Hola una vez más:
Recuerdo perfectamente (bueno, vale, no lo recuerdo, he tenido que releerlo) cómo en mi último correo os ofrecí seis posibles continuaciones para el presente:
- La noche qatarí.
- Reflexiones antropológicas qataríes.
- El día en que estuve a punto de morir.
- La radio qatarí.
- Los productos qataríes.
- Qatarí que te vi.
Es obvio que todos estaréis esperando que os relate mis andanzas por la discoteca Qube o por The Irish Pub, y es lógico que todos estéis ansiosos por conocer los escabrosos y morbosos detalles del día en que estuve a punto de morir; es sin embargo de buen criterio mantener la emoción hasta el final, así que he creído acertado hurtaros de momento dichas historias y centrarme por el contrario en temas muchos más mundanos. Pasaré a desarrollar por lo tanto en el punto 5, a través de una reflexión sobre las maravillosas mercancías que pueden ser adquiridas en estos lujosos mercados de oriente, aderezando los razonamientos con algunas anécdotas marginales sobre el día a día qatarí, pequeños esbozos cotidianos sobre detalles que ofrecen alguna variación respecto a la norma Española (o UNE).
Evidentemente la rutina ocupa en nuestras vidas un espacio mayor que lo excepcional, y para esto no hay escapatoria, ya que si alguien consiguiera construir su vida a base de excepcionalidades, éstas se convertirían en rutina y la rutina en excepcionalidad, volviéndose al punto de partida. Por todo ello, hablar de rutina ocupa muchas líneas, así que para evitar una extensión excesiva del correo he decidido dividirlo en varios volúmenes. Al principio dudé si llamar a esta serie “Perlas Qataríes”, haciendo un juego de palabras con lo que en su día fue la principal fuente de riqueza del país, pero dado que las situaciones retratadas poco tienen de brillantes, acabé por decidirme por el título que encabeza este correo.
A modo de introducción debo confesaros que buena parte de las vestiduras que me ponía para ir al trabajo comenzaban a mostrar un evidente desgaste tras un uso demasiado dilatado. Este desgaste ya aconsejaba de por sí un cambio, pero lo que sin duda me decidió a acometer esta empresa es que el sol se halla en su mínimo de once años, en la transición entre los ciclos 23 y 24, así que decidí cambiar de ciclo yo también, en este caso para la ropa. Eché pues a la basura tres polos, dos camisas, una camiseta, un pantalón, un cinturón, cinco calzoncillos e igual número de pares de calcetines y me lancé a una aventura que sólo emprendo dos veces al año: comprar ropa.
El arte de aparcar.
Como hoy vamos a comprar ropa, tenemos que ir hasta el Centro Comercial Villagio, ya que donde compro habitualmente sólo venden alimentos, relojes y joyería, sobre todo joyería, ya que el supermercado en sí ocupa menos de la mitad de la superficie útil. El resto, como algunos ya habréis sido capaces de deducir, consiste en joyerías. Por otra parte, las tiendas tradicionales de sastrería que se pueden encontrar por el barrio, como la de la foto, no han sabido responder a mis necesidades e inquietudes estéticas.
Además, vamos a ir a comprar de viernes, ya que me han dicho que si acudes antes del rezo del mediodía el centro comercial está vacío. Por lo tanto, me levanto a las nueve, cojo el coche y voy para allá. ¿Qué hoy es fiesta? No importa. Los supermercados en Qatar abren los 7 días de la semana. No hay descansos. No hay fiestas. Como mucho, algunos cierran el viernes por la mañana hasta justo cuando acaba citado rezo del mediodía
Lógicamente los aparcamientos de los centros comerciales en Qatar están dotados de toldos que dan buena sombra. No obstante, si cometes el error de acudir en hora punta puedes encontrar que sólo quedan libres las plazas al sol. Esto debería ser por sí mismo un elemento disuasorio de suficiente magnitud como para dar la vuelta y venir a comprar otro día, pero afortunadamente ciertas peculiaridades de este país permiten tomar soluciones impensables en España. ¿Qué hace un qatarí si tiene que dejar el coche al sol mientras hace las compras? Pues lógicamente, dejarlo arrancado con el aire acondicionado puesto. Aquí no es de esperar que nadie se lo lleve o se vaya a llevar nada que haya dentro, pero cuando vuelvas de compras dará gusto entrar en él. Así que por lo que a mí respecta, allá donde fueras, haz lo que vieras. Si ellos lo hacen con sus coches, sabrán más que yo, que acabo de llegar.
Reservado el Derecho de Admisión.
Dado que es viernes, al entrar en el Villagio encontraremos a un policía en cada puerta dando la vuelta a hindúes, negros y filipinos. Así era el otro día tanto al entrar como al salir, habiendo utilizado para ambas acciones puertas diferentes. Este escenario me extrañó un tanto, ya que hasta entonces creía que a hindúes, negros y filipinos sólo se les daba la vuelta en el Zoco. Con el fin de descartar cualquier elemento de excepcionalidad en dicho viernes y no sacar conclusiones precipitadas, hice averiguaciones por semana entre mis compañeros de trabajo, entre los cuales se incluye un nigeriano. Estos confirmaron mis sospechas: los viernes en el Villagio sólo pueden entrar árabes y occidentales. Ignoro qué ocurre si eres negro estadounidense, aunque éstos ya están bastante acostumbrados a que les den la vuelta en su propio país.
El problema es que los viernes es el día elegido por los árabes para ir de compras con toda la familia, llevar a los niños a la pista de patinaje o a las salas de juegos y sentarse a tomar algo en las terrazas del centro comercial, al fresquito del aire climatizado. Además, muchos occidentales aprovechan también porque trabajan los sábados. Con esta afluencia el centro comercial se llena. Con el fin de evitar una más que probable saturación se impide el paso a hindúes, filipinos y demás extranjeros de tez excesivamente oscura que, debido a su generalmente mucho menor poder adquisitivo, es de prever que compren poco e incluso que se atrevan a ir sólo para pasear al fresco del aire acondicionado y a sentarse en los bancos, dado que es muy posible que en sus casas no se encuentren muy a gusto, bien por no tener aire acondicionado, bien por estar compartidas con otras diez personas. Si a esto le unimos que el viernes es seguro su único día libre (en el caso de que lo tengan), pues imaginaos como se pondría todo de hindúes y filipinos si los dejasen entrar y, claro, encima los niños por ahí ¡Allah mío, Allah mío!
Los Telares de Oriente.
Buenos, pues como no soy ni negro, ni hindú, ni filipino, ni lo parezco, me han dejado entrar. Compruebo que efectivamente hay muy poca gente y tras descartar una vez más dar un paseo en góndola, vagabundeo por el contrario un poco arriba y abajo en plan de reconocimiento.

¿Y qué tiendas se ofrecen a mis ojos en estos extensos bazares de oriente? ¿Qué extraordinarias y diferentes telas podré adquirir en estos lujosos y abigarrados comercios? Miro a mi alrededor y no veo más que nombres extraños que sugieren por si mismos las maravillosas mercancías que se ocultan tras las cancelas: Zara, Mango, Berskha, H&M, Pull & Bear, Oysho… ¿qué encontraré una vez franquee sus entradas?
Pues lo mismo que en Fuencarral. Una vez finalizado el reconocimiento hice adquisición de cuatro polos, dos camisetas, dos cinturones, dos pantalones, diez pares de calcetines y diez calzoncillos, saliendo todo por… ¡1.400 QAR! O sea, 250 euros justos al cambio actual. Teniendo en cuenta que eso es lo que en España me hubieran constado los dos pantalones y los cuatro polos, y que sólo dos de las cinco tiendas donde entré estaban de rebajas, deduzco que en Qatar la ropa es relativamente barata.
¿Y qué se lleva en Qatar? Pues depende. Si eres qatarí hacen furor las túnicas, blancas en el caso de ellos y negras en el de ellas, con pañuelos a juego por la cabeza, todo muy hippie y muy new-age como ya os comenté en otra ocasión. Si no eres qatarí se llevan exactamente las mismas cosas que en tu pueblo, pudiendo detectarse diferentes tendencias dentro de cada uno de los grupos étnicos. Por ejemplo, los negros y los filipinos tienden más a la camiseta, el pantalón ancho o tipo pirata y el playero con gorra. Los árabes no qataríes gustan de camisas de corte moderno y manga larga un poco o bastante horteras, pelo engominado peinado hacia atrás y zapatos negros chupamelapunta. Los ingleses también aquí se ponen sandalias con calcetines, así que no creo que tenga que decir más. Los hindúes tienden a las camisas de corte clásico y pantalones chinos, si bien hay un subgrupo importante que opta por la camisa pinturera. Las pocas hindúes que se ven suelen ir con sus trajes tradicionales: falda de tela ligera hasta el suelo y una especie de toga cruzada sobre el pecho, todo de colores múltiples apagados que se entremezclan y confunden entre sí sin dejar un solo espacio al blanco. Probablemente algún lector me acuse de inclinación por los tópicos, pero esto es lo que hay.
Como anécdota debo confesar que en una de las tiendas me despisté y me introduje inadvertidamente en los probadores de señoras, de lo cual vino a alertarme un dependiente con rasgos árabes y la cara desencajada por el terror cuando ya me estaba desvistiendo (los dependientes son casi todos árabes o filipinos). Menos mal que como había poca gente no coincidí con ninguna qatarí probándose algo, porque igual hubiera vuelto a España antes de tiempo y con voz de pito.
Bueno, pues nada, una vez comprada la ropa la dejo en el coche y vuelvo al Carrefour, porque ya que estamos aquí voy a aprovechar para llenar la nevera.
¡Pase y elija Usted, caballero!
Así que entro en el supermercado y ¿qué es lo que aquí puedo encontrar en variedad sin igual? Pues especias y frutos secos.
Lo de las especias es una explosión de color, texturas y esencias, pues se juntan las consumidas en Europa, Asia y Oriente Medio; hojas enteras, hojas molidas, polvos de colores desde el amarillo intenso hasta el negro azabache, granos finos y gruesos, semillas y cortezas, pistilos y pétalos, hongos y raíces… un festival para la vista que se combina con un goce para el olfato cuando dichas especias se ofrecen en sacos abiertos, lo cual no sólo lo puedes encontrar en el Zoco, sino en el mismo Carrefour en una sección especial dedicada sólo a estas mercancías. Apasionante, si bien resulta imposible aprovecharlo ante la falta de información acerca del uso que debe darse a cada uno de tantos condimentos. No debe en todo caso sorprendernos tanta especia. ¿Acaso aquí no vivimos sobre las arenas bajo las que los gusanos tienen su morada? ¿Y si soy el Kwisatz Haderach? ¿No es extraño el azul de mis ojos?
Antes de continuar debo realizar una declaración capital: una vez probados varios tipos de pimentón, os puedo asegurar que con ninguno quedan las lentejas como con el de Jaraíz de La Vera, impresión corroborada por otros compañeros de trabajo.
Los frutos secos también se pueden encontrar en abundancia, desde el dátil hasta el piñón. Se venden en grandes bolsas, con lo que salen más baratos que en España. En concreto me he aficionado a unas que contienen un kilo de piñones importados directamente desde Dinamarca, que consumo como si fueran pipas mientras veo las películas de Xulián. Tienen la ventaja añadida de que no tienes que pelarlos y que la recompensa obtenida es objetivamente mayor y más sabrosa. Pasaos a los piñones, lo de las pipas tiene su sentido en la adolescencia, cuando puedes aprovechar para ensuciar el suelo a pesar de la papelera que hay al lado con el fin de demostrar de esa forma tu rebeldía; seguir comiendo pipas a vuestra edad teniendo piñones es exactamente lo mismo que si el sábado, en vez de acabar a las seis de la mañana en una buena discoteca, os ponéis a jugar al duro al comienzo de la noche y acabáis vomitando en casa a las dos de la mañana una borrachera de 5 litros de cerveza, o calimocho en los casos más desesperados.
Bueno, pues una vez que he cargado en el carro 5 kilos de especias y 10 de piñones, no voy a caer de nuevo en la trampa y no voy a perder el tiempo buscando ciertas cosas.
¿Qué quería Usted Quééééé?
No, no voy a seguir buscándolas porque ya he perdido demasiado tiempo con ello. Existen una serie de productos esenciales que en este país no es posible encontrar (aparte del cerdo y el buen gusto), como por ejemplo:
Evidentemente la rutina ocupa en nuestras vidas un espacio mayor que lo excepcional, y para esto no hay escapatoria, ya que si alguien consiguiera construir su vida a base de excepcionalidades, éstas se convertirían en rutina y la rutina en excepcionalidad, volviéndose al punto de partida. Por todo ello, hablar de rutina ocupa muchas líneas, así que para evitar una extensión excesiva del correo he decidido dividirlo en varios volúmenes. Al principio dudé si llamar a esta serie “Perlas Qataríes”, haciendo un juego de palabras con lo que en su día fue la principal fuente de riqueza del país, pero dado que las situaciones retratadas poco tienen de brillantes, acabé por decidirme por el título que encabeza este correo.
A modo de introducción debo confesaros que buena parte de las vestiduras que me ponía para ir al trabajo comenzaban a mostrar un evidente desgaste tras un uso demasiado dilatado. Este desgaste ya aconsejaba de por sí un cambio, pero lo que sin duda me decidió a acometer esta empresa es que el sol se halla en su mínimo de once años, en la transición entre los ciclos 23 y 24, así que decidí cambiar de ciclo yo también, en este caso para la ropa. Eché pues a la basura tres polos, dos camisas, una camiseta, un pantalón, un cinturón, cinco calzoncillos e igual número de pares de calcetines y me lancé a una aventura que sólo emprendo dos veces al año: comprar ropa.
El arte de aparcar.
Como hoy vamos a comprar ropa, tenemos que ir hasta el Centro Comercial Villagio, ya que donde compro habitualmente sólo venden alimentos, relojes y joyería, sobre todo joyería, ya que el supermercado en sí ocupa menos de la mitad de la superficie útil. El resto, como algunos ya habréis sido capaces de deducir, consiste en joyerías. Por otra parte, las tiendas tradicionales de sastrería que se pueden encontrar por el barrio, como la de la foto, no han sabido responder a mis necesidades e inquietudes estéticas.
Además, vamos a ir a comprar de viernes, ya que me han dicho que si acudes antes del rezo del mediodía el centro comercial está vacío. Por lo tanto, me levanto a las nueve, cojo el coche y voy para allá. ¿Qué hoy es fiesta? No importa. Los supermercados en Qatar abren los 7 días de la semana. No hay descansos. No hay fiestas. Como mucho, algunos cierran el viernes por la mañana hasta justo cuando acaba citado rezo del mediodía
Lógicamente los aparcamientos de los centros comerciales en Qatar están dotados de toldos que dan buena sombra. No obstante, si cometes el error de acudir en hora punta puedes encontrar que sólo quedan libres las plazas al sol. Esto debería ser por sí mismo un elemento disuasorio de suficiente magnitud como para dar la vuelta y venir a comprar otro día, pero afortunadamente ciertas peculiaridades de este país permiten tomar soluciones impensables en España. ¿Qué hace un qatarí si tiene que dejar el coche al sol mientras hace las compras? Pues lógicamente, dejarlo arrancado con el aire acondicionado puesto. Aquí no es de esperar que nadie se lo lleve o se vaya a llevar nada que haya dentro, pero cuando vuelvas de compras dará gusto entrar en él. Así que por lo que a mí respecta, allá donde fueras, haz lo que vieras. Si ellos lo hacen con sus coches, sabrán más que yo, que acabo de llegar.
Reservado el Derecho de Admisión.
Dado que es viernes, al entrar en el Villagio encontraremos a un policía en cada puerta dando la vuelta a hindúes, negros y filipinos. Así era el otro día tanto al entrar como al salir, habiendo utilizado para ambas acciones puertas diferentes. Este escenario me extrañó un tanto, ya que hasta entonces creía que a hindúes, negros y filipinos sólo se les daba la vuelta en el Zoco. Con el fin de descartar cualquier elemento de excepcionalidad en dicho viernes y no sacar conclusiones precipitadas, hice averiguaciones por semana entre mis compañeros de trabajo, entre los cuales se incluye un nigeriano. Estos confirmaron mis sospechas: los viernes en el Villagio sólo pueden entrar árabes y occidentales. Ignoro qué ocurre si eres negro estadounidense, aunque éstos ya están bastante acostumbrados a que les den la vuelta en su propio país.
El problema es que los viernes es el día elegido por los árabes para ir de compras con toda la familia, llevar a los niños a la pista de patinaje o a las salas de juegos y sentarse a tomar algo en las terrazas del centro comercial, al fresquito del aire climatizado. Además, muchos occidentales aprovechan también porque trabajan los sábados. Con esta afluencia el centro comercial se llena. Con el fin de evitar una más que probable saturación se impide el paso a hindúes, filipinos y demás extranjeros de tez excesivamente oscura que, debido a su generalmente mucho menor poder adquisitivo, es de prever que compren poco e incluso que se atrevan a ir sólo para pasear al fresco del aire acondicionado y a sentarse en los bancos, dado que es muy posible que en sus casas no se encuentren muy a gusto, bien por no tener aire acondicionado, bien por estar compartidas con otras diez personas. Si a esto le unimos que el viernes es seguro su único día libre (en el caso de que lo tengan), pues imaginaos como se pondría todo de hindúes y filipinos si los dejasen entrar y, claro, encima los niños por ahí ¡Allah mío, Allah mío!
Los Telares de Oriente.
Buenos, pues como no soy ni negro, ni hindú, ni filipino, ni lo parezco, me han dejado entrar. Compruebo que efectivamente hay muy poca gente y tras descartar una vez más dar un paseo en góndola, vagabundeo por el contrario un poco arriba y abajo en plan de reconocimiento.
¿Un paseíto en góngola entre compra y compra?
¿Y qué tiendas se ofrecen a mis ojos en estos extensos bazares de oriente? ¿Qué extraordinarias y diferentes telas podré adquirir en estos lujosos y abigarrados comercios? Miro a mi alrededor y no veo más que nombres extraños que sugieren por si mismos las maravillosas mercancías que se ocultan tras las cancelas: Zara, Mango, Berskha, H&M, Pull & Bear, Oysho… ¿qué encontraré una vez franquee sus entradas?
Pues lo mismo que en Fuencarral. Una vez finalizado el reconocimiento hice adquisición de cuatro polos, dos camisetas, dos cinturones, dos pantalones, diez pares de calcetines y diez calzoncillos, saliendo todo por… ¡1.400 QAR! O sea, 250 euros justos al cambio actual. Teniendo en cuenta que eso es lo que en España me hubieran constado los dos pantalones y los cuatro polos, y que sólo dos de las cinco tiendas donde entré estaban de rebajas, deduzco que en Qatar la ropa es relativamente barata.
¿Y qué se lleva en Qatar? Pues depende. Si eres qatarí hacen furor las túnicas, blancas en el caso de ellos y negras en el de ellas, con pañuelos a juego por la cabeza, todo muy hippie y muy new-age como ya os comenté en otra ocasión. Si no eres qatarí se llevan exactamente las mismas cosas que en tu pueblo, pudiendo detectarse diferentes tendencias dentro de cada uno de los grupos étnicos. Por ejemplo, los negros y los filipinos tienden más a la camiseta, el pantalón ancho o tipo pirata y el playero con gorra. Los árabes no qataríes gustan de camisas de corte moderno y manga larga un poco o bastante horteras, pelo engominado peinado hacia atrás y zapatos negros chupamelapunta. Los ingleses también aquí se ponen sandalias con calcetines, así que no creo que tenga que decir más. Los hindúes tienden a las camisas de corte clásico y pantalones chinos, si bien hay un subgrupo importante que opta por la camisa pinturera. Las pocas hindúes que se ven suelen ir con sus trajes tradicionales: falda de tela ligera hasta el suelo y una especie de toga cruzada sobre el pecho, todo de colores múltiples apagados que se entremezclan y confunden entre sí sin dejar un solo espacio al blanco. Probablemente algún lector me acuse de inclinación por los tópicos, pero esto es lo que hay.
Como anécdota debo confesar que en una de las tiendas me despisté y me introduje inadvertidamente en los probadores de señoras, de lo cual vino a alertarme un dependiente con rasgos árabes y la cara desencajada por el terror cuando ya me estaba desvistiendo (los dependientes son casi todos árabes o filipinos). Menos mal que como había poca gente no coincidí con ninguna qatarí probándose algo, porque igual hubiera vuelto a España antes de tiempo y con voz de pito.
Bueno, pues nada, una vez comprada la ropa la dejo en el coche y vuelvo al Carrefour, porque ya que estamos aquí voy a aprovechar para llenar la nevera.
¡Pase y elija Usted, caballero!
Así que entro en el supermercado y ¿qué es lo que aquí puedo encontrar en variedad sin igual? Pues especias y frutos secos.
Antes de continuar debo realizar una declaración capital: una vez probados varios tipos de pimentón, os puedo asegurar que con ninguno quedan las lentejas como con el de Jaraíz de La Vera, impresión corroborada por otros compañeros de trabajo.
Los frutos secos también se pueden encontrar en abundancia, desde el dátil hasta el piñón. Se venden en grandes bolsas, con lo que salen más baratos que en España. En concreto me he aficionado a unas que contienen un kilo de piñones importados directamente desde Dinamarca, que consumo como si fueran pipas mientras veo las películas de Xulián. Tienen la ventaja añadida de que no tienes que pelarlos y que la recompensa obtenida es objetivamente mayor y más sabrosa. Pasaos a los piñones, lo de las pipas tiene su sentido en la adolescencia, cuando puedes aprovechar para ensuciar el suelo a pesar de la papelera que hay al lado con el fin de demostrar de esa forma tu rebeldía; seguir comiendo pipas a vuestra edad teniendo piñones es exactamente lo mismo que si el sábado, en vez de acabar a las seis de la mañana en una buena discoteca, os ponéis a jugar al duro al comienzo de la noche y acabáis vomitando en casa a las dos de la mañana una borrachera de 5 litros de cerveza, o calimocho en los casos más desesperados.
Bueno, pues una vez que he cargado en el carro 5 kilos de especias y 10 de piñones, no voy a caer de nuevo en la trampa y no voy a perder el tiempo buscando ciertas cosas.
¿Qué quería Usted Quééééé?
No, no voy a seguir buscándolas porque ya he perdido demasiado tiempo con ello. Existen una serie de productos esenciales que en este país no es posible encontrar (aparte del cerdo y el buen gusto), como por ejemplo:
- Azafrán.- Mucha especia, sí, pero del azafrán nadie ha oído ni hablar. No me explico por qué, porque si los paquetes que venden en España contienen 0,3 gramos, echad la cuenta de a cuánto sale el kilo. La gente debería llevar collares de azafrán, no de oro. Me han dicho que hay en el Zoco, pero hasta ahora nunca me ha apetecido desplazarme hasta allí sólo para eso. He tenido que traer gramo y medio desde España para darle gusto al arroz.
- Alcayatas.- No, no me miréis así, no hay alcayatas. De todas las carencias esta es la que me tiene más desconcertado, ya que no encuentro una sola razón lógica para ello. Tan extrañado estaba por esta carestía que tuve que preguntar en el trabajo a un compañero con cara de gustarle el bricolaje, y su reacción fue echarse a llorar encima de mi hombro mientras exclamaba “¡Tú también! ¡Dios mío! ¡Pensé que estaba loco!”. He tenido que suplir su falta con tornillos de cabeza gorda.
- Salsa boloñesa.- ¿Y por qué no hay salsa boloñesa? Fácil: porque no hay una sola marca en el mercado que no tenga mezclada carne de cerdo. He tenido que reemplazarla con otras salsas, estando muy buena una de parmesano con hierbas.
- Cafetera italiana.- Esto es completamente desconocido por aquí, lo cual resulta absolutamente incomprensible porque sólo consta de nueve piezas más sus herrajes, a saber: pomo, tapa, cuerpo superior, mango, rejilla, junta de goma, filtro, cuerpo inferior y válvula de seguridad. He tenido que suplir su falta con una eléctrica, pero el otro día me paré a contar las piezas y me cansé antes de llegar a la mitad. Esto no tiene ningún sentido, pues el rendimiento de este sistema de muchas piezas es bajo y no le saca al café todo su jugo. Para compensar la cargo con el más fuerte del mercado, ese que si lo metes en una cafetera italiana puedes sacarlo luego con tenedor.
- Aceitera.- Otro concepto que en Qatar todavía no ha sido completamente comprendido. Cuando hablo de aceitera me refiero a ese recipiente metálico que se pone al lado de la cocina con el fin de no tener que tirar por el bañal todo el aceite sobrante cuando fríes unas patatas. He tenido que suplir su falta con una jarra cerámica con tapa y un colador sin mango a medida. Para conseguir el colador sin mango tuve que comprar también unas tenazas.
Hoy No Queda, Señor.
Como no he perdido el tiempo buscando ninguno de los productos precedentes, el epígrafe anterior para mí ha pasado en tiempo cero, así que mientras vosotros perdíais el vuestro leyendo a lo largo de sus párrafos yo ya casi he terminado de llenar el carro, incluyendo dos tarras de helado de medio galón cada una que me duran una semana y en las que estoy gastando el dinero que me ha devuelto Hacienda.
Pero no todo es felicidad. ¿Dónde están las galletas rellenas de dátil tan ricas que compro todas las semanas? ¿Y los yogures con mermelada de arándanos? ¿Y el excelente zumo de naranja fresco de la botella de dos litros? ¿Alguien ha visto esa salsa carbonara que deja los espagueti como los de los restaurantes? Alguna de estas preguntas y otras muchas me las tengo que hacer Qatar cada vez que hago la compra semanal. Que hoy haya el producto que buscas, no quiere decir que lo vaya a haber la semana que viene, ni la siguiente, así que siempre conviene contar con una buena provisión en casa. Pero que no cunda el pánico, tarde o temprano volverá a estar en las estanterías, y aunque no haya ese tipo en particular, siempre nos quedará zumo, galletas, París, salsas o yogures de otros fabricantes.
Del Pescado y de la Carne.
Ya estamos llegando al esperado final. Lo único que me queda por comprar es la carne y el pescado, así que cojo unas cuantas bandejas y me marcho para casa. ¿Comprar carne y pescado cogiendo bandejas en un supermercado? ¡Estás loco!, diréis. Pero eso será en España, porque la carne que puedes encontrar en un supermercado en Qatar es de mucha mejor calidad que la que tenéis ahí. Hasta ahora nunca me ha ocurrido que un filete comience a menguar y a deformarse en la sartén como si estuvieras friendo un cacho de plástico, al tiempo que empieza a echar tal cantidad de agua y espuma que termina por cocerse en su propia mierda en vez de freír, quedando encima más duro que la suela de un zapato viejo, lo cual ocurre en España por sistema cada vez que te gastas menos de 20 euros en la bandeja. No obstante aquí los gustos van por otro lado y los filetes finos no son la estrella de las carnicerías ni mucho menos. Aquí se venden trozos de carne con o sin hueso del tamaño de una mano abierta y dos dedos de anchura. Os puedo asegurar que fríes esos tasajos en una sartén untada de ajo sin más aditivo que aceite de oliva virgen, los pones en el plato, añades sal gruesa y unos granos de pimienta negra y te chupas los dedos. Gran parte de esta carne procede de Australia.
El pescado, al contrario que muchos otros productos frescos, sí es de la zona. Para mí el mejor es el que suelo comprar todas las semanas, el hammour (que al final resulta que es un mero). No obstante, si los huevos vienen de Inglaterra, las verduras de Estados Unidos, la fruta del Líbano, la carne de Australia y los yogures de Alemania ¿por qué no pueden venir bocartes del Cantábrico? ¡Ah, claro, porque se extinguieron hace tres años! Bueno, pues entonces unos muiles, que sí quedan a montones. Otro pescado disponible es el archifamoso haddock, más conocido como liba, merlán, eglefino o abadejo; y hablando del rey de Roma, recuerdo haber enunciado en otro correo una teoría acerca de cómo podía costearse el Palacio de Moulinsart el Capitán Eglefino. A este respecto debemos agradecer a una de las personas receptoras de los presentes correos haber contestado revelando la verdad, la cual expongo a continuación.
La Verdadera Historia del Capitán Eglefino.
Made in Spain.
Y ya está bien. Marcho. Para que quede bien alto el orgullo patrio que sé inflama vuestros corazones, sobre todo desde la gesta de la Eurocopa, debo anunciaros que llevo en mi carro varios productos hechos en España, como pueden ser alcachofas en lata y garbanzos de Molina de Segura, ropa de cama de Valencia, vajilla de Villarreal, café en polvo de Gerona, aceite de oliva virgen de Córdoba y queso manchego de Villarrobledo.
Sin embargo, el producto que más me ha extrañado encontrar por aquí ha sido el queso de Valdeón, que como todos sabéis es eso que han inventado los castellano-leoneses para imitar al Cabrales.
Thank You, Sir.
Desgraciadamente, al igual que en España, en Qatar cuando sales de un supermercado hay que pasar por caja, donde te cobran por los productos esenciales en razón directa a su calidad; si ganas poco no te mueres de hambre a cambio de comer mierda, pero si ganas mucho se te recompensa con productos sanos y nutritivos. Concretando, las cajas en Qatar son un bello ejemplo de cooperación y entendimiento entre los pueblos, pues mientras todas las cajeras parecen filipinas, todos los bolseros parecen nepalíes. ¿Y por qué sé que son nepalíes? Pues porque los nepalíes no llevan bigote. ¿Y qué son los bolseros? Pues son parte inseparable de cada caja; son los nepalíes que te meten la compra en las bolsas y éstas en el carro. Y no penséis que lo hacen de cualquier manera. La charcutería con la charcutería, las latas con las latas, la fruta y las verduras en un lado, los huevos y el pan en otro…
el problema es que con este sistema muchas veces compras cinco cosas y marchas con cinco bolsas semivacías, lo cual me pone enfermo. ¡Tengo en casa un montón de triángulos de plástico y dentro de nada serán dos! ¡Acabarán por invadirlo todo! ¿Y qué hago? ¿Tirarlos?
A la hora de pagar no me tengo que preocupar del monedero, con sacar la cartera es más que suficiente. La razón: no hay monedas. Todo el dinero es en papel, y el billete más pequeño es de 1 rial (18 céntimos al cambio actual). Bueno, oficialmente sí hay monedas de 10, 20 y 50 dirhams, pero en los 6 meses que llevo en el país sólo han llegado a mis manos 4 de 50 dirhams; las otras dos jamás las he visto. Supongo que debido a la alta inflación esas fracciones dejaron de tener sentido y ya no se acuñan. Por lo tanto la fracción monetaria más pequeña de hecho es 1 rial (18 céntimos de euro), lo cual me parece bastante más razonable que nuestras tres patéticas moneditas color cobre, que lo mejor que podrían hacer es retirarlas todas de la circulación, pues debe valer más el metal que la propia moneda. Luego tenemos billetes de 5, 10, 50, 100 y 500 riales (ver foto). El bajo valor de los billetes inferiores provoca que a veces puedas llevar billetadas absurdas en la cartera.
¿Y por cuanto sale la compra semanal? Pues la media está alrededor de los 450 riales. Es evidente que en proporción está mucho más barata la ropa que la comida.
Cierre.
Y sin más marcho para casa, que llevo ya tres horas en este insoportable centro comercial. Tengo un montón de cosas que hacer en casa, libros que leer, películas que ver, correos electrónicos que escribir, luego quedé para ir a Qube... ¡Qué es 3! ¡En este país no da tiempo a nada! ¡Qué mar de posibilidades!
Ya sabéis pues cómo son las epopeyas que protagonizo todas las semanas a la hora de rellenar la nevera. Como podéis ver, aquí la rutina no existe, y cada día es una aventura dispuesta a poner a prueba tus emociones y tus sentidos con una avalancha de potentes impresiones.
Un beso para todos (repartíroslo).
Como no he perdido el tiempo buscando ninguno de los productos precedentes, el epígrafe anterior para mí ha pasado en tiempo cero, así que mientras vosotros perdíais el vuestro leyendo a lo largo de sus párrafos yo ya casi he terminado de llenar el carro, incluyendo dos tarras de helado de medio galón cada una que me duran una semana y en las que estoy gastando el dinero que me ha devuelto Hacienda.
Pero no todo es felicidad. ¿Dónde están las galletas rellenas de dátil tan ricas que compro todas las semanas? ¿Y los yogures con mermelada de arándanos? ¿Y el excelente zumo de naranja fresco de la botella de dos litros? ¿Alguien ha visto esa salsa carbonara que deja los espagueti como los de los restaurantes? Alguna de estas preguntas y otras muchas me las tengo que hacer Qatar cada vez que hago la compra semanal. Que hoy haya el producto que buscas, no quiere decir que lo vaya a haber la semana que viene, ni la siguiente, así que siempre conviene contar con una buena provisión en casa. Pero que no cunda el pánico, tarde o temprano volverá a estar en las estanterías, y aunque no haya ese tipo en particular, siempre nos quedará zumo, galletas, París, salsas o yogures de otros fabricantes.
Del Pescado y de la Carne.
Ya estamos llegando al esperado final. Lo único que me queda por comprar es la carne y el pescado, así que cojo unas cuantas bandejas y me marcho para casa. ¿Comprar carne y pescado cogiendo bandejas en un supermercado? ¡Estás loco!, diréis. Pero eso será en España, porque la carne que puedes encontrar en un supermercado en Qatar es de mucha mejor calidad que la que tenéis ahí. Hasta ahora nunca me ha ocurrido que un filete comience a menguar y a deformarse en la sartén como si estuvieras friendo un cacho de plástico, al tiempo que empieza a echar tal cantidad de agua y espuma que termina por cocerse en su propia mierda en vez de freír, quedando encima más duro que la suela de un zapato viejo, lo cual ocurre en España por sistema cada vez que te gastas menos de 20 euros en la bandeja. No obstante aquí los gustos van por otro lado y los filetes finos no son la estrella de las carnicerías ni mucho menos. Aquí se venden trozos de carne con o sin hueso del tamaño de una mano abierta y dos dedos de anchura. Os puedo asegurar que fríes esos tasajos en una sartén untada de ajo sin más aditivo que aceite de oliva virgen, los pones en el plato, añades sal gruesa y unos granos de pimienta negra y te chupas los dedos. Gran parte de esta carne procede de Australia.
El pescado, al contrario que muchos otros productos frescos, sí es de la zona. Para mí el mejor es el que suelo comprar todas las semanas, el hammour (que al final resulta que es un mero). No obstante, si los huevos vienen de Inglaterra, las verduras de Estados Unidos, la fruta del Líbano, la carne de Australia y los yogures de Alemania ¿por qué no pueden venir bocartes del Cantábrico? ¡Ah, claro, porque se extinguieron hace tres años! Bueno, pues entonces unos muiles, que sí quedan a montones. Otro pescado disponible es el archifamoso haddock, más conocido como liba, merlán, eglefino o abadejo; y hablando del rey de Roma, recuerdo haber enunciado en otro correo una teoría acerca de cómo podía costearse el Palacio de Moulinsart el Capitán Eglefino. A este respecto debemos agradecer a una de las personas receptoras de los presentes correos haber contestado revelando la verdad, la cual expongo a continuación.
La Verdadera Historia del Capitán Eglefino.
“Era descendiente del caballero de Haddoque, capitán de la armada francesa en tiempos de Luis XIV y primer propietario de Moulinsart. El castillo estaba en manos de los malvados hermanos Oiseau, anticuarios. Debelada la banda de los Oiseau, el castillo fue expropiado y sacado a la venta por el Estado [francés], y el capitán quería comprarlo. El dinero iba a salir del tesoro del antepasado, detrás del cual también iban los mencionados hermanos Oiseau; finalmente resultó que el tesoro se lo había llevado el antepasado y estaba dentro del castillo. Esto no lo pudieron averiguar hasta que finalmente lo compraron con dinero del profesor Tornasol, que lo había obtenido vendiendo al gobierno francés un submarino cuyo principal avance respecto al resto de submarinos era que tenía forma de tiburón, y cuyas pruebas se habían realizado durante la búsqueda del tesoro. Es por ello que los tres viven juntos en el castillo, y no porque sean ciertas las malintencionadas insinuaciones sobre su identidad sexual que se exponen con tanta frecuencia.” [JVA, “Re: Guía de los Restaurantes Qataríes”, 16-II-2008].Quedan claras por lo tanto dos cosas: en primer lugar que no iba yo tan desencaminado, pues el personaje sí tiene que ver con la corte de Luis XIV y sí hay un tesoro de por medio, tal y como expuse en su día. En segundo lugar, resulta evidente que es mucho más verosímil mi teoría que la realidad.
Made in Spain.
Y ya está bien. Marcho. Para que quede bien alto el orgullo patrio que sé inflama vuestros corazones, sobre todo desde la gesta de la Eurocopa, debo anunciaros que llevo en mi carro varios productos hechos en España, como pueden ser alcachofas en lata y garbanzos de Molina de Segura, ropa de cama de Valencia, vajilla de Villarreal, café en polvo de Gerona, aceite de oliva virgen de Córdoba y queso manchego de Villarrobledo.
Sin embargo, el producto que más me ha extrañado encontrar por aquí ha sido el queso de Valdeón, que como todos sabéis es eso que han inventado los castellano-leoneses para imitar al Cabrales.
Thank You, Sir.
Desgraciadamente, al igual que en España, en Qatar cuando sales de un supermercado hay que pasar por caja, donde te cobran por los productos esenciales en razón directa a su calidad; si ganas poco no te mueres de hambre a cambio de comer mierda, pero si ganas mucho se te recompensa con productos sanos y nutritivos. Concretando, las cajas en Qatar son un bello ejemplo de cooperación y entendimiento entre los pueblos, pues mientras todas las cajeras parecen filipinas, todos los bolseros parecen nepalíes. ¿Y por qué sé que son nepalíes? Pues porque los nepalíes no llevan bigote. ¿Y qué son los bolseros? Pues son parte inseparable de cada caja; son los nepalíes que te meten la compra en las bolsas y éstas en el carro. Y no penséis que lo hacen de cualquier manera. La charcutería con la charcutería, las latas con las latas, la fruta y las verduras en un lado, los huevos y el pan en otro…
A la hora de pagar no me tengo que preocupar del monedero, con sacar la cartera es más que suficiente. La razón: no hay monedas. Todo el dinero es en papel, y el billete más pequeño es de 1 rial (18 céntimos al cambio actual). Bueno, oficialmente sí hay monedas de 10, 20 y 50 dirhams, pero en los 6 meses que llevo en el país sólo han llegado a mis manos 4 de 50 dirhams; las otras dos jamás las he visto. Supongo que debido a la alta inflación esas fracciones dejaron de tener sentido y ya no se acuñan. Por lo tanto la fracción monetaria más pequeña de hecho es 1 rial (18 céntimos de euro), lo cual me parece bastante más razonable que nuestras tres patéticas moneditas color cobre, que lo mejor que podrían hacer es retirarlas todas de la circulación, pues debe valer más el metal que la propia moneda. Luego tenemos billetes de 5, 10, 50, 100 y 500 riales (ver foto). El bajo valor de los billetes inferiores provoca que a veces puedas llevar billetadas absurdas en la cartera.
¿Y por cuanto sale la compra semanal? Pues la media está alrededor de los 450 riales. Es evidente que en proporción está mucho más barata la ropa que la comida.
Cierre.
Y sin más marcho para casa, que llevo ya tres horas en este insoportable centro comercial. Tengo un montón de cosas que hacer en casa, libros que leer, películas que ver, correos electrónicos que escribir, luego quedé para ir a Qube... ¡Qué es 3! ¡En este país no da tiempo a nada! ¡Qué mar de posibilidades!
Ya sabéis pues cómo son las epopeyas que protagonizo todas las semanas a la hora de rellenar la nevera. Como podéis ver, aquí la rutina no existe, y cada día es una aventura dispuesta a poner a prueba tus emociones y tus sentidos con una avalancha de potentes impresiones.
Un beso para todos (repartíroslo).
- Hora local: 17:30.
- Temperatura: 38ºC.
- Humedad: 45%.
- Temperatura máxima del día: 42ºC.
- Mañana será más corto; 1’ 06” en Doha, 2’ 04” en Madrid y 2’ 20” en Oviedo.
Ceterum censeo Estados Unidos esse delendam.
Seikh Iván Bin Víctor Al-Sáez.