Fervorosos correligionarios:
Heme aquí de nuevo relatando mi periplo por Irán. La verdad es que no esperaba que cuatro meses después de rendido el viaje aún estuviese publicando acerca de él, pero las vacaciones de por medio y otros divertimentos no han permitido que me pudiera dedicar a ello todo el tiempo necesario.
Desgraciadamente el control de calidad a que debe someterse cada entrada para evitar errores o al menos minimizarlos aumenta considerablemente el tiempo entre publicaciones. Renunciar a esto supondría ponerme al mismo nivel que cualquier periódico de tirada nacional, como por ejemplo El País o La Razón, lo cual no es asumible.
Aclarado esto sigamos, porque hoy vamos a terminar con lo que fue la parte más importante de nuestro itinerario. Como sabéis despertaremos en Isfahán listos para nuestra segunda jornada en esta ciudad.
Masjid-i-Jomih.
Nuestro primer destino esta mañana era otro de los platos fuertes de nuestra visita a Irán: la Mezquita del Viernes.
Este templo es una de las construcciones de ladrillo más grandes del mundo. Aquí no hay pilares de hormigón, sino única y exclusivamente ladrillos macizos. Sus partes más importantes se remontan a los siglos XI y XII, si bien éstas fueron edificadas en algunos casos sobre muros y cimientos anteriores y los añadidos y reformas posteriores han sido numerosísimos, ya que no ha habido rey de Persia que se precie que no haya dejado alguna huella en esta mezquita de su paso por el trono.
De entre todas las construcciones que visitamos durante nuestro viaje ésta es la más extensa, exceptuando claro Persépolis tomada en conjunto. Aparte del patio principal y sus cuatro iwanes con sus correspondientes oratorios, anexas se encuentran varias salas hipóstilas, oratorios secundarios, la cúpula de Taj al Mulk (de la cual vemos un detalle a la izquierda, no confundir con la de Nizam al Mulk, que se halla en el oratorio principal), un patio trasero y una supuesta madrasa. Es por ello que no se podrá disfrutar de este recinto en toda su extensión si no se dedican un par de horas al mismo. Nuestra visita de hecho no fue completa, posteriormente me enteré de que nos quedaron por visitar algunos rincones como la Madrasa de Omar.
El patio de esta mezquita es lugar de prácticas para aquellas personas que tienen pensado peregrinar en breve a La Meca, pues la fuente central tiene las mismas medidas que la Kaaba, así que pueden empezar a dar las siete vueltas sabiendo que una vez allí será similar.
El Iwan norte guarda un atractivo adicional si se visita en el momento adecuado, pues bajo su larga bóveda se congrega para rezar cierto día de la semana tras la puesta del sol una secta sufí que ejecuta aquí sus danzas rituales, girando sobre sí mismos como peonzas igual que los conocidos derviches giróvagos, otra secta sufí.
El sufismo engloba a muchas sectas islámicas que interpretan esta religión de una forma espiritual, esotérica e incluso panteísta; los equivalentes islámicos a nuestros ermitaños serían sufíes. Su culto añade diversas prácticas que, si bien vistosas, como sus bailes, en muchos países musulmanes son consideradas heréticas y por lo tanto prohibidas; Irán no es uno de ellos y aquí son tolerados. Sin embargo el tono positivo con que Ahmed habló tanto de cristianos ortodoxos como de zoroastristas contrastó con uno menos conciliador ante los sufíes. De ellos destacó que podían llegar a hacer cosas como atravesarse con un cuchillo la mano sin sentir dolor y que no era extraño verlos por el bazar con una bolsa de cuero colgando del brazo pidiendo limosna.
Patio central con los iwanes sur y oeste. Se adivina la cúpula de Nizam al Mulk tras el minarete de la izquierda.
La mezquita del viernes no sólo era un lugar de culto; en las grandes salas anexas a los santuarios también se alojaba a viajeros, se encontraban los isfahaníes y se hacían negocios. Debido a ello, esta mezquita era el mejor lugar para publicar algo si se quería que fuese conocido por todo el mundo; es así que en la entrada al patio central se pueden observar placas que informan de cosas tan mundanas como los impuestos de aplicación a los productos que se quisieran vender en la ciudad. También era en esta mezquita donde los pregoneros cantaban las noticias a todo el mundo.
Jast Bijist.
Tras la mezquita del viernes tocó visitar otro de los palacios safávidas que sobrevivieron a las destrucciones afganas del Siglo XVIII: el Palacio de los Ocho Paraísos.
Lo más interesante de este palacio reside en la original concepción del mismo, una influencia mogola heredada de construcciones como el Taj-Majal o la Tumba de Humayum; en las esquinas de un pedestal rectangular se levantan cuatro edificios independientes de piso y planta cada uno , los cuales quedan unidos por pasarelas a la altura del primer piso y por cuatro bóvedas y una cúpula que techan el espacio que queda entre ellos.
El nombre del palacio tiene algo que ver con los grandes jardines que lo rodean, pero no recuerdo en este momento con exactitud la historia.
Justo cuando íbamos a dar por concluida nuestra visita una excursión escolar masculina de pre-adolescentes desembarcó en tropel en el lugar, quedando de nuevo más que demostrada mi teoría de que los niñatos de 14 años son tan insoportables en España como en cualquier otro lugar del planeta, independientemente de su religión, ideología, color de la piel o cualesquiera otras consideraciones que se quieran hacer.
No me cabe la menor duda de que la adolescencia es en realidad una enfermedad, un error que la evolución no ha tenido tiempo de subsanar al quedar detenida en el género humano por nuestro desarrollo social. A quienes me digan que yo también he pasado por eso, yo les respondo que nadie es perfecto.
Tras la visita a Jast Bijist, que se puede completar en tres cuartos de hora, todavía dio tiempo a pasar por Pol-i-Shajristán, el puente más antiguo de Isfahán, rodeado como de costumbre de parques y jardines a ambos lados del Zayandé.
Tras visitar el puente elegimos que nos devolvieran al hotel con el fin de poder descansar un poquito, así que ahí fue donde comimos.
Alí Gapú.
A las tres, una vez que los lugares turísticos vuelven a estar abiertos, tocó la última visita guiada de nuestro viaje a esta ciudad: el Palacio de Alí Gapú, de nuevo en la Plaza del Imán.
Las vistas de la plaza desde el talar de este palacio son muy buenas, y así tenía que ser porque hacía las veces de palco presidencial cuando abajo se disputaban los partidos de polo, si bien en el momento de nuestro viaje se estaba realizando una restauración y la mitad del espacio estaba ocupado por andamios que no dejaban pasar y perjudicaban la visión.
La verdad es que los reyes safávidas debían estar en buena forma, pues las empinadas escaleras internas de este palacio son duras de subir. El salón estaba en la cuarta planta, los aposentos en la quinta y la sala de música en la sexta, de modo que cada vez que querían salir de sus habitaciones debían subir y bajar unas incómodas y empinadas escaleras diseñadas así adrede como medida de seguridad que retardase la llegada de un supuesto peligro a las plantas superiores.
Vista del Palacio de Alí Gapú. El arco central bajo el talar es el inicio de un pasaje que servía de entrada a los jardines reales.
Los pisos inferiores estaban destinados a criados y soldados y no tenían mobiliario alguno. Estas personas dormían generalmente en el suelo sobre alfombras.
En general, excepto por el talar y la curiosísima sala de música, el palacio no transmite por sí mismo una sensación de gran lujo o grandiosidad, comparado con los inmensos palacios europeos de la época. Hay que tener en cuenta no obstante que antaño estaba integrado en un complejo de palacetes vertebrado por los jardines reales, complejo al cual pertenecían también Chejel Sotún y Jast Bijist. El acceso principal a este complejo era el pasadizo que partiendo de la Plaza del Imán pasa bajo el palacio, de ahí su nombre, Puerta Grandiosa (Alí Gapú).
Té y Fútbol.
Tras el paso por Alí Gapú llegó a su fin la visita guiada. Ahmed nos ofreció llevarnos por las mejores tiendas de artesanía, que abundan en los bajos de la Plaza del Imán, pero declinamos. Le pedimos en cambio que nos guiara hasta alguna tetería que estuviera fuera de la ruta de los turistas. No tuvimos que caminar mucho; apenas a unos 100 metros de la esquina noreste de la Plaza del Imán, en una callejuela estrecha, se ocultaba una tetería sin señalizar sólo frecuentada por iraníes y cuya decoración era tan abigarrada como podéis observar en las fotos que siguen. Era mucho más larga que ancha. El techo abovedado, no muy alto como podéis ver, y el espacio se dividía en dos por una mampara. El primer espacio, por donde entramos, estaba ocupado mitad por soldados mitad por civiles, todos hombres, viendo en pandillas un partido de fútbol mientras tomaban su té y fumaban sus shishas. La selección de Isfahán se enfrentaba con motivo de la Copa de Asia con la de una ciudad creo recordar perteneciente a una república ex-soviética.
En ese momento estaría jugando un conocido nuestro, pues la selección de Isfahán se alojaba en nuestro hotel y dentro de la selección de Isfahán jugaba un portugués mulato que había vivido en España y que hablaba nuestra lengua correctamente, con el cual habíamos estado departiendo en Recepción. Resulta que había fichado hacía un año por el equipo iraní, ignoro tras qué carambolas. La verdad es que un portugués mulato en Irán se me hacía rarísimo. La falta de marcha nocturna era lo que más extrañaba y a este respecto nos contaba cómo había conocido a unos turistas el día anterior que estaban muy enfadados porque habían intentado salir por la noche y no habían encontrado nada. ¿Habrá gente capaz de viajar a irán buscando marcha nocturna? Por lo visto, sí.
Una vez traspasada la mampara que dividía el local llegamos a una segunda sala un poco más pequeña donde no había televisión y el ambiente estaba algo menos cargado. Aquí tomaban su té y sus shishas dos parejas y alguna gente más. Esto me permitió confirmar que la shisha no es cosa de hombres, pues tanto ellos como ellas tenían cada uno la suya. Además, los iraníes generalmente no la comparten; cada uno se pide la suya.
La Parejita.
Una de las dos parejas era bastante joven, rondarían como mucho los 20 años, ella guapísima y vestida al modo “moderno”. Lo que de ellos me llamó la atención es que en cuanto acabaron su té y su shisha se levantaron, se despidieron y salieron cada uno por una puerta diferente, pues el local tenía una en cada extremo. ¿Estábamos tal vez ante una relación prohibida? ¿Quizá no fuera conveniente que los vieran juntos por la calle? Misterio. Quizá en Irán sea normal despedirse dentro de la tetería y salir luego cada uno por una puerta diferente. O quizá sean habituales las relaciones prohibidas. O nada de lo anterior.
El Extraño Clérigo.
Justo cuando cruzábamos los soportales de la Plaza del Imán en dirección a la tetería un clérigo nos había sorprendido intentando iniciar conversación con nosotros mediante un rudimentario español. Debido a dónde estábamos no me dio buena espina y tras un saludo de cortesía azucé para continuar la marcha. Ahmed enseguida nos preguntó si hablaba español, y cuando le dijimos que algo se extrañó muchísimo. Por su turbante blanco enseguida supimos que no descendía de Mahoma, así que quizá no fuera un hombre recto.
Pues bien, el clérigo en cuestión acababa de entrar en la tetería acompañado por dos turistas francoparlantes, se sentaron en una mesa delante de nosotros y pidieron té y shisha como todo el mundo. Quedaba pues confirmado que el tipo iba a la caza del turista, y cuando alguien va a la caza del turista no suele albergar buenas intenciones. También quedaba confirmado que hablaba muchos idiomas.
Lo más extraño vendría unos diez minutos después. De repente, dos chicas vestidas con chador entraron en la tetería y se sentaron en la misma mesa que el clérigo y los turistas. Desde ese momento hasta que nos marchamos ambas permanecieron allí sentadas sin articular palabra mientras los otros tres seguían hablando. Tan raro me pareció el asunto que no pude menos que pensar mal. ¿Quizá estuviésemos ante algún tipo de prostitución encubierta? ¿Sería de verdad el tipo de la barba un hombre de iglesia? Desgraciadamente estas preguntas quedarán sin contestar.
La Larga Marcha.
Tras acabar nuestro té nos levantamos y salimos por donde habíamos entrado tras pagar un euro y algo por todo. Nos acercamos de nuevo hasta la Plaza del Imán, donde nos despedimos de Ahmed tras entregarle la consabida propina, en este caso 200.000 riales.
Todavía eran las cuatro y media de la tarde. ¿Qué hacer? Se me ocurrió entonces que podíamos caminar hasta un puente muy famoso que no habíamos visitado: el de los 33 arcos, o Sio-Se-Pol, o puente de Allahverdi Khan. Iba a ser una buena caminata, pero sobre el plano parecía muy sencilla. ¿Qué plano, os preguntaréis? Eeeeste:
Estábamos en la parte superior de Meydan-e-Imam (plaza del Imán), el rectángulo verde en D6. Teníamos que llegar a Sio-Se-Pol, el puente pintado de amarillo en C8. Evidentemente sólo había que llegar a Meydan-e-Imam Hossein por Sepah y girar al sur todo recto. En dicha plaza nos encontramos con el Ayuntamiento de Isfahán, sin interés histórico-artístico. Sin embargo, con el fin de no ir y volver por el mismo sitio allí decidí tirar un poco más de frente y bajar por Ayatollah Shamsabadi.
El paseo fue muy agradable. Isfahán tiene muchas más zonas verdes de lo que podría parecer mirando al plano de arriba. Todas las calles por las que pasamos contaban en ambos márgenes con árboles grandes y frondosos y la temperatura era perfecta.
Todas las calles tenían buenas aceras y la única precaución a tomar era con el tráfico rodado, tan caótico como en Shiraz o Teherán. Cuando por fin llegamos al río habían pasado 50 minutos. Para llegar al puente, cuyos 33 arcos podéis contar en la foto de la derecha nos metimos en los parques aledaños al Zayandé, que estaban mucho más animados que cuando los habíamos visto a mediodía con motivo de las visitas a Pol-i-Kajú y Pol-i-Shajristán. Había muchos grupos de amigos sentados en el césped charlando e incluso ¡fumando shishas! No había por aquí ninguna tetería, así que debo suponer que se las traían de casa.
El tranquilo lago formado en el cauce del Zayandé contaba con un embarcadero de pedalós.
El puente era un hervidero de gente yendo y viniendo por su plataforma peatonal. Tanto él como la avenida que recta continúa en ambas direcciones datan de época safávida. En los bajos de este puente existe una tetería muy popular que no visitamos. ¿Venían de ahí las shishas que fumaba la gente sobre el césped a 200 metros?
Los Ligones.
En una de éstas, dejé a mi hermana y mi madre solas para hacer unas fotos del puente desde mejor perspectiva.
No creo que llegara a 10 minutos, pero en cuanto volví estaban acompañadas por tres iraníes jóvenes y grandes, uno de ellos soldado, que trataban de comunicarse con ellas como podían. En cuanto me vieron llegar se largaron, así que no fue posible ningún intercambio de impresiones. Se habían interesado por nuestro lugar de procedencia, nuestra impresión sobre el país… lo típico para iniciar una conversación.
De Vuelta.
Tras cruzar el puente desandamos sus 300 metros y volvimos hacia la Plaza del Imán, en esta ocasión por Chajar-i-Abbasi. Ya eran las siete de la tarde y esta avenida principal era un hervidero de gente. Por lo que he podido observar en Irán la hora punta por la tarde es entre las siete y las ocho. Entonces, en el centro de las ciudades se monta un gran bullicio.
De la que volvía me crucé en dos ocasiones con un grupo de tiernas jovencitas (no comentaré que guapísimas para no repetirme) de éstas que cruzan contigo una mirada de preciosos ojos azul oscuro, la mantienen, empiezan a seguirte por el rabillo del ojo, la apartan y a tus espaldas oyes unas risitas nerviosas. Las chicas iraníes permiten un nivel de interacción que no es posible encontrar al otro lado del Golfo Pérsico. ¿Y si resulta que la opinión de las iraníes respecto de mi concuerda con la que yo tengo de ellas? ¿Me estaré perdiendo algo? Decidido: Iberdrola tendrá que construir nucleares en Irán.
El Último Té.
La vuelta fue más rápida y la hicimos en unos 40 minutos. Todavía nos daba tiempo a visitar una segunda tetería que nos había indicado Ahmed, en este caso muy turística.
Se halla subiendo unas empinadas escaleras justo a la izquierda de la entrada principal al bazar real. Su mayor atractivo es que da a la plaza y tiene una terraza al aire libre desde donde se tiene una estupenda vista de toda ella. Es muy recomendable venir al atardecer, cuando la luz rojiza confiere a la plaza un encanto especial. A esta hora hay mucha gente echada sobre el césped de los jardines y la única calle que los cruza está atiborrada de tráfico, así que la relajante visión se mezcla con una algarabía de sonidos apagados procedentes de abajo.
En esta ocasión además de té tocó shisha, y si bien el precio resultó ser lógicamente más caro que en el anterior local, tampoco me pareció abusivo.
Adiós, Isfahán.
Tras la puesta del sol tocó volver al hotel, donde el conductor nos recogió para dejarnos en el aeropuerto. Tras los 100.000 riales de propina embarcamos y a las once de la noche salió para Teherán el reactor que nos dejaría allí en hora y media después de darnos de cenar.
Así acababa nuestro periplo por Isfahán, una ciudad que conoció en su historia más gloria que Shiraz, aunque también más catástrofes.
Desgraciadamente el control de calidad a que debe someterse cada entrada para evitar errores o al menos minimizarlos aumenta considerablemente el tiempo entre publicaciones. Renunciar a esto supondría ponerme al mismo nivel que cualquier periódico de tirada nacional, como por ejemplo El País o La Razón, lo cual no es asumible.
Aclarado esto sigamos, porque hoy vamos a terminar con lo que fue la parte más importante de nuestro itinerario. Como sabéis despertaremos en Isfahán listos para nuestra segunda jornada en esta ciudad.
Masjid-i-Jomih.
Nuestro primer destino esta mañana era otro de los platos fuertes de nuestra visita a Irán: la Mezquita del Viernes.
Este templo es una de las construcciones de ladrillo más grandes del mundo. Aquí no hay pilares de hormigón, sino única y exclusivamente ladrillos macizos. Sus partes más importantes se remontan a los siglos XI y XII, si bien éstas fueron edificadas en algunos casos sobre muros y cimientos anteriores y los añadidos y reformas posteriores han sido numerosísimos, ya que no ha habido rey de Persia que se precie que no haya dejado alguna huella en esta mezquita de su paso por el trono.
El patio de esta mezquita es lugar de prácticas para aquellas personas que tienen pensado peregrinar en breve a La Meca, pues la fuente central tiene las mismas medidas que la Kaaba, así que pueden empezar a dar las siete vueltas sabiendo que una vez allí será similar.
El Iwan norte guarda un atractivo adicional si se visita en el momento adecuado, pues bajo su larga bóveda se congrega para rezar cierto día de la semana tras la puesta del sol una secta sufí que ejecuta aquí sus danzas rituales, girando sobre sí mismos como peonzas igual que los conocidos derviches giróvagos, otra secta sufí.
El sufismo engloba a muchas sectas islámicas que interpretan esta religión de una forma espiritual, esotérica e incluso panteísta; los equivalentes islámicos a nuestros ermitaños serían sufíes. Su culto añade diversas prácticas que, si bien vistosas, como sus bailes, en muchos países musulmanes son consideradas heréticas y por lo tanto prohibidas; Irán no es uno de ellos y aquí son tolerados. Sin embargo el tono positivo con que Ahmed habló tanto de cristianos ortodoxos como de zoroastristas contrastó con uno menos conciliador ante los sufíes. De ellos destacó que podían llegar a hacer cosas como atravesarse con un cuchillo la mano sin sentir dolor y que no era extraño verlos por el bazar con una bolsa de cuero colgando del brazo pidiendo limosna.
La mezquita del viernes no sólo era un lugar de culto; en las grandes salas anexas a los santuarios también se alojaba a viajeros, se encontraban los isfahaníes y se hacían negocios. Debido a ello, esta mezquita era el mejor lugar para publicar algo si se quería que fuese conocido por todo el mundo; es así que en la entrada al patio central se pueden observar placas que informan de cosas tan mundanas como los impuestos de aplicación a los productos que se quisieran vender en la ciudad. También era en esta mezquita donde los pregoneros cantaban las noticias a todo el mundo.
Jast Bijist.
Tras la mezquita del viernes tocó visitar otro de los palacios safávidas que sobrevivieron a las destrucciones afganas del Siglo XVIII: el Palacio de los Ocho Paraísos.
Lo más interesante de este palacio reside en la original concepción del mismo, una influencia mogola heredada de construcciones como el Taj-Majal o la Tumba de Humayum; en las esquinas de un pedestal rectangular se levantan cuatro edificios independientes de piso y planta cada uno , los cuales quedan unidos por pasarelas a la altura del primer piso y por cuatro bóvedas y una cúpula que techan el espacio que queda entre ellos.
El nombre del palacio tiene algo que ver con los grandes jardines que lo rodean, pero no recuerdo en este momento con exactitud la historia.
Justo cuando íbamos a dar por concluida nuestra visita una excursión escolar masculina de pre-adolescentes desembarcó en tropel en el lugar, quedando de nuevo más que demostrada mi teoría de que los niñatos de 14 años son tan insoportables en España como en cualquier otro lugar del planeta, independientemente de su religión, ideología, color de la piel o cualesquiera otras consideraciones que se quieran hacer.
No me cabe la menor duda de que la adolescencia es en realidad una enfermedad, un error que la evolución no ha tenido tiempo de subsanar al quedar detenida en el género humano por nuestro desarrollo social. A quienes me digan que yo también he pasado por eso, yo les respondo que nadie es perfecto.
Tras la visita a Jast Bijist, que se puede completar en tres cuartos de hora, todavía dio tiempo a pasar por Pol-i-Shajristán, el puente más antiguo de Isfahán, rodeado como de costumbre de parques y jardines a ambos lados del Zayandé.
Tras visitar el puente elegimos que nos devolvieran al hotel con el fin de poder descansar un poquito, así que ahí fue donde comimos.
Alí Gapú.
A las tres, una vez que los lugares turísticos vuelven a estar abiertos, tocó la última visita guiada de nuestro viaje a esta ciudad: el Palacio de Alí Gapú, de nuevo en la Plaza del Imán.
Las vistas de la plaza desde el talar de este palacio son muy buenas, y así tenía que ser porque hacía las veces de palco presidencial cuando abajo se disputaban los partidos de polo, si bien en el momento de nuestro viaje se estaba realizando una restauración y la mitad del espacio estaba ocupado por andamios que no dejaban pasar y perjudicaban la visión.
La verdad es que los reyes safávidas debían estar en buena forma, pues las empinadas escaleras internas de este palacio son duras de subir. El salón estaba en la cuarta planta, los aposentos en la quinta y la sala de música en la sexta, de modo que cada vez que querían salir de sus habitaciones debían subir y bajar unas incómodas y empinadas escaleras diseñadas así adrede como medida de seguridad que retardase la llegada de un supuesto peligro a las plantas superiores.
Los pisos inferiores estaban destinados a criados y soldados y no tenían mobiliario alguno. Estas personas dormían generalmente en el suelo sobre alfombras.
En general, excepto por el talar y la curiosísima sala de música, el palacio no transmite por sí mismo una sensación de gran lujo o grandiosidad, comparado con los inmensos palacios europeos de la época. Hay que tener en cuenta no obstante que antaño estaba integrado en un complejo de palacetes vertebrado por los jardines reales, complejo al cual pertenecían también Chejel Sotún y Jast Bijist. El acceso principal a este complejo era el pasadizo que partiendo de la Plaza del Imán pasa bajo el palacio, de ahí su nombre, Puerta Grandiosa (Alí Gapú).
Té y Fútbol.
Tras el paso por Alí Gapú llegó a su fin la visita guiada. Ahmed nos ofreció llevarnos por las mejores tiendas de artesanía, que abundan en los bajos de la Plaza del Imán, pero declinamos. Le pedimos en cambio que nos guiara hasta alguna tetería que estuviera fuera de la ruta de los turistas. No tuvimos que caminar mucho; apenas a unos 100 metros de la esquina noreste de la Plaza del Imán, en una callejuela estrecha, se ocultaba una tetería sin señalizar sólo frecuentada por iraníes y cuya decoración era tan abigarrada como podéis observar en las fotos que siguen. Era mucho más larga que ancha. El techo abovedado, no muy alto como podéis ver, y el espacio se dividía en dos por una mampara. El primer espacio, por donde entramos, estaba ocupado mitad por soldados mitad por civiles, todos hombres, viendo en pandillas un partido de fútbol mientras tomaban su té y fumaban sus shishas. La selección de Isfahán se enfrentaba con motivo de la Copa de Asia con la de una ciudad creo recordar perteneciente a una república ex-soviética.
Una vez traspasada la mampara que dividía el local llegamos a una segunda sala un poco más pequeña donde no había televisión y el ambiente estaba algo menos cargado. Aquí tomaban su té y sus shishas dos parejas y alguna gente más. Esto me permitió confirmar que la shisha no es cosa de hombres, pues tanto ellos como ellas tenían cada uno la suya. Además, los iraníes generalmente no la comparten; cada uno se pide la suya.
La Parejita.
Una de las dos parejas era bastante joven, rondarían como mucho los 20 años, ella guapísima y vestida al modo “moderno”. Lo que de ellos me llamó la atención es que en cuanto acabaron su té y su shisha se levantaron, se despidieron y salieron cada uno por una puerta diferente, pues el local tenía una en cada extremo. ¿Estábamos tal vez ante una relación prohibida? ¿Quizá no fuera conveniente que los vieran juntos por la calle? Misterio. Quizá en Irán sea normal despedirse dentro de la tetería y salir luego cada uno por una puerta diferente. O quizá sean habituales las relaciones prohibidas. O nada de lo anterior.
El Extraño Clérigo.
Pues bien, el clérigo en cuestión acababa de entrar en la tetería acompañado por dos turistas francoparlantes, se sentaron en una mesa delante de nosotros y pidieron té y shisha como todo el mundo. Quedaba pues confirmado que el tipo iba a la caza del turista, y cuando alguien va a la caza del turista no suele albergar buenas intenciones. También quedaba confirmado que hablaba muchos idiomas.
Lo más extraño vendría unos diez minutos después. De repente, dos chicas vestidas con chador entraron en la tetería y se sentaron en la misma mesa que el clérigo y los turistas. Desde ese momento hasta que nos marchamos ambas permanecieron allí sentadas sin articular palabra mientras los otros tres seguían hablando. Tan raro me pareció el asunto que no pude menos que pensar mal. ¿Quizá estuviésemos ante algún tipo de prostitución encubierta? ¿Sería de verdad el tipo de la barba un hombre de iglesia? Desgraciadamente estas preguntas quedarán sin contestar.
La Larga Marcha.
Tras acabar nuestro té nos levantamos y salimos por donde habíamos entrado tras pagar un euro y algo por todo. Nos acercamos de nuevo hasta la Plaza del Imán, donde nos despedimos de Ahmed tras entregarle la consabida propina, en este caso 200.000 riales.
Todavía eran las cuatro y media de la tarde. ¿Qué hacer? Se me ocurrió entonces que podíamos caminar hasta un puente muy famoso que no habíamos visitado: el de los 33 arcos, o Sio-Se-Pol, o puente de Allahverdi Khan. Iba a ser una buena caminata, pero sobre el plano parecía muy sencilla. ¿Qué plano, os preguntaréis? Eeeeste:
Estábamos en la parte superior de Meydan-e-Imam (plaza del Imán), el rectángulo verde en D6. Teníamos que llegar a Sio-Se-Pol, el puente pintado de amarillo en C8. Evidentemente sólo había que llegar a Meydan-e-Imam Hossein por Sepah y girar al sur todo recto. En dicha plaza nos encontramos con el Ayuntamiento de Isfahán, sin interés histórico-artístico. Sin embargo, con el fin de no ir y volver por el mismo sitio allí decidí tirar un poco más de frente y bajar por Ayatollah Shamsabadi.
El paseo fue muy agradable. Isfahán tiene muchas más zonas verdes de lo que podría parecer mirando al plano de arriba. Todas las calles por las que pasamos contaban en ambos márgenes con árboles grandes y frondosos y la temperatura era perfecta.
El tranquilo lago formado en el cauce del Zayandé contaba con un embarcadero de pedalós.
El puente era un hervidero de gente yendo y viniendo por su plataforma peatonal. Tanto él como la avenida que recta continúa en ambas direcciones datan de época safávida. En los bajos de este puente existe una tetería muy popular que no visitamos. ¿Venían de ahí las shishas que fumaba la gente sobre el césped a 200 metros?
Los Ligones.
En una de éstas, dejé a mi hermana y mi madre solas para hacer unas fotos del puente desde mejor perspectiva.
No creo que llegara a 10 minutos, pero en cuanto volví estaban acompañadas por tres iraníes jóvenes y grandes, uno de ellos soldado, que trataban de comunicarse con ellas como podían. En cuanto me vieron llegar se largaron, así que no fue posible ningún intercambio de impresiones. Se habían interesado por nuestro lugar de procedencia, nuestra impresión sobre el país… lo típico para iniciar una conversación.
De Vuelta.
Tras cruzar el puente desandamos sus 300 metros y volvimos hacia la Plaza del Imán, en esta ocasión por Chajar-i-Abbasi. Ya eran las siete de la tarde y esta avenida principal era un hervidero de gente. Por lo que he podido observar en Irán la hora punta por la tarde es entre las siete y las ocho. Entonces, en el centro de las ciudades se monta un gran bullicio.
De la que volvía me crucé en dos ocasiones con un grupo de tiernas jovencitas (no comentaré que guapísimas para no repetirme) de éstas que cruzan contigo una mirada de preciosos ojos azul oscuro, la mantienen, empiezan a seguirte por el rabillo del ojo, la apartan y a tus espaldas oyes unas risitas nerviosas. Las chicas iraníes permiten un nivel de interacción que no es posible encontrar al otro lado del Golfo Pérsico. ¿Y si resulta que la opinión de las iraníes respecto de mi concuerda con la que yo tengo de ellas? ¿Me estaré perdiendo algo? Decidido: Iberdrola tendrá que construir nucleares en Irán.
El Último Té.
La vuelta fue más rápida y la hicimos en unos 40 minutos. Todavía nos daba tiempo a visitar una segunda tetería que nos había indicado Ahmed, en este caso muy turística.
Se halla subiendo unas empinadas escaleras justo a la izquierda de la entrada principal al bazar real. Su mayor atractivo es que da a la plaza y tiene una terraza al aire libre desde donde se tiene una estupenda vista de toda ella. Es muy recomendable venir al atardecer, cuando la luz rojiza confiere a la plaza un encanto especial. A esta hora hay mucha gente echada sobre el césped de los jardines y la única calle que los cruza está atiborrada de tráfico, así que la relajante visión se mezcla con una algarabía de sonidos apagados procedentes de abajo.
En esta ocasión además de té tocó shisha, y si bien el precio resultó ser lógicamente más caro que en el anterior local, tampoco me pareció abusivo.
Adiós, Isfahán.
Tras la puesta del sol tocó volver al hotel, donde el conductor nos recogió para dejarnos en el aeropuerto. Tras los 100.000 riales de propina embarcamos y a las once de la noche salió para Teherán el reactor que nos dejaría allí en hora y media después de darnos de cenar.
Así acababa nuestro periplo por Isfahán, una ciudad que conoció en su historia más gloria que Shiraz, aunque también más catástrofes.
- Hora local: 17:02.
- Temperatura: 41ºC.
- Humedad: 26%.
- Temperatura máxima: 43ºC.
- Temperatura mínima: 31ºC.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

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"Dejad que los perros ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos." [Don Quijote - Orson Welles]