Compañerinos del alma:
Continúa mi viaje a Jordania con renovados bríos. Como recordaréis, nos habíamos quedado en el punto en que volvíamos desde el Mar Muerto, algo pasadas las cuatro y media de la tarde y ya haciéndose de noche. Nuestro objetivo era rendir nuestra visita al centro de Ammán.
Con este artículo concluiré mi relato del viaje, ya que la parte de Jerash está suficientemente explicada en Picasa y por lo tanto no ocupará aquí mucho espacio.
Tercer día, Tercera Parte: Ammán.
A la vuelta del Mar Muerto se confirmó, por un lado, que el tráfico en Ammán es duro de pelar y, por el otro, que como no conozcas la ciudad no hay santa forma de llegar al centro. Tras más de media hora dando vueltas infructuosamente por las avenidas ammaníes sin que pareciese que hubiésemos conseguido siquiera acercarnos a nuestro objetivo, una luz se nos encendió y nos dimos cuenta de que lo mejor iba a ser volver al hotel y coger un taxi, pues si ya solo llegar estaba siendo triste, probablemente aparcar se convertiría en una tragedia griega.
Una característica peculiar del tráfico en Ammán es la de los carriles flotantes. Dado que las rayas del pavimento apenas se ven o sencillamente no existen, en algunas avenidas se forman tantas filas de coches como caben, que suele ser una más que las previstas por diseño. En todo caso la circulación aunque muy intensa es relativamente fluida, pues dichas avenidas están llenas de pasos a distinto nivel y rotondas elevadas, que sacrifican la estética de la ciudad y al peatón a dicha fluidez. En Madrid en la época final del fascismo también se construyeron bastantes de estos escalextric, pero hoy en día la mayoría han sido demolidos porque convierten los lugares donde se construyen en sitios desagradables para vivir. En Ammán a las rotondas no las llaman “roundabout”, sino “circle”, y es así como están identificadas en la señalización vertical; esto añadió más confusión si cabe, pues como están numeradas si un letrero ponía “4th circle” pensábamos que se refería a una circunvalación o algo parecido.
Tras aparcar en el hotel intentamos coger un taxi en la única calle colindante, realmente una especie de autopista urbana con mediana y tres carriles por sentido. Había un taxista piratilla en la entrada a la búsqueda de incautos que enseguida nos preguntó a dónde queríamos ir, cerrándonos un precio de 5 dinares por llevarnos a nuestro destino. Aceptamos porque era inmediato y no dejaban de ser cuatro duros. Montados en ese taxi pudimos disfrutar por el mismo precio de un modo de conducción que yo calificaría de “galáctico”, con adelantamientos por el interior, pases por espacios que dejaban un milímetro de holgura a cada retrovisor, velocidades supersónicas, atajos increíbles, rotondas tratadas como rectas y rectas tratadas como rotondas… me imaginaba que de un momento a otro el taxista pulsaría un botón rojo con bombilla detrás en el cual estaría xerografiado “turbo boost” y el taxi saltaría por encima del siguiente cruce. Lo cierto es que llegamos a nuestro destino enseguida a pesar del tráfico (es lo bueno de cerrar precio), si bien quedó claro que nuestro destino estaba lejos del hotel.
El centro de Ammán es realmente el centro de una gran ciudad, no como Doha. Tiene sus aceras continuas y transitables, sus tiendas abiertas a la calle, sus plazas, sus paradas de autobús, sus pasos para peatones, sus bares y pastelerías, su bullicio conformado principalmente por gentes del lugar… como te imaginas que debe ser el centro de una ciudad grande, vamos. Como característica suya podemos añadir que es muy cuesta y llena de calles estrechas que trepan por las colinas; las casas tienen como máximo tres o cuatro alturas y ofrecen a la vista desde abajo sus fachadas formando escalones sucesivos sobre las laderas.
Las atracciones turísticas, aparte de la inmersión en la vida de la ciudad, son pocas y corresponden principalmente con los escasos restos conservados de la antigua ciudad romana de Philadelphia. En una plaza se hallan el teatro, el odeón (un teatro más pequeño y cubierto) y algunos restos de la columnata del foro. Después hay un altozano llamado “la ciudadela” donde se encuentran los restos del templo de Hércules y desde donde se tiene además una estupenda vista de la ciudad. Por último, en las proximidades, caminando ya hacia el cercano zoco, se encuentra el antiguo ninfeo, cuyo tamaño informa de la importancia de la antigua Philadelphia. El taxi nos dejó al lado de la plaza de los teatros pero no pudimos visitarlos porque habían cerrado a las cinco, hacía ya más de hora y media. A la ciudadela no subimos porque ya era totalmente de noche y no teníamos nada claro por donde se accedía, si podríamos ver algo o si sería seguro.
A cinco minutos de los restos romanos se halla uno de los zocos, que realmente es una mezcla entre mercado tradicional y calle comercial. Consiste en una calle principal normal y corriente de dos carriles con muchísimo tráfico a la que se abren todo tipo de tiendas de ropa, quincalla, especias, comida, ferretería, etcétera. El género se expone parcialmente en la calle, sea lo que sea, y las puertas de los establecimientos son muy amplias, cuentan con toldos que se aprovechan para colgar la mercancía y están abiertas de par en par. Luego hay callejuelas y espacios traseros donde se establecen puestos de verduras y hortalizas o se encuentran más tiendas. Como os podéis imaginar está lleno de gente, incluyendo mucho turista occidental y nativos de toda clase y condición. A las siete y media de la tarde comienza a cerrar todo.
Los jordanos visten mucho más occidentalizados que los qataríes. Tanto en ellos como en ellas son visibles todas las gradaciones posibles, desde la árabe más tradicional hasta la completamente occidental, si bien predomina la segunda sobre la primera y son las chilabas y sus variaciones con repetición minoritarias. Esto me confirmó lo que ya sospechaba: que los rasgos árabes me resultan muy atractivos. Las mujeres mayoritariamente no llevan chilaba, aunque sí prendas que las tapan mucho, como abrigos hasta los tobillos o faldas muy largas. El pañuelo sí es muy mayoritario, pues como ya sabéis es lo último que desaparece de la vestimenta tradicional árabe.
Ese día cenamos en un restaurante jordano donde era evidente que no entran habitualmente turistas occidentales. Para que os hagáis una idea, su aspecto sería el de un bar de casta del centro de Madrid en los años 70, con sus mesas y sillas de formica marrón imitando malamente vetas de madera. Las mesas eran corridas con capacidad para unas 10 personas cada una y había mucho humo en la sala; las lunas de la fachada tenían letras pintadas, supongo que anunciando el bar y sus especialidades; tras la barra había una parrilla con sus brasas bien ardientes y en el exterior una pequeña barra movible abierta a la acera tras la cual se disponían un freidor de pollos a l’ast y una nevera de refrescos. La barra interior era muy alta y la mitad de la misma era en realidad una nevera de carnicería donde se exhibían las viandas crudas. La totalidad de los parroquianos eran árabes.
Primero intentamos a través de una escalera lateral entrar en el primer piso, el cual estaba aislado de la planta baja mediante una cristalera y tenía una pinta más tranquila, pero nos indicaron que no era posible porque estaba reservado para familias. Comimos abajo pues, donde nos atendió el único camarero que hablaba algo de inglés. Al final nos pusimos de acuerdo con el camarero y él con nosotros y pedimos lo típico. Primero nos sirvieron para el centro un plato lleno de zanahorias, pepinillos y otros vegetales en vinagre para picar. Luego le llegó a cada uno una ensalada árabe en un gran recipiente más una pepsi-cola que el camarero trajo de la nevera de fuera, esto último por propia iniciativa, pues ninguno de nosotros la había pedido. Debió de dar por supuesto que, como éramos occidentales, comíamos con eso. Como anécdota relacionada con estas pepsicolas puedo comentar que estaba una mosca bastante gorda de esas con brillos verdes revoloteando por nuestra mesa mientras zampábamos cuando, de repente, describiendo un picado impresionante metiose con pasmosas exactitud y velocidad por el centro del agujero de la lata del compañero que tenía a mi izquierda para no volver ya a salir. Dicha lata no fue consumida.
El plato fuerte consistió en tres zancas y contrazancas de pollo a la brasa para cada uno que estaban buenísimas y venían tapadas por unas tortas de pan ácimo untado con algo rojo muy picante que también estaba muy rico, acompañado ello de un bol de arroz muy suelto cocido con algunos tipos de especias que le daban color amarronado y muy buen sabor. No fui capaz de acabarlo todo.
A la hora de pagar llegó la sorpresa: 12 dinares… los tres; o sea: cuatro euros y medio por cabeza quedando que ya no podía más e incluido todo lo citado más agua.
Cuando acabamos de cenar serían las nueve y media y la calle ya estaba completamente vacía, incluso el tráfico había desaparecido. Cogimos un taxi en una parada que había enfrente. Tras varios intentos logramos hacer entender al taxista el nombre del hotel, pues no sabía decir en inglés ni “hello”; tras ello enfiló todo recto por una avenida varios kilómetros, dejándonos en el hotel enseguida. Por esta carrera nos cobró muy poco: algo menos de dos dinares y medio medidos por taxímetro, con lo cual quedó claro que el anterior taxista nos había clavado el doble, si bien es verdad que para venir habíamos tardado más.
Antes de acostarnos nos tomamos una pinta de cerveza en el bar del hotel que nos costó a cada uno bastante más que la cena, tras lo cual me fui para la cama más que deprisa tras la correspondiente ducha reparadora.
Cuarto día: Jerash y Despedida.
Este nuestro último día en Jordania insistimos en levantarnos a las siete de la madrugada como única forma de aprovechar el día, pues el avión salía a las cuatro y media y en este caso el aeropuerto nos iba a quedar al lado contrario de Ammán.
A la hora de desayunar comprobamos como la horda de jubilados franceses seguía alojada en el hotel.
Tras el desayuno enfilamos sin más dilación hacia Jerash, que por suerte tenía muy buena salida desde el hotel, si bien antes quedo confirmado que el tráfico en Ammán es intenso y tuvimos que pasar por una pequeña tortura circulatoria con carriles flotantes incluidos. Para ir a la antigua ciudad romana cogimos de nuevo la conocida ruta 15, pero en dirección contraria a Petra, ya que Jerash está hacia el norte, hacia la frontera con Siria. Una vez que sales de Ammán se tarda una media hora larga en llegar.
El lugar se encuentra muy fácilmente, tiene su aparcamiento y la entrada cuesta 8 dinares.
Jerash está siendo reconstruida desde hace ya bastantes años y para ello se utiliza una técnica que en otros países sería controvertida. Se ha optado por volver a levantar los edificios más emblemáticos añadiendo de nueva obra las piezas que faltan en el rompecabezas, usando para ello la misma piedra tallada exactamente como se supone la hicieron los canteros romanos, de modo que la única forma de distinguir las piedras contemporáneas es su evidente demasiada buena conservación.
En todo caso aún falta muchísimo por excavar y reconstruir; en muchas ocasiones, sobre todo en las termas, es perfectamente visible como la mayoría de las piedras siguen ahí y todo es cuestión de resolver el gigantesco rompecabezas que supone volver a ponerlas en orden en su sitio.
La clave de la estupenda conservación de la antigua Gerasa reside en que estuvo completamente deshabitada entre la Alta Edad Media y la Edad Contemporánea, con lo cual los antiguos edificios no fueron utilizados como cantera para nuevas construcciones. Fue de hecho durante los últimos siglos de ocupación humana cuando más daños se infligieron a los edificios clásicos, utilizados ya en aquella época como cantera para las iglesias que se levantaron bajo el Imperio Bizantino u otros edificios y reparaciones. El permiso para execrar los antiguos templos paganos emitido bajo dicho Imperio o la orden de destruir toda iconografía emitida durante el periodo Omeya causaron más daño de cara a la reconstrucción que el tiempo o el terremoto que destruyó la ciudad, pues estos últimos sólo añadieron entropía a las piedras, pero no las hicieron desaparecer. No fue hasta finales del siglo XIX que se volvió a habitar el lugar por parte de unos colonos turcos, a los cuales no se les ocurrió otra cosa que ponerse encima de las ruinas (quizá el río tenga algo que ver), con lo que actualmente sólo se conserva la mitad oeste, que venía a suponer 3/5 de Gerasa, pues la mitad este está casi en su totalidad bajo el Jerash moderno. En Gerasa aparte de las ruinas romanas se conservan también restos bizantinos (sobre todo iglesias) e incluso omeyas (una mezquita y casas).
Al igual que en Petra, el acceso a las ruinas es total y no hay vallas acotando el paso a ningún lugar, así que te puedes meter por donde quieras, lo cual está fenomenal para una persona medianamente sensata y respetuosa, pero hay que reconocer que esto tiene cierto peligro en el caso de que estemos ante un energúmeno, que desgraciadamente también vienen a ver estas cosas y se dedican a llevarse recuerdos, tirar piedras abajo, mear en una esquina, vomitar sobre los mosaicos y cosas parecidas.
Que la política de acceso total no es la más adecuada en este caso viene demostrado por lo siguiente: en una de las aceras del cardo máximo, justo a ambos lados de la puerta de acceso a la escalinata del templo de Minerva, el pórtico estaba pavimentado con un mosaico. Nos dimos cuenta porque en una de las secciones la tierra formaba un bache y el borde de dicho bache estaba delimitado por las teselas del mosaico, las cuales ya se habían desprendido en el centro, donde ya solo quedaba un hueco. Es evidente que el pasar la gente por ese lugar seguirá agrandándose el bache y se irán desprendiendo más y más teselas del mosaico, protegido tan solo por unos centímetros de tierra cuando lógicamente debía impedirse el paso por encima.
Una visita concienzuda puede suponer unas cinco o seis horas, así que merece la pena venir temprano. Dentro del recinto existe un restaurante un poco tipo estación de servicio que permite planificar una visita de mañana y tarde. En mi caso únicamente tuve cuatro horas de tiempo, así que algunas ruinas como las iglesias bizantinas, la mezquita, el puente o las murallas no pudieron ser visitadas, amén de que tampoco pude dedicar a los edificios más importantes todo el tiempo que me apetecía, pero lo fundamental quedó todo visto.
Pasadas la una de la tarde nos pusimos en marcha, no sin antes parar veinte minutos en las tiendas de recuerdos que estratégicamente se interponen entre la entrada y las ruinas pues, como no, mis compañeros tuvieron que comprar abalorios diversos con el fin de perseverar en su piadosa misión de darle cobijo al polvo de casa, tan huérfano el pobre.
Desde Jerash hasta el aeropuerto tardamos una hora y media, pero esto estaba previsto. Nada destacable sucedió hasta que salió el avión; ni siquiera los del coche de alquiler intentaron colarnos alguno de los abollones que ya estaban cuando lo cogimos, así que sin mayor aspaviento finalizó este agradable viaje.
Conclusión.
Este es un viaje que sin duda merece la pena, pues reúne muy cerquita unas de otras varias visitas muy interesantes.
Para viajar a Jordania con pleno aprovechamiento creo que deben destinarse un par de días más que los que yo estuve, pues si no vas a toda carrera y no tienes otra que pegarte terribles madrugones.
Bajo mi punto de vista lo ideal sería pasar dos noches en Petra y tres en Ammán. De esta forma puedes dedicarle a Petra los dos días que se merece y que están incluidos en la entrada. Desde luego lo más inteligente es aprovechar la primera tarde para viajar del aeropuerto a Wadi Moussa. Tras la visita a Petra se sube hasta Ammán y se puede dedicar el día siguiente entero al Mar Muerto y alrededores. Para los más fans también está la posibilidad de dormir el tercer día en el Mar Muerto, que queda relativamente de paso viajando desde Petra hacia Ammán. El cuarto día se dedicaría a Jerash, a dar una vueltecita ya de tarde por el centro de Ammán y a cenar en la ciudad. El último día se puede aprovechar para visitar los teatros romanos y la ciudadela antes de salir hacia el aeropuerto, todo esto suponiendo que tuvierais el avión a una hora tan buena como yo lo tuve, claro. Cinco noches por lo tanto, lo cual te permitirá además no tener que levantarte tan temprano como yo lo hice. Hay algunos puntos de interés adicionales que se pueden incluir como visitas secundarias, como pueden ser las ruinas de las fortalezas de los cruzados que salpican las montañas al este y sureste del Mar Muerto o la ciudad playera de Aqaba, en el extremo sur del país, si bien esta última visita ya requiere una planificación aparte porque está a unas cinco horas de Ammán.
Me despido informándoos de los próximos proyectos que tengo para este blog: en breve tendré que dedicar una pequeña entrada al Eid al-Adha, o fiesta del cordero, que coincidió aquí con el Puente de la Inmaculada en España. Tengo además pendientes bastantes cotidianías qataríes y debo finalizar, como no, el relato sobre el día en que estuve a punto de morir.
Os deseo de todo corazón que estas Navidades no se os atraganten.
Continúa mi viaje a Jordania con renovados bríos. Como recordaréis, nos habíamos quedado en el punto en que volvíamos desde el Mar Muerto, algo pasadas las cuatro y media de la tarde y ya haciéndose de noche. Nuestro objetivo era rendir nuestra visita al centro de Ammán.
Con este artículo concluiré mi relato del viaje, ya que la parte de Jerash está suficientemente explicada en Picasa y por lo tanto no ocupará aquí mucho espacio.
Tercer día, Tercera Parte: Ammán.
Una característica peculiar del tráfico en Ammán es la de los carriles flotantes. Dado que las rayas del pavimento apenas se ven o sencillamente no existen, en algunas avenidas se forman tantas filas de coches como caben, que suele ser una más que las previstas por diseño. En todo caso la circulación aunque muy intensa es relativamente fluida, pues dichas avenidas están llenas de pasos a distinto nivel y rotondas elevadas, que sacrifican la estética de la ciudad y al peatón a dicha fluidez. En Madrid en la época final del fascismo también se construyeron bastantes de estos escalextric, pero hoy en día la mayoría han sido demolidos porque convierten los lugares donde se construyen en sitios desagradables para vivir. En Ammán a las rotondas no las llaman “roundabout”, sino “circle”, y es así como están identificadas en la señalización vertical; esto añadió más confusión si cabe, pues como están numeradas si un letrero ponía “4th circle” pensábamos que se refería a una circunvalación o algo parecido.
Tras aparcar en el hotel intentamos coger un taxi en la única calle colindante, realmente una especie de autopista urbana con mediana y tres carriles por sentido. Había un taxista piratilla en la entrada a la búsqueda de incautos que enseguida nos preguntó a dónde queríamos ir, cerrándonos un precio de 5 dinares por llevarnos a nuestro destino. Aceptamos porque era inmediato y no dejaban de ser cuatro duros. Montados en ese taxi pudimos disfrutar por el mismo precio de un modo de conducción que yo calificaría de “galáctico”, con adelantamientos por el interior, pases por espacios que dejaban un milímetro de holgura a cada retrovisor, velocidades supersónicas, atajos increíbles, rotondas tratadas como rectas y rectas tratadas como rotondas… me imaginaba que de un momento a otro el taxista pulsaría un botón rojo con bombilla detrás en el cual estaría xerografiado “turbo boost” y el taxi saltaría por encima del siguiente cruce. Lo cierto es que llegamos a nuestro destino enseguida a pesar del tráfico (es lo bueno de cerrar precio), si bien quedó claro que nuestro destino estaba lejos del hotel.
Las atracciones turísticas, aparte de la inmersión en la vida de la ciudad, son pocas y corresponden principalmente con los escasos restos conservados de la antigua ciudad romana de Philadelphia. En una plaza se hallan el teatro, el odeón (un teatro más pequeño y cubierto) y algunos restos de la columnata del foro. Después hay un altozano llamado “la ciudadela” donde se encuentran los restos del templo de Hércules y desde donde se tiene además una estupenda vista de la ciudad. Por último, en las proximidades, caminando ya hacia el cercano zoco, se encuentra el antiguo ninfeo, cuyo tamaño informa de la importancia de la antigua Philadelphia. El taxi nos dejó al lado de la plaza de los teatros pero no pudimos visitarlos porque habían cerrado a las cinco, hacía ya más de hora y media. A la ciudadela no subimos porque ya era totalmente de noche y no teníamos nada claro por donde se accedía, si podríamos ver algo o si sería seguro.
A cinco minutos de los restos romanos se halla uno de los zocos, que realmente es una mezcla entre mercado tradicional y calle comercial. Consiste en una calle principal normal y corriente de dos carriles con muchísimo tráfico a la que se abren todo tipo de tiendas de ropa, quincalla, especias, comida, ferretería, etcétera. El género se expone parcialmente en la calle, sea lo que sea, y las puertas de los establecimientos son muy amplias, cuentan con toldos que se aprovechan para colgar la mercancía y están abiertas de par en par. Luego hay callejuelas y espacios traseros donde se establecen puestos de verduras y hortalizas o se encuentran más tiendas. Como os podéis imaginar está lleno de gente, incluyendo mucho turista occidental y nativos de toda clase y condición. A las siete y media de la tarde comienza a cerrar todo.
Ese día cenamos en un restaurante jordano donde era evidente que no entran habitualmente turistas occidentales. Para que os hagáis una idea, su aspecto sería el de un bar de casta del centro de Madrid en los años 70, con sus mesas y sillas de formica marrón imitando malamente vetas de madera. Las mesas eran corridas con capacidad para unas 10 personas cada una y había mucho humo en la sala; las lunas de la fachada tenían letras pintadas, supongo que anunciando el bar y sus especialidades; tras la barra había una parrilla con sus brasas bien ardientes y en el exterior una pequeña barra movible abierta a la acera tras la cual se disponían un freidor de pollos a l’ast y una nevera de refrescos. La barra interior era muy alta y la mitad de la misma era en realidad una nevera de carnicería donde se exhibían las viandas crudas. La totalidad de los parroquianos eran árabes.
Primero intentamos a través de una escalera lateral entrar en el primer piso, el cual estaba aislado de la planta baja mediante una cristalera y tenía una pinta más tranquila, pero nos indicaron que no era posible porque estaba reservado para familias. Comimos abajo pues, donde nos atendió el único camarero que hablaba algo de inglés. Al final nos pusimos de acuerdo con el camarero y él con nosotros y pedimos lo típico. Primero nos sirvieron para el centro un plato lleno de zanahorias, pepinillos y otros vegetales en vinagre para picar. Luego le llegó a cada uno una ensalada árabe en un gran recipiente más una pepsi-cola que el camarero trajo de la nevera de fuera, esto último por propia iniciativa, pues ninguno de nosotros la había pedido. Debió de dar por supuesto que, como éramos occidentales, comíamos con eso. Como anécdota relacionada con estas pepsicolas puedo comentar que estaba una mosca bastante gorda de esas con brillos verdes revoloteando por nuestra mesa mientras zampábamos cuando, de repente, describiendo un picado impresionante metiose con pasmosas exactitud y velocidad por el centro del agujero de la lata del compañero que tenía a mi izquierda para no volver ya a salir. Dicha lata no fue consumida.
A la hora de pagar llegó la sorpresa: 12 dinares… los tres; o sea: cuatro euros y medio por cabeza quedando que ya no podía más e incluido todo lo citado más agua.
Cuando acabamos de cenar serían las nueve y media y la calle ya estaba completamente vacía, incluso el tráfico había desaparecido. Cogimos un taxi en una parada que había enfrente. Tras varios intentos logramos hacer entender al taxista el nombre del hotel, pues no sabía decir en inglés ni “hello”; tras ello enfiló todo recto por una avenida varios kilómetros, dejándonos en el hotel enseguida. Por esta carrera nos cobró muy poco: algo menos de dos dinares y medio medidos por taxímetro, con lo cual quedó claro que el anterior taxista nos había clavado el doble, si bien es verdad que para venir habíamos tardado más.
Antes de acostarnos nos tomamos una pinta de cerveza en el bar del hotel que nos costó a cada uno bastante más que la cena, tras lo cual me fui para la cama más que deprisa tras la correspondiente ducha reparadora.
Cuarto día: Jerash y Despedida.
Este nuestro último día en Jordania insistimos en levantarnos a las siete de la madrugada como única forma de aprovechar el día, pues el avión salía a las cuatro y media y en este caso el aeropuerto nos iba a quedar al lado contrario de Ammán.
A la hora de desayunar comprobamos como la horda de jubilados franceses seguía alojada en el hotel.
Tras el desayuno enfilamos sin más dilación hacia Jerash, que por suerte tenía muy buena salida desde el hotel, si bien antes quedo confirmado que el tráfico en Ammán es intenso y tuvimos que pasar por una pequeña tortura circulatoria con carriles flotantes incluidos. Para ir a la antigua ciudad romana cogimos de nuevo la conocida ruta 15, pero en dirección contraria a Petra, ya que Jerash está hacia el norte, hacia la frontera con Siria. Una vez que sales de Ammán se tarda una media hora larga en llegar.
Jerash está siendo reconstruida desde hace ya bastantes años y para ello se utiliza una técnica que en otros países sería controvertida. Se ha optado por volver a levantar los edificios más emblemáticos añadiendo de nueva obra las piezas que faltan en el rompecabezas, usando para ello la misma piedra tallada exactamente como se supone la hicieron los canteros romanos, de modo que la única forma de distinguir las piedras contemporáneas es su evidente demasiada buena conservación.
En todo caso aún falta muchísimo por excavar y reconstruir; en muchas ocasiones, sobre todo en las termas, es perfectamente visible como la mayoría de las piedras siguen ahí y todo es cuestión de resolver el gigantesco rompecabezas que supone volver a ponerlas en orden en su sitio.
Al igual que en Petra, el acceso a las ruinas es total y no hay vallas acotando el paso a ningún lugar, así que te puedes meter por donde quieras, lo cual está fenomenal para una persona medianamente sensata y respetuosa, pero hay que reconocer que esto tiene cierto peligro en el caso de que estemos ante un energúmeno, que desgraciadamente también vienen a ver estas cosas y se dedican a llevarse recuerdos, tirar piedras abajo, mear en una esquina, vomitar sobre los mosaicos y cosas parecidas.
Que la política de acceso total no es la más adecuada en este caso viene demostrado por lo siguiente: en una de las aceras del cardo máximo, justo a ambos lados de la puerta de acceso a la escalinata del templo de Minerva, el pórtico estaba pavimentado con un mosaico. Nos dimos cuenta porque en una de las secciones la tierra formaba un bache y el borde de dicho bache estaba delimitado por las teselas del mosaico, las cuales ya se habían desprendido en el centro, donde ya solo quedaba un hueco. Es evidente que el pasar la gente por ese lugar seguirá agrandándose el bache y se irán desprendiendo más y más teselas del mosaico, protegido tan solo por unos centímetros de tierra cuando lógicamente debía impedirse el paso por encima.
Una visita concienzuda puede suponer unas cinco o seis horas, así que merece la pena venir temprano. Dentro del recinto existe un restaurante un poco tipo estación de servicio que permite planificar una visita de mañana y tarde. En mi caso únicamente tuve cuatro horas de tiempo, así que algunas ruinas como las iglesias bizantinas, la mezquita, el puente o las murallas no pudieron ser visitadas, amén de que tampoco pude dedicar a los edificios más importantes todo el tiempo que me apetecía, pero lo fundamental quedó todo visto.
Desde Jerash hasta el aeropuerto tardamos una hora y media, pero esto estaba previsto. Nada destacable sucedió hasta que salió el avión; ni siquiera los del coche de alquiler intentaron colarnos alguno de los abollones que ya estaban cuando lo cogimos, así que sin mayor aspaviento finalizó este agradable viaje.
Conclusión.
Este es un viaje que sin duda merece la pena, pues reúne muy cerquita unas de otras varias visitas muy interesantes.
Para viajar a Jordania con pleno aprovechamiento creo que deben destinarse un par de días más que los que yo estuve, pues si no vas a toda carrera y no tienes otra que pegarte terribles madrugones.
Me despido informándoos de los próximos proyectos que tengo para este blog: en breve tendré que dedicar una pequeña entrada al Eid al-Adha, o fiesta del cordero, que coincidió aquí con el Puente de la Inmaculada en España. Tengo además pendientes bastantes cotidianías qataríes y debo finalizar, como no, el relato sobre el día en que estuve a punto de morir.
Os deseo de todo corazón que estas Navidades no se os atraganten.
- Hora local: 19:00.
- Temperatura: 17ºC.
- Humedad: 55%.
- Temperatura máxima: 18ºC.
- Temperatura mínima: 12ºC.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.
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"Dejad que los perros ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos." [Don Quijote - Orson Welles]