viernes, 7 de agosto de 2009

EPÍSTOLAS PERSAS, JORNADA 3: PERSÉPOLIS.


Amados golfos:


Tercer día en la República Islámica de Irán. El plan de hoy es excitante: visitaremos las ruinas de la antaño grandiosa Persépolis, que comenzara a construir en el Siglo VI AEC Darío I el Grande, continuaran Jerjes I, Artajerjes I Longímano y Artajerjes III Oco y destruyera en el 330 AEC Alejandro III Magno. Todo un desfile de personalidades históricas.

Debido a los problemas que habían retrasado el día anterior nuestra llegada a Shiraz nos habían trasladado a hoy las visitas que habían quedado pendientes del día anterior, así que después de Persépolis íbamos a volver para dar cuenta de ellas.

De Camino hacia la Historia.

Quedamos en que nos vendrían a buscar a las ocho de la mañana, así que hubo que madrugar un poquito. Nada comparable en todo caso a los madrugones que te tienes que pegar para aprovechar el día en los países del Golfo Pérsico o Jordania, pues como ya he comentado los horarios en Irán son normales; en primavera amanecen a las seis y anochecen a las ocho, no a las cuatro y a las seis como los otros imbéciles.

Sin más preludio que el buffet libre del hotel nos subimos a nuestro taxi-furgoneta y nos pusimos en marcha. Persépolis está desde hace tiempo a unos 55 kilómetros al norte de Shiraz. Se tarda poco porque la carretera es autopista durante el 90% del recorrido.

La provincia de Fars es montañosa, pero los valles por donde pasa la autopista son muy amplios y de fondo llano, así que se circula sin dificultad. Todas las montañas están completamente peladas, como corresponde a un lugar con una precipitación anual que ronda los 150 litros por metro cuadrado. Sin embargo, en el fondo de los valles se encuentran gran cantidad de cultivos (trigo, cebada, algodón…) e incluso algunos bosques de pinos y frutales. A la derecha tenéis una vista de todo ello.

Durante el viaje Samane nos contó un poco de su vida, cuyos detalles desgraciadamente he olvidado en su mayoría. La chica acababa de terminar sus estudios universitarios (en Irán las mujeres pueden ir a la Universidad, al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en Arabia Saudí). No recuerdo qué carrera había hecho, pero tenía que ver con el arte. En el momento de mi viaje se hallaba en un intermedio antes de iniciar un posgrado (tampoco me acuerdo de qué) y se estaba dedicando a llevar turistas por ahí con el fin de sacar algún dinerillo. También estaba estudiando alemán para un propósito concreto que tampoco recuerdo, lo cual quedó de manifiesto porque se había llevado los apuntes para ojearlos durante los desplazamientos.

Destino: La Meca.

Una de las cosas que pregunté a Samane fue si había salido de Irán en alguna ocasión, a lo cual respondió que únicamente para realizar la peregrinación a La Meca, que por lo visto le había subvencionado algún organismo público o semi-público.

Los chiíes observan al igual que los suníes los cinco pilares del Islam (la declaración de fe, los cinco rezos al día, la caridad, el ayuno en Ramadán y la peregrinación a La Meca), así que los iraníes creyentes se ven en la desagradable obligación de viajar a Arabia Saudí al menos una vez en vida. Aunque el Corán exime de esta obligación a todo aquel que no pueda pagársela, raro es el musulmán practicante que no viaja, ya que muchas de las organizaciones caritativas islámicas se dedican precisamente a pagar el viaje a aquellos que no pueden costeárselo.

Como anécdota a este respecto puedo citar la experiencia de un compañero de trabajo que estuvo destinado en una refinería en Arabia Saudí, el cual por cierto me ha confirmado con creces todos los horrores que pueda contar sobre ese país en este blog, a donde no volvería ni jarto de drogas. Por la causa que fuera acabó en una ocasión en un avión que transportaba varias decenas de peregrinos pakistaníes en dirección a La Meca. Muy probablemente esas personas no pertenecían a las élites educadas del centro de las ciudades. En primer lugar, olían todos como si así esperasen ahuyentar a los malos espíritus, algo bastante molesto si te toca al lado en un avión. Iban vestidos con túnicas sucias y desgastadas y con sandalias que dejaban ver unos pies totalmente negros. A la hora de comer lo hicieron con las manos y esparciendo a su alrededor la mitad del contenido de las bandejas. Finalmente, cuando llegaban ya a Yeddah se vieron en la obligación de rellenar un formulario de inmigración, donde quedó patente que apenas sabían escribir. Entonces, a mi compañero no se le ocurrió otra cosa que ayudar a uno de ellos, tras lo cual todos los demás (la mitad del avión) hicieron cola para que rellenase él sus formularios sin posibilidad de negarse. En fin, mientras los estados gasten dinero y esfuerzos en costear viajes a La Meca o a Lourdes y no a sacar a sus pueblos de la pobreza y la ignorancia, en Estados Unidos están tranquilos. ¡Bendito sea el integrismo religioso, que vacuna a los pueblos contra el virus del socialismo!

Persépolis Per Sé.

Con estas reflexiones estaba cuando por fin, tras unos escasos 50 minutos, llegamos a Persépolis. Las ruinas de la ciudad se hallan al fondo de una larga recta que corta un bosque de pinos. El lugar está bien preparado de cara al turismo; en las inmediaciones de las ruinas existe un complejo que incluye restaurantes, una cafetería con terraza, váteres y tiendas de recuerdos.
Uno de los Lamassu que flanquean la Puerta de Todas las Naciones.

Allí Samane nos compró un zumo de piña, ya que el paquete incluía refrescos durante las visitas. La marca de zumos que nos proporcionó tenía la peculiaridad de incluir grandes tropezones de piña en su interior. Nunca lo había visto, así que cuando me topé con el primer pedazo me llevé un buen susto pensando que me había tocado esa lata de cada 250.000 en la que cae en la embotelladora una cucaracha dentro.

Persépolis estaba siendo visitada por turistas tanto extranjeros como iraníes, en una relación del 50% aproximadamente. Los iraníes venían principalmente insertados en visitas escolares; nos cruzamos con una de niños rayando la adolescencia y otra de chicas. La educación en Irán sí segrega entre sexos. Los niños rayando la adolescencia son en Persia tan maleducados e insoportables como en cualquier otro país del orbe, dedicándose a gritar e importunar a los demás seres humanos como si hubieran venido a este mundo con ese solo propósito.

El desarrollo vertical de las ruinas de Persépolis es escaso porque sus palacios estaban construidos principalmente con madera y adobe, columnas incluidas, así que hace ya tiempo que las paredes se han deshecho y los techos se han podrido. Por otra parte su fin fue catastrófico como bien sabéis, quemada y saqueada por Alejandro Magno. También hay que considerar que las ruinas son como mínimo un par de siglos más viejas que las ciudades romanas a las que estamos acostumbrados. En todo caso me impresionó conocer que las columnas de la Apadana, erigidas en piedra por su tamaño, no han sido reconstruidas, sino que llevan en pie 2.500 años. De las 16 columnas que hoy en día se pueden contemplar, sólo 3 han sido rehechas.
Las columnas de la Apadana, 2.500 años en pie.

Parece ser que antes del Siglo XVI quedaban erguidas 40 columnas; de hecho a las ruinas de Persépolis se las conocía como “Chejel Minar”, que quiere decir “Las Cuarenta Columnas”. Ignoro por qué desde entonces se han derrumbado 24 cuando en los 2.000 años restantes sólo se habían caído 32.

No voy a describir aquí la ciudad porque para eso ya está mi álbum web de Picasa. Únicamente comentaré que el explorador británico Stanley pasó por aquí en 1870, un año antes de encontrarse con Livingstone en medio del África tenebrosa; de ello dejó constancia grabando su nombre y el año en una de las piedras que flanquean la Puerta de Todas las Naciones.

Para disfrutar de las ruinas con calma y en toda su extensión y poder hacer cuantas fotos quieras tienes que echar unas cuatro horas dentro del recinto. Desgraciadamente en nuestro caso tuvimos menos tiempo, poco más de dos horas. Esto lo he notado en la calidad de las fotografías, ya que en muchos casos no han recogido todo lo que habrían tenido que recoger o bien no están correctamente encuadradas por causa de las prisas. Además, diversos rincones de Persépolis se quedaron sin visitar, como por ejemplo la terraza de las piedras cornudas o la tumba de Artajerjes III, desde donde podría haber tomado unas hermosas fotos panorámicas de la ciudad a mis pies.

Por causa de lo mencionado en el párrafo anterior no estoy especialmente satisfecho con mi colección fotográfica sobre Persépolis pues, si bien las zonas visitadas quedan bien reflejadas, fracasan a la hora de trasmitir una visión de conjunto como sí hacen las que en su día tomé de Jerash.

Viandas Persas.

Tras la visita a Persépolis comimos en un restaurante muy bien puesto que se hallaba al lado del complejo turístico, en el interior de una casona que supongo querría imitar una mansión rural de la zona. La verdad es que el sitio tenía apariencia lujosa por su ambientación y el número de cubiertos y copas dispuestos sobre las mesas; Samane nos había advertido que era un poco caro y que si queríamos podíamos ir a otro menos fino; dado que estábamos de vacaciones decidí que no nos íbamos a privar e hice bien porque finalmente el precio fue realmente sorprendente: 12 euros por cabeza.

Comer en Irán es realmente barato. Para un iraní pagar 12 euros por comer es caro sin paliativos. Durante nuestro viaje almorzamos en sitios muy diversos: restaurantes de todas las apariencias, locales de comida rápida y hoteles. Ninguna de las comidas igualó el precio por cabeza de ésta. En los locales de comida rápida podías salir a gusto por entre dos y tres euros por cabeza.

El menú consistió en ensalada, arroz y diversos kebab, de los cuales había para elegir una amplia variedad de tipos porque es la comida estándar iraní. A la izquierda veis a familia, guía y conductor degustando las viandas.

Los kebab iraníes están más cercanos a un filete ruso que a lo que nosotros entendemos por kebab (la masa esa de carne que despide grasa mientras gira frente a un horno para pollos). Son en realidad pequeños filetes de carne de cordero, pollo o ternera picada y aderezada con especias. Las combinaciones de unas y otras más la forma que le quieran dar generan muchos tipos de kebab. Los filetitos pueden ser en forma de tiras, parecidos a una hamburguesa o incluso albondigomorfos, en cuyo caso ya no estaríamos ante un filete, sino ante una proto-albóndiga.

En Irán el arroz normal te lo sirven en una montaña en plato aparte y viene teñido por azafrán en su parte superior, como si el amarillo fuera la nieve de su cumbre. Una vez que te han servido tienes que derretir y remover entre el arroz caliente una pastilla de mantequilla. Tras eso, coges el tomate cocido que te habrán puesto con el kebab, lo machacas y también lo mezclas, añadiendo además las verduras que quieras de entre las que asimismo te habrán puesto con el kebab. Como en tantos otros países de la zona, el arroz sustituye al pan.

Naqs-i Nayab.

Tras nuestra opípara comida, a la cual por primera y última vez durante el viaje se sumó el conductor, nos pusimos en marcha hasta Naqs-i Nayab. Este lugar está como mucho a dos kilómetros al norte de Persépolis y hay que pagar una pequeña entrada para acceder. Es un sitio pequeño, consiste sólo en tres grandes altorrelieves tallados en un abrigo entre las rocas en época del Imperio Sasánida, 500 años después de la caída del Imperio Aqueménida. Es suficiente dedicar unos veinte minutos a esta visita.
Naqs-i Nayab. Se aprecian dos de los relieves a la izquierda y al frente.

La intención de estos relieves propagandísticos era poner de manifiesto el origen divino del reinado de los soberanos Sasánidas, los cuales se muestran recibiendo el círculo del poder de manos de Ahuramazda, ya que fue durante este imperio cuando más vigorosamente se aplicaron las enseñanzas de Zaratustra como religión oficial de Persia, incluyendo periodos de persecución contra los practicantes de otros credos.

Naqs-i Rustam.

Tras admirar los relieves sasánidas nos movimos hasta Naqs-i Rustam, el lugar donde en su día fueron enterrados cuatro de los reyes de reyes del primer Imperio Persa, probablemente: Darío I, Jerjes I, Artajerjes I y Darío II (digo probablemente porque únicamente la tumba de Darío I está identificada inequívocamente). En el lugar también se puede encontrar el “Cubo de Zaratustra”, una torre de la misma época en pasmoso estado de conservación; también se disponen sobre la roca diversos relieves muy posteriores tallados en época del Imperio Sasánida, en los cuales se muestran entre otras escenas diversas victorias contra el Imperio Romano.

La visita a Naqs-i Rustam puede librarse en tres cuartos de hora y también hay que pagar entrada. El rosario de entradas no supone mucho inconveniente porque son bastante económicas, si bien no recuerdo los precios exactos porque las teníamos incluidas en el paquete y por lo tanto las pagaban los guías.
Tres de las tumbas reales y el Cubo de Zaratustra.

La razón por la cual los reyes sasánidas añadieron relieves imitando el estilo aqueménida aquí y en Naqs-i Nayab está claro: pretendían erigirse en continuadores y herederos del primer imperio persa. Esta manía de instituirse en herederos de algo con lo que no se tiene nada que ver es una falsificación histórica recurrente.

Como ejemplo paradigmático, en la historia de la Península Ibérica podemos citar la ridícula pretensión de que los reinos cristianos protagonistas de la mal llamada “reconquista” eran herederos y continuadores de los reyes godos, relegando así al territorio musulmán a la condición de grano en el costado de un reino ibérico católico e intemporal que finalmente pudo ser extirpado.

Tras Naqs-i Rustam nos dirigimos de nuevo hacia Shiraz, donde aún visitaríamos algunos lugares pendientes del día anterior.

Es la Música Infinita...

Fue de vuelta hacia Shiraz cuando Samane nos pidió que le nombrásemos cantantes españoles conocidos, pues por lo visto había uno que estaba triunfando en Irán y no recordaba cómo se llamaba. Atacado por mis peores presentimientos comencé a nombrar a los más impresentables poetastros convencido de que sería un aupado por las discográficas quien estaría triunfando: David Bisbal… no ¡buf!; Enrique Iglesias… no ¡buf!; que toca la guitarra… Joaquín Sabina… no ¡buf! Nombré a unos cuantos, pero no hubo manera, hasta que por fin no sé de qué forma mi madre llegó a la solución: El Cigala. Pues sí, resulta que El Cigala está de moda en Irán, vende muchos discos y gusta. No acaba ahí sin embargo el éxito de la música española, pues en dos ocasiones escuché el inconfundible sonido de Paco de Lucía.

Por lo demás, tanto durante el viaje de ida como el de vuelta lo que sonaba en la furgoneta–taxi era un CD del cual Samane se apresuró a indicar orgullosa que era todo música iraní; consistía básicamente en electrónica sencillota, cantadita (en farsi, por supuesto) y a ratos algo trallera. Así pues, aunque la escena nocturna o discotequera en Irán es inexistente, extremo confirmado por los guías, la electrónica también ha encontrado su hueco en este país, si bien es verdad que lo que Samane ponía en la furgoneta no pasaba de ser una versión local del eurobeat, persiabeat en este caso.

A las Puertas de Shiraz.

La primera visita fue a la Puerta del Corán, la cual queda justo en la salida de Shiraz hacia la autopista que lleva a Persépolis, así que ya habíamos pasado por delante por la mañana. La primera versión de esta puerta fue erigida en el Siglo XI, pero la que se ve hoy en día es una reconstrucción porque la original ha tenido el mal gusto de derrumbarse en varias ocasiones, así que ni siquiera es la segunda versión.
La Puerta del Corán.

Como podéis comprobar por la foto no es muy espectacular, pero hay que tener en cuenta que el asunto de las puertas grandiosas es una especialidad mucho más europea que persa, así que a este respecto estamos bastante refalfiados.

Adhan al Asr.

A continuación hicimos un intermedio y nos dirigimos a que Samane y nuestro conductor fueran a rezar a una mezquita. En todo el viaje fue la única vez en que nuestros acompañantes nos pidieron un alto para cumplir con sus obligaciones religiosas. Por la hora que era atendieron el tercer rezo del día, el de media tarde, que tiene bastante tiempo para celebrarse, ya que entre la llamada (adhan al asr) y la hora límite pasan varias horas.

Debido a los tópicos que habitan nuestras mentes no pude menos que sonreirme ante la idea de una chica que vuelve en Irán del rezo de la tarde, pone persiabeat en la furgoneta y se pone a repasar unos apuntes de alemán.

Cuando Samane regresó apenas un cuarto de hora después llevaba una bandeja con un zumo, un bollo pastelero y un plátano. Por lo visto en la mezquita se celebraba ese día una ceremonia en honor a un hombre que había muerto hacía un par de semanas. Por lo visto en Irán es costumbre convocar rezos comunitarios en honor a un fallecido algunos días después del deceso. Ponen carteles en la calle convocando al evento con fotos del finado y a la gente que acude a lo largo del día se la agasaja con una bandeja con comida, cuyo contenido está relacionado con las posibilidades económicas de los convocantes. Esa bandeja era la que traía Samane. En todo caso parece descartado que hubieran seleccionado ese rezo para llevarse la bandeja, ya que la compartió enteramente con nosotros.

Tumbas de Sa’adi y Jafez.

Nuestra visita siguiente fue al mausoleo de Sa’adi, uno de los mejores poetas persas de todos los tiempos que, al igual que Jafez (otro), está enterrado en Shiraz. La visita a la tumba de Jafez, que está situada al lado de la Puerta del Corán, también estaba en el programa, pero hubo que sacrificarla por falta de tiempo.

El lugar no tiene mucho interés histórico-artístico, ya que el mausoleo actual corresponde a una reconstrucción de los años 60 situada en medio del cuidado, relajante y florido jardín que veis a la derecha. En el caso de la Jafez al parecer tienes el incentivo de unas buenas vistas de Shiraz, pero la tumba en sí es también una reconstrucción reciente. Las originales datan ambas del Siglo XIV. La visita está bien para descubrir que todos los países tienen su Cervantes o su Shakespeare; no dudo que puede haber gente que se emocione ante el mausoleo de Sa’adi, al igual que la hay que se emociona ante la tumba de Goya o la de Mozart.

Fuerte de Karim Khan.

Finalmente llegó el momento de rendir nuestra última visita: el fuerte de Karim Khan Zand, el gobernante que en el siglo XVIII declaró a Shiraz capital de Persia, propiciando la edad de oro de esta ciudad. Si recordáis de la epístola anterior, también son obra de este soberano el Bazar, la mezquita y los baños Vakil.
El fuerte de Karim Khan visto desde el Parque Sohada.

Antes de entrar Samane nos invitó a un helado comprado en una heladería que queda justo enfrente de la fachada norte del fuerte, la cual al parecer es famosa en todo Shiraz por la calidad de sus productos. El interior no daba muy buena sensación, ya que el local era muy viejo. La parte abierta al público se limitaba a un espacio de un metro de anchura dispuesto a modo de pasillo entre la fachada acristalada del local y un largo mostrador, tras el cual me llamó la atención un barreño a rebosar de zanahoria picada. Se entraba por el extremo derecho de la fachada, hacías cola, se pagaba, te ponían el helado y se salía por el extremo izquierdo. Me recordó a algunos locales de La Habana; además, que únicamente ofrecieran un sabor que cambiaba cada día trajo a mi mente la Heladería Copelia. Ese día en concreto tocaba helado de leche merengada, que efectivamente estaba bastante bueno. Al día siguiente supongo que tocaría de zanahoria.

Una vez dentro de la fortaleza me sorprendió encontrar un jardín repleto de árboles con un estanque dispuesto a todo lo largo del patio, tal y como veis en la foto. En este aspecto me recordó a la Alhambra, y es que el jardín es un elemento muy importante en la cultura persa desde hace muchos siglos; es de hecho de influencias persas de donde procede el jardín árabe, el cual tan buenos frutos dio en Granada.

Este comentario sobre la Alhambra se lo hice a Samane pero, para mi sorpresa, no había oído hablar de ella, cuestión especialmente extraña en el caso de esta chica habida cuenta de que sus estudios tenían que ver con el arte. Descarto una sobrevaloración por mi parte, pues no creáis que los países musulmanes rebosan de lugares como la Alhambra. Le escribí el nombre en un papel y me prometió buscar información en Internet.

Durante nuestra estancia en el fuerte apareció de repente una masiva visita organizada por un ministerio de Teherán. Los funcionarios iraníes transmitían una imagen bastante más tétrica que el resto del país, pues las mujeres iban todas con chador y los hombres todos con unos trajes grises de corte muy antiguo, como sacados de una película española de principios de los 70. Además, todos ellos estarían entre la cuarentena y la cincuentena. Por culpa de la citada marabunta no pudimos disfrutar adecuadamente de los baños privados de Kharim Khan, la parte más interesante de la fortaleza y basados en el modelo clásico de los baños caliente, templado y frío.

En el Bazar Moderno.

A la salida del fuerte la visita guiada llegó a su fin. Tocó repartir propinas (20 euros para la chica y 10 para el conductor) y nos dejaron en lo que Samane llamó el bazar moderno para que diésemos un paseo. Esperábamos algo parecido a un mercadillo al aire libre o algo así, pero para nuestra decepción lo que nos encontramos fue un centro comercial vulgar y corriente.
Una calle de la parte moderna de Shiraz. Más al gusto europeo imposible. En toda Doha no hay una sola calle que se parezca a esto.

En su interior pude comprobar que Irán no se ha librado del todo de la contaminación. Aquí sí pude encontrar algunas franquicias occidentales y, entre ellas, como no, Zara. El tipo de ropa que vendían en las diversas tiendas me permitió confirmar por completo las tendencias de la moda tanto para chicos como para chicas en este país, de las cuales ya he hablado en epístolas anteriores. El 70% del público eran veinteañeros.

La verdad es que nos dio rabia que habiendo tenido tan poco tiempo para visitar la ciudad acabáramos perdiendo las dos horas que faltaban hasta tener que salir para el aeropuerto en un centro comercial. Lógicamente ahí no nos quedamos y nos pusimos a pasear por las calles aledañas.

Por suerte había un local bastante chulo cerca del centro comercial donde servían batidos y tomé la foto de la derecha. La parroquia estaba fundamentalmente compuesta por chicas jóvenes, pero también alguna pareja. Una vez más no encontré que hubiera problema alguno en que chica y chico tomasen algo juntos en un bar, cosa que no es posible encontrar entre los enchilabados de la otra orilla del Golfo Pérsico a no ser que sean marido y mujer o hermanos.

Desde el local pude estudiar el continuo goteo de veinteañeros dirigiéndose hacia los centros comerciales, estudio que me sirvió para confirmar ya sin ningún género de dudas la moda predominante tanto en ellas como en ellos en las franjas de edad jóvenes de las grandes ciudades iraníes, ellos con ese estilo hortera y ellas con esos pañuelos y guardapolvos desenfadados.

Fin de Trayecto.

Ya eran las ocho de la tarde cuando el conductor nos recogió y nos dejó en el aeropuerto en tres cuartos de hora. Allí un reactor de menor tamaño que el del viaje desde Teherán nos esperaba para continuar nuestro periplo.

Ya eran las doce de la noche cuando aterrizamos en Isfahán, tras un vuelo de hora y cuarto durante el cual nos dieron de cenar. En todo caso, el asunto de Isfahán ya es material para otra epístola.
  • Hora local: 13:38.
  • Temperatura: 43ºC.
  • Humedad: 22%.
  • Temperatura máxima: 44ºC.
  • Temperatura mínima: 34ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

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