Ilustres habituales:
Recordaréis del mantra pasado que tras ponernos guapos habíamos salido a la calle decididos a comernos la noche de Bangkok.
Nuestro objetivo una calle que en todas las guías aparecía como muy recomendable para una salida nocturna: Soi 11 de Sukhumvit. "Soi" quiere decir calle en tailandés, y lo que he escrito es una forma muy común para nombrar las vías públicas de este país: a partir de una calle principal van numerando sus bocacalles consecutivamente, de modo que el nombre de cada una de dichas bocacalles se compone con el de la principal (en este caso Sukhumvit) más el número de bocacalle que le corresponde.
Esta calle se halla en la zona moderna de la ciudad, rodeada de rascacielos, flamantes centros comerciales y pasos elevados.
Calentamiento.
El taxi nos dejó en la esquina de Sukhumvit con su Soi 11 en 20 minutos y 80 Bath. Esta bocacalle no es demasiado grande, medirá como mucho unos 500 metros. En ella se concentran locales nocturnos y restaurantes. A medio camino a la izquierda se abre una calle peatonal secundaria en forma de "C" que conecta en sus dos extremos con Soi 11. Dado que parecía muy animada nos metimos por ella y allí encontramos… ¡oh, Buda mío! ¡Un restaurante español llamado "Tapas"! ¡Por fin! ¡Patri ya no podía más! ¡Tres días ya sin chorizo! ¡Tres días ya sin potaje! ¡Tres días ya sin cañas! ¡Tres días sin gente gritando "mierda, joder" a tu lado! ¡Tres días sin paisanos jugando al tute o a las tragaperras! ¡Tres días sin gente fumando puros, leyendo el ABC y bebiendo sol y sombras! ¡Tres días sin televisores teñidos del verde de los campos de fútbol! ¡Tres días sin camareros limpiando tu mesa con una bayeta y preguntándote lo que quieres con evidentes desgana y mal humor! Tan decididos estábamos a pulverizar dicho récord de tres días que conseguimos pasar de largo.
Como de esta noche no hay fotos, os ofrezco a cambio esta bonita estampa de un mercado callejero y otras imágenes no menos interesantes.
La inopinada presencia del restaurante español me trajo a la mente una vez más el aparentemente injustificado fracaso de nuestra comida a la hora de proyectarse hacia el extranjero. Italianos, franceses, mejicanos, chinos, árabes o japoneses han conseguido abrir en el exterior numerosos locales de restauración pero, a pesar de que casi todo el mundo alaba la comida española cuando viene de vacaciones, tan difícil es encontrar un restaurante español en el extranjero como uno inglés, lo cual tiene delito por motivos evidentes.
Nos sentamos a tomar algo en la terraza de un local completamente construido de madera que ocupaba una de las esquinas de la calle. Totalmente abierto al exterior, no consistía más que en la barra dispuesta contra la fachada del edificio más una pequeña terraza con tres o cuatro parasoles de lona; los batientes de madera que servían para cerrar el local se disponían a modo de viseras sobre la barra, ofreciendo una protección adicional. contra lluvias y soles. La parroquia estaba constituida casi exclusivamente por occidentales, en su mayoría angloparlantes, de los cuales por cierto debo decir que ¡no soporto su acento!
Cena Tormentosa.
Tras una agradable cervecita nos movimos a cenar a un local situado en la misma calle secundaria y también construido enteramente con madera, si bien en este caso imitaba el frente de fachadas de un conjunto de casas tradicionales tailandesas. Tenía pinta de ser caro, pero era evidente que esta noche nuestro lado jipi retrocedía a marchas forzadas apabullado por un lado pijo que se abría camino a base de golpes demoledores.
Apenas nos habíamos sentado cuando empezaron a caer los primeros goterones de una tormenta tropical, la primera de mi vida, ya que cuando estuve en La Habana tuve la desgracia de no ver caer una sola gota en toda mi estancia. Durante la cena la tormenta arreció y comenzó a jarrear con ganas. Pasó justo sobre nosotros, pues uno de los relámpagos estuvo seguido por un respetable petardazo casi instantáneamente. La intensidad no fue algo que nunca hubiera vivido antes, si eso la de una tormenta fuerte en España, pero con la diferencia de que mientras en España hubiera durado 10 minutos, ésta estuvo dándole con ganas durante al menos 40. Quedó claro que la red de desagües de Bangkok, al menos en Sukhumvit, está de sobra preparada para estos eventos, pues en ningún momento se inundó la calle. Lo único malo fue que la mesa donde estábamos cenando se hallaba en un porche de madera abierto al exterior, con lo cual el viento nos traía agua pulverizada e incluso gotas sueltas. Quitando este pequeño inconveniente la comida estuvo riquísima, incluyendo pescados y el plato favorito de Patri: rollitos de primavera. El precio llegó a los 1.200 Bath, lo cual para nuestros criterios decadentes occidentales resulta muy barato, pero para Tailandia es carísimo. Excepto en esta ocasión todas nuestras comidas y cenas costaron precios de risa: entre 300 y 500 Bath. En todo caso, la misma cena en España en un local de esas características no nos hubiera bajado ni de broma de 80 euros (4.000 Bath).
En esta escena cargada de dramatismo Patri negocia con un tuk-tukero. Dramatismo para el conductor, claro, pues las habilidades regateadoras de Patri se traduciran en un precio superreducido.
La tormenta tuvo el detalle de cesar diez minutos antes de terminar la cena, durante la cual conversamos con unos alemanes que estaban sentados en la mesa de al lado; habían venido a visitar a un amigo que trabajaba en Tailandia y que se iba a casar con una tailandesa, lo cual por lo visto sucede bastante a menudo. Soi 11 de Sukhumvit es un lugar probablemente más frecuentado por expatriados que por turistas, aunque de estos últimos también se encuentran bastantes.
Bed Superclub.
Terminadas la cena y la tormenta regresamos a Soi 11 y caminamos hacia nuestro próximo objetivo: el Bed Superclub, una discoteca de rabioso diseñý situada en la misma calle y cuya referencia había encontrado Patri en Internet. Tras no mucho caminar la encontramos casi al final de la calle, a la derecha. Fue fácil identificar el local, pues está ubicado en el interior de un cilindro elipsoidal blanco construido ad hoc. El cilindro está tumbado y la que sería la base que mira a la calle está ocupada por una ventana traslúcida que deja escapar las luces de colores que se mueven en el interior. La entrada se encuentra subiendo por una rampa que termina en el centro del cuerpo del cilindro, lugar donde se sitúa la taquilla. Para entrar hay que llevar el pasaporte encima, pues te piden que muestres la documentación. El precio: 600 Bath los hombres y gratis las mujeres. Patri, herida en su orgullo feminista, intentó hacerse pasar por hombre con el fin de poder pagar también. Sin embargo, su vestido rojo de tirantes acabó por delatarla y al final no tuvo más remedio que pasar gratis, al menos en apariencia, pues pagamos con el bote. 600 Bath por entrar en un local son un pastizal para un tailandés medio, así que no podíamos esperar un ambiente popular en el interior, pero esta noche pertenecía al lado pijo.
El interior del local estaba realmente muy bien. Pasada la taquilla puedes tomar un pasillo a la izquierda u otro a la derecha. El de la izquierda acaba en una habitación totalmente blanca distribuida en dos alturas, siendo la segunda un balcón sobre la primera. A lo largo de las paredes del cilindro y en ambos pisos se disponen unos sofás (blancos, por supuesto) de dos metros de fondo, de modo que puedes tirarte cuan largo eres en ellos apoyando tu cabeza en los grandes cojines, pedir algo y que te lo sirvan en una bandeja de estas que se usan para desayunar en la cama. La música en esta sala es electrónica.
Si escoges el pasillo de la derecha acabarás en una habitación totalmente negra distribuida igualmente en dos alturas pero con sofás-cama únicamente en uno de los laterales, disponiéndose sofás normales con mesita en el resto del espacio. Es un poco más grande que la sala blanca y en ella ponían éxitos del pop y del dance de ahora y de siempre, desde Michael Jackson a Lady Gaga, pasando por todos los ídolos de la música anglosajona.
Aunque al principio había poca gente en una hora se llenó. El porcentaje de sexos no estaba nada mal repartido, quizá un 60-40%, con la particularidad de que mientras el 85% de las chicas eran tailandesas (bastante jóvenes) y el 15% restante occidentales, en el caso de los hombres ocurría exactamente lo contrario: el 85% de los allí presentes eran occidentales (en general algo más viejos que las chicas). Durante cerca de una hora Patri pudo arrogarse el privilegio de ser la única chica exótica del local. La tipología de la clientela masculina era exactamente la que puedes suponer en un local lleno de expatriados que no han pasado el necesario control de calidad antes de salir de su país. La verdad es que este tema ya lo tengo rondando en la cabeza desde hace mucho tiempo; resulta un insulto para el resto de países el tipo de gente que desde occidente enviamos fuera. ¿Por qué tienen que aguantar en Tailandia o Mozambique los mastuerzos que les enviamos? ¿No sería lógico que antes de abandonar tu país fueras sometido a un control psico-estético y que si no lo pasas no se te permitiera salir? Yo creo que esto es especialmente necesario en el caso de los países anglosajones y solucionaría muchos problemas en el mundo. Por ejemplo, 99 de cada 100 soldados yanquis no podrían abandonar Estados Unidos, con lo cual no podrían llevar la guerra a otros países. Asimismo, los británicos lo tendrían también difícil para salir de su isla, con lo cual el mundo tendría que limpiar menos vomitonas y separar menos peleas. El planeta también se libraría de españoles buscando locales de salsa, meando en las esquinas de templos milenarios y afirmando que de eso que están viendo ya lo hay más y mejor en Madrid y que a los maricones habría que matarlos a todos.
Volviendo al Bed Superclub, al final la música dejó bastante que desear. En la sala de electrónica, aunque había empezado bien, degeneró en sonido valencia y la disk-jockey era bastante mala mezclando, si bien le daba mil vueltas al idiota que pinchaba en la otra sala, que más que pinchar ponía un tema detrás de otro sin preocuparse demasiado por la transición. En esta otra sala había además que sufrir a un animador que, vociferando de continuo por un micrófono, no paraba de arengar a las masas.
En resumen: lo que la sala ganaba por el continente, lo perdía por el contenido. En todo caso, en un momento dado me di cuenta de que quizá tampoco se podía exigir demasiado a la sesión, ya que… ¡Por Buda! ¡Estábamos a martes!
Una cosa buena era que las marcas espirituosas a disposición del público cumplían con los estándares mínimos de calidad. Tras pedir un Cutty Shark me comunicaron que de esa marca no tenían y me ofrecieron entre otras que no reconocí Chivas, así que ya puestos no dudé en tomarme dos chupitos con hielo del citado güisqui, primera vez en mi vida que en una discoteca tiro tan alto, pero es que durante este viaje hay muchas cosas que hice por primera vez. No hay que olvidar además que el lado pijo había vencido al jipi esta noche.
En todo caso, como ni el ambiente ni la música nos engancharon mucho, a las dos horas escasas nos cansamos del lugar y decidimos cambiar.
Q-Bar.
Tras nuestro paso por el Bed Superclub nos dirigimos hacia el Q-Bar, otro local referenciado en las guías y que está a cuatro pasos. Sólo hay que llegar al final de Soi 11, que termina en una intersección en "T", coger el brazo izquierdo de dicha T y al cabo de unos pocos metros encuentras el local ocupando la primera esquina en la acera de la derecha. Tras quitarnos de encima a un conductor de Tuk-Tuk al que parecía irle la vida en llevarnos a no se sabe qué lugar, nos encontramos con una discoteca de tamaño discreto y de nuevo distribuida en dos pisos, si bien en esta ocasión el superior no se abría al inferior.
Esta maqueta de Angkor Wat, el edificio religioso más grande del mundo, se puede contemplar en el Gran Palacio.
En el primer piso había una terraza abierta a la calle, pero debido a la humedad tremenda que había esta noche se estaba mejor dentro. La música otra vez era bastante ramplona, mostrando una tendencia excesiva hacia el sonido valencia; en toda la sesión únicamente destacó una mezcla de Billy Jean. El disk-jockey de nuevo era muy malo, siendo deleznables las transiciones entre temas. Os puedo asegurar que Miguel, Chantal, Samuel o Ulrike habrían hecho un papel mucho más virtuoso que cualesquiera de los pinchadiscos que nos tocaron en suerte esta noche, por citar únicamente de entre mis lectores a aquellos que han tenido el placer de pinchar en directo.
Aunque había muy poca gente (recordemos que era martes) se registraban los mismos porcentajes de hombres-mujeres y tailandeses-occidentales que en el Bed Superclub. En una esquina unas cuantas tailandesas y unos cuantos expatriados celebraban el cumpleaños de una de las chicas, sin más diferencia respecto de una celebración similar en España que la actitud manifiestamente babosa de ellos.
Dado que tampoco encontramos en el Q-Bar un ambiente o una música que nos placiesen, decidimos retirarnos.
Tercera Retirada.
Ya pasaba algo de las dos de la mañana cuando nos montamos en uno de los sopotocientos taxis que pasaban por la zona a la caza de gente como nosotros y nos volvimos al hotel circulando por unas calles totalmente vacías.
No habiendo nada más que contar, el día terminó así con un profundo sueño. Mañana será otro mantra.
Recordaréis del mantra pasado que tras ponernos guapos habíamos salido a la calle decididos a comernos la noche de Bangkok.
Nuestro objetivo una calle que en todas las guías aparecía como muy recomendable para una salida nocturna: Soi 11 de Sukhumvit. "Soi" quiere decir calle en tailandés, y lo que he escrito es una forma muy común para nombrar las vías públicas de este país: a partir de una calle principal van numerando sus bocacalles consecutivamente, de modo que el nombre de cada una de dichas bocacalles se compone con el de la principal (en este caso Sukhumvit) más el número de bocacalle que le corresponde.
Esta calle se halla en la zona moderna de la ciudad, rodeada de rascacielos, flamantes centros comerciales y pasos elevados.
Calentamiento.
El taxi nos dejó en la esquina de Sukhumvit con su Soi 11 en 20 minutos y 80 Bath. Esta bocacalle no es demasiado grande, medirá como mucho unos 500 metros. En ella se concentran locales nocturnos y restaurantes. A medio camino a la izquierda se abre una calle peatonal secundaria en forma de "C" que conecta en sus dos extremos con Soi 11. Dado que parecía muy animada nos metimos por ella y allí encontramos… ¡oh, Buda mío! ¡Un restaurante español llamado "Tapas"! ¡Por fin! ¡Patri ya no podía más! ¡Tres días ya sin chorizo! ¡Tres días ya sin potaje! ¡Tres días ya sin cañas! ¡Tres días sin gente gritando "mierda, joder" a tu lado! ¡Tres días sin paisanos jugando al tute o a las tragaperras! ¡Tres días sin gente fumando puros, leyendo el ABC y bebiendo sol y sombras! ¡Tres días sin televisores teñidos del verde de los campos de fútbol! ¡Tres días sin camareros limpiando tu mesa con una bayeta y preguntándote lo que quieres con evidentes desgana y mal humor! Tan decididos estábamos a pulverizar dicho récord de tres días que conseguimos pasar de largo.
La inopinada presencia del restaurante español me trajo a la mente una vez más el aparentemente injustificado fracaso de nuestra comida a la hora de proyectarse hacia el extranjero. Italianos, franceses, mejicanos, chinos, árabes o japoneses han conseguido abrir en el exterior numerosos locales de restauración pero, a pesar de que casi todo el mundo alaba la comida española cuando viene de vacaciones, tan difícil es encontrar un restaurante español en el extranjero como uno inglés, lo cual tiene delito por motivos evidentes.
Nos sentamos a tomar algo en la terraza de un local completamente construido de madera que ocupaba una de las esquinas de la calle. Totalmente abierto al exterior, no consistía más que en la barra dispuesta contra la fachada del edificio más una pequeña terraza con tres o cuatro parasoles de lona; los batientes de madera que servían para cerrar el local se disponían a modo de viseras sobre la barra, ofreciendo una protección adicional. contra lluvias y soles. La parroquia estaba constituida casi exclusivamente por occidentales, en su mayoría angloparlantes, de los cuales por cierto debo decir que ¡no soporto su acento!
Cena Tormentosa.
Tras una agradable cervecita nos movimos a cenar a un local situado en la misma calle secundaria y también construido enteramente con madera, si bien en este caso imitaba el frente de fachadas de un conjunto de casas tradicionales tailandesas. Tenía pinta de ser caro, pero era evidente que esta noche nuestro lado jipi retrocedía a marchas forzadas apabullado por un lado pijo que se abría camino a base de golpes demoledores.
Apenas nos habíamos sentado cuando empezaron a caer los primeros goterones de una tormenta tropical, la primera de mi vida, ya que cuando estuve en La Habana tuve la desgracia de no ver caer una sola gota en toda mi estancia. Durante la cena la tormenta arreció y comenzó a jarrear con ganas. Pasó justo sobre nosotros, pues uno de los relámpagos estuvo seguido por un respetable petardazo casi instantáneamente. La intensidad no fue algo que nunca hubiera vivido antes, si eso la de una tormenta fuerte en España, pero con la diferencia de que mientras en España hubiera durado 10 minutos, ésta estuvo dándole con ganas durante al menos 40. Quedó claro que la red de desagües de Bangkok, al menos en Sukhumvit, está de sobra preparada para estos eventos, pues en ningún momento se inundó la calle. Lo único malo fue que la mesa donde estábamos cenando se hallaba en un porche de madera abierto al exterior, con lo cual el viento nos traía agua pulverizada e incluso gotas sueltas. Quitando este pequeño inconveniente la comida estuvo riquísima, incluyendo pescados y el plato favorito de Patri: rollitos de primavera. El precio llegó a los 1.200 Bath, lo cual para nuestros criterios decadentes occidentales resulta muy barato, pero para Tailandia es carísimo. Excepto en esta ocasión todas nuestras comidas y cenas costaron precios de risa: entre 300 y 500 Bath. En todo caso, la misma cena en España en un local de esas características no nos hubiera bajado ni de broma de 80 euros (4.000 Bath).
La tormenta tuvo el detalle de cesar diez minutos antes de terminar la cena, durante la cual conversamos con unos alemanes que estaban sentados en la mesa de al lado; habían venido a visitar a un amigo que trabajaba en Tailandia y que se iba a casar con una tailandesa, lo cual por lo visto sucede bastante a menudo. Soi 11 de Sukhumvit es un lugar probablemente más frecuentado por expatriados que por turistas, aunque de estos últimos también se encuentran bastantes.
Bed Superclub.
Terminadas la cena y la tormenta regresamos a Soi 11 y caminamos hacia nuestro próximo objetivo: el Bed Superclub, una discoteca de rabioso diseñý situada en la misma calle y cuya referencia había encontrado Patri en Internet. Tras no mucho caminar la encontramos casi al final de la calle, a la derecha. Fue fácil identificar el local, pues está ubicado en el interior de un cilindro elipsoidal blanco construido ad hoc. El cilindro está tumbado y la que sería la base que mira a la calle está ocupada por una ventana traslúcida que deja escapar las luces de colores que se mueven en el interior. La entrada se encuentra subiendo por una rampa que termina en el centro del cuerpo del cilindro, lugar donde se sitúa la taquilla. Para entrar hay que llevar el pasaporte encima, pues te piden que muestres la documentación. El precio: 600 Bath los hombres y gratis las mujeres. Patri, herida en su orgullo feminista, intentó hacerse pasar por hombre con el fin de poder pagar también. Sin embargo, su vestido rojo de tirantes acabó por delatarla y al final no tuvo más remedio que pasar gratis, al menos en apariencia, pues pagamos con el bote. 600 Bath por entrar en un local son un pastizal para un tailandés medio, así que no podíamos esperar un ambiente popular en el interior, pero esta noche pertenecía al lado pijo.
El interior del local estaba realmente muy bien. Pasada la taquilla puedes tomar un pasillo a la izquierda u otro a la derecha. El de la izquierda acaba en una habitación totalmente blanca distribuida en dos alturas, siendo la segunda un balcón sobre la primera. A lo largo de las paredes del cilindro y en ambos pisos se disponen unos sofás (blancos, por supuesto) de dos metros de fondo, de modo que puedes tirarte cuan largo eres en ellos apoyando tu cabeza en los grandes cojines, pedir algo y que te lo sirvan en una bandeja de estas que se usan para desayunar en la cama. La música en esta sala es electrónica.
Si escoges el pasillo de la derecha acabarás en una habitación totalmente negra distribuida igualmente en dos alturas pero con sofás-cama únicamente en uno de los laterales, disponiéndose sofás normales con mesita en el resto del espacio. Es un poco más grande que la sala blanca y en ella ponían éxitos del pop y del dance de ahora y de siempre, desde Michael Jackson a Lady Gaga, pasando por todos los ídolos de la música anglosajona.
Aunque al principio había poca gente en una hora se llenó. El porcentaje de sexos no estaba nada mal repartido, quizá un 60-40%, con la particularidad de que mientras el 85% de las chicas eran tailandesas (bastante jóvenes) y el 15% restante occidentales, en el caso de los hombres ocurría exactamente lo contrario: el 85% de los allí presentes eran occidentales (en general algo más viejos que las chicas). Durante cerca de una hora Patri pudo arrogarse el privilegio de ser la única chica exótica del local. La tipología de la clientela masculina era exactamente la que puedes suponer en un local lleno de expatriados que no han pasado el necesario control de calidad antes de salir de su país. La verdad es que este tema ya lo tengo rondando en la cabeza desde hace mucho tiempo; resulta un insulto para el resto de países el tipo de gente que desde occidente enviamos fuera. ¿Por qué tienen que aguantar en Tailandia o Mozambique los mastuerzos que les enviamos? ¿No sería lógico que antes de abandonar tu país fueras sometido a un control psico-estético y que si no lo pasas no se te permitiera salir? Yo creo que esto es especialmente necesario en el caso de los países anglosajones y solucionaría muchos problemas en el mundo. Por ejemplo, 99 de cada 100 soldados yanquis no podrían abandonar Estados Unidos, con lo cual no podrían llevar la guerra a otros países. Asimismo, los británicos lo tendrían también difícil para salir de su isla, con lo cual el mundo tendría que limpiar menos vomitonas y separar menos peleas. El planeta también se libraría de españoles buscando locales de salsa, meando en las esquinas de templos milenarios y afirmando que de eso que están viendo ya lo hay más y mejor en Madrid y que a los maricones habría que matarlos a todos.
Volviendo al Bed Superclub, al final la música dejó bastante que desear. En la sala de electrónica, aunque había empezado bien, degeneró en sonido valencia y la disk-jockey era bastante mala mezclando, si bien le daba mil vueltas al idiota que pinchaba en la otra sala, que más que pinchar ponía un tema detrás de otro sin preocuparse demasiado por la transición. En esta otra sala había además que sufrir a un animador que, vociferando de continuo por un micrófono, no paraba de arengar a las masas.
En resumen: lo que la sala ganaba por el continente, lo perdía por el contenido. En todo caso, en un momento dado me di cuenta de que quizá tampoco se podía exigir demasiado a la sesión, ya que… ¡Por Buda! ¡Estábamos a martes!
Una cosa buena era que las marcas espirituosas a disposición del público cumplían con los estándares mínimos de calidad. Tras pedir un Cutty Shark me comunicaron que de esa marca no tenían y me ofrecieron entre otras que no reconocí Chivas, así que ya puestos no dudé en tomarme dos chupitos con hielo del citado güisqui, primera vez en mi vida que en una discoteca tiro tan alto, pero es que durante este viaje hay muchas cosas que hice por primera vez. No hay que olvidar además que el lado pijo había vencido al jipi esta noche.
En todo caso, como ni el ambiente ni la música nos engancharon mucho, a las dos horas escasas nos cansamos del lugar y decidimos cambiar.
Q-Bar.
Tras nuestro paso por el Bed Superclub nos dirigimos hacia el Q-Bar, otro local referenciado en las guías y que está a cuatro pasos. Sólo hay que llegar al final de Soi 11, que termina en una intersección en "T", coger el brazo izquierdo de dicha T y al cabo de unos pocos metros encuentras el local ocupando la primera esquina en la acera de la derecha. Tras quitarnos de encima a un conductor de Tuk-Tuk al que parecía irle la vida en llevarnos a no se sabe qué lugar, nos encontramos con una discoteca de tamaño discreto y de nuevo distribuida en dos pisos, si bien en esta ocasión el superior no se abría al inferior.
Aunque había muy poca gente (recordemos que era martes) se registraban los mismos porcentajes de hombres-mujeres y tailandeses-occidentales que en el Bed Superclub. En una esquina unas cuantas tailandesas y unos cuantos expatriados celebraban el cumpleaños de una de las chicas, sin más diferencia respecto de una celebración similar en España que la actitud manifiestamente babosa de ellos.
Dado que tampoco encontramos en el Q-Bar un ambiente o una música que nos placiesen, decidimos retirarnos.
Tercera Retirada.
Ya pasaba algo de las dos de la mañana cuando nos montamos en uno de los sopotocientos taxis que pasaban por la zona a la caza de gente como nosotros y nos volvimos al hotel circulando por unas calles totalmente vacías.
No habiendo nada más que contar, el día terminó así con un profundo sueño. Mañana será otro mantra.
- Hora local: 18:57.
- Temperatura: 20ºC.
- Humedad: 88%.
- Temperatura máxima: 24ºC.
- Temperatura mínima: 19ºC.
- ¡¡Y lloviendoooooo!!
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.
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"Dejad que los perros ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos." [Don Quijote - Orson Welles]