Apreciados compinches:
Debo en primer lugar tranquilizaros, esto no es la saga de la Guerra de las Galaxias. Con dos episodios va que chuta, así que éste es conclusivo.
Como bien recordaréis, el capítulo primero había concluido con una afirmación por mi parte:
Desde que comencé a trabajar como ingeniero eléctrico me llamó poderosamente la atención que no existe un solo Jefe de Equipo veterano que no haya visto morir a alguien en el trabajo o no estuviese a cuatro pasos de donde murió alguien en el trabajo. Es muy posible que algunas veces sean historias que han oído a otros y que repiten como suyas, pero lo cierto es que comentar accidentes graves es parte del acervo cultural de una obra.
Así, durante todo este tiempo me he ido enterando de maravillosas historias a este respecto, algunas de las cuales han resistido en mi memoria el pasar del tiempo y paso a relataros a continuación. Hay más, pero desgraciadamente han caído en el olvido o no las recuerdo con la suficiente coherencia como para plasmarlas aquí.
Alta Tensión.
Así, hubo una vez un supervisor que pidió a un ayudante de la contrata que comprobara el voltaje en unas barras de media tensión, a 6.300 voltios. El supervisor no dijo más, dio por supuesto que el ayudante, con su polímetro, comprobaría dicha tensión en los bornes auxiliares que para tal cometido existen, entre los cuales se mide una magnitud reducida y proporcional a la real. Desgraciadamente debía estar el ayudante un poco bajo de formación, así que cuando acercó los terminales de su polímetro directamente a las barras, los 6.300 V no dudaron en atravesar el patético aislamiento para 1.000 V del aparato y cerrarse de brazo a brazo del infortunado trabajador, cuya muerte al menos debió ser instantánea. Al supervisor se lo tuvieron que llevar presa de un ataque de nervios, y nunca pudo quitarse de encima la sensación de haber enviado a aquel hombre a la muerte. Para los más mal pensados, debo aclarar que ese supervisor NO era yo.
Para ilustrar el tema de los chispazos en alta tensión he subido el simpático vídeo que veis sobre estas líneas, donde podréis apreciar que si el cortocircuito en vez de en el interruptor de casa ocurre en un interruptor industrial como el que estos dos hombres están armando la cosa es más espectacular. Lo mismo que ellos están haciendo lo he hecho yo varias veces, aunque con resultados más felices. Él, lo más lógico es que haya fallecido.
Como no quiero cargar mucho mi cuenta, os pongo a continuación los enlaces a otros dos vídeos muy bonitos sobre electricidad:
Caída Cómica.
Algunas veces los accidentes adquieren tintes cómicos. Así, iba Alfonso caminando por la obra cuando oyó que le decían desde lo alto de un andamio: “¡Alfonso, sube aquí a ayudarnos, anda!” Fue hace bastantes años, cuando los andamios todavía consistían en piezas laterales amarillas unidas con unas crucetas negras que les daban rigidez, consistiendo el piso en tablones de madera apoyados sin más en ambos extremos sobre las piezas amarillas (seguro que os acordáis de ellos), andamios afortunadamente hoy en día prohibidos por Ley en España. Los tres compañeros de Alfonso estaban intentando encajar a fuerza viva sobre un soporte un tubo muy pesado que se hallaba sujeto con trácteles por encima de sus cabezas. Alfonso, como buen compañero, subió y se puso a ayudar.
Ahora imaginaos la estampa: cuatro tipos fuertotes, hombres duros del montaje, haciendo fuerza sobre sus cabezas para colocar un pesado tubo en su sitio mientras los cuatro permanecen de pie en el centro del vano que formaban un par de tablones de madera a tres metros de altura. Entonces se oyó: “¡Venga, vamos, a la de una, a la de dos, y a la de traaaaack!... ¡plof! ¡ay! ¡plof! ¡ay! ¡plof! ¡ay! ¡plof! ¡ay!” Y desde tres metros cayeron los cuatro, recibiendo como propina algún que otro pedazo de tablón sobre sus cabezas. La suerte sonrió esta vez y todo se salvó con una fractura, un esguince y algunas contusiones. Bien es cierto que hubiera tenido mucha más gracia si también les hubiera caído el tubo encima, pero dado que estaba bien agarrados con los trácteles no tenía razón de ser. Muchos otros murieron por caer desde menor altura.
Accidente Nuclear.
Esto me recuerda otro accidente que también tiene tintes cómicos, si bien un poquito más escatológicos.
Una vez, en una nuclear, estaba “El Bierzo” en un equipo de mantenimiento currando durante la parada anual, esa donde se recarga un tercio de las barras de combustible atómico. El trabajo del día debían realizarlo en un lugar controlado, donde sólo se puede permanecer un tiempo reducido debido a la radiación. Las personas que trabajan en estos lugares llevan un dosímetro encima para controlar que no reciben más radioactividad que la permitida. Si dicho dosímetro comienza a pitar es que se ha superado la dosis y hay que salir del lugar. Este lugar en concreto era complicado, pues la estancia máxima estaba establecida en un par de horas y era un sitio además donde hacía bastante calor. No llevaban “El Bierzo” y su compañero media hora en el lugar, cuando el aparato comenzó a sonar. Salieron de allí por patas y tras las comprobaciones pertinentes se descubrió que ambos estaban contaminados por la espalda y que ya habían recibido la dosis máxima permitida, así que no podían seguir trabajando durante esa parada (en estos casos te envían para casa y ya no puedes entrar en una nuclear en un tiempo determinado marcado por la dosis recibida, si bien para la parada en concreto donde tuviste el percance percibes el sueldo en su totalidad, como si hubieses trabajado durante toda ella). Tras lavarles adecuadamente se les pudo descontaminar por completo. ¿Por completo? No. Un pequeño lugar en el físico de “El Bierzo” seguía conteniendo radiactividad: su culo.
Plano del fisionador de neutrones del generador de chorro de quarks de mi central. La radiactividad es tan alta que la operación tiene que realizarse con androides como el que veis dibujado.
¿Qué había ocurrido? Bueno, pues resulta que por el sitio donde estaban pasaba una tubería que con la planta en marcha lleva el agua de refrigeración del núcleo, muy radioactiva; esta tubería tendría que haber estado totalmente vacía, pero algo había fallado y únicamente se había vaciado hasta la mitad. El Bierzo y su compañero habían pasado cerca y se habían chupado desde atrás la intensa radiación que emitía el agua que quedaba dentro. Como eran radiaciones tipo alfa y beta se quedaron en la capa externa de la piel y fueron absorbidas por el sudor, ero dicho sudor resbaló por la espalda, cuando ésta acabó se canalizó por un surco, luego encontró un sumidero y, claro, en cuanto el sudor se metió por ahí halló un medio más permeable que la piel, así que la contaminación ya no era meramente superficial en ese punto. Para descontaminar a “El Bierzo” hubo que someterle a un lavado abrasivo realizado por el médico con el dedo corazón y guantes de látex, proceso que consiguió totalmente su objetivo al precio impedir a “El Bierzo” sentarse a gusto durante una temporada.
Trabajo bajo Presión.
Una fuente de accidentes muy habitual son las pruebas de presión, las cuales son muy corrientes, pues se hacen decenas de ellas en todas las obras para probar que los embridamientos y soldaduras de los sistemas de tuberías aguantan sin inmutarse una fuerza por centímetro cuadrado superior a la de trabajo. Estas pruebas se hacen siempre a vez y media la presión nominal del sistema.
A este respecto estaba una vez Vaquero participando en una prueba de presión neumática a un pequeño tanque (en su acepción de contenedor de gases o líquidos, no de máquina de guerra). Alguien estableció que la presión de prueba debían ser 150 bares (no en su acepción de lugar para tomar copas, sino en la de atmósferas de presión). Para profanos aclararé que semejante presión para una prueba neumática es una barbaridad, pero como debió ordenarlo alguien con mando tuvo que llevarse a cabo. No estaban ni a la mitad de la prueba cuando alguien dijo “¿no se está deformando eso?” y todos vieron entonces como la pintura se levantaba en un lado del tanque alrededor de un abombamiento mientras se oía un sospechoso crujido metálico. Evidentemente ni Vaquero ni el resto se quedaron allí a ver qué pasaba; cuando ya estaban fuera de la caseta batiendo seguramente algún récord mundial de velocidad se oyó un “plof”, nada estridente ni ensordecedor, un ruido sordo, como el de una roca muy pesada al caer sobre arena; a dicho ruido siguió un estruendo de escombros. Cuando se atrevieron a volver encontraron que una de las caperuzas que cierra el tanque por los extremos (lo que sería el culo de los camiones cisterna) se había desprendido de sus soldaduras, había atravesado la pared y se encontraba a 20m de distancia. La presión nominal del tanque resultó ser al final de 10 bares, con lo cual la presión de prueba debían haber sido 15. Ignoro si alguien dimitió.
En otra ocasión, estaba alguien cuyo nombre nunca supe atendiendo la prueba hidráulica de un circuito de alta presión; entonces un tapón roscado falló y salió disparado con tan mala fortuna que encontró por el camino la rodilla de un montador que caminaba por allí; y cuando digo encontró por el camino me refiero a que el tapón no se detuvo ahí, sino que la atravesó como si le hubieran disparado con un rifle, dejándolo cojo para toda la vida. Yo he pasado al lado de decenas de pruebas de estas y nunca pasa nada… hasta que pasa.
Muerte en las Profundidades.
Yo mismo ya he estado en una obra donde murió una persona. Fue en Castellón. Allí uno de los buzos que participaban en las obras de construcción de la toma de agua cometió una fatal equivocación. No me digáis cómo lo hizo, pero en vez de entrar en el canal de la central en construcción entró en la de la central ya construida, donde fue succionado y murió asfixiado al quedar atrapado por la corriente contra las rejas de protección del conducto de entrada del agua de refrigeración. Al ser una profesión tan peculiar y desarrollarse el incidente en la toma, lejos del tumulto principal de la obra, tuvo poca repercusión, pero para el buzo resultó ser lo mismo.
Debo decir que en mi actual destino aún no se ha producido ningún fallecimiento, hecho que, sinceramente, me sorprende. Me he llegado a preguntar si no será que a los hindúes que se mueren los hormigonan por la noche con las cimentaciones.
Una Serie de Catastróficas Desdichas.
No hace falta recurrir a profesiones lejanas, como la de un buzo, para encontrar historias cercanas. Podemos hallar ejemplos dentro de las mismas tareas que estuve ejecutando durante los dos años que anduve viajando por toda España (las únicas comunidades autónomas peninsulares donde no trabajé son Andalucía, Aragón y La Rioja). Esto ocurrió en la presa de Alcántara (Extremadura) sólo unos meses antes de que me incorporara a Iberdrola Ingeniería. Quien fuera que estaba encargado de aquella pequeña obra no realizó bien todas las comprobaciones necesarias y quedaron cruzados dos cables cuya misión era enviar dos lecturas de tensión; sólo eso, dos cables de varias decenas. Como consecuencia, el sincronizador automático comenzó a ver datos de tensión con signo contrario a los reales y mandó acoplar el generador de 240MVA con un desfase de 180º (como la mayoría no sabréis de qué estoy hablando, simplemente quedaros con que esto es algo muy malo). Juntándose el hambre con las ganas de comer, alguna protección no funcionó debidamente y el interruptor de excitación tardó en abrir, dando como resultado que la excitatriz del generador quedó echando humo (todavía de aquella tenían excitatriz, se cambió hace tres años por un sistema de excitación estático). Se movilizó entonces apresuradamente el retén de mantenimiento, pero la precipitación es mala consejera en estos casos, y tras cortar tensión en el grupo 3, entraron precipitadamente… en el 4. Resultado: tres personas acabaron en el hospital por una descarga eléctrica en cadena, dos de ellas con quemaduras graves. ¡Y todo por dos cables cruzados!
Péndulo Mortal.
La siguiente que os cuento fue sin embargo mucho menos rebuscada, aunque más trágica. Los problemas con eslingas no son privativos de los viajes al desierto, como conté en la primera entrega. Lo cierto es que en un lugar de cuyo nombre el testigo no quiere acordarse, estaban elevando una pieza grande y pesada. Cuando la pieza ya estaba bien alta, uno de los estrobos se rompió. La pieza entonces, libre en uno de sus extremos, se comportó como un enorme péndulo y barrió todo el área bajo ella y sus proximidades, encontrando en su recorrido a dos infortunados trabajadores que lanzó como peleles por encima de la barandilla a 15 metros de altura como si se tratase de una locomotora. Todo parece indicar que cuando llegaron al suelo ya estaban muertos.
Cuando Estuve a Punto de Morir.
Y llegó el momento. Después de tanta introducción os voy a contar por fin como fue la vez en que estuve a punto de morir ¿o pensabais que era broma? Pero debo decepcionaros: no fue en Qatar. Siento no haberlo dicho hasta ahora, pero sé que esto podría haberos quitado la ilusión y corría el riesgo de que no llegarais hasta aquí para leerlo.
Fue en la Central Térmica de Santurce (Bilbao).
Estábamos mejorando puntos de medida un compañero y yo (o más bien dirigiendo al contratista que lo hacía) cuando comprobando un circuito éste nos devolvió lecturas extrañas. Así no podíamos poner en servicio el sistema, con lo cual tras descartar que pudieran ser fantasmas empezamos a recorrerlo haciendo uso de los planos para localizar el fallo. Había que arreglarlo en el día, pues sin ese circuito el generador de 265 megavatios no podía arrancar y, aunque no estaba previsto ponerlo en marcha, un generador cobra aún estando parado siempre que pueda arrancar si se le pide, lo que se llama “disponibilidad”. En una de estas estaba yo hablando con el Jefe de Equipo del contratista mientras mi compañero hacia comprobaciones en un armario, queriendo La Desgracia que el destornillador lo tuviera yo en la mano; entonces mi compañero dijo: “Iván, vamos a abrir este borne por favor”. Fui para allá, metí el destornillador, desenrosqué el tornillo fijador, tiré del borne con fuerza y… ¡zas! Sólo sentí dos cosas: primero como si me acabasen de hacer una foto con flash a un metro de la cara, y segundo un puño invisible saliendo de aquel puto armario pegándome un puñetazo directo al esternón; esa fue exactamente la sensación. Cuando me quise dar cuenta estaba de pie a un metro del lugar que ocupaba hace sólo un segundo y con el brazo y la pierna izquierdos doloridos.
¿Qué pasó? Pues resulta que los planos estaban mal (cosa que sucede con más frecuencia de la que podéis suponer) y el borne no correspondía al circuito que pensábamos, así que no estaba fuera de servicio, con tan mala suerte que era lo que se llama un “circuito de intensidades”, una de cuyas características es que si los abres mientras funcionan se generan fuertes sobretensiones. Teniendo en cuenta que el destornillador era de tipo aislado, que estaba calzado con mis botas de seguridad y que aún así el puto circuito hizo tierra a través de mi pierna izquierda, es muy probable que me chupase más de 1.000 voltios. No se me quitó el dolor de cabeza hasta el día siguiente. Fue por cierto a partir de ese día cuando comencé a escuchar conversaciones a más de 1.000 metros, a ver a la gente desnuda bajo demanda, a mover objetos a distancia aún sin pretenderlo, a oir los pensamientos de los demás como si me estuvieran hablando y todas esas cosas tan molestas, pero esto, ya es otra historia.
¿Y de verdad estuve a punto de morir? Bueno, siento decepcionaros, pero aunque podría haber sucedido las posibilidades eran escasas, pues un circuito de intensidades no es un circuito de potencia, sino de medida, y como bien sabéis aunque lo peligroso es la tensión, lo que mata es la corriente. En fin, que si bien podría haberla palmado, lo más probable era que, tal y como ocurrió, todo hubiera quedado en un buen susto. Otro cantar hubiera sido si en vez de estar en paralelo con el circuito hubiera estado en serie... en fin, que en todo caso yo ya he recibido una descarga de 1.000 voltios y vosotros no. ¡Moriros de envidia!
Recapitulando: yo creo que está bien claro. ¡Qué dunas ni qué carajos! ¡Lo realmente peligroso en esta vida es ir a trabajar!
Cierre.
Una noticia publicada el año pasado acabó por convencerme de que mi última afirmación es radicalmente cierta.
Dicha noticia rezaba que en España habían muerto por causas directamente achacables al trabajo durante 2007, incluyendo accidentes laborales (826), in itínere (341) y enfermedades profesionales (16.115), un total de 17.282 personas. No está mal. Al parecer entre los muertos había muy pocos banqueros, terratenientes y grandes empresarios [nota: el número de muertos por enfermedades profesionales es una estimación de los sindicatos, pues las estadísticas oficiales son muy parciales]. Luego por supuesto están todo tipo de minusvalías asociadas a los accidentes graves y muy graves que suman muchos miles de personas más a esta tétrica estadística.
Bueno, espero que mañana por la mañana no os quedéis en casa por culpa de este texto. Muchos consuelos para todos.
Como bien recordaréis, el capítulo primero había concluido con una afirmación por mi parte:
“Hombre, bastante más peligroso es venir a trabajar”.Para demostrar mi afirmación voy a prescindir del hecho de que para ir al curro deba conducir todos los días durante hora y media larga por las carreteras de Qatar, porque los riesgos asociados a tal práctica son comprendidos por todos y ya han sido objeto de numerosas líneas en este blog. Me centraré por lo tanto en el trabajo en sí.
Desde que comencé a trabajar como ingeniero eléctrico me llamó poderosamente la atención que no existe un solo Jefe de Equipo veterano que no haya visto morir a alguien en el trabajo o no estuviese a cuatro pasos de donde murió alguien en el trabajo. Es muy posible que algunas veces sean historias que han oído a otros y que repiten como suyas, pero lo cierto es que comentar accidentes graves es parte del acervo cultural de una obra.
Así, durante todo este tiempo me he ido enterando de maravillosas historias a este respecto, algunas de las cuales han resistido en mi memoria el pasar del tiempo y paso a relataros a continuación. Hay más, pero desgraciadamente han caído en el olvido o no las recuerdo con la suficiente coherencia como para plasmarlas aquí.
Alta Tensión.
Así, hubo una vez un supervisor que pidió a un ayudante de la contrata que comprobara el voltaje en unas barras de media tensión, a 6.300 voltios. El supervisor no dijo más, dio por supuesto que el ayudante, con su polímetro, comprobaría dicha tensión en los bornes auxiliares que para tal cometido existen, entre los cuales se mide una magnitud reducida y proporcional a la real. Desgraciadamente debía estar el ayudante un poco bajo de formación, así que cuando acercó los terminales de su polímetro directamente a las barras, los 6.300 V no dudaron en atravesar el patético aislamiento para 1.000 V del aparato y cerrarse de brazo a brazo del infortunado trabajador, cuya muerte al menos debió ser instantánea. Al supervisor se lo tuvieron que llevar presa de un ataque de nervios, y nunca pudo quitarse de encima la sensación de haber enviado a aquel hombre a la muerte. Para los más mal pensados, debo aclarar que ese supervisor NO era yo.
Cortocircuito a 6.300 voltios.
Para ilustrar el tema de los chispazos en alta tensión he subido el simpático vídeo que veis sobre estas líneas, donde podréis apreciar que si el cortocircuito en vez de en el interruptor de casa ocurre en un interruptor industrial como el que estos dos hombres están armando la cosa es más espectacular. Lo mismo que ellos están haciendo lo he hecho yo varias veces, aunque con resultados más felices. Él, lo más lógico es que haya fallecido.
Como no quiero cargar mucho mi cuenta, os pongo a continuación los enlaces a otros dos vídeos muy bonitos sobre electricidad:
- Equivalente en alta tensión a la chispa que salta en el enchufe de casa cuando tiramos de él sin desconectar antes el aparato.
- Cómo estalla un transformador de potencia ante un cortocircuito recurrente.
Caída Cómica.
Algunas veces los accidentes adquieren tintes cómicos. Así, iba Alfonso caminando por la obra cuando oyó que le decían desde lo alto de un andamio: “¡Alfonso, sube aquí a ayudarnos, anda!” Fue hace bastantes años, cuando los andamios todavía consistían en piezas laterales amarillas unidas con unas crucetas negras que les daban rigidez, consistiendo el piso en tablones de madera apoyados sin más en ambos extremos sobre las piezas amarillas (seguro que os acordáis de ellos), andamios afortunadamente hoy en día prohibidos por Ley en España. Los tres compañeros de Alfonso estaban intentando encajar a fuerza viva sobre un soporte un tubo muy pesado que se hallaba sujeto con trácteles por encima de sus cabezas. Alfonso, como buen compañero, subió y se puso a ayudar.
Ahora imaginaos la estampa: cuatro tipos fuertotes, hombres duros del montaje, haciendo fuerza sobre sus cabezas para colocar un pesado tubo en su sitio mientras los cuatro permanecen de pie en el centro del vano que formaban un par de tablones de madera a tres metros de altura. Entonces se oyó: “¡Venga, vamos, a la de una, a la de dos, y a la de traaaaack!... ¡plof! ¡ay! ¡plof! ¡ay! ¡plof! ¡ay! ¡plof! ¡ay!” Y desde tres metros cayeron los cuatro, recibiendo como propina algún que otro pedazo de tablón sobre sus cabezas. La suerte sonrió esta vez y todo se salvó con una fractura, un esguince y algunas contusiones. Bien es cierto que hubiera tenido mucha más gracia si también les hubiera caído el tubo encima, pero dado que estaba bien agarrados con los trácteles no tenía razón de ser. Muchos otros murieron por caer desde menor altura.
Accidente Nuclear.
Esto me recuerda otro accidente que también tiene tintes cómicos, si bien un poquito más escatológicos.
Una vez, en una nuclear, estaba “El Bierzo” en un equipo de mantenimiento currando durante la parada anual, esa donde se recarga un tercio de las barras de combustible atómico. El trabajo del día debían realizarlo en un lugar controlado, donde sólo se puede permanecer un tiempo reducido debido a la radiación. Las personas que trabajan en estos lugares llevan un dosímetro encima para controlar que no reciben más radioactividad que la permitida. Si dicho dosímetro comienza a pitar es que se ha superado la dosis y hay que salir del lugar. Este lugar en concreto era complicado, pues la estancia máxima estaba establecida en un par de horas y era un sitio además donde hacía bastante calor. No llevaban “El Bierzo” y su compañero media hora en el lugar, cuando el aparato comenzó a sonar. Salieron de allí por patas y tras las comprobaciones pertinentes se descubrió que ambos estaban contaminados por la espalda y que ya habían recibido la dosis máxima permitida, así que no podían seguir trabajando durante esa parada (en estos casos te envían para casa y ya no puedes entrar en una nuclear en un tiempo determinado marcado por la dosis recibida, si bien para la parada en concreto donde tuviste el percance percibes el sueldo en su totalidad, como si hubieses trabajado durante toda ella). Tras lavarles adecuadamente se les pudo descontaminar por completo. ¿Por completo? No. Un pequeño lugar en el físico de “El Bierzo” seguía conteniendo radiactividad: su culo.
Plano del fisionador de neutrones del generador de chorro de quarks de mi central. La radiactividad es tan alta que la operación tiene que realizarse con androides como el que veis dibujado.¿Qué había ocurrido? Bueno, pues resulta que por el sitio donde estaban pasaba una tubería que con la planta en marcha lleva el agua de refrigeración del núcleo, muy radioactiva; esta tubería tendría que haber estado totalmente vacía, pero algo había fallado y únicamente se había vaciado hasta la mitad. El Bierzo y su compañero habían pasado cerca y se habían chupado desde atrás la intensa radiación que emitía el agua que quedaba dentro. Como eran radiaciones tipo alfa y beta se quedaron en la capa externa de la piel y fueron absorbidas por el sudor, ero dicho sudor resbaló por la espalda, cuando ésta acabó se canalizó por un surco, luego encontró un sumidero y, claro, en cuanto el sudor se metió por ahí halló un medio más permeable que la piel, así que la contaminación ya no era meramente superficial en ese punto. Para descontaminar a “El Bierzo” hubo que someterle a un lavado abrasivo realizado por el médico con el dedo corazón y guantes de látex, proceso que consiguió totalmente su objetivo al precio impedir a “El Bierzo” sentarse a gusto durante una temporada.
Trabajo bajo Presión.
Una fuente de accidentes muy habitual son las pruebas de presión, las cuales son muy corrientes, pues se hacen decenas de ellas en todas las obras para probar que los embridamientos y soldaduras de los sistemas de tuberías aguantan sin inmutarse una fuerza por centímetro cuadrado superior a la de trabajo. Estas pruebas se hacen siempre a vez y media la presión nominal del sistema.
En otra ocasión, estaba alguien cuyo nombre nunca supe atendiendo la prueba hidráulica de un circuito de alta presión; entonces un tapón roscado falló y salió disparado con tan mala fortuna que encontró por el camino la rodilla de un montador que caminaba por allí; y cuando digo encontró por el camino me refiero a que el tapón no se detuvo ahí, sino que la atravesó como si le hubieran disparado con un rifle, dejándolo cojo para toda la vida. Yo he pasado al lado de decenas de pruebas de estas y nunca pasa nada… hasta que pasa.
Muerte en las Profundidades.
Yo mismo ya he estado en una obra donde murió una persona. Fue en Castellón. Allí uno de los buzos que participaban en las obras de construcción de la toma de agua cometió una fatal equivocación. No me digáis cómo lo hizo, pero en vez de entrar en el canal de la central en construcción entró en la de la central ya construida, donde fue succionado y murió asfixiado al quedar atrapado por la corriente contra las rejas de protección del conducto de entrada del agua de refrigeración. Al ser una profesión tan peculiar y desarrollarse el incidente en la toma, lejos del tumulto principal de la obra, tuvo poca repercusión, pero para el buzo resultó ser lo mismo.
Debo decir que en mi actual destino aún no se ha producido ningún fallecimiento, hecho que, sinceramente, me sorprende. Me he llegado a preguntar si no será que a los hindúes que se mueren los hormigonan por la noche con las cimentaciones.
Una Serie de Catastróficas Desdichas.
Péndulo Mortal.
La siguiente que os cuento fue sin embargo mucho menos rebuscada, aunque más trágica. Los problemas con eslingas no son privativos de los viajes al desierto, como conté en la primera entrega. Lo cierto es que en un lugar de cuyo nombre el testigo no quiere acordarse, estaban elevando una pieza grande y pesada. Cuando la pieza ya estaba bien alta, uno de los estrobos se rompió. La pieza entonces, libre en uno de sus extremos, se comportó como un enorme péndulo y barrió todo el área bajo ella y sus proximidades, encontrando en su recorrido a dos infortunados trabajadores que lanzó como peleles por encima de la barandilla a 15 metros de altura como si se tratase de una locomotora. Todo parece indicar que cuando llegaron al suelo ya estaban muertos.
Cuando Estuve a Punto de Morir.
Y llegó el momento. Después de tanta introducción os voy a contar por fin como fue la vez en que estuve a punto de morir ¿o pensabais que era broma? Pero debo decepcionaros: no fue en Qatar. Siento no haberlo dicho hasta ahora, pero sé que esto podría haberos quitado la ilusión y corría el riesgo de que no llegarais hasta aquí para leerlo.
Fue en la Central Térmica de Santurce (Bilbao).
Estábamos mejorando puntos de medida un compañero y yo (o más bien dirigiendo al contratista que lo hacía) cuando comprobando un circuito éste nos devolvió lecturas extrañas. Así no podíamos poner en servicio el sistema, con lo cual tras descartar que pudieran ser fantasmas empezamos a recorrerlo haciendo uso de los planos para localizar el fallo. Había que arreglarlo en el día, pues sin ese circuito el generador de 265 megavatios no podía arrancar y, aunque no estaba previsto ponerlo en marcha, un generador cobra aún estando parado siempre que pueda arrancar si se le pide, lo que se llama “disponibilidad”. En una de estas estaba yo hablando con el Jefe de Equipo del contratista mientras mi compañero hacia comprobaciones en un armario, queriendo La Desgracia que el destornillador lo tuviera yo en la mano; entonces mi compañero dijo: “Iván, vamos a abrir este borne por favor”. Fui para allá, metí el destornillador, desenrosqué el tornillo fijador, tiré del borne con fuerza y… ¡zas! Sólo sentí dos cosas: primero como si me acabasen de hacer una foto con flash a un metro de la cara, y segundo un puño invisible saliendo de aquel puto armario pegándome un puñetazo directo al esternón; esa fue exactamente la sensación. Cuando me quise dar cuenta estaba de pie a un metro del lugar que ocupaba hace sólo un segundo y con el brazo y la pierna izquierdos doloridos.
¿Qué pasó? Pues resulta que los planos estaban mal (cosa que sucede con más frecuencia de la que podéis suponer) y el borne no correspondía al circuito que pensábamos, así que no estaba fuera de servicio, con tan mala suerte que era lo que se llama un “circuito de intensidades”, una de cuyas características es que si los abres mientras funcionan se generan fuertes sobretensiones. Teniendo en cuenta que el destornillador era de tipo aislado, que estaba calzado con mis botas de seguridad y que aún así el puto circuito hizo tierra a través de mi pierna izquierda, es muy probable que me chupase más de 1.000 voltios. No se me quitó el dolor de cabeza hasta el día siguiente. Fue por cierto a partir de ese día cuando comencé a escuchar conversaciones a más de 1.000 metros, a ver a la gente desnuda bajo demanda, a mover objetos a distancia aún sin pretenderlo, a oir los pensamientos de los demás como si me estuvieran hablando y todas esas cosas tan molestas, pero esto, ya es otra historia.
¿Y de verdad estuve a punto de morir? Bueno, siento decepcionaros, pero aunque podría haber sucedido las posibilidades eran escasas, pues un circuito de intensidades no es un circuito de potencia, sino de medida, y como bien sabéis aunque lo peligroso es la tensión, lo que mata es la corriente. En fin, que si bien podría haberla palmado, lo más probable era que, tal y como ocurrió, todo hubiera quedado en un buen susto. Otro cantar hubiera sido si en vez de estar en paralelo con el circuito hubiera estado en serie... en fin, que en todo caso yo ya he recibido una descarga de 1.000 voltios y vosotros no. ¡Moriros de envidia!
Recapitulando: yo creo que está bien claro. ¡Qué dunas ni qué carajos! ¡Lo realmente peligroso en esta vida es ir a trabajar!
Cierre.
Una noticia publicada el año pasado acabó por convencerme de que mi última afirmación es radicalmente cierta.
Dicha noticia rezaba que en España habían muerto por causas directamente achacables al trabajo durante 2007, incluyendo accidentes laborales (826), in itínere (341) y enfermedades profesionales (16.115), un total de 17.282 personas. No está mal. Al parecer entre los muertos había muy pocos banqueros, terratenientes y grandes empresarios [nota: el número de muertos por enfermedades profesionales es una estimación de los sindicatos, pues las estadísticas oficiales son muy parciales]. Luego por supuesto están todo tipo de minusvalías asociadas a los accidentes graves y muy graves que suman muchos miles de personas más a esta tétrica estadística.
Bueno, espero que mañana por la mañana no os quedéis en casa por culpa de este texto. Muchos consuelos para todos.
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Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.
