lunes, 17 de agosto de 2009

EPÍSTOLAS PERSAS, JORNADA 4: ISFAHÁN I.


Admirados camaradas:


Proseguimos con nuestro viajecito a Irán, al cual quiero darle un impulso para terminar con él este mes de una vez y publicar a continuación algunas cotidianías qataríes más.

Como de costumbre no voy a hacer descripciones extensas de los lugares que visité, ya que para ello ya está mi álbum de Picasa. Os dejo algunos links a él lo largo del texto.

Si mal no recordaréis, en la anterior epístola nos habíamos quedado con el avión aterrizando en las pistas del aeropuerto de Isafhán hacia las once de la noche.

Aterrizaje.

En el aeropuerto nos estaba esperando puntualmente el conductor, el cual como había sido en los casos anteriores y sería en los posteriores no hablaba ni una palabra de inglés.

Quien iba a ser nuestro guía por esta ciudad nos telefoneó para quedar con nosotros al día siguiente. Dijo llamarse Ahmed y su pronunciación del inglés era alta y clara, lo cual iba sin duda a facilitar las cosas.

Tardamos una media hora en llegar al hotel desde el aeropuerto por unas calles totalmente vacías. La habitación estaba bien, quizá un poco ajada por el paso del tiempo, ya que se notaba que el establecimiento tenía solera. El baño guardaba una sorpresa: no había bañera ni plato de ducha. En vez de eso, el suelo hacía pendiente hasta un desagüe que se encontraba frente al lavabo y la pera de la ducha dejaba caer el agua directamente sobre dicho suelo. A los accesorios típicos que te dejan en un hotel de cuatro estrellas había que sumar unas sandalias blancas de goma especialmente pensadas para ducharse en esas condiciones. Lo más peculiar era que la ducha se situaba al lado del váter, de modo que cuando cerrabas la cortina que corría de pared a pared, éste quedaba en el mismo lado que tú, como podéis comprobar por la foto aneja. La verdad es que resultaba muy práctico, ya que como era imposible ducharse sin regar la taza al mismo tiempo aprovechabas para limpiarla. En un principio pensé que quizá antaño el hotel no tuviera ducha en las habitaciones y no se les había ocurrido mejor idea para instalarla que lo que veía ante mí, pero más tarde me enteré de que esta configuración es por lo visto habitual en Irán, donde en muchas casas el agua de la ducha cae directamente en el suelo y desagua a través de un sumidero como el de este hotel. Lo que no sé es si también la ponen al lado del váter.

Esta peculiaridad era común a mi habitación y a la que compartían mi madre y mi hermana.

No habiendo más que destacar, me eché y me quedé prestamente dormido.

Ahmed.

Al día siguiente, tras el desayuno en el buffet libre nos recogió el conductor a las ocho y fuimos a buscar a nuestro guía. Resultó ser un hombre mayor, muy probablemente superaba los 70 años. Era también delgado y muy alto. Tal y como había apreciado el día anterior su pronunciación del inglés era muy clara, lo cual se explicaba porque había sido profesor de esta lengua durante 30 años en la escuela privada. Al igual que Samane en Shiraz no era guía profesional, sino que le llamaban de la agencia de viajes con periodicidad irregular para acompañar a turistas y poder sacarse así unos ingresos extra. Era un hombre directo y claro en sus explicaciones, pero al contrario que Samane ni se salía del guión ni se interesaba por cuestiones personales.

Dada su ex-profesión enseguida le pregunté si había salido alguna vez de Irán, pero curiosamente me respondió que únicamente una vez, hacía muchos años, por un viaje a Turquía. No refirió ninguna peregrinación a La Meca.

Chejel Sotún.

Isfahán fue capital de Irán en dos ocasiones, o dicho más correctamente, fue capital de dos imperios históricos cuyo corazón coincidió con el del Irán actual: el selyúcida en los siglos XI-XII y el safávida en los XVI-XVII. En ambas ocasiones Isfahán vivió tal esplendor que se contó entre las ciudades más prósperas, pobladas e importantes del mundo. Es de estos dos periodos de gloria de donde vienen las principales atracciones turísticas de esta ciudad, incluyendo nuestro primer objetivo: el palacio de Chejel Sotún (palacio de las cuarenta columnas).
Aspecto del inmenso talar (o porche) de Chejel Sotún.

Este palacio se encuentra en medio de un parque. En Isfahán hay aún más parques y arbolado que en Shiraz; de hecho, uno de los sobrenombres de Isfahán es “la ciudad verde”, todo un mérito estando rodeada de una meseta al pie de los Montes Zagros donde no caen más de 150 litros por metro cuadrado al año, la mitad del límite bajo el cual un clima puede categorizarse como desértico.

El mayor interés del palacio estriba en su enorme talar y en los frescos que adornan sus estancias interiores retratando batallas, fiestas, personajes y costumbres. En este lugar los soberanos safávidas celebraban recepciones y fiestas para sus invitados.

Como siempre, para entrar en Chejel Sotún hay que pagar entrada. Su interior incluye un pequeño museo de objetos de la época del imperio safávida, algunos muy interesantes. La visita a este lugar se puede prolongar durante una hora.

Mezquitas de la Plaza del Imán.

Desde Chejel Sotún nos desplazamos a pie hasta la Plaza del Imán, patrimonio de la humanidad y una de las más grandes del mundo, concebida originalmente como centro comercial y estadio de polo. Esta plaza no queda a más de 300 metros de Chejel Sotún a través de un parque. Hoy es punto habitual de encuentro y esparcimiento para muchos isfahaníes.
Este es el aspecto de la inmensa Plaza del Imán desde la puerta de la Mezquita del mismo nombre.

En esta plaza pude comprobar que el porcentaje de chadores en Isfahán es superior al de Teherán y Shiraz, siendo dudoso si son más las chicas que lo llevan o las que no.

Nuestro objetivo era la Mezquita del Imán, considerada una de las joyas de la arquitectura de todos los tiempos, incluyendo unos alicatados de primerísima calidad. No hay problema para entrar en este lugar histórico (siempre que pagues la entrada), ni debe seguirse regla especial de atuendo alguna (salvo las habituales del país); ni siquiera hay que quitarse los zapatos. La razón es que solamente los viernes está dedicada al culto, así que lo único es no hacer coincidir la visita con dicho día.

Es de justicia dedicar al menos una hora y media a esta magnífica construcción, uno de cuyos interiores admiramos en la foto de la izquierda. No puede uno olvidar colocarse bajo el centro geométrico de la cúpula principal y hacer cualquier ruido seco, como una palmada o chasquear los dedos; el sonido volverá a ti en forma de siete nítidos ecos, incluso si el sonido es tan bajo como el que provoca un clip al caer al suelo. Esos ecos sólo son audibles en esa posición, originados por una acústica interior excepcional.

Otro detalle de esta mezquita que no sale en las fotos se halla al fondo del oratorio oeste. Allí varios de los paneles de mármol que recubren los primeros dos metros de las paredes fueron dejados adrede sin terminar, de modo que se pueden observar en ellos todos los pasos necesarios hasta conseguir el acabado final. El primero no es más que una basta losa de piedra marrón que podría pasar por cualquier otra que no fuese mármol. La segunda se presenta toscamente trabajada; en este primer paso se han rebajado las imperfecciones más gruesas con un gran cincel. La tercera muestra ya un plano definido, pero cuya superficie es rugosa como el granito; se ha llegado a la superficie plana mediante el uso de cinceles cada vez más pequeños. El último tramo muestra un paso intermedio en el pulido de la superficie anterior, previo al acabado final que recubre las paredes. El pulido último se hacía a base de rascar la superficie de la piedra finamente cincelada con paños y arena cada vez más fina una y otra vez hasta que quedaba totalmente lisa y brillante. Un trabajo de chinos.

Tras la mezquita del Imán tocó visitar en la misma plaza la Mezquita de Seikh Lotfollah, o del Señor Lotfollah, erudito del islam que acabó emparentando políticamente con Shah Abbas I (el más poderoso de los soberanos safávidas) al casarse con una de sus hijas. Al citado shah se debe la segunda capitalidad histórica de Isfahán y la plaza en sí, incluyendo las dos mezquitas y el palacio y el bazar reales.

Sheikh Lotfollah se visita en 30 minutos, ya que es considerablemente más pequeña que su compañera. Sin embargo, los trabajos en azulejo que la adornan son incluso superiores a los de la Mezquita del Imán, auténticas obras maestras. Es un poco especial porque era el oratorio privado de los reyes, así que no tiene minaretes (no había nadie a quien llamar al rezo) ni tampoco patios; únicamente una sala de oración bajo la espléndida cúpula y un pasillo de entrada que la rodea. Un pasadizo subterráneo la une con el palacio real que se levanta al otro lado de la plaza. No hay culto en esta mezquita, así que no hay que seguir ninguna precaución especial para visitarla, sólo pagar la entrada.
Mezquita de Sheikh Lotfollah a la luz del atardecer.

Durante nuestra estancia en la plaza coincidimos con la visita de algunos colegios para niñas. Usan uniforme, consistente en chaqueta y pantalón de color liso más un pañuelo blanco a la cabeza. En el caso de las escuelas públicas el color del traje es gris, mientras que en las privadas parecen gustar los colores chillones; en la plaza vimos uniformes rosa y verde pistacho. Un grupillo de niñas comenzó a intentar llamar mi atención y a gritar "I love you, I love you", lo cual me hizo mucha gracia viniendo de unas crías que tendrían 12 años y vestidas como ya he indicado. Entre esto y lo de Petra voy a empezar a pensar que las musulmanas son más lanzadas que las cristianas.

El Kajú y el Zayandé.

Todavía nos daría tiempo a una cuarta visita esta mañana: el puente Kajú, el más bonito de Isfahán, decorado con azulejos, pensado para proteger al peatón y diseñado como presa que antiguamente se utilizaba para subir el nivel del cauce y canalizar así el agua del río hacia los parques, jardines y cultivos aledaños.

El puente Kajú es además un lugar muy popular de encuentro y relajación para los habitantes de la ciudad. Sus arcadas inferiores se convierten en verano en un auténtico merendero donde los isfahaníes van de picnic atraídos por el relativo frescor de este espacio. En las escalinatas y arcos superiores mucha gente se sienta a contemplar el discurrir de las aguas.

Este puente salva el rio Zayandé, el cual tiene la peculiaridad de ser el único río importante permanente de la meseta iraní, alimentado por el deshielo de las nieves de los Montes Zagros. En la zona de Isfahán da lugar a numerosos oasis aledaños que históricamente fueron fundamentales para el desarrollo del extenso tejido urbano. La ubicación estratégica junto a una fuente permanente de agua en pleno corazón de Persia por un lado y por el otro que por este punto pasaba antiguamente la Ruta de la Seda son elementos sin los cuales no se hubiera entendido el gran desarrollo que históricamente alcanzó esta ciudad.
Así luce a mediodía el puente-presa Kajú.

El Zayandé tiene otra peculiaridad: no desemboca en el mar. Al igual que su famoso homólogo africano el Okavango, termina en un delta cenagoso que se abre y muere en el desierto a unos 200km al sur de Isfahán, formando en las épocas de mayor caudal una laguna salada, como corresponde a todo final de cuenca endorreica.

Las casas de Isfahán no se asoman directamente al Zayandé, ya que a todo lo largo de su ribera un cinturón de parques y jardines flanquea el río. Estas orillas profusamente arboladas y ajardinadas son lugar de asueto para numerosos habitantes de la ciudad, incluyendo pandillas de amigos que se encuentran aquí para pasar la tarde. Ojalá muchas de nuestras ciudades hubieran sabido aprovechar tan acertadamente el paso del río por su interior, desgraciadamente en muchos casos convertido en un canal que corre entre dos carreteras ribereñas con un lecho lleno de malas hierbas.

Mágicas Alfombras Persas.

Tras la comida, que no voy a detallar porque fue muy similar a la de Persépolis, Ahmed nos ofreció ir a visitar fuera de circuito un sitio donde nos iban a explicar todo sobre las alfombras persas. La verdad es que según nos lo dijo pensamos que nos iba a llevar a un museo, pero donde nos metió fue en realidad en una tienda situada en segundo plano respecto de la calle en el nivel superior de una plaza frente al hotel abasí. Allí se apilaban cientos de alfombras. Nos ofrecieron un té, nos sentamos en línea sobre un banco corrido y ante nuestros ojos comenzaron a desfilar alfombras de todos los tipos y colores mientras el dueño nos explicaba las cualidades de los tapices y las diferencias entre unas y otras, pero no con intencionalidad cultural, claro, sino para vendérnoslas.

Así aprendí que las verdaderas alfombras persas se hacen únicamente con lana, algodón o seda, que los tintes son naturales garantizados, que son lavables y que se dividen en nomádicas y de ciudad, siendo las primeras más robustas y orientadas al uso y las segundas más orientadas a la decoración. El pelo de dichas alfombras se inserta a base de nudos simples o dobles, siendo la calidad directamente proporcional al número de nudos por centímetro cuadrado; el máximo se sitúa en unos 120, si bien esto depende del material y de que estemos hablando de simple nudo o de doble nudo.
Heme aquí en la Plaza del Imán con la mezquita homónima al fondo.

También nos contaron que, como en Irán no funciona ninguna tarjeta de crédito debido al boicot de los bancos occidentales, el pago debía realizarse a través de una sociedad pantalla que tenían abierta en Dubai. La alfombra más barata costaba unos 300 euros, mientras que la más cara andaba por los 1.600. Muchas eran reversibles, es decir, no tenían parte de atrás, se podían mostrar tanto por un lado como por el otro. Los colores de las de seda cambiaban al agitarlas, los dibujos de todas ellas aparecían claros y definidos y al pisarlas la sensación era realmente suave y agradable. Por primera vez fue capaz de gustarme una alfombra.

Su ejecución es enteramente manual y la mano de obra consiste fundamentalmente en mujeres que las tejen en sus ratos libres. El tiempo de ejecución se mide por meses o años. Así, las más baratas equivalían al trabajo de una persona durante seis meses, mientras que las más caras al trabajo de una persona durante tres años.

Lógicamente no caí en la encerrona y no compré nada. Me despedí diciendo que únicamente queríamos tomar contacto. Supongo que Ahmed se llevaría sus comisiones por cada turista que finalmente cayera rendido a los encantos de tan delicados tapices.

Nueva Julfa.

La primera visita de la tarde correspondió a la Catedral de Vank, centro espiritual de los cristianos ortodoxos armenios que viven en Isfahán, ubicada en el histórico barrio de Nueva Julfa.

La historia de la presencia armenia se remonta al reinado de Shah Abbas I, a principios del Siglo XVII. Durante su égida se libraron diversas guerras contra el Imperio Otomano que acabaron con una gran victoria persa. Entre los motivos que enfrentaban a ambos imperios se encontraba el hecho religioso, ya que durante el imperio safávida se consolidó una Persia chií en contraposición a los turcomanos sunitas. Uno de los escenarios principales de dichas guerras fue Armenia, territorio persa largamente disputado con el turco. Los armenios poseían cualidades que los hacían valiosos para Shah Abbás I. En primer lugar tenían una tradición comercial muy importante y, consecuentemente, poseían numerosos contactos lucrativos en el extranjero. En segundo lugar hacían buen vino, el cual se consumía profusamente en la corte en aquella época, hasta el punto de que varios reyes safávidas acabaron alcoholizados. En tercer lugar sabían fabricar cañones, todo un valor añadido para un ejército persa en acelerado proceso de modernización, cuya perentoria necesidad había quedado de manifiesto durante el reinado de Tahmasp I, antecesor de Abbas I, cuando los persas sufrieron una desastrosa derrota ante el Imperio Otomano tras enfrentarse sólo con armas blancas a los cañones y arcabuces turcos.

Consecuentemente Shah Abbas I hizo lo que cualquier soberano con dos dedos de frente hubiera hecho: deportó a la fuerza a decenas de miles de armenios y destruyó por completo sus ciudades de origen para asegurarse de que no volvieran, integrando dicha destrucción en una política de tierra quemada que hiciera estériles las incursiones otomanas. Al mismo tiempo, emitió diversos edictos protegiéndolos a ellos, su credo y sus costumbres, prohibiendo que se los persiguiera y concediéndoles tierras para asentarse en la misma Isfahán en la otra orilla del Zayandé. La ciudad más importante afectada por esta política fue Julfa, donde se levantaba la Catedral de Vank original; ésta fue demolida pieza a pieza con la intención de volver a montarla en Isfahán, si bien la segunda parte del proyecto nunca se llevó a cabo. Al nuevo barrio armenio comenzó a llamársele Nueva Julfa.

Para entrar en la Catedral de Vank nuestro guía pagó una entrada que recuerdo me pareció carísima para los estándares que hasta ese momento habíamos conocido, pero hay que tener en cuenta que esta catedral es propiedad privada.

Entre todos los frescos interiores he de destacar una serie que muestra todos los tormentos a los que fueron sometidos diversos mártires armenios. Mención especial merece la viñeta en la cual un mártir aparece cabeza abajo colgado de un armazón de madera con las piernas abiertas. Los torturadores le han introducido un gran embudo por el ano a través del cual están vertiendo un líquido indeterminado.

Entre los visitantes de esta catedral había numerosos iraníes musulmanes, tanto hombres como mujeres, lo cual deduzco por los chadores de ellas.

En este recinto hay también un museo donde lo más interesante es la documentación que contiene acerca del genocidio armenio de 1915. Esta documentación incluye cables originales enviados por el gobierno turco a sus responsables militares y civiles dando órdenes precisas para deportar y asesinar a cuanto armenio hubiera en sus localidades.

Este genocidio es probablemente el primero del Siglo XX y debe encuadrarse en la primera guerra mundial. Los armenios se hallaban sentimentalmente demasiado apegados al enemigo ruso durante la guerra y eran vistos por los turcos como quintacolumnistas en su territorio; tras diversos incidentes que reforzaron esa visión decidieron cortar por lo sano y eliminar a cualquier armenio que se hallase en suelo turco.

En el momento de nuestra visita estaba a punto de cumplirse el 94 aniversario, así que estaban planificados diversos actos en la catedral y se exhibía una pancarta pidiendo el reconocimiento internacional de dicho genocidio, tal y como veis en la fotografía aquí arriba.

Dependiendo del tiempo que dediques al museo esta visita puede llevar entre media hora y tres cuartos.

Así Habló Zaratustra.

Sin duda la tarde estaba dedicada a demostrar que en irán hay tolerancia religiosa.

Tras la Catedral de Vank tocó entrar en un templo consagrado a otro culto minoritario iraní: el zoroastrismo o mazdeísmo, cuyo profeta Zaratustra vivió entre seis y diez siglos antes de Jesucristo. Compo podéis apreciar en la foto el templo en sí era de construcción totalmente moderna, no tenía ningún interés histórico-artístico, pero sin duda tenía un gran interés cultural. En todo caso fue bonito encontrarme con los dos lamassu guardando la puerta y el símbolo de Ahura Mazda sobre ella, el mismo que se halla tallado sobre las piedras de Persépolis.

El zoroastrismo fue religión oficial del territorio que hoy ocupa Irán durante siglos en la edad antigua. Hoy el culto sigue vivo y como religión monoteísta es tolerada. Tanto los cristianos como los zoroastristas tienen por ley varios escaños asignados en el parlamento iraní, gracia por cierto que no se le concede al credo suní del Islam.

El zoroastrismo es una religión sencilla y optimista, yo diría que incluso ingenua. Para ellos todos los días deben ser felices y su filosofía orbita en torno a tres afirmaciones capitales: piensa bien, habla bien y actúa bien; quien acate estas tres afirmaciones no podrá ofender o dañar a otro ser humano, con lo cual la sociedad será feliz y armoniosa.

La entrada era a través de un portón que daba paso a un patio presidido por el edificio del templo en sí. Tras picar nos abrió un sacerdote vestido de blanco nuclear desde la cabeza, cubierta por un gorro, hasta los pies, que calzaban unas sandalias inmaculadas.

El sacerdote nos dejó a nuestro libre albedrío. Una vez flanqueados los lamassu en un vestidor se disponían gorros y sandalias blancos. Tanto hombres como mujeres deben descalzarse y colocarse las sandalias, mientras que los hombres deben además ponerse los gorros. A continuación una estantería guardaba numerosos ejemplares del Avesta, el libro sagrado de los zoroastristas, escrito en persa antiguo y de apariencia más ligera que el Corán o la Biblia.

Tras la sala inicial una estancia semicircular convergía en un quiosco acristalado en cuyo interior ardía la llama eterna, elemento central en todo templo zoroástrico. Los fieles deben orar siempre mirando a una luz natural, ya sea el sol o una llama. El fuego no es más que un simbolismo de todo lo bueno y puro que hay sobre la tierra.

En la habitación había también varias fuentes conteniendo un revoltijo de frutos secos. Según nos explicó Ahmed, debes colocarte mirando al fuego, cerrar los ojos y pensar en algo bueno mientras comes algo (puede ser cualquier cosa). Tras ingerir la comida haces una reverencia hacia la llama y ahora es más posible que lo que pensaste se cumpla. Ahmed nos invitó a probar, así que le seguí el juego y pensé en un portaaviones nuclear yanqui yéndose al fondo del Golfo Pérsico con todo su equipo y tripulación en el caso de un hipotético ataque estadounidense contra Irán. Estoy seguro que Ahura Mazda estará conmigo en esto.

Esta visita se hizo fuera de programa, no está incluida en las rutas turísticas. Tanto durante la visita a la catedral de Vank como al templo del fuego Ahmed presentó sus explicaciones muy positivamente, de modo que incluso me quedó la duda de si no profesaría alguna de las dos confesiones. Lo que no me pareció es que frecuentara mucho las mezquitas más allá de las históricas, pero quizá simplemente fuera una persona laica.

En todo caso debe tenerse en cuenta que, si bien los musulmanes toleran las religiones monoteístas, no pasa lo mismo con las politeístas y mucho menos con el ateísmo. En un país confesional musulmán no tienen cabida templos hindúes o animistas o la exposición pública de posturas ateas, las cuales como bien sabéis ni siquiera en la Europa occidental se libran de furibundos ataques cuando se plantean desde una postura militante.

Los Minaretes Osciloides.

Una vez terminado nuestro paso por el templo del fuego nos encaminamos hacia un divertimento: los minaretes oscilantes.

Estos pequeños minaretes se remontan a la época safávida y son la licencia de un arquitecto que los erigió sobre el pequeño panteón de un ermitaño muy respetado que había vivido unos siglos antes. Si te subes a uno de los minaretes y comienzas a agitar con fuerza una viga en su interior el minarete entero comienza a vibrar y por un mecanismo de transmisión que no se conoce con exactitud (probablemente una viga interna de madera) transfiere parte del movimiento al minarete contiguo.

Vídeo de los minaretes. No esperéis que parezcan tentetiesos; e pur, si muove.

Anteriormente podía agitar estos minaretes cualquiera pero el trasiego de agitadores debía ser tan intenso que acabaron apareciendo deterioros. Es por esto que hoy en día el agitado de ambos minaretes se realiza aternativamente a las horas en punto por un agitador profesional (¡Qué profesión tan bonita!). Hay que ordenar la agenda para llegar unos minutos antes de la hora en punto, tras la cual el hombre sube y mueve el minarete. Si bien es cierto que el otro también se balancea, lo hace con mucha menor amplitud.

En el vídeo que tenéis arriba de hecho únicamente se aprecia el movimiento del que es directamente agitado.

El divertimento dura un par de minutos, así que a la hora y cinco ya te puedes marchar. No hay nada más que ver aquí.

Atashgah.

A pocos minutos de los minaretes oscilantes se encuentra un cerro que domina la llanura sobre la que se asienta Isfahán. En lo alto de dicho cerro se hallan los restos de adobe de un antiguo templo del fuego zoroástrico que se remonta al Siglo II, conocido como Atashgah. Sobre todos los restos destaca una estructura semicircular que es la base de una torre sobre la cual ardía en tiempos la llama eterna. Lo podéis ver en la foto de la derecha, con el permiso de la mole de hormigón del depósito de agua.

Desgraciadamente la visita no incluía subir hasta lo alto del cerro, algo que a mi me apetecía pero que Ahmed contemplaba con horror. Si bien educadamente me dijo que podíamos subir si así lo deseábamos, era evidente que la idea no le agradaba lo más mínimo. Mi interés para subir ahí, más que por observar de cerca los derruidos muros de adobe, era por contemplar una vista inmejorable de Isfahán a mis pies.

Me convenció para no insistir que eran ya casi las seis. Ésta es la hora no confesada a la cual los guías terminan su jornada laboral en Irán. En todas las ocasiones ajustaron su programa para terminar a esta hora, con la excepción de Samane el primer día, que estiró su asistencia hasta las siete de la tarde.

El Bazar Real.

Tras el templo del fuego nos dejaron en el hotel. Dado que estábamos a 300 metros de la Plaza del Imán nos fuimos a pasear hasta allí, en concreto a caminar por el bazar real. Desde luego el bazar de Isfahán no tiene el encanto del de Shiraz, ya que su obra original está muy estropeada, pero es muy grande; mide 4 kilómetros desde la Plaza del Imán a la Mezquita del Viernes, articulado en torno a una única calle central a la cual se abren numerosos núcleos secundarios. En todo caso conserva el abigarrado encanto de este tipo de lugares.

Aquí mi hermana, emulando al asno de Buridán, fue incapaz de comprar nada debido a la superabundancia de oferta que impedía que pudiera tomar una decisión. Cuando tras muchos intentos finalmente se decidió por un pañuelo, escogió el único que estaba roto y que tuvo que volver a cambiarlo, a lo cual el comerciante se prestó sin ningún problema.

En la zona comercial de la Plaza del Imán sí es posible encontrar alguna gente que intenta sacar provecho del visitante, ya que estamos en el corazón turístico de Irán. Es como si hablamos del casco antiguo en Oviedo, del Paseo de San Lorenzo en Gijón, de La Concha en San Sebastián, del Guggenheim en Bilbao, de la Torre de Hércules en La Coruña, de las murallas romanas en Lugo o de la carretera de salida en Santander. En un par de ocasiones se nos acercó a hablar en correcto inglés un iraní que tras algunas preguntas protocolarias resultó ser, oh coincidencia, dueño de un almacén de productos de artesanía nómada que por comprar directamente a los productores, mira tú que suerte, podía ofrecer precios muy ventajosos, almacén que, oh milagro, estaba a la vuelta de la esquina. En otra ocasión un tipo que chapurreaba español intentó arrastrarnos a su tienda insistentemente. Afortunadamente eran pocos y ante este tipo de situaciones me mantengo firme y resuelto, así que los mercaderes plegaron velas con las manos vacías.

¡¡Retiradaaaaaa!!

No logramos en esta ocasión encontrar un lugar para cenar que nos convenciera, así que acabamos haciéndolo en el hotel. Como en Irán la inmensa mayoría de los sitios que encuentras para comer son de comida rápida (en el plan que ya conté en la epístola sobre Shiraz) y no abundan demasiado, elegir hoteles a media pensión no es mala opción.

Bueno, pues esto es para lo que dio la jornada, que no fue poco. Sin más aspavientos nos metimos en la cama para poder afrontar con renovados bríos otro día en Isfahán, el cual será el protagonista de la siguiente epístola.
  • Hora local: 21:30.
  • Temperatura: 33ºC.
  • Humedad: 79%.
  • Temperatura máxima: 38ºC.
  • Temperatura mínima: 32ºC.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.

Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.

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