martes, 9 de junio de 2009

EPÍSTOLAS PERSAS, JORNADA 2: SHIRAZ.


Hello, kitties:


Bueno, pues tal y como recordaréis de la anterior epístola, aquí estamos, en Teherán, a las seis de la madrugada, hora a la que nos hemos tenido que levantar para poder tomar un taxi y llegar al aeropuerto a tiempo para coger nuestro vuelo, el cual en teoría sale a las 09:00 de la mañana.

Debacle Matutina.

En los bajos del hotel había una empresa de taxis, así que no tuvimos ningún problema. Desde luego el vehículo no era una limusina, más bien una especie de R5 o de Seat 127 de color negro, pero más o menos todas las alternativas eran iguales. En esto de los taxis Teherán es como La Habana: hay un montón de empresas, cada una de las cuales pinta sus coches de distinta manera. Sin embargo, al contrario que en La Habana donde según la empresa puedes elegir un cacharro o un coche decente, en Teherán casi todos los taxis son cacharros.

Nos montamos y nos pusimos en marcha. Todo parecía ir bien cuando, de repente y a mitad de trayecto, al taxista le vino súbitamente a la memoria que era el día de las fuerzas armadas y que el aeropuerto de Mehrabad quizá estuviese cerrado debido a que los cazas de la exhibición aérea iban a despegar de allí. Comenzaba a tomar cuerpo que el guía tuviera razón. Como a esas horas de la madrugada no había todavía tráfico llegamos a Mehrabad en sólo 40 minutos. Una vez en el aeropuerto el taxista me alienta a ir a preguntar mientras me espera con mi madre y mi hermana. Me voy a Información, exhibo mi billete y la respuesta no puede ser más descorazonadora: el vuelo se retrasa, pero no hasta las 10:30 como yo ya creía inevitable, sino hasta las 13:00.
Plano de Shiraz para que busquéis los sitios.

No siendo todavía las 08:00 decidimos volver al hotel, pues íbamos a regresar a tiempo para encontrarnos con el guía que llegaría a y media. A la vuelta ya había movimiento y pudimos experimentar por primera vez el tráfico fluido iraní desde el otro punto de vista. La doble carrera nos salió por 180.000 riales. Nada más volver al hotel me dice la guapísima recepcionista que el guía había llamado a recepción media hora antes para asegurarse de que estuviésemos preparados y, como le había dicho que ya nos habíamos marchado, no se iba a pasar. Además, me confirma que el viaje de ida y vuelta a Mehrabad cuesta unos 120.000 riales, pero teniendo en cuenta que eso mismo en Madrid no hubiera bajado de 40 euros no consideré razonable alterarme lo más mínimo. De lo que sí me quejé fue de que nadie hubiera sido capaz de avisarnos del asunto del Día de las Fuerzas Armadas. La guapísima recepcionista era evidente que no tenía ni idea y los taxistas son iguales en todos los páises, pero lo del guía no tiene perdón.

Al poco rato consigo por fin hablar con la agencia, donde me informan que al ser un vuelo interno aunque el billete marca una hora tienes reserva para todos los vuelos posteriores hacia el mismo destino que salen ese día ¡at good hours, green sleeves! Nos damos otro paseíto por Valiasr y a las 11:00 pasa puntualmente a buscarnos un microbús de la agencia.

El conductor resultó ser un afable señor mayor que no hablaba una palabra de inglés y que conducía de la misma forma no afable que el resto de los teheraníes. No se limitó a dejarnos en el parking de Mehrabad, sino que nos bajó las maletas y nos acompañó hasta el mismo mostrador de facturación. Aquí comenzó el festival de propinas con 50.000 dinares. De la necesidad de este estipendio ya venía mentalizado, pues en las condiciones del viaje ponía bien claro que el precio no incluía las propinas a guías y conductores. Prueba de que la están esperando es que todo el mundo te la coge con gran naturalidad y sin la falsa resistencia inicial de rigor.

Mehrabad.

Mehrabab era el aeropuerto internacional de Teherán hasta la inauguración de Imán Khomeini, pero tras la puesta en marcha hace cinco años de éste último se ha convertido en la terminal para los vuelos domésticos con excepción de algunos que salen hacia Arabia Saudí (¡brrrrr, que miedo!).

La seguridad en los aeropuertos iraníes es un poco más pejiguera que en los europeos. En primer lugar hay un control previo antes de los mostradores de facturación, donde hay que vaciar los bolsillos y te escanean la maleta. Después, para entrar en la zona de embarque hay primero que pasar por un control de billete y pasaportes, como cuando coges un vuelo internacional en España. Después ya viene el control habitual que todos conocemos, con su escáner, sus bandejitas y sus simpatiquísimos policías. Los controles siempre son de dos vías: una para hombres y otra para mujeres. Debo decir que los policías son un poquito más agradables en Irán que en España, a veces incluso te sonríen y a mí uno no me dejó marchar hasta que no le enseñé a pronunciar España correctamente.
Yo con Semane, nuestra guía en Shiraz.

Fue mientras esperábamos en la zona de embarque de este aeropuerto cuando vi el único velo de todo mi viaje a irán; lo llevaba puesto una mujer tapada de arriba abajo, pero por el tipo de chador que llevaba no parecía local. Realmente era algo peor que un velo, ya que no dejaba libres los ojos, sino que consistía en una tela traslúcida que cubría toda la cara. Quizá fuera para Arabia Saudí.

Por lo demás Mehrabad es como cualquier otro aeropuerto del mundo, con la salvedad de que comer en él no es caro (unos tres euros por cabeza al cambio), si bien la comida es, como en todos los aeropuertos del mundo, en plan de sándwiches y bocadillos.

Debido a que tenían que salir todos los aviones que no habían podido partir por la mañana nuestro vuelo despegó con casi una hora de retraso. Para mi sorpresa el avión resultó ser un reactor del mismo tamaño que el que hace el viaje Doha - Madrid, con fila de cuatro asientos centrales incluida. ¡Y yo que había temido que alguno de los vuelos internos fuera en turbohélice! El viaje duró algo más de hora y media y nos dieron de comer durante el trayecto, todo un detalle en estos tiempos en que viajar en avión se está pareciendo cada vez más a ir en autobús en lo que se refiere a los servicios prestados, el espacio entre asientos, etc.

Bienvenidos a la Ciudad del Vino y las Rosas.

Finalmente pusimos pie en Shiraz algo antes de las cuatro de la tarde, con cierto cabreo por todo el cúmulo de catastróficas desdichas que habían retrasado cinco horas nuestra llegada y condicionado seriamente nuestra visita. Lo más incomprensible de todo era que no hubieran planificado el vuelo para el viernes por la tarde, pues los había.
Palacete de Naranjestán e-Ghavam, nuestra primera visita en Shiraz.

Shiraz tiene como sobrenombre "ciudad de la poesía, las luciérnagas, el vino y las rosas", porque de todo ello hay o hubo aquí. Aquí están enterrados dos de los más grandes poetas persas de todos los tiempos (Hafez y Saadi), mientras que la uva tipo Shiraz es una variedad conocida por vitivinicultores del mundo enero. Las luciérnagas no las vi, pero tendrá que haberlas en los numerosos jardines que tiene la ciudad. La verdad es que todas nuestras ciudades deberían tener sobrenombres parecidos. Imaginaos: "Gijón, ciudad de los cagamentos, los muiles, la puxarra y las ortigas" ¿no suena bonito?

Con sus alrededor de 1.400.000 habitantes es una gran ciudad. Su historia, al igual que la de todo Irán, es riquísima: en Fars, la provincia de la que es capital, tuvieron sus centros de gobierno los imperios Aqueménida y Sasánida y la misma Shiraz fue capital del actual Irán durante el breve periodo de 44 años que duró la Dinastía Zand. Hoy en día es una ciudad en crecimiento y su economía descansa por igual en la industria y la agricultura.

La edificación es de baja altura, generalmente no se pasa de tres pisos. Las calles son arboladas en su inmensa mayoría y existen numerosos parques y pequeños jardines públicos y particulares. La ciudad se ve limpia y está bien urbanizada. Ya quisiera Doha estar la mitad de articulada que Shiraz o ser la cuarta parte de agradable.

Quien nos esperaba en el aeropuerto era para mi sorpresa una chica de 28 años: Semane, la cual nos avisó de que podíamos llamarla Sami. Evidentemente que me hayan puesto a una chica joven de guía es muestra más que suficiente de que las mujeres en Irán están mejor de lo que nos dicen. Desde luego están lejos de reflejar nuestros ideales, Semane no dejaba de llevar un pañuelo negro por encima de la cabeza y la religión dentro de ella, pero están mucho mejor que en las monarquías absolutas de la otra orilla del Golfo Pérsico con las cuales todo el mundo está tan contento, sobre todo esa a la cual Obama corre a darse la mano con el déspota que la rige, un país donde la mujer ha sido reducida a la condición de animal u objeto y que probablemente sea el régimen político más opresivo sobre el planeta: Arabia Saudí.

¡Empieza la Visita!

Nuestro vehículo era un taxi-furgoneta de ocho plazas. Tras un paso por el hotel a dejar las cosas nos dirigimos a nuestra primera parada: el palacete de Naranjestán e-Ghavam, mansión típica de la burguesía feudal iraní de finales del Siglo XIX. No voy a pararme a describir el lugar porque para eso ya están mis fotos comentadas de Picasa.

Estando en el salón principal del palacete Semane nos contó cómo antiguamente en Irán las mujeres que asistían a las fiestas que allí se celebraban debían llevar velo y permanecer aparte y de pie en un balcón construido a tal efecto, el cual veis en la foto de la derecha. Por la forma en que lo contó fue evidente que para Semane el velo es algo del pasado y las mujeres han avanzado mucho. lo cual contradice el supuesto inmovilismo monolítico de este país. En todo caso, a ver si algún día piensa lo mismo al respecto del pañuelo y el guardapolvos.

Visita al Santuario.

Tras la visita al Naranjestán e-Ghavam nos tocó conocer un santuario Chií: el de Shah-e-Cherag, o Señor de las Luces, hijo de Imán Reza, séptimo Imán del chiismo. Como sabéis el chiismo defiende que únicamente los descendientes de Mahoma están capacitados para ser los líderes supremos de la comunidad islámica, o califas. Por esta causa son objeto de gran veneración los doce imanes (en su acepción religiosa, no la de dipolo magnético), desde Ali ibn Abi Tálib, primo y yerno de Mahoma y primer Imán, hasta Muhammad al-Mahdi, duodécimo y último Imán, que habría desaparecido tras el martirio de su padre y que viviría oculto desde entonces para manifestarse sólo el día de la redención. Los imanes chiíes son los guías supremos de la comunidad y, al igual que nuestro papa, se les considera infalibles. Por lo tanto, el término Imán para un chií tiene dos acepciones: el cura que dirige los rezos en la mezquita y el líder supremo del Islam.

Por todo lo dicho el derecho de sangre es bastante fuerte en el chiísmo, así que no es de extrañar que aparte de al Séptimo Imán también se reverencie a todos sus hijos.

Es muy sencillo distinguir si un clérigo desciende de Mahoma o no: si lleva turbante blanco, es un común de los mortales; si por el contrario lleva turbante negro, desciende de Mahoma. Así, a la vista de la fotografía que tenéis a la derecha de los Gran Ayatolá Rujolá Jomeini y Alí Jamenei, actual líder del país, resulta evidente que ambos descienden de Mahoma.

Para entrar en los santuarios las mujeres que no llevan chador deben cubrirse con una sábana que les entregan en la puerta. Literalmente es una sábana blanca acrílica decorada con algunas flores. No se puede acceder con cámara fotográfica al recinto y a la entrada unos policías te cachean con pocas ganas, si bien en mi caso como no traía ropa suelta ni se molestaron.

No accedimos al santuario en sí, que únicamente pudimos ver desde el patio interior. Aunque los edificios originales datan del Siglo XIV desde entonces se han realizado incontables reformas y reconstrucciones. La cúpula por ejemplo tuvo que reconstruirse en 1948 porque se había agrietado.

En el patio Semane nos reveló la historia del hombre que estaba enterrado allí y la anécdota de por qué le llaman el Señor de las Luces, una historia cuyas similitudes con la de Santiago Matamoros son evidentes. También nos explicó para qué valían las galletas de barro cocido que se apilaban en un recipiente en el patio: son una medida higiénica. Como sabéis los musulmanes tocan el suelo con la frente al rezar y, aunque todo el mundo se descalza, por las alfombras no dejan de pasar cientos de pies al día que pueden estar sucios o enfermos, así que las galletas de barro cocido se ponen en el suelo ante uno mismo con el fin de tocar con la frente en ellas.
Aspecto de la cúpula y el iwan de entrada al santuario de Shah-e-Cherag.

La guía también nos explicó algunas cosas sobre el Islam, sobre los doce imanes, nos enseñó un Corán, etc. En un momento dado hizo una reflexión sobre la importancia de que los gobernantes fueran hombres virtuosos, sacando a relucir a George Bush y sus crímenes en Irak y Afganistán, los cuales no se habrían producido según ella de haber sido un hombre recto de intachable virtud, supongo que a ser posible descendiente de Mahoma. Esta enorme ingenuidad histórica de considerar las políticas de un país regidas por la bondad o maldad de su máximo gobernante era una constante en esta chica. En más de una y de dos ocasiones asoció periodos esplendorosos de la historia de su ciudad o de Irán con la integridad del soberano de turno y viceversa. Es lo que tiene el haber recibido una educación confesional. Evidentemente cualquier análisis histórico tergiversado por un credo religioso tenderá sin excepción a introducir estas deformaciones en el análisis, las cuales impedirán llegar al verdadero trasfondo de los hechos.

La cosa no dio para más, así que mi madre, mi hermana y Semane volvieron a dejar las sábanas en el guardarropa y nos dirigimos a nuestro próximo destino: el Bazar Vakil.

Bazares de Oriente.

Entre el bullicio de este bazar donde hombres y mujeres se mezclan sin ningún problema pudimos confirmar que los patrones observados en Teherán sobre el modo de vestir se repetían en Shiraz, así que no había sido un espejismo de la capital; en Shiraz el chador es también minoritario, mientras que la belleza sigue siendo mayoritaria.
Una calle cualquiera del Bazar Vakil.

El bazar fue construido a mediados del Siglo XVIII por Kharim Khan Zand y todas sus bóvedas de ladrillo son originales de la época. Es muy bonito y a mi madre le gustó más que el Gran Bazar de Estambul, donde también ha estado Desgraciadamente estoy seguro de que las particularidades que hacen de este bazar un sitio agradable de visitar tienen que ver con la escasez de turistas, así que daos prisa en visitarlo antes de que, o bien los yanquis inhabiliten a este país como destino turístico por decenios al igual que hicieron con Irak, o bien un turismo creciente comience a estropearlo.

Lo importante es que en el Bazar Vakil los vendedores van a sus asuntos, así que no hay nadie asaltándote cada cinco pasos para intentar que entres en su tienda; todo lo contario que en otros lugares de similares características en Turquía o, sobre todo, en Egipto, algo especialmente molesto para una persona de mi madera, que tengo como regla durante los viajes no comprar absolutamente nada, ya que mis recuerdos son las fotografías que tomo y punto. Éstas tienen características que las hacen inigualables: no pesan, no cogen polvo, no ocupan espacio, remueven la memoria como pocas otras cosas, son replicables y salen gratis. Comparadlo ahora con algunos de los típicos objetos que acaban cogiendo polvo dentro de un armario.

Semane no es una guía profesional pero suplía esta carencia poniendo bastante interés. En varias ocasiones durante el viaje demostró ser bastante echada para delante, como cuando hizo sacar a un tendero del bazar un traje de novia para que viésemos en qué consistían. Los trajes de novia iraníes pueden ser de colores vivos y tienen muchos volantes y lentejuelas; son una especie de híbrido entre trajes de luces y faralaes, tres puntos por encima de chic y uno por debajo de horteras, y tan caros en proporción como los españoles.

Un vendedor de collares y baratijas que tenía su tienda en la plazuela que veis en la foto nos sorprendió hablando un español más que decente; a mi me costó dejar de hablarle en inglés porque no me acababa de creer que me estuviera entendiendo. Según él contaba debía su conocimiento de nuestra lengua a unas amigas españolas que se había echado durante un viaje de éstas a Irán, así como a su afición a la televisión española por satélite. Incluso nos refirió un par de series que seguía habitualmente, de las cuales no me acuerdo pero cuyo interés yo no compartía.

Pasadas las siete Semane nos anunció el fin de la visita guiada y nos trasladaron de nuevo al hotel.

Pistachos y Pastillas.

Durante nuestro último traslado comprobamos que estábamos sólo a 10 minutos caminando del bazar. Todos los hoteles de este viaje estaban impresionantemente bien situados, si bien a cambio de la localización tuvimos que sufrir alguna incomodidad derivada de la antigüedad de las instalaciones, dado que al estar en pleno centro de las ciudades eran establecimientos con solera. En todo caso el hotel de Shiraz fue el mejor porque estaba renovado.

Semane nos había recomendado para cenar un local de la calle Anvari, así que allí nos dirigimos a pie. Sin embargo, como aún era pronto, antes volvimos caminando al bazar. A mí me pareció sencillísimo deshacer el camino que había seguido nuestra furgoneta anteriormente, pero como tantas otras veces constaté que mis acompañantes no hubieran sido capaces de hacer lo mismo. Tengo la suerte de poder orientarme perfectamente en ciudades, incluso no tengo ningún problema en volver por un camino diferente al de ida en una población desconocida sin perderme, lo cual es evidente que no tiene ningún mérito si el trazado es cuadriculado. Sin embargo, me encuentro constantemente con gente que no es capaz de hacerlo. Esta inhabilidad ajena siempre me ha resultado incomprensible, aunque supongo que lo mismo opinarán respecto de mi las personas depositarias de virtudes por mi desconocidas, como por ejemplo… esto… a ver, sí, que… bueno… sí, que eso, que lo que dije antes.
Un parque de Shiraz. Justo al final comienza el Bulevar de Kharim Khan.

Cuando de nuevo llegamos al Bazar Vakil ya eran las ocho y media y estaban empezando a cerrar. No nos quedamos mucho por lo tanto y enseguida enfilamos hacia Anvari para cenar, si bien antes me dio tiempo a romper mi costumbre y comprar algo: un cuarto de kilo de excelentes pistachos iraníes, los mejores del mundo como bien sabréis.

Sobre el plano Anvari quedaba al lado, pero tardamos unos veinticinco minutos en hacer el recorrido hasta alli, durante el cual hay que reconocer que si no fuera por los pañuelos en la cabeza de las mujeres y porque no se ve por la calle una sola franquicia o multinacional occidental podríamos haber pensado que estábamos en una ciudad cualquiera del sur de Europa. En el Bulevar de Kharim Khan, una rambla con numeroso arbolado, estaban poniendo un mercadillo a la hora en que nos dirigíamos a cenar.

En Shiraz, al igual que en Teherán, las tiendas se agrupan por calles y especialidades y, he aquí tú, que en Anvari dimos con una zona realmente curiosa: la de complementos dietéticos para deportistas. Al final de la calle, cerca del cruce con Lotfalikhan, se disponía una plétora de pequeños locales que exhibían en los escaparates centenares de botes de pastillas de todos los tamaños, algunos realmente gigantescos, junto a fotos grimosas de hombres-músculo y demás parafernalia culturista. Había visto algo parecido dentro de un gimnasio en Chamartín al cual iba a tomar el menú del día cuando trabajaba en Madrid (no vayáis a pensar que me metía ahí a sudar y oler mal), pero semejante despliegue en plena calle me sorprendió. No creo que en España sea muy legal. Desgraciadamente no hay fotos porque había dejado la cámara en el hotel.

Cena Rápida.

Finalmente encontramos el local, que no dejaba de ser de comida rápida como la inmensa mayoría de los locales de restauración en Irán, si bien en este caso era bastante acogedor. La filosofía de estos restaurantes es la habitual: primero pagas en caja, luego vas a pedir a una barra desde la que se ve la cocina y que es también expositor de ensaladas y similares, te lo ponen todo, lo coges y vas a sentarte a la mesa de tu elección. La diferencia principal estriba en que todo son empresas iraníes, no hay Mc Donalds, ni Burguer King, ni Kentucky Fried Chicken ni ninguna de esas mierdas, lo cual sin duda es un gran punto positivo para este país. Espero que sepan mantener alejadas a esas empresas todo el tiempo que puedan, pues cuando empiecen a aparecer a los problemas derivados de una sociedad confesional se unirán los del liberalismo económico, con lo cual aumentarán las desigualdades y la pobreza, la gente se hará desagradable , individualista y egoísta, los valores se pervertirán, etc.

En Irán los productos estrella son las ensaladas, el pollo a la brasa, el arroz y los kebabs. El concepto de kebab es más amplio que en España pues, aunque también tienen la masa esa que gira delante del horno, generalmente consiste en unas tiras alargadas hechas de carne picada adobada con diversas especias, habiendo bastantes tipologías. al respecto Desgraciadamente tuvimos que renunciar a cenar en el local recomendado porque:
  1. Las cartas estaban exclusivamente en farsi y no tenían ilustraciones.
  2. Desde la caja no había visual del lugar donde te servían la comida.
  3. La cajera no sabía decir ni “yes”.
Debido a ello no había forma de comunicarle lo que queríamos a no ser corriendo por la sala gritando "kikirikí" o algo parecido, lo cual no estaba dentro de mis planes.

Al lado había otro local donde sí era posible señalar lo que querías, así que entramos ahí, si bien en este caso el cajero hablaba algo de inglés con lo que fue aún más fácil. Este lugar sí tenía toda la estética de un local de comida rápida, aunque me recordó al mismo tiempo un bar de casta madrileño por el barullo, el olor a fritanga y el ruido del kebab y el pollo haciéndose sobre las planchas. Curiosamente el local con las sillas y las mesas para sentarse estaba al otro lado de la calle, la cual debías cruzar con tu bolsita de comida. Allí el ambiente era de lo más normal. Cualquiera que hubiera llegado en ese momento habría encontrado mesas con familias, grupos de amigos, parejitas e incluso tres turistas españoles. De nuevo, salvo por el atuendo de las mujeres, todo asquerosamente normal.

La comida estaba rica para ser rápida.

Retirada.

El día no dio para más y tampoco había ánimos para que diera. Nos habíamos levantado a las seis de la mañana y la mañana había sido dura, así que los párpados pesaban mucho. Al volver hacia el hotel el mercadillo del Bulevar de Kharim Khan estaba empezando a recoger, pero todavía había que abrirse paso entre la gente a pesar de ser ya las diez y media de la noche de un sábado, lo cual tiene mérito porque en Irán el domingo es día hábil y todo el mundo trabaja.

Por el contrario el resto de zonas por donde pasamos ya estaban muy despejadas a esa hora. El tráfico intenso había desaparecido y se podían cruzar las calles sin mayor problema.

Había que descansar bien porque al día siguiente nos esperaba la antaño gloriosa Persépolis.
  • Hora local: 23:03.
  • Temperatura: 32ºC.
  • Humedad: 70%.
  • Temperatura máxima: 45ºC.
  • Temperatura mínima: 31ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.