas inevitables telas de araña el grado de limpieza era aceptable dado el contexto.
Las condiciones eran pues bastante mejores de lo que yo había imaginado, pues mi primera idea era que íbamos a dormir en una tienda de campaña tipo campamento de refugiados sin ninguna infraestructura adicional. Realmente lo que más me molestaba era que había bastantes perros pulgosos grandes y pequeños paseando, ladrando y dando el coñazo, incluyendo un par de cachorros que no debían tener más de dos o tres meses de vida.
Alrededor del Fuego.
Cuando el sol comenzó a ponerse miles de pájaros, batracios, insectos y vete a saber tú qué más animales comenzaron a desgañitarse en una algarabía de graznidos, chillidos, croares y mil sonidos más que se mantuvo durante cerca de una hora, hasta que con la oscuridad total se acalló y únicamente quedó el cri-cri de los grillos y algún croar ocasional.
A las ocho "de la tarde", y lo entrecomillo porque era completamente de noche desde hacía un buen rato, nos sirvieron la cena en una gran mesa dispuesta bajo un techado anejo. Los platos habían sido preparados desde la hora de nuestra llegada por los guías y otros tailandeses que había en el campamento. Estaba todo muy rico, incluyendo una buenísima sopa tailandesa y el típico revoltijo de carne y verduras a la soja. Toda la luz la ponían unas cuantas velas distribuidas por la mesa.
Tras la cena tocó, como en todo campamento que se precie, sentarse alrededor de una hoguera a charlar y a beber cervezas y refrescos, que nuestros guías habían proveído en abundancia en el interior de un gran contenedor lleno de agua con hielo. Para coger algo únicamente tenías que apuntar una rayita al lado de un cartón con tu nombre y al día siguiente pagar según lo que habías consumido. Mucha confianza por lo tanto, lo cual sólo puede obedecer a que han debido de ir pocos anglosajones por allí. Se ve que nunca les ha ocurrido que en una hora se haya terminado toda la bebida y estén todos los colchones vomitados y que al día siguiente nadie reconozca haber bebido nada.
Uno de los tailandeses tenía una guitarra y sabía tocarla, así que nos amenizó la velada con unas cuantas canciones típicas de estas lides, como "Hotel California" y similares.
No recuerdo ninguna conversación en particular durante todo este tiempo con nuestros compañeros de excursión, los cuales afortunadamente todos hablaban inglés. Finalmente con quienes más migas hicimos fue con la parejita alemana, pues los eslovenos no dejaban de ser una familia y los suizos eran muy callados. Nuestros amigos teutones eran admiradores de "Héroes del Silencio", lo cual recuerdo perfectamente porque, como español, me preguntaron por ellos y me pidieron que si podía por favor cantarles un tema que me tararearon y que resultó ser, como no, "Entre Dos Tierras" (no, no lo enlazo). Como estaban muy ilusionados cedí a su petición y comprobé con horror y para mi vergüenza que conozco de la letra mucho más de lo que yo pensaba, mucho más que Patri, por ejemplo.
Los tailandeses no nos acompañaron mucho tiempo. Nuestro guía en concreto se había cogido una borrachera espantosa en un momento y se fue a dormir a la cabaña donde se daban los masajes. Antes de largarse nos dejó, eso sí, unos vasos de whisky tailandés.
Los perros acudieron todos a la luz y al calor de la lumbre, pero eran mantenidos a raya por la niña eslovena, dedicada en cuerpo y alma a alimentar la hoguera hasta el punto de que era imposible acercarse a menos de dos metros y, hombre, frío no hacía, así que su utilidad era más bien la de dar luz y por ende tanto calor jodía un poco.
Cuando la familia eslovena se largó a dormir y pudimos acercarnos de nuevo al fuego descubrimos que uno de los tailandeses se había olvidado un cigarrillo de liar de dimensiones monstruosas encima de una mesa. Inmediatamente empezaron las especulaciones acerca de si contendría opio o no. Finalmente decidimos pasar directamente a la acción y fumar para comprobarlo, pero para decepción general no era más que tabaco. Hay que ver lo que hace el entorno, porque no me imagino yo ni a los suizos ni a los alemanes fumando un triturbo en sus países con la esperanza de que contenga opio.
Sexta Retirada.
Finalmente todos se largaron a dormir. Es impresionante el efecto que causa la ausencia de luz eléctrica. Todos teníamos encima la sensación de que era tardísimo, pero cuando miré el reloj eran tan solo ¡las once y pico de la noche! Hombre, cenar a las ocho y que a las seis y media ya sea de noche cerrada ayuda, pero que no haya otra luz posible en todo el lugar más que la hoguera te empuja literalmente a dormir.
Antes de acostarnos recurrimos a otro clásico de estas ocasiones y estuvimos escudriñando el cielo en busca de constelaciones, pero resultó un poco decepcionante; se veían únicamente las de siempre: Casiopea, Orión, las dos Osas… no era visible la Vía Láctea, ni un número extraordinario de estrellas, ni las que se veían tenían un brillo especial. Por un lado estábamos demasiado cerca de Chiang Mai y su área metropolitana; contra las estrellas nos sorprendieron vistosas filas de puntos naranjas de fuego elevados hacia el firmamento por los globos del Festival de las Luces (ya hablaremos de ellos); es realmente sorprendente la altura que alcanzan esos ingenios tan sencillos. Por otro lado había más de media luna y se podía caminar perfectamente a su luz sin tropezar; no hacía falta ninguna linterna siempre que estuvieses al aire libre.
Fue una pena que fallara el cielo, pues siempre recordaré una de las veces que estuve de acampada en Los Oscos, cuando coincidió una noche de luna nueva con un cielo completamente despejado. Era perfectamente visible la irregular franja blanquecina de la Vía Láctea, había estrellas donde nunca había imaginado que las hubiera y todas brillaban como focos. Eso sí: no alumbran. Da igual que el cielo esté lleno de estrellas, si no hay luna no se ve nada.
Final Escalofriante.
Ya se había echado Patri cuando me tocó lavar los dientes y todas esas cosas que se hacen habitualmente justo antes de acostarse; por razones obvias hoy no hubo ducha, innecesaria de todas formas porque el baño en el río había cumplido con creces su función. No me extendería sobre esta parte si no fuese por lo siguiente: con el fin de poder ver algo coloqué mi móvil-linterna sobre el borde de la pared del baño, el cual resulta que no era plano, sino que presentaba una acusada pendiente hacia fuera, así que… ¡zas! se me deslizó y cayó al otro lado del muro. Como no veía ni para lavarme la cara salgo afuera a recuperar mi luz pero, como no, al otro lado de la pared había toda una selva, de modo que apenas podía ver entre el follaje el brillo del led. Como no había más remedio me meto entre la maleza, me agacho en la oscuridad y… ¡zaca! ¡Una gruesa tela de araña en toda la cara! Teniendo en cuenta el tamaño de las tejedoras en este lugar me respigué desde los talones a la coronilla, aguanté la respiración como si eso sirviese para algo, cogí el móvil y salí volando de allí. Probablemente la araña llevaría más susto que yo, porque por más que busqué sobre mi ropa algún pasajero indeseable no lo encontré.
Con los dientes y la cara ya bien limpios me acosté en nuestro barracón con especial cuidado de dejar el mosquitero bien cerrado. Comprobé entonces que había conocido almohadas y colchones más cómodos. Realmente no nos teníamos que levantar hasta las nueve de la mañana, así que había tiempo para dormir de sobra. El resto de la excursión ya es tema para el mantra siguiente.
- Hora local: 20:08.
- Temperatura: 21ºC.
- Humedad: 43%.
- Temperatura máxima: 24ºC.
- Temperatura mínima: 15ºC.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.
